Síguenos

Actualidad

¿Qué pasó en Bormujos? Un putero de 21 años mata a una mujer de 41

Una mujer fue asesinada en Bormujos tras concertar un encuentro sexual. El caso reabre el debate sobre el lenguaje usado con víctimas y agresores.

Publicado

el

mata a una mujer de 41 en Bormujos

Resumen

  • Una mujer de 41 años fue asesinada en un apartamento de Bormujos
  • El detenido quedó en prisión provisional por asesinato y tentativa de asesinato
  • El caso reabre el debate sobre cómo se nombra a víctimas y agresores

Una mujer de 41 años murió violentamente en Bormujos, en Sevilla, la noche del 24 de septiembre después de que un hombre con el que había concertado por internet un encuentro sexual de pago la atacara en un apartamento turístico. Había una segunda mujer en la vivienda. Ella consiguió escapar. La víctima sufrió heridas provocadas con un objeto cortante que terminaron causándole una hemorragia mortal.

El sospechoso abandonó el inmueble y posteriormente comunicó lo ocurrido a los servicios de emergencia, lo que permitió localizarlo. Días después, la jueza acordó para él prisión provisional, comunicada y sin fianza y le atribuyó inicialmente un presunto delito de asesinato y otro de asesinato en grado de tentativa por el ataque contra la mujer que consiguió huir.

El caso ha vuelto al centro de la conversación pública por una cuestión que va más allá de la investigación penal. Una columna publicada el 1 de octubre ha puesto la lupa sobre el modo en que buena parte de los medios describieron a los implicados: la víctima apareció repetidamente definida por ejercer la prostitución, mientras el detenido era presentado como un “joven” o un “hombre”. El contraste ha abierto un debate incómodo sobre las palabras que elegimos cuando contamos un crimen.

Un encuentro concertado por internet terminó en asesinato

Los hechos ocurrieron entre aproximadamente las 22.30 y las 23.30 horas del 24 de septiembre. El investigado había contactado telemáticamente con dos mujeres y se desplazó hasta un apartamento turístico de Bormujos, en la comarca sevillana del Aljarafe. Allí se produjo el ataque que acabaría con una de ellas muerta y la otra huyendo del inmueble.

La víctima, una mujer de 41 años y origen colombiano, sufrió varias heridas con un arma cortante. Las primeras informaciones hablaron de un objeto punzante y, posteriormente, fuentes próximas a la investigación señalaron que se habría utilizado un cúter. La otra mujer consiguió escapar y sobrevivió al ataque.

Hay un dato especialmente relevante para comprender la dimensión del caso. Fuentes cercanas a las pesquisas indicaron que el detenido habría manifestado una intención de matar a mujeres en situación de prostitución. Es una circunstancia incorporada a la investigación, no una conclusión judicial definitiva sobre el móvil, que deberá determinarse durante la instrucción.

Del homicidio inicial a dos presuntos delitos de asesinato

Las primeras diligencias giraron alrededor de un posible homicidio, pero la situación procesal cambió tras la puesta del sospechoso a disposición judicial. La calificación provisional pasó a contemplar un presunto asesinato y una tentativa de asesinato, esta última relacionada con la agresión sufrida por la segunda mujer.

El investigado reconoció los hechos durante su declaración judicial, según la información difundida tras su comparecencia. Eso no significa, naturalmente, que exista todavía una sentencia. La prisión provisional no equivale a una condena: será el procedimiento penal el que determine definitivamente las circunstancias del crimen, el móvil, la calificación jurídica y la responsabilidad correspondiente.

Incluso la edad del detenido presenta una pequeña discrepancia en las informaciones publicadas. La columna que ha reabierto el debate habla de 21 años, mientras que informaciones difundidas después de su comparecencia judicial lo identificaron como un hombre de 20. Es un detalle menor frente a la gravedad del caso, pero ilustra por qué conviene separar lo confirmado de aquello que todavía puede variar durante una investigación.

La palabra que aparece y la palabra que casi nunca aparece

El debate no consiste únicamente en decidir si la palabra “putero” debe aparecer en el titular de un periódico. Es un término coloquial, áspero y con una evidente carga peyorativa. Precisamente por eso provoca rechazo en parte de los lectores y resulta inhabitual en la información convencional.

La cuestión de fondo es otra. En numerosos titulares de sucesos relacionados con prostitución, la condición de la mujer queda adherida inmediatamente a la víctima: “prostituta asesinada”. El hombre que ha pagado por el encuentro suele recibir una descripción bastante más neutra: joven, cliente, detenido, hombre. Las palabras pueden ser técnicamente correctas y, aun así, construir encuadres muy diferentes.

En Bormujos, el encuentro sexual de pago no es un detalle decorativo. Forma parte del origen de los hechos: el hombre había contactado con las mujeres para contratar sus servicios. Si resulta relevante explicar qué hacía la víctima allí, también existe una razón informativa para explicar en qué condición acudió el hombre al apartamento.

Entre el término despectivo y el eufemismo hay espacio

No hace falta convertir “putero” en una fórmula habitual para detectar ese desequilibrio. Existen expresiones más neutrales como “cliente de prostitución” o “hombre que había contratado servicios sexuales”, capaces de aportar el mismo contexto sin recurrir a una palabra deliberadamente despectiva.

El problema aparece cuando la delicadeza lingüística funciona solamente hacia un lado. Una mujer queda reducida a su actividad mientras el otro protagonista recibe una descripción prácticamente administrativa. Y así, casi sin ruido, el lenguaje asigna identidad a una persona y neutralidad a la otra.

No es una discusión puramente semántica. Los titulares determinan qué dato recibe primero el lector, qué elemento queda asociado a cada protagonista y qué imagen sobrevive después de unos segundos de lectura. Un sustantivo puede parecer poca cosa. Repetido cientos de veces, deja de serlo.

La víctima era una mujer antes que una etiqueta

El crimen contiene un riesgo habitual cuando la prostitución aparece en una noticia: que la actividad de la víctima termine ocupando más espacio simbólico que la propia víctima. En Bormujos murió una mujer de 41 años. Otra tuvo que escapar de un ataque que la investigación considera provisionalmente una tentativa de asesinato. Ese es el núcleo humano y penal del caso.

La prostitución aporta contexto porque explica cómo se concertó el encuentro y podría adquirir todavía mayor relevancia si se acredita que las mujeres fueron escogidas precisamente por encontrarse en esa situación. Pero contexto e identidad no son lo mismo. Explicar una circunstancia necesaria no obliga a convertirla en la definición principal de una persona asesinada.

Existe una vieja inercia en la información de sucesos. La profesión, la nacionalidad, la situación social o determinados aspectos de la vida privada de una víctima pueden terminar funcionando como una especie de apellido periodístico. Con los agresores sucede con frecuencia lo contrario: descripciones más neutras, casi burocráticas. La diferencia parece pequeña hasta que se convierte en costumbre.

El contexto importa porque podría formar parte del móvil

Tampoco tendría sentido borrar cualquier referencia a la prostitución para evitar incomodidades. Las informaciones conocidas indican que el sospechoso contactó por internet con las mujeres para concertar el encuentro y que, según fuentes cercanas a la investigación, habría expresado posteriormente intenciones violentas dirigidas contra mujeres que ejercían la prostitución.

Si ese extremo termina acreditándose, la situación de las víctimas dejaría de ser un elemento accesorio y pasaría a formar parte de la explicación del posible móvil. Ahí está la diferencia: no usar la prostitución como etiqueta automática, pero tampoco esconderla cuando tiene relevancia directa para entender el crimen.

Contar que una mujer fue atacada después de concertar un servicio sexual no es lo mismo que reducirla desde el titular a “una prostituta”. Del mismo modo, llamar simplemente “joven” al hombre que acudió como cliente puede borrar una parte significativa del contexto. Entre el insulto y el maquillaje existe un terreno bastante amplio: el de la descripción precisa de los hechos.

Un crimen y una discusión que seguirá más allá de Bormujos

A 1 de octubre, lo sustancial del caso está delimitado. Una mujer de 41 años murió tras ser atacada con un arma cortante en un apartamento turístico de Bormujos; otra mujer consiguió escapar; el hombre que había concertado el encuentro permanece en prisión provisional sin fianza y está siendo investigado provisionalmente por asesinato y tentativa de asesinato.

Quedan por establecer judicialmente el móvil, todas las circunstancias del ataque y la calificación penal definitiva. Ese trabajo corresponde a la instrucción. Paralelamente, el caso ha dejado sobre la mesa una discusión distinta: cómo se describe a una víctima y cómo se describe a quien la agrede cuando la prostitución forma parte de los hechos.

La palabra “putero” puede resultar demasiado bronca para un titular informativo y un medio puede descartarla razonablemente. Lo difícil de sostener es que toda la prudencia verbal recaiga sobre quien paga por sexo mientras la mujer asesinada queda inmediatamente definida por venderlo. Una víctima no necesita eufemismos ni etiquetas automáticas; necesita precisión. Y el hombre que acudió al apartamento como cliente tampoco debería recibir, por simple costumbre, una capa adicional de neutralidad.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído