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Colonos irrumpen en Al Aqsa y sube la tensión

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Colonos irrumpen en Al Aqsa

La nueva irrupción en Al Aqsa reabre la batalla por Jerusalén y expone cómo religión, poder y símbolos empujan la tensión al límite.

La noticia, en limpio, es esta: decenas de colonos israelíes han irrumpido este miércoles 22 de abril en el recinto de la mezquita de Al Aqsa bajo fuerte protección policial israelí, en una nueva escena de alta carga simbólica dentro del lugar más sensible de Jerusalén. Según las autoridades palestinas de la ciudad, los grupos entraron en los patios del santuario, realizaron rituales y postraciones cerca de Bab al Rahma y de la Cúpula de la Roca, mientras en los accesos se endurecían los controles, con cierres, puestos policiales, registros y restricciones a los fieles palestinos. No llega como un relámpago aislado: se inserta en un abril especialmente áspero, con llamamientos previos de grupos del llamado movimiento del Monte del Templo para acudir al recinto y hasta izar allí la bandera israelí.

Lo que convierte este episodio en algo más que una bronca local es el lugar donde ocurre y la forma en que ocurre. Al Aqsa, dentro del Haram al Sharif para los musulmanes y del Monte del Templo para los judíos, no funciona como un templo cualquiera ni como un simple monumento turístico. Bajo el statu quo vigente desde hace décadas, la administración religiosa recae en el Waqf jordano; los no musulmanes pueden visitar el recinto, pero no rezar en él, mientras Israel controla la seguridad exterior y los accesos. Cada gesto que se parezca a una oración organizada, a una exhibición de soberanía o a una alteración práctica de esas reglas se lee, a ambos lados, como una prueba de fuerza. Y en Jerusalén las pruebas de fuerza raramente se quedan en teatro.

La irrupción de este 22 de abril no cae del cielo

Lo sucedido esta mañana tiene una mecánica ya reconocible. Los colonos entran en grupos, escoltados por la policía, avanzan por los patios, hacen gestos rituales que las autoridades palestinas consideran provocadores y, mientras tanto, a los fieles musulmanes se les estrecha el paso con controles, cortes de calle y confiscaciones temporales de documentación. El patrón no es nuevo, pero sí más insistente. Esta fase de aceleración arranca a comienzos de abril y enlaza la jornada de hoy con una campaña de movilización previa de organizaciones ultranacionalistas judías para “tomar” el recinto durante las celebraciones del llamado Día de la Independencia israelí.

Ese detalle importa más de lo que parece. En Jerusalén las convocatorias, los lemas y los itinerarios no son ruido de fondo: son parte del mensaje. No se trata solo de entrar, sino de entrar cuándo toca en el calendario religioso y político, con qué protección, con qué lenguaje y con qué imagen final. Una postración en el suelo dentro del recinto, una bandera en el lugar equivocado, una frase desafiante grabada en vídeo… todo eso compone una gramática de hechos consumados. Sin necesidad de anunciar un cambio formal de normas, se ensancha la franja gris. Y esa franja gris, a fuerza de repetirse, acaba pareciendo costumbre.

Ben Gvir y la política de la provocación sin disimulo

El antecedente inmediato más sonoro llegó el 12 de abril, cuando Itamar Ben-Gvir, ministro israelí de Seguridad Nacional y referente de la extrema derecha, entró en el recinto y dejó una frase que, en un lugar así, pesa como una piedra: dijo que allí se sentía “como el dueño”. Su entorno defendía más acceso y permisos de oración para visitantes judíos. Jordania calificó la visita de profanación y de provocación, mientras la Autoridad Palestina la interpretó como un movimiento capaz de desestabilizar todavía más la región. El tono no fue casual. Tampoco el momento.

Ben-Gvir no juega a la insinuación; juega a la exhibición. Su figura concentra dos planos a la vez. Uno, el ideológico: la voluntad de sectores ultranacionalistas israelíes de ensanchar la presencia judía en el recinto y disputar de hecho el equilibrio histórico del lugar. Otro, el institucional: no habla desde una esquina marginal, sino desde un ministerio con capacidad sobre la policía, es decir, sobre la coreografía material de accesos, cordones y permisividad. Su visita del 12 de abril no fue una anécdota, sino una pieza más dentro de una larga secuencia de incursiones desde que llegó al cargo. La cuestión ya no es si busca tensar la cuerda; eso lo da por hecho hasta el mobiliario. La cuestión es cuánto margen político tiene para convertir la provocación en normalidad administrativa.

Ahí aparece la ambigüedad oficial israelí, que lleva años repitiendo que el statu quo no ha cambiado formalmente. Sobre el papel, esa sigue siendo la línea. Sobre la piedra antigua del recinto, en cambio, se acumulan escenas que cuentan otra cosa: oraciones susurradas, visitas cada vez más militantes, ventanas de acceso más cómodas para activistas religiosos judíos, y una policía que no siempre actúa como árbitro distante, sino como arquitectura operativa de la visita. Nadie ha publicado un gran decreto con fanfarria. No hace falta. En estos asuntos, la erosión funciona mejor cuando avanza vestida de rutina.

El recinto donde religión, soberanía y memoria se pisan

Para entender por qué cada entrada en Al Aqsa prende tantas alarmas hay que mirar el lugar sin simplificaciones. El recinto alberga la mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca, tercera gran referencia del islam tras La Meca y Medina. Para el judaísmo, el emplazamiento del Monte del Templo es el lugar más sagrado. Dos memorias absolutas superpuestas sobre una misma explanada. Dos narrativas nacionales encima de un mismo suelo. Dos lenguajes de legitimidad, el religioso y el político, mezclados como gasolina y chispa. El acuerdo no escrito del lugar intenta evitar una guerra santa. No parece una exageración retórica; es casi una descripción técnica.

La ciudad alrededor tampoco ayuda a enfriar nada. Jerusalén Este, donde se encuentra el recinto, fue ocupada por Israel en 1967 y su anexión no está reconocida por gran parte de la comunidad internacional. En paralelo, el pulso sobre barrios palestinos, desalojos, expansión de asentamientos y presión demográfica convierte cada episodio religioso en algo también territorial. Por eso Al Aqsa nunca se discute solo como mezquita. Se discute como llave, frontera, símbolo, termómetro y advertencia. Quien crea que esta historia va únicamente de rezos no está leyendo la letra pequeña del conflicto; está mirando la portada y pasando página demasiado rápido.

El statu quo que todos invocan y casi nadie deja quieto

El statu quo se invoca tanto porque es frágil. Su idea básica parece simple: administración islámica jordana del recinto, visitas de no musulmanes permitidas, oración reservada a los musulmanes. El problema es que ese equilibrio depende menos de una frase legal impecable que de miles de decisiones concretas: quién entra, cuántos entran, cuánto tiempo permanecen, qué se tolera dentro, qué se sanciona, qué cámaras graban, quién marca el paso. Israel controla la seguridad; el Waqf administra el lugar. Entre ambos niveles se abre un espacio donde las interpretaciones interesadas han ido creciendo. Y cada actor, cuando le conviene, presenta su propia lectura como si fuera la única obvia.

Por eso la batalla de Al Aqsa es también una batalla semántica. Para unos, se trata de garantizar libertad de visita y de presencia judía en un sitio central para su fe. Para otros, cualquier gesto de oración no musulmana, cualquier entrada ministerial con escolta y cualquier despliegue de símbolos nacionales dentro del recinto es una vulneración deliberada del arreglo histórico y una forma de imponer soberanía israelí sobre un espacio islámico en Jerusalén ocupada. Entre ambas posiciones, la policía israelí aparece como garante del orden o como brazo material de la presión, según quién lo cuente. El resultado es que cada jornada tensa se convierte enseguida en un plebiscito simbólico sobre quién manda de verdad allí.

Abril ha condensado semanas de cierres, reaperturas y mensajes cruzados

Este abril no puede leerse sin lo ocurrido antes. El 9 de abril, Al Aqsa reabrió al amanecer después de una larga etapa de restricciones en los lugares santos de Jerusalén, ligadas al conflicto con Irán, que habían limitado o incluso impedido el acceso durante buena parte del Ramadán y del Eid al Fitr. La reapertura tuvo algo de alivio físico, casi de respiración recuperada, pero no trajo calma verdadera: apenas unos días después volvieron las incursiones y la visita de Ben-Gvir. La puerta se abrió; la tensión no salió por ella.

Antes de esa reapertura ya venía otro filtro: el de las restricciones de Ramadán. Durante las oraciones de los viernes, Israel limitó la entrada desde Cisjordania a un número reducido de personas y con cortes de edad muy precisos, permitiendo el acceso principalmente a hombres y mujeres de más edad, además de menores acompañados. El dato sirve para entender la atmósfera del mes: no había una Jerusalén plenamente reabierta a la oración musulmana y, al mismo tiempo, se multiplicaban las escenas de presencia colonizadora dentro del recinto. Vista así, la secuencia no parece un accidente; parece una asimetría muy concreta.

Y luego está el calendario, siempre traicionero en esta ciudad. Cuando coinciden o se rozan periodos sagrados del islam, del judaísmo y del cristianismo, la presión se multiplica. Este año ya se vio con claridad: restricciones en torno a Al Aqsa, polémica por el bloqueo al cardenal Pierbattista Pizzaballa en el Santo Sepulcro durante el Domingo de Ramos, reapertura posterior tras la tregua y, casi al instante, nueva disputa por el recinto musulmán. Jerusalén tiene esa capacidad de comprimir varias crisis en un solo encuadre. Un policía en una puerta, un ministro en una explanada, un patriarca retenido en otra calle. Todo ocurre a pocos metros y acaba teniendo eco regional.

Detrás del santuario se mueve una agenda más amplia

Sería un error tratar lo de Al Aqsa como si estuviera desconectado del resto de la política israelí en Jerusalén y Cisjordania. En abril, el Gobierno israelí dio nuevos pasos ligados a la expansión de asentamientos, y varios ministros celebraron además la reimplantación de enclaves en territorio ocupado. Ese movimiento, unido al aumento de la violencia de colonos y a los desplazamientos palestinos documentados en los últimos meses, dibuja un marco más amplio: la presión sobre el terreno no se limita a un barrio, a una colina o a un santuario; forma parte de una lógica de consolidación de hechos consumados. Al Aqsa no es una excepción al clima político. Es su escaparate más delicado.

Por eso los grupos del llamado movimiento del Monte del Templo no operan en un vacío folklórico. Sus campañas para acudir al recinto, sus intentos de introducir ritos más visibles y su voluntad de plantar símbolos nacionales dentro de la explanada encajan con una corriente que no se conforma con la visita ritualizada y vigilada del pasado, sino que aspira a reescribir la relación de poder en el lugar. A veces lo hace con consignas abiertamente maximalistas. Otras, con el método más eficaz de todos: acostumbrar a la opinión pública a lo que hace unos años habría parecido demasiado explosivo incluso para la política israelí tradicional. La normalización, cuando avanza, suele hacerlo sin necesidad de gritar tanto como en los mítines.

En ese paisaje, Ben-Gvir funciona como acelerador y como síntoma. No inventa él solo la tendencia, pero la encarna sin complejos y la legitima desde el Gobierno. Su presencia dentro del recinto el 12 de abril, sumada a las irrupciones de este 22 de abril y a las llamadas de movilización previas, proyecta la idea de que la disputa ya no va únicamente de seguridad o de control de disturbios. Va de soberanía performativa, de demostrar quién puede entrar, rezar, hablar y filmarse. Va, en definitiva, de imponer una imagen. Y en Jerusalén las imágenes duran. A veces más que los comunicados.

El pulso que deja esta nueva escena en Jerusalén

Lo más relevante de esta jornada quizá no sea el número exacto de colonos que han entrado, sino el tipo de precedente que deja. Cuando una irrupción en Al Aqsa se produce bajo protección policial, tras convocatorias públicas, con rituales visibles y con restricciones simultáneas al acceso musulmán, el mensaje que recibe la otra parte es cristalino: el statu quo puede seguir invocado en los discursos, pero sobre el terreno se está poniendo a prueba una y otra vez. Nadie empieza de cero allí. Cada gesto se apoya en una memoria reciente de humillaciones, advertencias y estallidos.

A corto plazo, lo previsible es que sigan las condenas diplomáticas de Jordania y de la Autoridad Palestina, y que Israel mantenga la fórmula habitual de negar un cambio formal mientras la práctica diaria continúa empujando los límites. A medio plazo, el riesgo es más serio: que la acumulación de pequeñas “excepciones” acabe redefiniendo lo que se considera normal dentro del recinto. En conflictos largos, la pólvora suele llegar después de la costumbre. Primero se tolera un gesto, luego otro, después una visita ministerial, luego una oración apenas disimulada. Cuando alguien decide reaccionar, todos fingen sorpresa. Jerusalén, mientras tanto, ya ha leído el argumento entero.

Eso es lo que explica la importancia real de la noticia. No se está discutiendo solo un incidente en una mañana de abril. Se está discutiendo quién fija las reglas en el corazón religioso y político de la ciudad más disputada de Oriente Próximo, quién puede vaciar de contenido un acuerdo histórico sin anunciarlo, y cuánto tarda una provocación repetida en convertirse en arquitectura permanente. Al Aqsa vuelve al centro porque nunca salió del todo. Solo cambia el decorado, cambian los nombres, cambia el calendario. El mecanismo, por desgracia, suena cada vez más conocido.

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