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¿Por qué Carlos Boyero dice que ‘Cronos’ sobre el 17-A da escalofríos?

Boyero ve en ‘Cronos’ un thriller eficaz y creíble sobre el 17-A, centrado en la persecución policial y en el miedo que siguió a los atentados.

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Resumen

  • Carlos Boyero considera ‘Cronos’ eficaz, creíble y capaz de inquietar
  • La película reconstruye la persecución policial tras los atentados del 17-A
  • El filme se estrena el 4 de septiembre y evita recrearse en los terroristas

Carlos Boyero ha vuelto a situarse en el centro de la conversación cinematográfica por su valoración de Cronos, la nueva película de Fernando González Molina sobre los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils de agosto de 2017. El veterano crítico no se ha entregado precisamente a uno de esos entusiasmos que obligan a revisar la escala de adjetivos. Su juicio es bastante más Boyero: considera que la película está bien contada, funciona y resulta creíble, pero admite que enfrentarse de nuevo a aquellos hechos provoca una sensación difícil de domesticar. Pensarlos sabiendo que ocurrieron de verdad, señaló, “te da escalofríos”.

La coincidencia explica buena parte del renovado interés por Carlos Boyero y ‘Cronos’ este 4 de septiembre: su valoración aparece al mismo tiempo que la película llega a los cines españoles. Y toca una fibra todavía expuesta. No reconstruye únicamente el atropello de Las Ramblas ni convierte el horror en espectáculo; se concentra, sobre todo, en las jornadas posteriores, cuando policías e investigadores intentaban averiguar quién formaba parte de la célula y si podía producirse otro atentado.

Boyero no la celebra: la considera eficaz y creíble

Quien conozca las críticas de Boyero sabe que un elogio suyo rara vez llega envuelto en celofán. En este caso, sin embargo, su valoración resulta claramente favorable. Destaca la vocación casi documental de la película, el trabajo del director Fernando González Molina, el guion de Alberto Marini y la investigación previa desarrollada para reconstruir unas jornadas en las que la información llegaba a trompicones y el tiempo pesaba como una losa.

También subraya algo que, para una película pegada a acontecimientos tan reconocibles, vale casi tanto como el virtuosismo técnico: la credibilidad. Los personajes, las conversaciones y las situaciones no producen la sensación de estar contemplando un mecanismo artificial diseñado únicamente para fabricar tensión. El metraje, de 118 minutos, avanza con rapidez y evita convertir cada escena en una exhibición solemne de importancia histórica. Bastante peso llevan ya los hechos a la espalda.

Boyero vuelve a destacar asimismo a Enric Auquer, un actor al que considera especialmente veraz. Junto a él aparecen Diana Gómez, Mónica López, Pablo Derqui, Israel Elejalde, Xavi Sáez y David Vert, entre otros intérpretes. El valor del reparto está precisamente en esa impresión de personas normales atrapadas en circunstancias excepcionales, sin héroes de mármol ni discursos que parezcan escritos para un tráiler.

Su comentario sobre Cronos es, en realidad, bastante sintético: está bien contada y funciona. La considera una película correcta, con un tema poderoso, pero enseguida aparece la palabra que ha terminado acompañando al estreno: escalofríos. No por un susto cinematográfico cuidadosamente colocado entre dos acordes de música, sino por algo bastante menos confortable. Aquello ocurrió.

Qué cuenta realmente ‘Cronos’ sobre los atentados del 17-A

Cronos comienza en la Barcelona del 17 de agosto de 2017, cuando una furgoneta irrumpió en Las Ramblas y arrolló a decenas de personas. Aquella tarde dio paso a una sucesión frenética de acontecimientos que continuaría en Cambrils y mantendría movilizadas durante días a las fuerzas de seguridad.

Los atentados de Barcelona y Cambrils causaron 16 víctimas mortales y más de un centenar de heridos. Detrás estaba una célula yihadista vinculada a Ripoll cuya estructura comenzó a quedar al descubierto después de la explosión registrada un día antes en una vivienda de Alcanar. Lo que inicialmente podía parecer un accidente terminó revelando una realidad mucho más inquietante.

La película toma su título del dispositivo Cronos, el operativo policial activado después del ataque. Su territorio dramático son aquellos cuatro días de confusión, persecuciones, decisiones precipitadas, información incompleta y miedo a que los terroristas que seguían fugados pudieran volver a actuar.

Cuatro días con otro atentado todavía como posibilidad

Ese matiz cambia la película. El espectador conoce el desenlace porque pertenece a la historia reciente, pero los personajes que aparecen en pantalla no disponen de ese privilegio. Para ellos, cada pista podía conducir al fugitivo o terminar en nada; cada retraso obligaba a convivir con la posibilidad de otro ataque.

La persecución terminó el 21 de agosto de 2017 en Subirats, cuando Younes Abouyaaqoub, autor material del atropello de Las Ramblas y último miembro de la célula que permanecía huido, fue localizado y abatido por los Mossos d’Esquadra.

Fernando González Molina utiliza precisamente esa cuenta atrás como motor de un thriller. No necesita inventar una bomba con un reloj rojo parpadeando —el viejo juguete del género— porque el tiempo ya constituía entonces una amenaza real. La tensión estaba servida de fábrica, por así decirlo.

Una ficción rodada con pulso casi documental

Uno de los rasgos que Boyero aprecia es que Cronos intenta aproximarse a los acontecimientos sin alejarse demasiado de su textura real. La película nace después de una extensa investigación y se apoya en testimonios y documentación relacionados con el operativo desplegado durante aquellos días.

Alberto Marini convierte ese material en guion y González Molina lo traslada al terreno del thriller, pero sin transformar la persecución en una aventura policial convencional. Hay tensión, naturalmente. También decisiones bajo presión, contradicciones, cansancio, miedo y esa mezcla bastante humana de profesionalidad y desconcierto que suele desaparecer cuando la historia se cuenta muchos años después, perfectamente ordenada y archivada.

La cámara se queda fundamentalmente del lado de quienes investigan. Y ahí aparece una elección delicada: los terroristas no reciben un espacio propio desde el que explicar sus motivaciones. No hay grandes discursos construidos para ellos ni un intento de convertir su radicalización en el centro emocional de la película.

Boyero repara precisamente en ese elemento. Aquellos jóvenes podían parecer, desde fuera, muchachos perfectamente corrientes, nacidos o criados en Cataluña y aparentemente integrados en su entorno. La distancia entre esa normalidad visible y la violencia que terminaron ejerciendo sigue siendo uno de los aspectos más perturbadores del 17-A.

Un reparto que evita convertir el uniforme en estatua

La apuesta depende mucho de los intérpretes porque resulta relativamente sencillo escribir al policía heroico que siempre sabe dónde mirar, toma la decisión correcta y pronuncia la frase adecuada cinco segundos antes de los créditos. La realidad suele llegar algo más despeinada. Enric Auquer, Diana Gómez y Mónica López ocupan buena parte del peso dramático, acompañados por Pablo Derqui y un reparto coral.

Los personajes permiten entrar en distintas áreas del operativo y también en las grietas personales que aparecen cuando el trabajo deja de ser simplemente trabajo. La película intenta que la maquinaria policial tenga caras, dudas y contradicciones, algo esencial para evitar que una historia como esta termine pareciendo una recreación burocrática.

Diana Gómez interpreta a una responsable de comunicación policial; Mónica López encarna a una sargento de los Mossos cuya vida privada queda rozada por la investigación. Un dispositivo puede llamarse Cronos y sonar casi mitológico, pero detrás había personas mirando teléfonos, cruzando datos y tomando decisiones mientras Barcelona todavía trataba de entender qué acababa de suceder.

El 17-A vuelve al cine sin convertirse en simple decorado

Ese es probablemente el territorio más comprometido de Cronos. Los atentados pertenecen a un pasado suficientemente lejano como para ser reconstruidos cinematográficamente, pero demasiado cercano para haberse convertido en historia fría. Nueve años después, las imágenes siguen almacenadas en la memoria colectiva: Las Ramblas vacías, los vehículos policiales, la gente corriendo, las persianas cerrándose y después aquellas tres palabras, “No tinc por”, convertidas en respuesta ciudadana al terrorismo.

La película entra ahí con una responsabilidad incómoda. El cine puede reconstruir hechos traumáticos, pero cada plano corre el riesgo de embellecer lo que nunca tuvo belleza. Cronos elige desplazar buena parte de la mirada desde el instante mismo de la matanza hacia sus consecuencias inmediatas: quiénes eran los responsables, dónde estaban, qué podían hacer todavía y cómo detenerlos.

Eso también explica la reacción de Boyero. El crítico lleva décadas viendo asesinatos ficticios, psicópatas de diseño, guerras reconstruidas y cadáveres convenientemente iluminados. El cine está lleno de ellos. Otra cosa ocurre cuando la ficción devuelve al espectador a una tarde española perfectamente reconocible, con turistas, familias, terrazas, comercios y personas paseando hasta que una furgoneta convierte esa normalidad en una escena imposible.

Su reflexión se extiende al terrorismo contra civiles. Lo que resulta particularmente aterrador no es solo la violencia, sino la elección deliberada de víctimas corrientes: personas que trabajan, escuchan música, toman algo en una terraza o pasean por una calle. No controlan decisiones políticas ni representan al Estado. Precisamente por eso son utilizadas para provocar miedo al conjunto de la sociedad.

Las Ramblas, Cambrils, Ripoll, Alcanar y Subirats. Los nombres permanecen. Lo que Cronos intenta recuperar es el espacio situado entre ellos: aquellas horas posteriores al atentado, cuando todavía no existía la línea cronológica limpia que ahora puede reconstruirse con la distancia de los años.

La película tampoco pretende resolver todas las preguntas sobre la radicalización de la célula. Aparece el papel del imán Abdelbaki Es Satty y el desconcierto del entorno ante jóvenes que habían llevado vidas aparentemente normales antes de participar en una operación terrorista. La explicación fácil, afortunadamente, no aparece. No existe una frase mágica que explique cómo alguien cruza esa frontera.

Ahí el juicio de Boyero adquiere más interés que una simple recomendación de cartelera. Le inquieta precisamente no encontrar una explicación tranquilizadora. Sería cómodo pensar que el fanático lleva escrito su fanatismo en la frente, que puede reconocerse a diez metros o que pertenece a una especie humana distinta. Los hechos de Ripoll recordaron algo bastante más desagradable: la radicalización puede crecer detrás de una apariencia cotidiana.

Una memoria que el cine vuelve a poner delante

Cronos llega a los cines españoles este 4 de septiembre de 2026 con una ventaja y un problema que son, en realidad, la misma cosa: el público sabe perfectamente de qué está hablando. No necesita presentar Las Ramblas ni explicar por qué el 17-A quedó clavado en la memoria española. Basta una furgoneta blanca, una calle llena de gente y determinada fecha para que el resto aparezca solo.

Carlos Boyero ha valorado positivamente una película que, según su impresión, mantiene el ritmo, resulta verosímil y evita recrearse en los terroristas. No la convierte en una obra maestra por decreto ni necesita hacerlo. Su valoración es más seca y quizá por eso funciona mejor: la película cumple, cuenta bien aquellos días y remueve una memoria que parecía colocada en su correspondiente cajón histórico.

Pero ese cajón todavía no termina de cerrar. Eso es lo que explica los escalofríos.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.