Tecnología
¿Cómo serán los robotaxis sin conductor de Stellantis, Wayve y Uber?
Stellantis, Wayve y Uber preparan robotaxis sin conductor para Londres y Tokio, con IA, nivel 4 y una expansión urbana pendiente de permisos.

Stellantis, Wayve y Uber han sellado una alianza para desarrollar y desplegar robotaxis de nivel 4, vehículos capaces de realizar la conducción completa sin intervención humana dentro de unas zonas y condiciones previamente autorizadas. El reparto parece sencillo: Stellantis pondrá las plataformas de los coches y la capacidad industrial; Wayve, el sistema de conducción basado en inteligencia artificial; Uber, la aplicación, los pasajeros y buena parte de la maquinaria necesaria para operar las flotas.
La fecha que importa es 2026, aunque conviene bajar un poco el volumen del altavoz corporativo. Los primeros servicios vinculados a Wayve y Uber comenzarán en Londres y Tokio, con una expansión prevista hacia otras diez ciudades, pero eso no significa que los automóviles de Stellantis vayan a recoger pasajeros de inmediato. En Londres se usarán inicialmente Ford Mustang Mach-E con operadores de seguridad, mientras que el piloto de Tokio está planteado con Nissan Leaf y también con supervisión humana en su primera fase.
La nueva sociedad con Stellantis abre el camino para integrar, validar y fabricar vehículos autónomos a gran escala; no coloca mañana una fila de Peugeot o Fiat sin conductor delante del aeropuerto. Entre un acuerdo industrial y un coche que espera junto a la acera hay permisos, pruebas, seguros, centros de control, talleres y una cantidad poco cinematográfica de papeleo. El futuro también lleva sello administrativo.
Stellantis aporta la fábrica que faltaba
El acuerdo anunciado el 17 de junio de 2026 reúne tres piezas que la industria lleva años intentando encajar sin que el puzle acabe de quedar bonito. Construir un prototipo autónomo que recorra unas calles controladas es difícil, pero posible. Fabricar miles de unidades fiables, reparables y económicamente sostenibles; desplegarlas en ciudades distintas; atender a los pasajeros cuando algo falla; limpiar los coches, cargarlos, asegurarlos y llevarlos al taller… eso ya es otro oficio. Menos vídeo futurista, más grasa de taller.
Stellantis entra precisamente ahí. El grupo que agrupa marcas como Peugeot, Citroën, Fiat, Opel, Jeep, Alfa Romeo y Maserati desarrollará vehículos sobre sus plataformas preparadas para nivel 4, diseñadas para integrar cámaras, radares, sistemas de cálculo, comunicaciones y elementos redundantes. La compañía posee plantas, proveedores, redes de reparación y décadas de experiencia convirtiendo diseños en automóviles fabricados por miles. No es un detalle menor: en esta carrera abundan los cerebros digitales, pero escasean quienes pueden ponerles ruedas de forma rentable.
La redundancia es el equivalente tecnológico de llevar cinturón y tirantes. Si falla un sensor, una fuente de alimentación o una parte del sistema de frenado, otra debe asumir la función sin convertir una avería en una excursión involuntaria por la acera. Un robotaxi no puede limitarse a encender un testigo luminoso y pedir al conductor que se haga cargo, porque quizá no haya conductor, ni volante accesible, ni una persona preparada para intervenir.
La compañía no ha anunciado todavía qué modelo será el primero, dónde se fabricará ni cuántas unidades formarán la flota inicial de esta alianza concreta. Tampoco ha fijado una fecha de producción. Son ausencias relevantes. En el negocio del automóvil autónomo hay comunicados que viajan a velocidad de autopista y fábricas que avanzan con el ritmo más prudente de una rotonda en hora punta.
Stellantis ya había preparado el terreno. En mayo acordó con Wayve integrar su software en la arquitectura STLA AutoDrive para ofrecer conducción supervisada con manos libres, conocida comercialmente como nivel 2++, con una primera integración prevista en Norteamérica para 2028. Ese proyecto es distinto del servicio de robotaxis, pero demuestra que ambas compañías trabajan en una relación más amplia: desde ayudas avanzadas para coches particulares hasta vehículos pensados para circular sin un conductor responsable a bordo.
Ese nivel 2++ no convierte al coche en autónomo. El conductor sigue siendo responsable, debe vigilar la carretera y estar listo para tomar el control. El “++”, por cierto, no forma parte de la escala oficial de seis niveles; es una etiqueta industrial para describir funciones más avanzadas dentro del nivel 2. Suena a salto tecnológico mayúsculo, aunque jurídicamente sigue dejando las manos invisibles del sistema bajo la tutela de unos ojos humanos.
Qué significa realmente un robotaxi de nivel 4
Un vehículo de nivel 4 puede conducir por sí solo dentro de un dominio operativo definido. Ese dominio puede limitarse a determinadas zonas, velocidades, franjas horarias, tipos de carretera o condiciones meteorológicas. El coche se ocupa de acelerar, frenar, girar, interpretar semáforos, reaccionar ante ciclistas y resolver la conducción completa. No necesita que un humano agarre el volante en cuestión de segundos.
Si surge una situación que supera sus capacidades, el sistema debe alcanzar por sí mismo una condición segura, por ejemplo detenerse en un lugar adecuado. Ahí reside una diferencia decisiva respecto a las ayudas de conducción disponibles en muchos coches actuales. En un sistema de nivel 2 o nivel 3, la intervención humana continúa siendo parte del diseño. En el nivel 4, dentro del área autorizada, el vehículo debe resolver el trayecto o detenerse con seguridad sin lanzar la responsabilidad al pasajero como quien pasa una patata caliente.
Los robotaxis que comiencen a operar en Europa no recorrerán la ciudad entera desde el primer día. Lo razonable es que trabajen en áreas delimitadas, con itinerarios y condiciones progresivamente ampliados a medida que acumulen kilómetros, superen evaluaciones y obtengan permisos. La expansión será menos parecida a encender una bombilla y más a extender una mancha de aceite sobre el mapa: barrio a barrio, horario a horario, cruce a cruce.
También habrá personas detrás de la escena, aunque no estén dentro del coche. Las flotas necesitan asistencia remota, equipos capaces de comunicarse con los pasajeros y ayudar al vehículo cuando se encuentra, por ejemplo, una calle cortada, un agente que dirige el tráfico con gestos poco previsibles o una doble fila que obliga a tomar una decisión incómoda.
El operador remoto no conduce necesariamente como quien maneja un coche teledirigido. Puede aportar contexto, autorizar una maniobra o guiar al sistema para salir de una situación excepcional. La diferencia importa: una conexión móvil puede sufrir retrasos o interrupciones, de modo que delegar continuamente la conducción en una persona situada a kilómetros sería inseguro. El coche debe conservar la capacidad de detenerse sin depender de una señal perfecta.
Wayve quiere conducir sin memorizar cada calle
La aportación de Wayve se basa en un enfoque que la empresa denomina inteligencia artificial incorporada. Su sistema aprende a interpretar el entorno a partir de grandes cantidades de datos de conducción y pretende generalizar ese aprendizaje entre vehículos, ciudades y países. En lugar de depender por completo de mapas tridimensionales extremadamente detallados y reglas programadas para cada escenario, busca entender la escena y decidir mediante modelos entrenados con experiencia real.
La promesa es atractiva: si el software puede adaptarse a distintas ciudades sin rehacer desde cero la ingeniería y la cartografía, la expansión resulta más rápida y barata. Este planteamiento se parece menos a memorizar un callejero y más a aprender la gramática del tráfico. El sistema no debería recordar únicamente que en una esquina concreta aparece un paso de peatones, sino comprender qué significa cualquier paso de peatones cuando lo encuentra por primera vez.
Londres ofrece autobuses que invaden el carril con la seguridad de un armario en movimiento, ciclistas que aparecen por los ángulos muertos, obras eternas y peatones con una relación creativa con los semáforos. Tokio plantea otra gramática: tráfico denso, señalización propia, calles estrechas y normas culturales muy distintas. Un sistema capaz de desenvolverse en ambos lugares demostraría algo más que habilidad para repetir una ruta ensayada.
Ese enfoque también entraña riesgos. Los modelos de inteligencia artificial pueden comportarse bien ante millones de situaciones habituales y, sin embargo, fallar ante una combinación extraña que apenas apareció durante el entrenamiento. Un disfraz, una carga que sobresale de una furgoneta, un semáforo provisional mal colocado o un policía que contradice la señalización convierten una calle corriente en un pequeño examen sorpresa. La validación del software debe buscar precisamente esas esquinas oscuras.
Por eso la integración con Stellantis incluye pruebas, validación y adaptación del vehículo. El software no flota en una nube filosófica; necesita frenos, dirección, alimentación eléctrica y sensores limpios, además de ordenadores capaces de seguir funcionando con calor, frío, lluvia y vibraciones. La conducción autónoma es inteligencia, sí, pero también cables, tornillos y tolerancias de fabricación. La épica acaba muchas veces en una junta mal sellada.
Londres y Tokio serán los primeros escaparates
Londres será el laboratorio más visible de Wayve y Uber. Los usuarios pueden apuntarse para acceder a los primeros viajes cuando lleguen las autorizaciones. La fase inicial utilizará Ford Mustang Mach-E equipados con cámaras y radar, y llevará un operador entrenado tras el volante. El pasajero al que la aplicación asigne uno de estos vehículos podrá aceptar el viaje autónomo o cambiar a un servicio convencional, sin un recargo específico anunciado para la experiencia.
La capital británica tiene sentido por dos razones. Wayve nació en Reino Unido y prueba allí su tecnología desde hace años. Al mismo tiempo, el país ha construido una vía regulatoria para autorizar servicios comerciales piloto, incluidos vehículos sin conductor de seguridad, antes de la aplicación completa de su marco legal prevista para la segunda mitad de 2027.
No basta, sin embargo, con que el Gobierno central bendiga la idea. Los servicios londinenses necesitan las aprobaciones correspondientes y la coordinación con Transport for London, el organismo que gestiona buena parte de la movilidad de la capital. La tecnología puede dominar una rotonda, pero antes tendrá que superar despachos donde el entusiasmo por la innovación convive, como debe ser, con expedientes de seguridad y responsabilidades civiles.
Tokio seguirá un camino distinto. Wayve, Uber y Nissan prevén iniciar a finales de 2026 un piloto con la nueva generación del Nissan Leaf. Los vehículos estarán disponibles mediante Uber, funcionarán a través de un socio de taxi autorizado y llevarán inicialmente un operador de seguridad. Wayve asegura que prueba su tecnología en Japón desde comienzos de 2025, una preparación necesaria en un mercado con regulación exigente.
El servicio de taxi japonés añade otra dificultad: la calidad, la limpieza y la atención al pasajero no son precisamente detalles decorativos. Un coche autónomo podrá conducir con precisión matemática, pero también tendrá que ofrecer una experiencia aceptable cuando alguien olvide una maleta, ensucie el asiento o necesite ayuda para subir. La operación cotidiana suele ser menos brillante que la inteligencia artificial y bastante más decisiva.
Las compañías hablan de Londres, Tokio y otras diez ciudades a partir de 2026. De momento no han identificado públicamente todos esos mercados ni han detallado cuántos vehículos circularán en cada uno. La expresión despliegue puede abarcar desde una prueba limitada con una docena de coches hasta un servicio comercial disponible en ciertos barrios. Conviene no confundir la geografía del anuncio con la escala real.
Los primeros meses servirán para comprobar algo elemental: si la tecnología funciona cuando deja de conducir para ingenieros y empieza a transportar a personas con prisa, maletas, niños, dudas y teléfonos sin batería. El tráfico real tiene una cualidad que los simuladores reproducen con dificultad: la gente hace cosas absurdas. Aparca donde no debe, cruza mirando una pantalla, abre una puerta sin comprobar si viene una bicicleta. El robotaxi debe convivir con esa zoología urbana sin volverse temerario ni quedar paralizado ante cada irregularidad.
Quedan abiertas cuestiones esenciales: el precio por viaje, la disponibilidad nocturna, la accesibilidad para personas con discapacidad, el transporte de menores, la responsabilidad en un accidente y el tratamiento de los datos captados por las cámaras. El acuerdo no resuelve ninguna. Tampoco promete que el servicio vaya a ser más barato desde el principio.
Eliminar el coste del conductor puede reducir gastos a largo plazo, pero las primeras flotas soportan vehículos caros, sensores, centros de control, mantenimiento especializado, seguros y una infraestructura de carga que no se instala con buenos deseos. Incluso sin una persona al volante, alguien deberá limpiar el habitáculo, revisar los neumáticos, recuperar los objetos perdidos y retirar un coche averiado. La automatización borra algunas tareas; otras simplemente cambian de uniforme.
Uber quiere ser la estación central del transporte autónomo
Uber abandonó hace años la idea de desarrollar en solitario todo el sistema de conducción y ha elegido otra posición: convertirse en el gran distribuidor de viajes autónomos. Su ventaja no está en fabricar coches ni en entrenar un único cerebro artificial, sino en disponer de una aplicación conocida, millones de usuarios, datos sobre demanda, sistemas de pago y experiencia organizando trayectos en aeropuertos, estadios y centros urbanos.
La alianza con Stellantis y Wayve encaja en esa estrategia de ecosistema. Uber trabaja con numerosos especialistas y fabricantes, entre ellos Waymo, WeRide, Motional, Zoox, Nuro, Baidu, Volkswagen, Nvidia y Pony.ai. El objetivo es que el pasajero pida un viaje como siempre y que la plataforma decida qué vehículo puede atenderlo: uno con conductor, otro completamente autónomo o quizá un servicio compartido.
El usuario no debería necesitar un máster en proveedores de sensores para ir a cenar. La aplicación puede ocultar la complejidad y presentar una experiencia aparentemente sencilla: origen, destino, precio y tiempo de espera. Por debajo, sin embargo, deberá coordinar flotas diferentes, restricciones geográficas, niveles de batería, necesidades de limpieza, permisos municipales y disponibilidad de asistencia técnica.
Uber también ofrece servicios que suelen desaparecer bajo el brillo del coche sin conductor: financiación de flotas, mapas actualizados, soporte regulatorio, interfaces dentro del vehículo, atención al cliente, seguros, mantenimiento y centros de operaciones. Es la fontanería del negocio. Nadie presume de ella en una feria tecnológica, pero una flota de robotaxis sin limpieza, carga ni asistencia remota duraría menos que un paraguas barato en Londres.
La plataforma gana así una posición privilegiada, aunque también asume riesgos. Si un proveedor falla, el pasajero probablemente no recordará el nombre del fabricante del sistema autónomo; recordará que pidió el coche mediante Uber. La reputación de la aplicación quedará unida a la seguridad y fiabilidad de tecnologías desarrolladas por terceros. Ser la estación central permite vender muchos billetes, pero también obliga a responder cuando un tren no llega.
España ya está dentro de la carrera, pero por otra vía
La alianza de Stellantis, Wayve y Uber no ha anunciado una fecha para España. Madrid, sin embargo, ya figura en otro proyecto autónomo de Uber. La compañía prevé lanzar en 2026, junto con WeRide y AVOMO y en colaboración con la Comunidad de Madrid, un piloto comercial que comenzará con operadores entrenados a bordo.
El programa aspira a ampliar progresivamente la flota hasta incorporar servicios completamente autónomos en áreas urbanas. No es el mismo proyecto ni utiliza la tecnología de Wayve. La coincidencia de Uber puede inducir a mezclarlos, pero son acuerdos distintos. Una cosa es el sistema de Wayve integrado en futuros vehículos de Stellantis; otra, el despliegue madrileño preparado con WeRide.
Lo relevante para el público español es que Uber está construyendo una cartera de proveedores: WeRide para Madrid, Wayve para Londres y Tokio, y otras compañías para diferentes mercados. La plataforma evita apostarlo todo a un solo sistema y puede comparar costes, seguridad, rendimiento y aceptación pública. Una estrategia muy tecnológica, aunque también bastante antigua: no poner todos los huevos en la misma cesta.
Si los vehículos de Stellantis con inteligencia artificial de Wayve llegan algún día a España, entrarán en una ciudad donde la conversación regulatoria y la prueba comercial ya habrán empezado. Madrid puede convertirse en un campo de ensayo europeo, pero el desarrollo dependerá de autorizaciones, resultados de seguridad y aceptación ciudadana. El atasco de la M-30, por desgracia, no desaparecerá por llevar un ordenador al volante.
Una alianza potente que aún debe demostrarlo todo
El acuerdo tiene lógica industrial. Stellantis sabe fabricar a gran escala y adaptar plataformas; Wayve aporta un sistema de conducción que pretende aprender y trasladarse entre ciudades; Uber posee la red de pasajeros y la operación cotidiana. Juntas, las tres empresas cubren casi toda la cadena necesaria para que un robotaxi deje de ser un prototipo llamativo y se convierta en un servicio repetible.
Pero la noticia del 17 de junio es un punto de partida, no la llegada. No hay modelo de Stellantis confirmado, volumen de producción, tarifa, fecha comercial ni lista completa de ciudades para los vehículos nacidos de esta alianza. Antes deberán integrar sensores y software, validar el comportamiento, obtener permisos, demostrar seguridad y resolver la economía de cada viaje. La carretera entre el comunicado y la parada de taxis es larga; está llena de obras, reguladores y hojas de cálculo.
Los primeros pasajeros verán algo más modesto y, quizá por eso, más importante: coches autónomos con supervisión, zonas limitadas y una aplicación que permitirá aceptar o rechazar la experiencia. Londres y Tokio medirán la reacción del público y la capacidad de Wayve para adaptarse a entornos muy distintos. Madrid probará otra combinación tecnológica.
Mientras tanto, Stellantis preparará la pieza que puede cambiar la escala del negocio: vehículos pensados para trabajar muchas horas, mantenibles y fabricables por miles. Una flota comercial necesita coches que soporten uso intensivo, limpieza frecuente, recarga constante y reparaciones rápidas. El automóvil particular descansa buena parte del día; un robotaxi rentable tendrá que vivir casi siempre en movimiento.
El robotaxi no llegará como una nave espacial que aterriza una mañana y sustituye de golpe todo lo conocido. Se colará poco a poco, primero con una persona vigilando, después sin ella en áreas concretas, más tarde en horarios y barrios más amplios. Habrá incidentes, correcciones y probablemente algún exceso de entusiasmo empresarial. La transformación del transporte será gradual, desigual y bastante menos limpia que una presentación corporativa.
Un trayecto normal, incluso aburrido, será la auténtica victoria. Cuando el pasajero deje de mirar el volante vacío, guarde el móvil y vuelva a mirar por la ventanilla, la tecnología habrá empezado a convertirse en transporte cotidiano. Hasta entonces, Stellantis, Wayve y Uber tienen una alianza prometedora, una agenda ambiciosa y mucho asfalto por recorrer.

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