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Ciencia

Carne cultivada: un tercio de europeos está dispuesto a probarla

La aceptación existe, aunque la regulación, el coste y el sabor decidirán si llega a las mesas europeas.

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Carne cultivada en el plato

Un 35 % de los consumidores europeos dice que estaría dispuesto a comer carne cultivada, según un estudio de EIT Food. El dato refleja una apertura significativa, pero no equivale a una compra asegurada: entre aceptar la idea y escoger el producto en el supermercado pesan el precio, el sabor, la confianza y la autorización alimentaria. Además, en la Unión Europea todavía no se había aprobado ningún producto para su venta como alimento a agosto de 2025.

La propuesta consiste en producir tejido animal a partir de células, en instalaciones controladas y sin criar un animal entero para obtener cada pieza. No es una alternativa vegetal, aunque puede combinarse con ingredientes de ese origen, y tampoco está disponible en el mercado europeo como un alimento comercial autorizado. El salto del laboratorio a la mesa depende de una cadena de pruebas: que el producto sea seguro, que pueda fabricarse a gran escala y que, una vez cocinado, resulte apetecible a un precio razonable.

Qué significa producir carne a partir de células

La materia prima son células animales capaces de multiplicarse y formar tejido muscular o graso. Pueden proceder de una pequeña muestra de tejido, de otras fuentes celulares o de bancos preparados para el desarrollo alimentario. En el proceso se cultivan fuera del cuerpo del animal y, bajo condiciones controladas, se orientan para que se desarrollen como componentes de carne. El resultado comparte con la carne convencional su naturaleza animal y su tejido biológico; lo distinto es el método de producción.

La precisión importa porque suele confundirse con las hamburguesas vegetales. Estas se elaboran con proteínas de plantas, mientras que la carne de cultivo celular parte de células animales. También es distinta de los productos obtenidos mediante fermentación de precisión, en los que microorganismos producen ingredientes concretos, como ciertas proteínas. Son tecnologías diferentes, aunque todas se investigan como posibles formas de diversificar la producción alimentaria.

La idea tampoco implica que cualquier corte pueda reproducirse hoy con la misma facilidad. Los formatos picados o reestructurados, como albóndigas, tiras y preparados, son más accesibles que una pieza gruesa con la disposición compleja de músculo y grasa de un filete. Para lograr esa estructura hacen falta técnicas que organicen las células en tres dimensiones. Por eso, hablar de carne real no significa que todos los productos tengan ya la textura y la forma de un corte convencional.

Del cultivo celular al alimento terminado

La producción comienza con la selección y multiplicación de células. Para crecer, estas necesitan un medio con nutrientes, entre ellos aminoácidos, azúcares, minerales y vitaminas, además de señales que favorecen su desarrollo. La composición del medio es uno de los puntos decisivos: influye en el coste, en el rendimiento y en la seguridad del proceso. Reducir la dependencia de ingredientes caros y de origen animal, como el suero fetal bovino, es una meta de la industria, aunque no debe darse por hecho que todos los métodos ya prescindan de ellos.

Cuando las células se multiplican, pasan a biorreactores, tanques que permiten regular temperatura, acidez, oxígeno y movimiento. A diferencia de un cultivo en una placa de laboratorio, una instalación industrial debe mantener condiciones estables en volúmenes mucho mayores. La agitación, por ejemplo, ayuda a repartir nutrientes, pero un movimiento demasiado intenso puede dañar las células. Aumentar la producción exige resolver ese equilibrio sin disparar el consumo de energía ni perder control sobre cada lote.

Después llega la diferenciación, la fase en la que las células se desarrollan como fibras musculares o células grasas. Para dar estructura al tejido pueden utilizarse soportes comestibles que ordenan las fibras, y se exploran recursos de biofabricación e impresión tridimensional para formar productos más complejos. El diseño determina si el resultado funciona mejor como una masa para albóndigas o como una pieza que conserve su forma al cocinarse. Al final, el alimento puede mezclarse con otros ingredientes, sazonarse y someterse a tratamientos para lograr una calidad constante y segura.

Seguridad alimentaria: control no significa ausencia de riesgos

Un entorno cerrado y monitorizado puede facilitar la limpieza, la trazabilidad y el control de algunas contaminaciones asociadas a la producción ganadera. Pero eso no convierte automáticamente el producto en más seguro. Cada alimento debe evaluarse atendiendo a sus células, sus ingredientes, su método de fabricación y sus posibles riesgos. La seguridad depende de datos y controles verificables, no de que el proceso tenga lugar en un biorreactor.

En una planta, la prevención se apoya en prácticas de higiene, sistemas de análisis de peligros y puntos críticos de control, validación de proveedores y vigilancia de la contaminación cruzada. También se analiza la composición nutricional y se comprueba que el producto final corresponda con lo declarado. Si se emplean estabilizantes, aglutinantes u otros ingredientes, deben cumplir las reglas alimentarias y figurar en la información del envase cuando corresponda. La trazabilidad de cada componente será parte esencial de la confianza.

El perfil nutricional tampoco puede deducirse solo del método de producción. El contenido de proteínas, grasas, sal, vitaminas y minerales dependerá de la formulación y deberá medirse en el alimento concreto. La tecnología podría permitir modificar la proporción de ciertos lípidos, pero cualquier afirmación sobre beneficios nutricionales necesita pruebas. La misma cautela se aplica a los mensajes ambientales: que un producto tenga potencial para reducir impactos no demuestra por sí solo que cada versión comercial lo consiga.

Menos animales y menor huella: promesas que dependen del sistema

Una de las razones que despierta interés es la posibilidad de reducir la cría y el sacrificio de animales para obtener una cantidad determinada de tejido. El proceso no elimina necesariamente toda intervención animal, porque las células iniciales han de obtenerse y la producción puede depender de insumos de distintos orígenes. Aun así, prescindir de criar y sacrificar animales para cada lote plantea una diferencia relevante para el bienestar animal, especialmente si se consolidan métodos que no recurran a componentes de origen animal durante el cultivo.

En materia ambiental, los resultados no son automáticos. La producción celular podría necesitar menos suelo y agua que algunos sistemas ganaderos, pero su huella total depende de la energía utilizada, la eficiencia de los biorreactores, el medio de cultivo y el transporte. Una instalación que consuma mucha electricidad procedente de fuentes intensivas en carbono puede reducir o incluso cambiar la ventaja que se esperaba. La escala importa tanto como la idea: no basta con medir un experimento de laboratorio para describir el impacto de una fábrica.

La comparación también depende de con qué tipo de ganadería se contraste. El uso de recursos y las emisiones varían entre especies y sistemas de producción, de modo que una afirmación general sobre toda la carne convencional simplifica demasiado. Para saber si un producto concreto reduce emisiones, agua o suelo hacen falta análisis del ciclo de vida con límites comparables y datos transparentes. La promesa ambiental solo adquiere valor cuando se convierte en una medición independiente y comprobable.

Qué dice el 35 % y qué no permite concluir

El estudio de EIT Food sitúa en el 35 % la proporción de consumidores europeos dispuestos a comer carne cultivada. Es una señal de curiosidad y una oportunidad para que la industria pruebe formatos y explique el proceso, pero no significa que ese porcentaje vaya a comprarla ni que la aceptación sea idéntica en todos los países. Una declaración en una encuesta cuesta menos que elegir un producto nuevo, pagar su precio y volver a comprarlo.

La disposición también cambia según el perfil de las personas consultadas. El estudio citado recoge mayor apertura entre los jóvenes de 18 a 34 años, con un 34 %, que entre los mayores de 55, con un 17 %. También señala una diferencia por género: un 28 % de los hombres y un 23 % de las mujeres estaría dispuesto a probarla. Estas cifras ayudan a describir tendencias, pero no explican por sí solas por qué alguien acepta o rechaza el producto ni permiten anticipar con certeza cómo evolucionará la demanda.

La respuesta a otras tecnologías muestra que no existe una aceptación genérica de la innovación alimentaria. En el mismo estudio, un 23 % se mostraba dispuesto a probar alimentos impresos en 3D y cerca de un 43 % expresaba interés por productos lácteos obtenidos mediante fermentación de precisión, frente a un 26 % favorable a los alimentos modificados genéticamente. La diferencia sugiere que el público evalúa cada método de forma distinta. Para la carne celular, conocer el origen y el proceso puede importar tanto como la promesa de sostenibilidad.

Europa exige una evaluación antes de autorizar su venta

En la Unión Europea, la carne de cultivo celular se encuadra en la normativa de nuevos alimentos. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, conocida como EFSA, evalúa la información científica que presenta cada empresa, incluida la composición, el proceso productivo y los posibles riesgos. Si la evaluación resulta favorable, la autorización corresponde al marco comunitario y puede establecer condiciones de uso y etiquetado. No se aprueba una tecnología en abstracto: cada producto y su proceso se examinan.

A agosto de 2025, no había productos de carne cultivada autorizados para su venta como alimento en la UE. La EFSA había actualizado en febrero de ese año sus orientaciones para solicitudes relacionadas con alimentos derivados de cultivo celular. Las empresas deben aportar la información necesaria para que la evaluación sea posible; el plazo inicial de nueve meses puede ampliarse si se requieren datos adicionales. Por eso, una solicitud presentada no equivale a una fecha garantizada de llegada al mercado.

En el registro de trámites mencionado en la información disponible figuraban solicitudes de Gourmey, empresa francesa que presentó en septiembre de 2024 una propuesta para foie gras cultivado, y de Mosa Meat, compañía neerlandesa que presentó en enero de 2025 una solicitud relativa a grasa de vacuno cultivada. Ninguna de esas solicitudes significaba que el producto estuviera ya autorizado. La distinción se volvió especialmente visible en 2024, cuando Meatable organizó una degustación en Europa bajo condiciones autorizadas: permitir una prueba controlada no es lo mismo que aprobar la venta.

El coste, la escala y el paladar decidirán su recorrido

El precio sigue siendo uno de los obstáculos centrales. Para que el producto compita con la carne convencional, no basta con fabricar una pequeña cantidad en condiciones experimentales: hacen falta grandes volúmenes, medios de cultivo más asequibles y procesos que consuman menos recursos por kilo. Los factores de crecimiento y otros componentes del medio pueden representar una parte importante del coste. También cuentan el equipamiento, la limpieza, la energía y las pérdidas durante la producción.

Aparece así una paradoja industrial: producir más puede abaratar cada unidad, pero construir y operar plantas de gran capacidad requiere inversiones y una demanda suficiente. La automatización, los sensores y la mejora de los biorreactores podrían reducir errores y variaciones entre lotes; no eliminan, sin embargo, las dificultades de escalar un proceso biológico. Las estimaciones sobre una futura competitividad no sustituyen a un precio real de venta, que dependerá de los costes y del formato que finalmente llegue al mercado.

El sabor será la otra prueba decisiva. En los productos picados es más fácil integrar músculo, grasa y otros ingredientes hasta obtener una textura agradable; en una pieza gruesa, la organización interna debe reproducirse con mayor precisión. Al cocinarla cuentan el aroma, la jugosidad, la mordida y el dorado que aparece en la sartén. Un guiso, una lasaña o un relleno pueden disimular diferencias estructurales, pero la experiencia en el plato tendrá que justificar la elección cuando el alimento se compare con alternativas conocidas.

Etiquetado claro y una industria que busca su lugar

El nombre del producto no es un detalle menor. El envase tendrá que dejar claro que se trata de carne obtenida mediante cultivo celular, además de informar sobre ingredientes y composición de manera comprensible. Términos como carne cultivada o carne de cultivo celular describen el método con más precisión que expresiones ambiguas. También habrá que evitar que las alegaciones sobre salud, bienestar animal o impacto ambiental prometan más de lo que los datos pueden sostener.

La regulación de los nombres cárnicos y el modo de comunicar el origen pueden influir en cómo se entiende el producto en el lineal. Para el consumidor, lo importante es poder distinguirlo de la carne convencional y de las alternativas vegetales sin descifrar un lenguaje técnico. La transparencia no se resuelve con una palabra llamativa en la parte frontal del envase: requiere explicar el proceso y ofrecer información nutricional verificable. La confianza se construirá con etiquetas precisas y coherentes, no con eslóganes.

En la cadena de suministro se mueven empresas biotecnológicas, fabricantes de ingredientes y equipos, compañías cárnicas y posibles distribuidores. Algunos grupos tradicionales invierten en investigación o colaboran con empresas emergentes para conocer la tecnología; otros observan cómo evoluciona la demanda. La ganadería, por su parte, mantiene un peso económico, cultural y territorial que no desaparece por la aparición de una nueva categoría. La convivencia dependerá de que haya reglas claras y de que cada producto encuentre un espacio que los consumidores valoren.

España ante una tecnología todavía en desarrollo

España reúne industria alimentaria, experiencia cárnica, centros tecnológicos y actividad gastronómica, capacidades que pueden contribuir a investigar y escalar nuevos procesos. En el ámbito del cultivo celular se han anunciado iniciativas de I+D, proyectos empresariales y colaboraciones orientadas a bioprocesos y producción. Esa base no garantiza que se fabriquen alimentos a escala comercial en el país: harán falta instalaciones adecuadas, inversión sostenida, personal especializado y autorizaciones europeas para cada producto.

Si la comercialización se aprueba, la experiencia gastronómica española ofrece formatos reconocibles en los que evaluar la textura y el sabor, desde guisos hasta rellenos y platos preparados. Pero la familiaridad de una receta no resuelve los retos del coste ni de la aceptación. Tampoco permite afirmar de antemano que la producción local vaya a ser más barata o sostenible: eso dependerá de dónde se ubiquen las plantas, qué energía utilicen y cómo se abastezcan de materias primas.

Por ahora, el tercio de europeos dispuesto a probarla señala una puerta entreabierta, no un mercado consolidado. La carne cultivada deberá superar la revisión de seguridad, demostrar que puede producirse de forma eficiente y convencer en la cocina sin ocultar cómo se ha elaborado. La decisión final no la tomarán solo los laboratorios ni las empresas: dependerá de que la promesa tecnológica se traduzca en un alimento fiable, transparente y apetecible. La aceptación declarada es el comienzo del debate, no su desenlace.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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