Economía
¿Puede la IA ayudar a reducir la inflación en Europa a largo plazo?
Lagarde sostiene que la inteligencia artificial puede contener la inflación a largo plazo al elevar la productividad y reducir costes empresariales.

Imagen: Stephen Jaffe / IMF Staff Photo / Wikimedia Commons, dominio público
Resumen
- La IA puede reducir costes si aumenta de verdad la productividad
- El efecto sobre la inflación sería gradual, indirecto y a largo plazo
- Europa aún necesita más inversión, energía y adopción empresarial
La inteligencia artificial podría contribuir a reducir la inflación a largo plazo porque permite a las empresas producir más utilizando mejor el tiempo, el capital y el trabajo. Si esa mejora se traduce realmente en mayor productividad, fabricar un producto, prestar un servicio o gestionar una empresa puede costar menos. Y cuando los costes bajan —manteniendo iguales los demás factores— disminuye también parte de la presión que empuja los precios hacia arriba.
Ese es el mecanismo que Christine Lagarde ha puesto sobre la mesa. No significa que utilizar inteligencia artificial vaya a hacer más barata la compra del supermercado el mes próximo ni que el BCE haya encontrado un botón tecnológico contra la inflación. El efecto sería gradual, indirecto y muy dependiente de cuánto se extienda la IA por la economía europea. De hecho, todavía existe una enorme distancia entre experimentar con estas herramientas y utilizarlas de forma intensiva dentro de una empresa.
Por qué producir más puede terminar significando precios más bajos
La idea económica es bastante sencilla. Una empresa necesita trabajadores, máquinas, energía, instalaciones, capital y tiempo para producir. Si gracias a la inteligencia artificial consigue obtener más resultados con recursos similares, aumenta su productividad.
Pensemos en una compañía industrial que utiliza sistemas inteligentes para detectar fallos antes de que una máquina se detenga. O en una empresa logística que reorganiza automáticamente sus rutas y reduce kilómetros vacíos. O en una aseguradora que automatiza parte del análisis documental que antes ocupaba cientos de horas. No aparece dinero de la nada: sencillamente, hay menos tiempo y recursos desperdiciados.
Eso reduce el coste por unidad producida. Una empresa puede entonces mantener precios y ampliar márgenes, invertir más, competir bajando tarifas o encontrarse obligada a abaratar sus productos porque sus rivales han conseguido hacer lo mismo. Cuando esa dinámica se extiende por miles de compañías deja de ser una anécdota empresarial y empieza a notarse en la economía.
Las estimaciones manejadas por el BCE apuntan a que, con una adopción rápida y amplia, la IA podría añadir aproximadamente entre 0,3 y 0,4 puntos porcentuales al crecimiento anual de la productividad de la eurozona durante la próxima década. Con una implantación más lenta, el efecto sería aproximadamente la mitad.
Ahí está el corazón del argumento de Lagarde: más productividad significa que la economía puede producir más bienes y servicios sin necesitar un aumento equivalente de los costes. Y una economía capaz de ampliar su oferta con mayor facilidad suele soportar menos presiones inflacionistas.
Europa todavía usa mucha IA de escaparate y poca a fondo
Hay un pequeño problema. Para que todo lo anterior ocurra, las empresas tienen que utilizar de verdad la tecnología.
A finales de 2025, alrededor del 38 % de las empresas de la zona euro declaraba al menos un uso moderado de inteligencia artificial. Sin embargo, únicamente un 7 % afirmaba utilizarla de manera significativa. La diferencia es reveladora: preguntar algo a un asistente, resumir documentos o probar herramientas generativas no equivale a reorganizar procesos productivos enteros alrededor de ellas.
La transformación que puede afectar seriamente a productividad y precios exige sistemas integrados en fábricas, oficinas, departamentos financieros, cadenas logísticas, atención al cliente, investigación o diseño. Eso cuesta dinero. Mucho.
Las empresas de la eurozona prevén dedicar alrededor del 10 % de su inversión total de 2026 a proyectos relacionados con IA, mientras que el crédito vinculado a esta tecnología representa aproximadamente una cuarta parte del crecimiento del crédito empresarial. La carrera ya no pertenece únicamente a los departamentos informáticos.
Centros de datos, electricidad y formación: la factura antes del ahorro
Para obtener esos futuros ahorros hay que pagar primero una cuenta considerable. Europa necesita más capacidad informática, centros de datos, redes eléctricas, chips y formación profesional, además de empresas capaces de transformar una tecnología prometedora en procesos que funcionen un martes cualquiera a las ocho de la mañana.
Y aquí aparece una paradoja interesante. La IA puede ser desinflacionista en el futuro y provocar presiones sobre los precios durante su construcción.
Un centro de datos necesita cantidades enormes de equipos, electricidad e infraestructura. Las empresas que compiten por ingenieros especializados elevan salarios. La fabricación de semiconductores avanzados requiere inversiones gigantescas. Una oleada simultánea de proyectos tecnológicos puede disparar temporalmente la demanda de determinados recursos antes de que lleguen las ganancias de productividad.
Es decir, el camino hacia una economía más eficiente también puede tener algunos baches inflacionistas.
La gran incógnita está en los trabajadores y los salarios
El segundo canal que preocupa al BCE no pasa por las máquinas, sino por las personas.
Más de la mitad de los trabajadores ya utiliza alguna forma de inteligencia artificial en su empleo, según los datos manejados por el banco central. Por el momento, las empresas que realizan un uso significativo de estas tecnologías no están dejando automáticamente de contratar. Incluso existe evidencia de que aquellas que aplican IA a investigación, innovación y desarrollo de nuevos productos tienden a incorporar personal.
Otra cosa ocurre cuando su finalidad principal consiste en reducir costes laborales. Allí sí aparecen descensos del empleo.
La diferencia importa para la inflación porque empleo, salarios y consumo están conectados. Si la IA complementa a los trabajadores y los hace mucho más productivos, sus ingresos podrían crecer sin obligar a las empresas a repercutir íntegramente esas subidas salariales sobre los precios. Sería el escenario amable: mejores sueldos sostenidos por una mayor producción.
Si, por el contrario, sustituye rápidamente determinados empleos, podría debilitar el crecimiento de los salarios y el consumo. Eso también reduciría algunas presiones sobre los precios, aunque mediante un mecanismo bastante menos agradable para quienes pierdan el puesto.
La tecnología no decide sola quién se queda con la productividad
Hay otra variable que suele desaparecer cuando la conversación se reduce a máquinas haciendo tareas más deprisa: quién recibe las ganancias económicas.
Una empresa puede utilizar IA para duplicar la productividad de una plantilla y trasladar una parte del ahorro a los consumidores mediante precios menores. Pero también puede convertir casi todo ese beneficio en mayores márgenes empresariales. En sectores con poca competencia, la segunda opción resulta perfectamente posible.
Por eso una mejora tecnológica no produce automáticamente una bajada equivalente de los precios. Competencia, salarios, fiscalidad, regulación, inversión y estructura empresarial intervienen en el resultado. La productividad abre la puerta; después empieza la pelea por repartir lo que hay detrás.
La inflación que preocupa al BCE sigue viniendo sobre todo de la energía
La intervención de Lagarde llega, además, en un momento peculiar. La inflación de la eurozona alcanzó el 3,2 % interanual en agosto, frente al 2,9 % registrado en julio, mientras la energía se encareció un 14,3 %. El problema inmediato, por tanto, no consiste en que Europa tenga demasiado poca inteligencia artificial.
El actual repunte responde fundamentalmente al encarecimiento energético, influido por las tensiones derivadas del conflicto en Oriente Medio. Por ahora, el BCE no observa una transmisión importante de ese shock hacia los salarios, uno de los mecanismos que podrían convertir un aumento temporal de la energía en una inflación más persistente.
Las previsiones de septiembre sitúan la inflación media de la zona euro en el 3 % en 2026, el 2,5 % en 2027 y el 2,1 % en 2028. La inflación subyacente —la que excluye alimentos y energía porque suelen ser componentes más volátiles— se movería en el 2,5 %, 2,6 % y 2,3 %, respectivamente.
Ese contexto explica también la prudencia de Fráncfort. El BCE elevó sus tres tipos oficiales en 25 puntos básicos el 10 de septiembre, llevando el precio del dinero al 2,5 %, pero Lagarde ha defendido una respuesta medida. El shock energético es demasiado grande para ignorarlo, aunque todavía no parece haberse instalado en el resto de la economía.
La IA también puede complicarle la vida al BCE
Existe una ironía considerable en todo esto. Una tecnología capaz de reducir la inflación a largo plazo también podría hacerla más difícil de interpretar mientras transforma la economía.
Una explosión de inversiones en centros de datos puede elevar la demanda. La automatización puede modificar salarios y empleo. Un salto de productividad puede aumentar beneficios e ingresos. La concentración bursátil alrededor de grandes compañías tecnológicas puede afectar a las condiciones financieras. Incluso una corrección brusca de las valoraciones del sector podría propagarse hacia inversores y empresas europeas.
El BCE tendrá que distinguir continuamente entre movimientos temporales y cambios estructurales. No es precisamente cómodo dirigir la política monetaria mirando por el retrovisor cuando el motor económico está siendo reemplazado pieza a pieza.
Europa tiene, además, otra desventaja. La inversión europea relacionada con inteligencia artificial continúa por detrás de la estadounidense. Para Lagarde, aprovechar la tecnología exige mercados financieros más integrados, acceso al capital, energía abundante a precios competitivos, formación de trabajadores y capacidad tecnológica propia.
No se trata únicamente de tener buenos modelos de IA. Hace falta que una pyme industrial de Valencia, una farmacéutica alemana o una empresa logística neerlandesa puedan utilizarlos de manera rentable. Ahí se decide si la inteligencia artificial termina apareciendo en las estadísticas de productividad o permanece atrapada en presentaciones corporativas llenas de palabras futuristas.
Una ayuda contra los precios, no una máquina de fabricar deflación
La tesis de Lagarde tiene fundamento económico, pero viene cargada de condiciones. La inteligencia artificial puede reducir costes si realmente eleva la productividad, y esos menores costes pueden suavizar las presiones inflacionistas cuando la tecnología se extiende por buena parte de la economía.
No ocurrirá de golpe. Antes habrá inversiones multimillonarias, nuevas necesidades energéticas, cambios laborales y empresas que descubrirán que instalar un sistema de IA no convierte mágicamente un negocio mediocre en una máquina eficiente.
La diferencia estará en la adopción real. Si Europa consigue integrar la tecnología en sus procesos productivos, formar a los trabajadores y convertir las mejoras técnicas en producción adicional, la IA podría convertirse en una fuerza desinflacionista durante la próxima década. No porque un algoritmo decida cuánto cuesta el pan, sino porque una economía que produce más con menos presión sobre sus recursos necesita subir menos los precios para seguir creciendo.
Ese es, en esencia, el argumento del BCE. Menos ciencia ficción de la que parece. Y bastante más economía.

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