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¿Cómo explotan los Peta Zetas? El secreto que reveló su inventor

Los Peta Zetas esconden burbujas de CO₂ atrapadas a presión: así nació el caramelo explosivo que hizo historia durante generaciones enteras.

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Cómo explotan los Peta Zetas

Los Peta Zetas explotan en la boca porque cada diminuto grano de caramelo contiene burbujas de dióxido de carbono atrapadas a gran presión dentro de una estructura sólida de azúcar. Cuando la saliva empieza a disolver esa cubierta, las burbujas quedan liberadas de golpe. El gas escapa, el cristal se fractura y llegan los chasquidos característicos que varias generaciones asociaron a cumpleaños, quioscos y bolsas de chucherías.

No hay pólvora, ni una reacción explosiva en sentido químico, ni tampoco aquel misterio casi radiactivo que podía imaginar un niño de ocho años en los años 80. Hay física, azúcar y gas. El ingeniero químico Ramón Escolá, creador de Peta Zetas en España en 1979, ha vuelto a explicar el mecanismo al recordar la historia del producto: miles de pequeñas bolsas de CO₂ permanecen encerradas en el caramelo hasta que la humedad rompe su particular prisión azucarada.

El verdadero truco que hace explotar los Peta Zetas

El principio parece sencillo cuando alguien lo cuenta cuatro décadas después. Fabricarlo de manera estable fue bastante menos trivial. El azúcar se trabaja en estado fundido y se pone en contacto con dióxido de carbono sometido a una presión muy elevada. Al enfriarse y solidificarse el caramelo sin permitir que el gas escape, parte de ese CO₂ queda encapsulado en cavidades microscópicas.

Escolá ha explicado que en la elaboración de Peta Zetas se alcanzaban presiones de entre 60 y 70 atmósferas. Después llega el momento delicado: enfriar la masa manteniendo el gas en su interior. Una vez solidificada, el resultado se rompe en pequeños fragmentos. Cada uno funciona, salvando mucho las distancias, como un minúsculo recipiente presurizado hecho de azúcar.

Cuando uno de esos fragmentos toca la lengua, el agua de la saliva comienza a disolver el caramelo. La pared que contenía el CO₂ pierde consistencia y el gas sale rápidamente. Ese escape genera el característico chasquido sobre el paladar, acompañado por pequeñas vibraciones que también percibimos a través del oído y los tejidos de la boca.

El fenómeno es, en esencia, un cambio físico, no una nueva reacción química producida dentro de la boca. El azúcar se disuelve y el dióxido de carbono previamente encerrado queda libre. Bastante menos hechicería de la que parecía en el patio del colegio, aunque la sensación explosiva siga funcionando igual de bien.

El tamaño de los granos era parte del secreto

No bastaba con conseguir azúcar lleno de burbujas. Había que lograr que el producto resultara agradable al comerlo. Escolá recuerda que uno de los problemas durante el desarrollo fue precisamente encontrar el tamaño adecuado de los fragmentos.

Un grano excesivamente pequeño libera poco gas y pierde buena parte del efecto. Uno demasiado grande puede resultar incómodo dentro de la boca. La solución fue tamizar el producto y apartar los extremos, conservando los trozos que proporcionaban el equilibrio buscado entre caramelo, presión y chasquido.

Ese detalle aparentemente menor explica bastante bien qué había detrás de Peta Zetas. El invento no consistía simplemente en meter gas en azúcar, sino en conseguir que millones de pequeñas piezas hicieran prácticamente lo mismo al llegar a la lengua. La diversión infantil necesitaba, antes, una buena cantidad de ingeniería.

Ramón Escolá y el nacimiento de Peta Zetas en 1979

Ramón Escolá desarrolló Peta Zetas en 1979, el mismo año en que nació Zeta Espacial junto al empresario Antonio Asensio, fundador del Grupo Zeta. Los primeros ensayos se realizaron a una escala modesta, con un reactor de unos 30 litros. Tras comprobar que aquella extravagancia tenía futuro comercial, el proceso pasó a equipos de alrededor de 1.500 litros. El desarrollo necesitó meses de pruebas hasta controlar presión, textura y tamaño del producto.

Ahí apareció algo que suele olvidarse cuando un producto entra en la memoria colectiva: antes de la nostalgia hubo maquinaria, errores y pruebas que no funcionaban. Un caramelo que hacía ruido parecía una ocurrencia simpática; producirlo de manera industrial era otra cosa.

Escolá ha contado que siempre vio Peta Zetas como algo más que una golosina. Su atractivo estaba en la experiencia de compartirlo y escuchar cómo crepitaba. El sabor importaba, naturalmente, pero había miles de caramelos dulces. Muy pocos convertían la boca en una pequeña caja de percusión.

Aquella diferencia explica buena parte de su éxito. Los Peta Zetas introdujeron algo que décadas después la industria alimentaria convertiría casi en doctrina: la comida también podía vender textura, sonido, sorpresa y juego.

Peta Zetas no fue el primer caramelo gasificado de la historia

La historia merece aquí una precisión. Ramón Escolá es el creador de Peta Zetas y de su desarrollo industrial español, pero la tecnología general de los caramelos con dióxido de carbono encerrado en su interior tenía antecedentes anteriores.

Los químicos William A. Mitchell y Leon Kremzner, vinculados a General Foods en Estados Unidos, figuran como inventores de una patente estadounidense para una golosina gasificada presentada en 1959 y concedida en 1961. Mitchell había experimentado con el concepto desde los años 50 y aquel trabajo acabaría asociado a Pop Rocks, comercializado en Estados Unidos durante los años 70.

Eso no convierte Peta Zetas en una simple copia ni resta interés al trabajo de Escolá. Sitúa cada cosa en su sitio. Zeta Espacial desarrolló su producto, construyó una marca propia alrededor de él y logró que aquel caramelo explosivo quedara profundamente ligado a la cultura popular española.

La compañía sitúa el lanzamiento de Peta Zetas en 1979 y su internacionalización desde los primeros años de actividad. Actualmente Zeta Espacial tiene su sede en Rubí, Barcelona, y comercializa sus productos en más de 60 países.

Por qué el ruido se siente mucho más fuerte dentro de la boca

Hay otra pequeña trampa sensorial en el éxito de los Peta Zetas. Las diminutas liberaciones de CO₂ producen sonidos modestos vistas desde fuera. Dentro de la boca parecen otra cosa.

El chasquido ocurre directamente sobre la lengua, los dientes y el paladar, de modo que las vibraciones se transmiten a muy poca distancia del oído. A la sensación sonora se suma el cosquilleo físico de las burbujas y el movimiento de los fragmentos. El cerebro recibe varias señales simultáneamente y aquello adquiere una intensidad desproporcionada respecto al tamaño del caramelo.

El CO₂ es el mismo gas empleado para carbonatar los refrescos. La diferencia está en cómo se almacena. En una bebida permanece disuelto en el líquido bajo presión; en este tipo de golosina queda encerrado dentro de pequeñas cavidades de una matriz sólida de azúcar. Cuando esa matriz desaparece, el gas recupera su libertad con bastante menos discreción.

Una tecnología que terminó entrando también en la cocina

El efecto sobrevivió mucho más allá de la bolsita infantil. El caramelo gasificado empezó a utilizarse como ingrediente en chocolates, bombones, helados y postres, porque permite añadir una textura inesperada sin cambiar por completo el sabor de una elaboración.

También ha aparecido en coctelería y restauración. El mecanismo sigue siendo idéntico: hay que proteger el caramelo de la humedad hasta el momento adecuado. Si se incorpora demasiado pronto a un alimento con agua, las burbujas se liberan antes de que el comensal pueda sentirlas y la fiesta termina en la cocina.

Así, una golosina concebida alrededor del juego terminó convertida en recurso culinario. Nada mal para unos pequeños cristales de azúcar que, vistos sobre una mesa, tienen toda la apariencia de no estar planeando absolutamente nada.

Un ruido diminuto que sobrevivió a los años ochenta

Más de cuatro décadas después de su aparición, Peta Zetas continúa comercializándose y su fabricante sigue trabajando con el caramelo gasificado tanto como producto de confitería como ingrediente. La fórmula sensorial ha envejecido sorprendentemente poco: abrir el sobre, llevar los granos a la boca y esperar unos segundos. El resto ocurre solo.

Quizá ahí reside la explicación más sencilla de su longevidad. Peta Zetas consiguió que un producto elemental ofreciera algo que un caramelo convencional no podía dar. No solo sabía dulce: hacía cosas.

Y detrás de aquel estrépito minúsculo no había magia. Había azúcar solidificado, miles de burbujas de dióxido de carbono, altas presiones, meses de pruebas y la intuición de que un niño podía divertirse con una golosina antes incluso de terminar de comérsela. Una idea química bastante seria disfrazada, afortunadamente, de travesura.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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