Naturaleza
¿Cómo sobreviven los animales a las borrascas extremas?
Borrascas, nieve y ríos crecidos: así se protegen aves, mamíferos y peces del frío, turbidez y madrigueras inundadas en España muy al límite.

Borrascas, nieve y ríos crecidos: así se protegen aves, mamíferos y peces del frío, turbidez y madrigueras inundadas en España muy al límite.
Las borrascas de gran impacto que están barriendo la península Ibérica este invierno no solo cambian el paisaje y el pulso de los ríos: también obligan a la fauna silvestre a ponerse seria, a gastar energía con bisturí y a tomar decisiones rápidas para no acabar empapada, helada o arrastrada. En ese escenario, sobrevivir suele significar tres cosas a la vez: buscar refugio cuando el agua y el viento aprietan, proteger plumas y pelaje para no perder calor, y moverse a zonas menos castigadas si el temporal deja de ser episodio y se convierte en rutina.
El coste de fallar es alto y muy concreto: animales que mueren en aguas turbias de ríos crecidos, otros golpeados por ramas que se desploman o que arrastra la corriente, madrigueras que se inundan y se vuelven trampas sin salida. La profesora e investigadora Gloria Fernández Lázaro, especialista en comportamiento animal y psicología comparada en la Universidad Autónoma de Madrid, lo explica con una lógica casi clínica: mantener el pelaje mojado demasiado tiempo aumenta el riesgo de patógenos, provoca pérdida de calor y dispara el estrés fisiológico, y esa combinación termina debilitando el sistema inmune. El veterinario Gabriel Alcántara, con más de tres décadas de experiencia en parques zoológicos y espacios de conservación, añade otra capa cuando entra la nieve: no basta con cerrar puertas y encerrar animales; hace falta que tengan zonas de abrigo en sus propios recintos, porque el frío y la acumulación de nieve también cambian conductas y elevan riesgos.
La tormenta por dentro: refugio, energía y decisiones rápidas
En el campo, una borrasca no llega con reloj suizo; llega como una mano enorme que empuja todo a la vez. El viento tumba ramas, la lluvia vuelve el suelo una esponja saturada y el agua corre por donde antes no corría. En ese primer golpe, muchos animales hacen lo que parece obvio y, sin embargo, no siempre funciona: se esconden. Cuevas, oquedades, taludes, galerías bajo raíces, cañaverales espesos, muros de piedra, zarzales que cortan el aire… todo puede ser un refugio provisional cuando el temporal muerde. El problema es que el refugio “perfecto” en una lluvia normal puede fallar cuando la precipitación es intensa y prolongada: sube el nivel hídrico, se inunda una cavidad, el agua ocupa el hueco y el animal se queda con menos espacio, menos oxígeno y más frío.
Ahí aparece la palabra que se repite sin que se vea: energía. Con frío y humedad, el cuerpo paga más por lo mismo; mantener la temperatura estable se vuelve carísimo. Por eso se observan conductas que, desde fuera, pueden parecer simple quietud, pero tienen sentido: menos actividad, menos desplazamientos, más tiempo en resguardo, y una elección obsesiva de los lugares donde el viento entra menos. Un tejón o una gineta, un jabalí joven, un conejo de monte, incluso un pequeño roedor, no puede permitirse estar mojado horas y horas, porque ese abrigo natural —pelaje, grasa, capa aislante— pierde eficacia. Mojado no significa solo incómodo; significa vulnerable.
Y luego está el agua que sube donde no debería. Las madrigueras en cotas bajas, cerca de arroyos o en suelos que drenan mal, pueden inundarse. Las galerías se convierten en tubos llenos de humedad, y, si además baja la temperatura, el cuerpo entra en una pelea mala: gastar calorías para calentarse o reservarlas para aguantar. Fernández Lázaro insiste en que, en estos periodos de lluvias intensas y prolongadas, “evidentemente peligra la vida” de individuos refugiados en cuevas si el nivel hídrico sube y se inundan. No es dramatismo: es hidráulica.
En paralelo, hay especies que optan por lo contrario, por moverse. Cuando el temporal se concentra en una comarca y deja otras relativamente a salvo, la fauna con capacidad de desplazamiento intenta recolocarse. Algunas aves cambian áreas de campeo, buscan arboledas más densas o se arriman a bosquetes que amortiguan rachas. Mamíferos medianos recorren linderos y setos como si fueran pasillos protegidos. Ese movimiento, sin embargo, también tiene un precio: salir a la intemperie, exponerse, gastar energía extra. En borrascas largas, el dilema se vuelve repetitivo y agotador: quedarse y resistir o salir y arriesgar.
Plumas que no pueden fallar: el aceite invisible y el frío real
En las aves, el temporal toca un punto delicado: el plumaje es su abrigo, su escudo y, para muchas, su forma de existir. Si una pluma pierde estructura, si se abre y deja entrar agua, el aire caliente que queda atrapado cerca del cuerpo se escapa y el aislamiento se desploma. Por eso, cuando llueve, se ve más acicalamiento, más pico trabajando sobre la pluma, más tiempo dedicado a “arreglarse” que a otra cosa. No es vanidad: es mantenimiento de supervivencia.
El detalle clave está en una glándula pequeña con nombre poco glamuroso: la glándula uropigial. Las aves producen ahí una sustancia grasa que actúa como aceite hidrófobo, y con el pico la distribuyen por el plumaje. Fernández Lázaro lo describe de forma directa: se “embadurnan”, impermeabilizan, y así mantienen las plumas operativas frente a la lluvia. Ese aceite ayuda a que el agua resbale, pero también mantiene la pluma en buen estado, flexible, bien encajada con las demás, como tejas que no deben levantarse. Cuando la lluvia es persistente, ese trabajo se vuelve crucial.
El riesgo aparece cuando el plumaje se empapa de verdad. Ahí no hay truco: el ave pierde aislamiento térmico, gasta energía de más para sostener su temperatura y puede caer en hipotermia. Fernández Lázaro lo subraya sin rodeos: si acaban mojadas, además del riesgo de enfermar, hay un gasto energético excesivo y una pérdida de aislamiento que puede acabar en un cuadro grave. En un temporal largo, una noche mala —fría, mojada, con viento— es más que una mala noche; puede ser el final.
Aves acuáticas: más aceite, más margen… pero no invencibles
Las aves acuáticas juegan con ventaja relativa. Patos, cormoranes, somormujos, gaviotas, aves de mar que viven en un mundo húmedo, suelen tener más aceites y una estrategia más afinada para flotar y mantener calor en ambientes fríos. La impermeabilización del plumaje es, en su caso, parte del diseño. Aun así, cuando el temporal viene con frío intenso, viento y agua que golpea sin descanso, el margen se reduce. El cuerpo puede con mucho, pero no con todo, y la diferencia entre resistir y caer se decide en detalles: encontrar un dormidero más protegido, evitar zonas expuestas, minimizar el tiempo en agua agitada, aprovechar remansos.
Dormir durante una borrasca: arbolado, densidad y “pantallas” contra el viento
Una imagen típica en días de lluvia fuerte es la de aves que “se apagan” en árboles, buscando ramas que corten el agua y el viento. El arbolado funciona como paraguas imperfecto; las copas frenan gotas y rachas, y por debajo hay un microclima algo más amable. Pero el árbol también es riesgo: ramas que caen, golpes, incluso desplomes en suelos saturados. En temporales intensos, esa elección es un equilibrio: cobijo frente a peligro. No es raro que se busquen arboledas densas, matorral cerrado, zonas donde el viento no entra en línea recta. El objetivo es el mismo: mantener el plumaje lo más funcional posible, conservar calor, llegar a la siguiente ventana de calma.
Pelaje empapado: patógenos, estrés y un cuerpo en deuda
Los mamíferos sufren el temporal de otra manera, más pegada a la piel. El pelo es aislamiento, sí, pero cuando se moja durante horas se convierte en una manta pesada y fría. Fernández Lázaro habla de riesgo de patógenos y de estrés fisiológico; es una forma elegante de decir que el cuerpo entra en un estado de alerta constante, con recursos dedicados a no enfriarse y a compensar la humedad. Ese desgaste es doble: el animal gasta energía para calentarse, y al mismo tiempo su sistema inmune puede debilitarse. Si además hay heridas pequeñas, contacto con barro, parásitos, o simplemente una alimentación peor por falta de actividad, el cóctel se vuelve peligroso.
En episodios largos, no solo importa el frío, también importa el tiempo. Un chaparrón fuerte puede pasar y dejar margen para secarse; varios días de lluvia y humedad no dan descanso. El pelaje no “se recupera” del todo, el suelo sigue mojado, y el animal que entra y sale del refugio vuelve a empaparse. En ese contexto, los refugios secos se convierten en oro: cavidades altas, taludes bien drenados, zonas bajo grandes rocas, lugares con cubierta vegetal que reduzca la exposición. Pero incluso esos refugios pueden fallar si el agua sube o si la saturación del terreno hace que el barro avance como una marea lenta.
Aquí entra un detalle que a menudo se olvida: el estrés no es solo psicológico; en animales es fisiología pura. El estrés sostenido altera hormonas, cambia patrones de comportamiento y puede afectar la capacidad de respuesta frente a amenazas. Un mamífero debilitado por humedad y frío corre peor, reacciona más tarde, toma peores decisiones. En plena borrasca, esa diferencia se nota. Y, aunque parezca lo contrario, también influye en la alimentación: si el animal evita moverse para no mojarse más o no exponerse, come menos; si come menos, tiene menos energía; si tiene menos energía, aguanta peor el frío. Un círculo, sin épica, muy de supervivencia de verdad.
Madrigueras inundadas: cuando el “seguro” se convierte en trampa
La imagen de la madriguera como hogar seguro se rompe con agua persistente. En un suelo saturado, el agua entra por filtración, por escorrentía o directamente por subida de nivel si está cerca de un cauce. La noticia describe muertes por madrigueras inundadas, y ahí el factor decisivo suele ser el tiempo de respuesta: si el animal puede salir y recolocarse, sobrevive; si no puede, si el agua sube rápido o el acceso queda bloqueado, el riesgo se dispara. En el caso de zorros o pequeños carnívoros, además, el temporal puede coincidir con épocas sensibles como cría o cuidado de cachorros, y entonces el impacto es mayor, porque no se trata de un individuo, sino de toda una camada expuesta a humedad y frío.
Ríos crecidos: turbidez, golpes y peces fuera de sitio
Hay un punto del temporal que se vive bajo el agua y, por eso, cuesta imaginar: los peces no solo luchan contra más caudal, también contra un mundo que se vuelve opaco. Fernández Lázaro pone el foco en la turbidez, que aumenta con el arrastre de sedimentos cuando el río crece de golpe. Esa agua turbia reduce visibilidad, complica encontrar alimento, dificulta detectar obstáculos y, en muchos casos, viene acompañada de caída de temperatura. Como si fuera poco, la crecida arrastra ramas y objetos; el pez no tiene “arcén” donde apartarse, y puede recibir golpes o ser desplazado a zonas donde no debería estar.
La escorrentía añade otra amenaza: el agua que corre por tierra y asfalto puede arrastrar contaminantes, fertilizantes, residuos, lo que haya a mano. La noticia habla de riesgo de contaminación por escorrentía, y ese matiz es importante en ríos cercanos a áreas urbanas o agrícolas. Un río crecido no es solo un río grande: es un río mezclado, removido, cargado de cosas que normalmente estarían quietas en el fondo o en la orilla.
Y luego está el escenario más surrealista y, a la vez, más real: el desbordamiento. Fernández Lázaro lo resume con una imagen que cualquiera ha visto tras una inundación: los peces pueden acabar fuera del cauce, “en un parque”, en una zona anegada, en charcos desconectados del río principal. Ese desplazamiento puede ser mortal si el agua se estanca, baja el oxígeno o la temperatura cae. En el mejor de los casos, el pez aguanta hasta que el agua vuelve; en el peor, queda atrapado en una bolsa temporal sin salida.
El caudal como fuerza bruta: refugios subacuáticos y remansos
Cuando el caudal sube, muchos peces buscan remansos, zonas de menor corriente, refugios detrás de piedras, raíces sumergidas o estructuras naturales que corten el flujo. No es una estrategia “bonita”, es la forma de no ser arrastrado como una hoja. Pero si el río se convierte en una cinta transportadora, incluso esos remansos se vuelven inestables. En crecidas muy rápidas, el refugio se mueve, se deshace o desaparece. El pez gasta energía extra nadando contra corriente o recolocándose, y ese gasto llega justo cuando el ambiente es más hostil: agua fría, turbia, con menos capacidad de orientación.
Golpes, ramas y objetos: un riesgo poco visible
El temporal tira cosas al agua. Ramas, troncos, incluso piedras desprendidas. Fernández Lázaro menciona que las ramas que caen o arrastra el agua pueden golpear a los peces, y es un punto que suele pasar desapercibido porque no se ve desde la orilla. Pero en un río cargado, el fondo se convierte en un pasillo peligroso. Los peces pueden lesionarse, quedar aturdidos, perder capacidad de maniobra. Y un pez herido en un episodio de crecida tiene menos margen para alimentarse, respirar bien y mantenerse estable en corriente.
Lluvia que activa la vida: anfibios, insectos y un calendario alterado
No todo el mundo vive la lluvia como amenaza inmediata. Los anfibios son, en muchas especies, criaturas de humedad: la lluvia les permite moverse más sin desecarse, salir de refugios, buscar alimento. La noticia lo dice claro: los anfibios “aumentan su actividad con la lluvia”. Esa frase condensa una escena habitual en noches húmedas: sapos y ranas más presentes, tritones en charcas, salamandras en zonas sombrías, más movimiento cerca del agua. Para muchos, la lluvia es el semáforo en verde.
Los insectos también entran en juego. Hay especies cuya reproducción se activa en épocas de precipitación, y eso repercute en cadena: más insectos, más alimento para anfibios, más actividad. En un temporal moderado, esa sincronía funciona. El problema aparece cuando los patrones cambian, cuando la lluvia llega con intensidad inusual, cuando la ventana se alarga o se desplaza. Fernández Lázaro subraya que los cambios bruscos de precipitación tienen efecto en distribución, alimentación y reproducción de muchas especies y que esos cambios “les están alterando en niveles que todavía se intentan comprender”. Dicho de forma llana: el calendario natural se vuelve menos fiable.
Ese desajuste no es un concepto abstracto; se nota en decisiones pequeñas. Si una especie depende de lluvias para reproducirse y la lluvia llega más tarde o demasiado fuerte, puede perder el momento óptimo. Si una especie sale a alimentarse con humedad y se encuentra un diluvio continuo, la actividad puede volverse peligrosa. Incluso en anfibios, que toleran y buscan humedad, hay límites: corrientes demasiado fuertes pueden arrastrarlos, charcas temporales pueden desbordarse y luego desaparecer, la temperatura puede bajar demasiado. La lluvia “buena” no es lo mismo que la lluvia que cae sin parar.
Reproducción y comida: cuando la borrasca mete mano en la cadena
La relación entre lluvia, insectos y anfibios es uno de esos engranajes que parecen sencillos hasta que se rompen. Si aumentan insectos con la lluvia, los anfibios salen a alimentarse. Si la lluvia cambia, cambian insectos y cambian anfibios. Y eso llega más arriba: aves insectívoras, pequeños mamíferos, reptiles. Una borrasca intensa y prolongada puede cortar vuelos, limitar actividad diurna, dificultar la caza. A veces hay un pico de comida y nadie puede aprovecharlo; otras veces, hay hambre en el peor momento. En ecología, estas cosas se escriben con palabras grandes; en el terreno se ven como lo que son: jornadas raras, silencios donde debería haber movimiento, o movimientos donde normalmente no los hay.
Nieve y hielo: estrés térmico, refugios y riesgos inesperados
Cuando la borrasca trae nieve, el paisaje cambia y también cambian las reglas. Gabriel Alcántara insiste en un punto práctico y, a la vez, muy ligado al bienestar: en áreas de conservación hay que disponer no solo de edificios cerrados, sino de zonas donde los animales puedan protegerse dentro de sus propios recintos sin estar encerrados permanentemente. Y añade que eso, además, lo marca la legislación. La idea no es solo “guardar” animales, sino permitir que gestionen el frío con opciones: abrigo, resguardo, movimiento controlado.
En animales de pradera y serranía como corzos y gamos, las nevadas copiosas pueden provocar un estrés térmico puntual. Alcántara lo explica desde la biología más básica: lo resuelven gracias a la grasa que acumulan con la alimentación, comen con un objetivo energético. Esa frase tiene un peso específico: en invierno, comer no es solo comer, es cargar batería para días duros. Si la nieve tapa pastos, si el hielo dificulta escarbar, si el desplazamiento cuesta, el animal consume reservas y entra en una cuenta atrás.
Los osos, dice Alcántara, son “eminentemente de frío”. Si no hibernan, les gusta juguetear con la nieve. El matiz que aporta es casi de anécdota con fundamento: en parques hay que tener cuidado para que no abran una osera tan grande que encuentren una salida por otro lado y se escapen. En otras palabras, el frío no solo amenaza; también modifica conducta, fomenta exploración, cambia rutinas. En un entorno controlado, eso implica riesgos de seguridad. En la naturaleza, implica desplazamientos, búsqueda de refugios alternativos, interacción distinta con el territorio.
Y el punto más duro lo pone Alcántara con los zorros: pueden correr el riesgo de morir congelados si su galería se llena de nieve y esta, por las bajas temperaturas, se hiela. No es la nieve por sí sola; es la nieve convertida en bloque. El animal queda atrapado, sin salida, con temperaturas que bajan y un refugio que se convierte en cárcel. Por eso el veterinario subraya que no solo hay que tener en cuenta la caída de nieve, sino hasta dónde bajan las temperaturas. La nieve es volumen; el hielo es cierre.
El frío como factor decisivo: no basta con mirar el cielo
En episodios de nieve, el día puede engañar. Se ve blanco, se ve bonito, y el problema real puede estar de noche, cuando la temperatura cae y el agua se solidifica en puertas y suelos. Un charco es una placa; una entrada a una galería puede sellarse; un animal con patas pequeñas pierde tracción; la comida queda cubierta. El frío prolongado afecta a individuos jóvenes, a enfermos, a quienes no han podido acumular reservas. En esos días, la supervivencia vuelve a ser una suma de detalles: grasa disponible, refugio no inundable, acceso a alimento, capacidad de moverse sin gastar demasiado.
Conservación y bienestar: refugios sin encierro permanente
Lo que Alcántara señala sobre recintos y conservación tiene lectura amplia. Los espacios de conservación que alojan fauna deben prever inclemencias sin convertir el bienestar en castigo. Por eso se diseñan zonas de abrigo dentro del propio recinto: estructuras que corten viento, techados, áreas elevadas que no se encharquen, sustratos que drenen. En nevadas, además, se busca que haya espacios donde el animal pueda elegir: entrar y salir, moverse, protegerse. La clave no es solo “tener calor”, sino poder gestionar el frío con opciones reales.
Después de la borrasca, el campo hace cuentas
Cuando el temporal afloja, el monte no vuelve automáticamente a la normalidad. Se queda un rastro: madrigueras anegadas, suelos removidos, riberas desbordadas, árboles dañados, charcas nuevas donde antes no las había y charcas antiguas que desaparecen tras un desbordamiento. La fauna reordena su mapa mental. Algunas especies recuperan terreno rápido; otras tardan más; algunas pagan el precio en silencio, con bajas que no se ven. En borrascas repetidas, ese peaje se acumula.
Lo más delicado es lo que Fernández Lázaro apunta sobre los patrones. La lluvia no es solo agua: es señal para reproducirse, para alimentarse, para desplazarse. Si cambia el patrón, cambia la conducta; si cambia la conducta, cambia la supervivencia. A veces el cambio es una ventaja puntual para unas especies y un problema para otras; a veces es un desajuste general que deja a todos con menos margen. Y en medio, el factor más simple y más cruel: el tiempo mojado. Un pelaje que no se seca, un plumaje que pierde aislamiento, un río que sigue turbio, una galería que se hiela. Pequeños mecanismos que suelen funcionar en condiciones normales y que, con una borrasca de gran impacto, se tensan hasta el límite.
En el suelo, se notan los efectos con detalle: zonas donde el barro queda como una capa pegajosa, huellas que se multiplican en caminos porque los animales buscan bordes más estables, linderos que se vuelven autopistas de paso, incluso cambios en horarios de actividad. La vida se hace más discreta y, al mismo tiempo, más urgente en lo básico: comer cuando se puede, moverse cuando conviene, resguardarse cuando toca. Sin épica. Con biología.
Y queda una última idea, muy de campo, muy poco romántica: una borrasca intensa puede ser un evento; una sucesión de borrascas se convierte en condición. Ahí es donde el impacto se vuelve más profundo, porque no se trata solo de aguantar un día malo, sino de encadenar días malos sin recuperar del todo. El resultado no siempre es inmediato ni visible, pero existe: más desgaste, más vulnerabilidad, más errores por cansancio, más exposición al frío y a la enfermedad. El temporal pasa, sí. Pero el cuerpo de muchos animales se queda haciendo cuentas bastante tiempo.

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