Síguenos

Actualidad

Cómo cambia la elección de carrera y cae el sesgo de género

Unitour en Valladolid muestra que el sesgo de género se reduce al elegir carrera: salud, ingenierías e IA, con grados más específicos y mapa. El sesgo de género al elegir carrera universitaria no ha desaparecido, pero en Castilla y León ya no manda con la misma autoridad de antes.

Publicado

el

Cómo cambia la elección de carrera

Unitour en Valladolid muestra que el sesgo de género se reduce al elegir carrera: salud, ingenierías e IA, con grados más específicos y mapa.

El sesgo de género al elegir carrera universitaria no ha desaparecido, pero en Castilla y León ya no manda con la misma autoridad de antes. En los pasillos de orientación, entre folletos y preguntas rápidas, se nota una tendencia: los chicos siguen mirando de reojo a las ingenierías y muchas chicas se inclinan hacia Educación o Ciencias de la Salud, sí, pero la distancia se acorta y la conversación se parece menos a un cliché heredado.

La escena se vio con nitidez en Valladolid, en el salón Unitour, donde universidades públicas y privadas desplegaron su catálogo ante estudiantes llegados de distintas provincias. Allí, la idea que más se repitió —con palabras distintas, con tonos distintos— fue ésta: la elección ya no se decide solo por “qué me gusta”, también por “qué salida tiene”, y en medio aparece un fenómeno que lo cambia todo: los grados con apellido, titulaciones cada vez más específicas, más segmentadas, más “a medida”, como si el menú se hubiera llenado de platos nuevos con nombres largos.

Los grados con apellido y el sesgo que se encoge

La frase “los grados tienen apellido” suena a ocurrencia, pero en realidad es una fotografía bastante fiel del momento universitario: ya no basta con decir “Ingeniería”, “Comunicación” o “Biología”, ahora el mercado y la oferta empujan hacia variantes, dobles rutas y especialidades que antes ni existían o estaban escondidas en másteres y posgrados. Esa es la lectura que trasladó Teresa Ayala, con experiencia en el Servicio de Promoción, Información y Orientación de la Universidad de Salamanca, cuando describió el cambio que aprecia en el alumnado: el sesgo de género persiste, pero “se va acortando”, y la elección llega cada vez más filtrada por la pregunta práctica de las salidas laborales.

En el caso de la Universidad de Salamanca, Ayala defendió un equilibrio que también dice mucho de la competencia actual: “compaginamos lo clásico con lo nuevo”. Salamanca juega con una carta que pesa, una universidad ocho veces centenaria, con el prestigio de lo histórico y una oferta que, al mismo tiempo, intenta no quedarse en lo museístico. Humanidades y tradición, sí, pero también adaptación a demandas contemporáneas. En el otro lado aparecen las universidades privadas, descritas como instituciones con un perfil más diferenciado, menos generalista, donde ese “apellido” del grado se convierte en reclamo y en marca.

Ese “apellido” no es solo un adorno lingüístico. Cambia la manera de elegir porque acota: obliga a pensar en un nicho, en una profesión concreta, en un sector. Y cuando la elección se vuelve más concreta, el viejo reparto por género empieza a aflojar un poco, como una cuerda que se ha tensado durante años y de repente deja de chirriar. No hay giro radical, no hay milagro, pero sí un desplazamiento: lo que antes parecía un carril único ahora se llena de cruces, desvíos, combinaciones.

Unitour en Valladolid: la decisión empieza antes de lo que parece

En Unitour, el ambiente tiene algo de feria y algo de examen. Mostradores, trípticos, pantallas con vídeos pulidos, sonrisas ensayadas… y al mismo tiempo caras de instituto, esa mezcla de curiosidad y prudencia, de querer acertar y no saber por dónde empezar. A Valladolid acudieron treinta instituciones académicas a presentar su oferta; también se asomaron centros de fuera, sobre todo de Madrid, además de universidades de comunidades cercanas como País Vasco y Cantabria, e incluso propuestas internacionales. En una región con tradición universitaria fuerte, el escaparate se ha convertido en un mercado muy competido, con un estudiante que ya no es “cautivo” y con familias que comparan como quien compara hipotecas.

La elección, además, se cocina con antelación. En 3º de ESO toca escoger materias; en 4º, itinerario. No son decisiones menores: marcan el camino para llegar a determinados grados, abren puertas y cierran otras. En ese punto entran los colegios, que han convertido la orientación en un proceso sostenido, no en una charla puntual. Lo explicó Isabel Cocinero, docente del colegio La Salle en Valladolid, al hablar de programas de mentoría, de visitas a fábricas y de salidas a centros de investigación empresariales: se trata de modelar preferencias, de mostrar qué hay detrás de palabras como “biomedicina”, “ingeniería”, “investigación”, de poner carne —o al menos un poco de realidad— a lo que en el folleto parece perfecto.

Y en esa preparación temprana asoma otro factor que se repite en casi todas las conversaciones: el empleo. No como obsesión, sino como filtro inevitable. La vocación sigue importando, pero la vocación ya no viaja sola; va acompañada de un cálculo, de un “¿y después qué?”. El resultado es que el sesgo, que durante años se alimentó de estereotipos, empieza a perder parte de su gasolina: cuando se ven salidas concretas, cuando se conocen profesiones reales, el “eso es de chicos” o “eso es de chicas” se queda un poco más desnudo.

Ciencias de la Salud: el gran imán, con efecto arrastre

Si hay un bloque que concentra interés y genera cola —real o mental— ese es el de Ciencias de la Salud. Desde que los estudiantes empiezan a orientar asignaturas e itinerarios, lo sanitario aparece como una apuesta con sentido: por vocación, por prestigio social, por estabilidad percibida, por salidas… y también porque la sanidad se entiende, se ve, se toca. Hay hospitales, hay clínicas, hay profesionales alrededor. No es un concepto abstracto. En Unitour, esa tendencia se notó en preguntas recurrentes, en miradas insistentes, en el “a ver esto cómo va”.

La profesora Isabel Cocinero lo resumió con claridad al describir lo que demanda el alumnado que acompaña: crece el interés por Biomedicina y por las Ciencias de la Salud, pero al mismo tiempo se cuelan las ingenierías “de todo tipo” —con la IA como palabra fetiche— y sigue presente Educación Infantil con fuerza, incluso en fórmulas de doble grado. Esa mezcla es importante: rompe la idea de un alumnado monolítico. Hay una tendencia, sí, pero también hay cruces. Y ahí, precisamente ahí, es donde el sesgo empieza a perder terreno: cuando aparecen itinerarios híbridos, dobles, combinados, el reparto tradicional se complica.

El mapa de género sigue mostrando patrones. No se esconde. Algunas titulaciones conservan una feminización evidente; otras se mantienen masculinizadas. Pero el cambio que se percibe es de matiz: ya no es una frontera tan rígida, ya no parece una norma social tan inevitable. A veces el giro no se ve en los porcentajes, se ve en las conversaciones: chicas preguntando por ingeniería sin pedir perdón con la mirada; chicos preguntando por educación sin hacerlo en voz baja; familias más abiertas a “esto encaja contigo” y menos a “esto te pega”.

Enfermería y Odontología, el cartel de “Completo”

Un ejemplo muy concreto de esa presión por lo sanitario lo ofreció la Universidad Europea Miguel de Cervantes (UEMC), en Valladolid. Sus titulaciones de Enfermería y Odontología han colgado el cartel de “Completo” en las preinscripciones para el curso 2026/2027, un dato que habla por sí solo: hay demanda fuerte y sostenida, y no es una moda de una semana. Cuando una universidad llega a ese punto en preinscripciones, el mensaje al mercado es claro: esto tira, esto se elige, esto se agota.

Esa misma lógica aparece en otras privadas. En UNIE, universidad promovida por el Grupo Planeta y con sede en Madrid, una portavoz, Susana Puerta, explicó un reparto muy marcado: el 95% de las alumnas elige Enfermería, Biomedicina, Salud y Educación Infantil y Primaria, mientras que el 90% de los estudiantes se decanta por ingenierías. Los números son contundentes y, al mismo tiempo, conviven con la idea central del día: sigue habiendo sesgo, pero la brecha se estrecha en algunos entornos, y la oferta cada vez más amplia empuja a reconsiderar caminos.

La clave, quizá, está en esa aparente contradicción: por un lado, porcentajes que todavía dibujan dos orillas; por otro, la sensación de que hay más puentes que hace unos años. Los “grados con apellido” no eliminan el sesgo por arte de magia, pero introducen variables nuevas. Cuando se habla de ciberseguridad, de animación 2D y 3D, de videojuegos, de áreas donde la creatividad y la técnica se mezclan, se abren puertas que antes no estaban señalizadas. Y cuando se abren puertas, cambia quién entra.

Ingenierías, IA y títulos nuevos que ya suenan a futuro

La tecnología aparece en estas ferias como un olor de fondo, constante, casi inevitable. No es solo la Inteligencia Artificial (IA), es el paquete completo: ciberseguridad, videojuegos, animación en 2D y 3D, y toda una constelación de estudios que antes eran “algo que se aprendía por tu cuenta” o “un módulo”, y ahora se presentan como grado universitario con sello, plan docente y promesa de empleo. En el catálogo de varias universidades privadas, estas titulaciones se colocan en primera fila, como si fueran el escaparate iluminado de una tienda en una calle de invierno.

Ese empuje tecnológico tiene una lectura social: lo técnico recupera prestigio, pero con un giro. Ya no se vende solo como “matemáticas y cables”, se vende como algo que conecta con el mundo real, con problemas reales, con industrias que se ven en casa: móviles, redes, seguridad digital, videojuegos, animación. Y en ese cambio de relato hay un posible antídoto contra el sesgo: cuando la ingeniería se cuenta como herramienta para crear, para proteger, para diseñar, para construir experiencias, deja de sonar a club cerrado.

Aun así, el patrón que describió Teresa Ayala sigue ahí: “los chicos en su mayoría buscan algo relacionado con las ingenierías”. Lo significativo es el matiz posterior: “ya no hay tanta diferencia”. En otras palabras, la tendencia se mantiene, pero ya no se vive como un destino inevitable. Y eso, en un sistema educativo donde las decisiones se toman pronto y arrastran consecuencias, tiene peso. Una chica que se interesa por una ingeniería en 4º de ESO o 1º de Bachillerato necesita ver esa opción como posible; un chico que mira hacia educación o salud necesita sentir que no está traicionando ninguna expectativa. En ferias como Unitour, esa validación se construye con detalles: un plan de estudios bien explicado, una salida profesional concreta, un ejemplo cercano, una conversación sin condescendencia.

También se nota otra cosa: las universidades compiten por “captar” al estudiante con mensajes cada vez más afinados. La pública reivindica amplitud y tradición, la privada apuesta por diferenciación y especialización. En medio está el alumno, que compara como quien compara tarifas, pero con una decisión vital entre manos. Y cuando la decisión se vuelve más informada, los estereotipos pierden parte de su fuerza, aunque no desaparezcan. El sesgo no cae porque alguien lo declare muerto; cae porque la oferta se diversifica y la orientación se profesionaliza.

Vocación y salidas: cuando manda el porqué, no la etiqueta

La idea de que manda la vocación, repetida en Unitour como un estribillo, no suena ingenua si se escucha bien. Vocación, aquí, no es romanticismo. Es interés sostenido, curiosidad real, una forma de estar en el mundo. Y se vio en historias concretas, con nombre propio, como la de Lucía, alumna de 2º de Bachillerato del colegio Milagrosa-Las Nieves, en Ávila, que buscaba grados relacionados con Geopolítica y Relaciones Internacionales. Su frase, sencilla y directa, dibuja un perfil: “Me interesa saber lo que ocurre en el mundo y entender el porqué”. En una feria llena de promesas laborales, esa declaración funciona casi como brújula, pero sin grandilocuencia: hay gente que elige por salida y hay gente que elige por pregunta interior; muchas veces, por ambas cosas a la vez.

Ese punto es crucial para entender por qué el sesgo se estrecha: cuando la decisión se apoya en motivaciones más concretas, en intereses personales más afinados, la etiqueta de género pesa menos. Si lo que atrae es comprender conflictos internacionales, negociar, analizar, trabajar en organismos o en ámbitos diplomáticos, la elección se vuelve más específica y menos dependiente del “esto siempre se ha hecho así”. Y lo mismo ocurre con la ingeniería: si lo que engancha es diseñar sistemas, programar, proteger redes o crear videojuegos, la opción se justifica por contenido, no por pertenencia.

En paralelo, la feria dejó otro dato llamativo: el expositor de las Fuerzas Armadas (FAS) fue de los más concurridos. No como curiosidad puntual, sino como interés sostenido de adolescentes que querían saber qué caminos académicos llevan a la vida militar profesional. En ese mostrador, la pregunta no es solo “qué estudio”, también “qué vida quiero”. Y ahí aparece la vocación con un perfil muy particular: servicio, disciplina, estabilidad, identidad.

Defensa y el repunte de interés por una carrera vocacional

El comandante Munté, del Ejército del Aire, destinado en la Subdelegación de Defensa en Valladolid, habló de un “repunte de la juventud” que aprecia el valor de la Defensa como forma de vida. En su lectura, las FAS atraen porque se perciben como un trabajo con sentido, vinculado a la seguridad y a una idea de protección social. En un salón donde se repite la palabra “empleabilidad”, la Defensa entra por otra puerta: no solo “qué salida”, también “qué propósito”. Y esa combinación puede explicar por qué el stand se llenaba.

En términos prácticos, ese interés abre una cuestión que no siempre se explica bien en los institutos: hay itinerarios académicos distintos para llegar a las Fuerzas Armadas, rutas que pasan por formación específica, por academias, por estudios universitarios en determinados casos, por especializaciones técnicas. Lo relevante, en el marco de Unitour, es que esos caminos se estaban preguntando con naturalidad, sin el aura de película. Chicos y chicas, perfiles distintos, motivos distintos. La vocación, otra vez, como motor; y el mercado laboral, como contexto.

Lo que sucede cuando se mezclan ambos factores —vocación y salida— es que la decisión se vuelve menos superficial. Y cuando la decisión se vuelve menos superficial, el sesgo se queda sin atajos. Elegir “porque toca” pierde terreno frente a elegir “porque encaja”. Ese cambio, pequeño pero constante, se percibe en el modo en que se pregunta, en cómo se comparan opciones, en el tipo de dudas que aparecen: planes de estudios, prácticas, profesiones concretas, itinerarios posteriores, compatibilidad con dobles grados. No es un debate abstracto, es una compra grande, una inversión de años, y se nota.

Lo que deja la feria: menos fronteras, más mezcla real

Al final, Unitour funciona como termómetro de algo mayor: una oferta universitaria cada vez más amplia, más específica, más competitiva, y una generación de adolescentes que decide con más información que antes, porque se le exige decidir antes y porque el entorno —colegios, familias, universidades— ha convertido la orientación en un proceso continuo. En esa mezcla, el sesgo de género no desaparece, pero pierde parte de su terreno simbólico. Sigue habiendo tendencias claras: la salud y la educación continúan atrayendo a muchas chicas, las ingenierías siguen seduciendo a muchos chicos. Pero en los márgenes, que a veces acaban siendo el centro, se ve movimiento.

La Universidad de Salamanca insiste en combinar Humanidades con lo nuevo, y en esa apuesta hay un mensaje: tradición no significa inmovilidad. Las privadas empujan con grados “con apellido” que suenan a futuro inmediato y a empleos muy definidos. En medio, casos concretos como el “Completo” en Enfermería y Odontología en la UEMC para 2026/2027 muestran que hay áreas donde la demanda ya no es una tendencia: es un hecho. Y cifras como las aportadas por UNIE —con porcentajes tan marcados por género— recuerdan que el cambio es real pero desigual, que avanza en algunos entornos y se resiste en otros.

Lo interesante, quizá lo más revelador, es que el debate ya no gira solo alrededor del “qué” sino del “cómo”: cómo se elige, cuándo se empieza a elegir, qué información se pone sobre la mesa, qué experiencias se ofrecen antes de decidir. Cuando un colegio lleva a su alumnado a fábricas o centros de investigación, cuando se activan mentorías, cuando se muestran profesiones con nombres y apellidos, el sesgo se enfrenta a la realidad, no a un eslogan. Y la realidad, con sus matices, suele ser mala aliada de los prejuicios.

En Valladolid, entre stands, folletos y conversaciones a media voz, quedaba una sensación clara: los itinerarios se multiplican y las elecciones se vuelven más personales, menos calcadas. Todavía hay inercias, sí, pero ya no parecen una ley natural. El “grado con apellido” no es solo una moda académica; es un síntoma de un sistema que se fragmenta en especialidades y que obliga a pensar con más precisión. Y cuando se piensa con más precisión, el género pesa menos que antes… aunque siga pesando.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído