Ocio
¿Cómo cayó tan bajo el Valencia de Peter Lim hasta rozar el abismo?
El Valencia atraviesa otra crisis deportiva e institucional: deuda, Peter Lim, mala gestión y un Nou Mestalla que contrasta con la caída del equipo.

Resumen
- El Valencia toca fondo tras un arranque de Liga con un solo punto
- Peter Lim hereda una deuda enorme, pero doce años después pesa su gestión
- El Nou Mestalla avanza mientras el equipo pierde peso deportivo
El Valencia vuelve a mirar hacia abajo. Muy abajo. El 0-5 ante el Barcelona de este 6 de septiembre no explica por sí solo la crisis, pero la retrata con una precisión bastante cruel: un histórico incapaz de discutirle el partido a uno de sus antiguos rivales directos, una grada enfrentada al palco y un equipo que había llegado a la cuarta jornada con un punto, ninguna victoria y un solo gol marcado. El marcador cambia; la sensación lleva años instalada.
Porque la caída del Valencia no procede de una noche mala, ni siquiera de una temporada horrible. Es el resultado de capas superpuestas: una deuda enorme que viene de antes de Peter Lim, un estadio que durante años fue un esqueleto de hormigón al norte de la ciudad, una propiedad cada vez más alejada emocionalmente del valencianismo, decisiones deportivas desconcertantes, estructuras que se construyen y después se desmontan y una plantilla obligada demasiadas veces a competir por encima de lo que el club invierte en ella. El Valencia no está técnicamente a punto de desaparecer, conviene decirlo sin melodrama. Pero sí lleva tiempo sufriendo algo quizá más inquietante para un club de su tamaño: acostumbrarse a ser pequeño.
El 0-5 ante el Barça ya no parece un accidente
Hubo un tiempo en el que un Valencia-Barcelona tenía aroma de partido grande. No hace falta recurrir al sepia. En 2019, con Marcelino García Toral en el banquillo, el Valencia derrotó precisamente al Barça en la final de la Copa del Rey. Gameiro, Rodrigo, Parejo, Gayà… aquella plantilla competía, sabía a qué jugaba y venía de clasificarse dos temporadas consecutivas para la Champions. El club había encontrado, por fin, una estructura razonablemente reconocible.
Siete años después, el paisaje es otro. El Barça llega a Mestalla y la diferencia ya no se mide únicamente en talento. Se nota en la profundidad del banquillo, en las posibilidades económicas, en la tranquilidad institucional y hasta en las expectativas con las que ambos empiezan agosto. Barcelona piensa en títulos. Valencia calcula márgenes salariales, lesiones y cesiones.
El comienzo de la temporada 2026-27 ha añadido gasolina. Antes de recibir al Barça, el equipo de Carlos Corberán sumaba un punto de nueve, dos derrotas consecutivas y apenas un gol. En verano se habían invertido alrededor de 9,4 millones de euros en fichajes, mientras el club trataba de cuadrar una plantilla condicionada por el control económico de LaLiga y por varias lesiones.
Y entonces llegó el Barcelona. Mestalla lleno, pero también enfadado. La Curva Nord había anunciado que no ocuparía su zona hasta el minuto 19 y otros colectivos valencianistas prepararon protestas contra Meriton. Kiat Lim, hijo de Peter Lim y actual presidente, bajó del autobús del equipo entre silbidos y abucheos. El palco y la grada viven prácticamente en países distintos, aunque esa tarde compartiesen código postal.
La caída empezó antes de Lim, pero con Lim cambió de forma
Cargar toda la ruina histórica sobre Peter Lim sería cómodo. Y falso.
Cuando el empresario de Singapur compró el Valencia en 2014, el club ya llegaba enfermo. El Nou Mestalla había empezado a construirse en 2007 y las obras se detuvieron en 2009 por falta de liquidez. Entonces hubo que aprobar una ampliación de capital de más de 92 millones de euros para evitar el concurso de acreedores. Aquello no lo había provocado Meriton. Lo habían fabricado años de gasto, endeudamiento, operaciones inmobiliarias fallidas y una gestión local incapaz de frenar a tiempo.
Lim desembarcó después de que Bankia refinanciara una deuda del club cercana a 320 millones de euros. Pagó 94 millones para hacerse con el 70,06% de las acciones que controlaba la Fundación Valencia CF y prometió un proyecto capaz de devolver al equipo a la élite. Durante un tiempo hubo dinero, fichajes y Champions. El problema no fue que todo saliera mal desde el primer minuto. El problema es más incómodo: hubo momentos en que funcionó y, aun así, el club volvió a desmontarlo.
Eso ayuda a entender por qué la protesta contra Lim es tan persistente. El valencianismo no compara únicamente el presente con los años gloriosos de Cañizares, Ayala, Baraja o Aimar. También lo compara con oportunidades desperdiciadas durante la propia etapa Meriton.
2019, el año en que el Valencia rompió lo que funcionaba
La fractura más simbólica llegó después de uno de los mejores momentos recientes. En mayo de 2019, el Valencia ganó la Copa del Rey al Barcelona, alcanzó las semifinales de la Europa League y terminó cuarto en LaLiga por segunda campaña consecutiva. Había un director general con peso deportivo, Mateu Alemany, un entrenador consolidado, Marcelino, y una plantilla de valor creciente. No era el Valencia de 2004, claro, pero volvía a parecer un club serio.
Cuatro meses después, Peter Lim destituyó a Marcelino. En noviembre salió Mateu Alemany. La dirección deportiva que había devuelto estabilidad a Mestalla quedó desmantelada en cuestión de semanas después de chocar con la propiedad sobre el modelo de fichajes y el reparto de poder.
Ahí aparece uno de los rasgos más dañinos de la etapa Lim: no tanto equivocarse —todos los propietarios lo hacen— como no consolidar aquello que funciona durante suficiente tiempo. Entrenadores, presidentes, directores deportivos, responsables de fútbol. El organigrama cambia; Singapur permanece.
Desde aquel equipo campeón de Copa, Valencia ha ido perdiendo presencia europea y músculo competitivo. Su última participación en Champions fue la 2019-20, cuando alcanzó los octavos de final. Para una entidad que había disputado dos finales consecutivas de la Copa de Europa en 2000 y 2001, la distancia no es una anécdota estadística. Es casi geológica.
Y conviene recordar de qué tamaño era aquello. El Valencia ganó dos Ligas entre 2002 y 2004, conquistó la Copa de la UEFA en 2004 y después la Supercopa de Europa. Durante unos años no fue simplemente el tercero que esperaba un tropiezo de Madrid y Barça: discutió directamente el poder. En 2004 fue campeón de Liga con tres jornadas aún por disputar. Europa lo miraba de frente.
Hoy aquella comparación parece casi arqueología futbolística.
Deuda, poco margen y una plantilla que acaba pagando la factura
La palabra deuda acompaña al Valencia desde mucho antes de Meriton, pero continúa ahí. Las cifras sitúan la deuda del club alrededor de los 380 millones de euros. No significa que mañana vayan a apagar las luces de Mestalla: una empresa puede manejar niveles altos de endeudamiento si tiene activos, ingresos y financiación a largo plazo. Significa otra cosa. Que cada decisión deportiva se toma con menos aire.
Las cuentas cerradas a 30 de junio de 2025 muestran hasta qué punto el club ha tenido que rediseñar su estructura financiera. El Valencia formalizó 121,3 millones de euros de financiación corporativa a largo plazo y, paralelamente, una operación de 322 millones destinada al Nou Mestalla. De esta última, 237 millones corresponden a bonos a 28 años y otros 85 millones a crédito. Parte de los ingresos futuros del nuevo estadio servirá precisamente para devolver esa financiación.
Aquí está la paradoja. El Valencia necesita gastar más para volver a competir arriba, pero para gastar más necesita generar más. Para generar más confía en el nuevo estadio. Y para terminar el estadio necesita endeudarse y comprometer parte de los ingresos que ese mismo estadio produzca. Una serpiente financiera que, al menos, esta vez tiene obras reales alrededor.
El club defiende que la refinanciación ha mejorado sustancialmente su posición y que el Nou Mestalla multiplicará los ingresos actuales del estadio. Eso es perfectamente posible. Un recinto moderno con más hospitality, palcos, restauración, eventos y explotación comercial ofrece recursos que el viejo Mestalla, maravilloso para el fútbol pero limitado como máquina de facturación, ya no puede producir.
La cuestión es lo que ocurre hasta que esa promesa se convierte en euros disponibles para el césped. Porque el fútbol tiene una impaciencia desagradable: la hipoteca vence dentro de décadas, pero el delantero centro hace falta el domingo.
El territorio tampoco encontró una salida
Hay otra parte de esta historia que Valencia suele mirar con menos entusiasmo. Peter Lim no creó el problema original que permitió la llegada de Peter Lim. Llegó porque el club estaba atrapado entre la deuda, Bankia, la Fundación y un estadio paralizado. Las instituciones valencianas habían quedado incluso expuestas a través del aval concedido en su momento a la Fundación. La alternativa local sólida, capitalizada y capaz de absorber el agujero nunca terminó de cristalizar.
Después de 2014 el problema cambió. El Valencia es una sociedad anónima deportiva y Meriton controla la mayoría accionarial. Un Ayuntamiento puede conceder o retirar derechos urbanísticos dentro de la ley; una Generalitat puede exigir obligaciones; la afición puede protestar, comprar acciones minoritarias o buscar inversores. Lo que ninguna administración democrática puede hacer es escoger por decreto al dueño de una empresa privada.
Ahí reside buena parte de la frustración: durante años la ciudad ha demostrado que puede oponerse a Lim, pero no sustituirlo. Para sustituirlo hacen falta dos cosas bastante menos románticas que una manifestación: un comprador con capital suficiente y un vendedor dispuesto a aceptar la operación.
Corberán es el fusible, no toda la instalación eléctrica
Carlos Corberán empieza a recibir una parte creciente del enfado. Es inevitable. Cuando un equipo suma un punto en tres partidos y recibe al Barcelona con miedo, el entrenador aparece en primer plano. Los cánticos y silbidos ya no se dirigen exclusivamente al palco. Y su fútbol, por momentos conservador, tampoco ayuda a bajar la temperatura.
Pero convertir a Corberán en explicación total sería repetir una costumbre muy valencianista de los últimos años: cambiar el fusible mientras la instalación sigue echando humo.
El club renovó a Corberán hasta 2028 el pasado julio, con respaldo explícito de Kiat Lim y Ron Gourlay. En ese momento llevaba 67 partidos oficiales al frente del primer equipo. Apenas dos meses después, el técnico vuelve a estar sometido al juicio semanal de Mestalla. Es difícil construir estabilidad de esa manera, aunque también es cierto que un entrenador del Valencia está obligado a producir algo más que prudencia y supervivencia.
Corberán tiene responsabilidades. La falta de automatismos, la escasa producción ofensiva y la imagen ofrecida en determinados partidos pertenecen a su parcela. Pero también trabaja con una plantilla cuyo mercado terminó entre operaciones frustradas, lesiones y fichajes condicionados por el margen financiero. Harvey Elliott llegó cedido del Liverpool en el último tramo del mercado; Arnau Martínez costó alrededor de cinco millones fijos; otras piezas deseadas no aparecieron. Gourlay defiende que el proyecto necesita tiempo. Mestalla lleva oyendo versiones de esa frase demasiadas temporadas.
Cambiar al entrenador puede provocar una reacción, claro. También puede proporcionar seis semanas de oxígeno y dejar intacto el problema estructural. El Valencia ha probado ambas cosas varias veces.
El Nou Mestalla avanza mientras el equipo se hace pequeño
La imagen tiene algo de sarcasmo arquitectónico. Mientras el equipo pierde metros en la jerarquía española, en la avenida de las Cortes Valencianas crece por fin un estadio de 70.044 localidades.
Las obras se reanudaron el 10 de enero de 2025 después de permanecer paralizadas desde 2009. En 2026 ya han avanzado la fachada, las torres de escaleras y la compleja estructura de la cubierta. El calendario oficial mantiene el objetivo de trasladarse al Nou Mestalla en el verano de 2027. Esta vez no hablamos de renders ni de maquetas acumulando polvo: hay obreros, acero y hormigón.
El futuro estadio puede cambiar de verdad la economía del Valencia. Más espectadores, mejores zonas corporativas, ingresos comerciales durante todo el año, patrocinio, eventos. En el fútbol europeo moderno, un estadio de altas prestaciones es casi una segunda plantilla: factura los lunes aunque no ruede el balón.
Pero ningún estadio marca goles.
Ese es el riesgo de convertir el Nou Mestalla en una especie de Mesías con cubierta tensada. El nuevo campo puede dar al Valencia capacidad económica para crecer, no garantiza que el dinero sea bien administrado, que exista una dirección deportiva competente ni que la propiedad vuelva a conectar con la ciudad. El Manchester United lleva años demostrando que una caja enorme tampoco sabe defender un córner.
Y hay una ironía final difícil de esquivar. El Valencia podría inaugurar dentro de menos de un año uno de los estadios más grandes de España con un equipo que, en este momento, pelea por no convertirse en un habitual de la zona baja. Setenta mil asientos son una promesa formidable. También pueden convertirse en setenta mil espejos.
Un gigante no desaparece de golpe: aprende a vivir más pequeño
El Valencia sigue teniendo demasiadas cosas para hablar de desaparición inmediata: patrimonio, una masa social gigantesca, marca internacional, cantera, ingresos televisivos, activos deportivos y un nuevo estadio financiado y en construcción. No es un cadáver empresarial. El peligro real es otro.
Los grandes clubes rara vez dejan de ser grandes un martes a las cinco de la tarde. Se erosionan. Primero dejan de ganar títulos. Después dejan de jugar Champions. Luego Europa pasa a parecer un objetivo ambicioso. Más tarde celebrar el décimo puesto resulta razonable y sobrevivir a una temporada complicada se vende como reconstrucción. Un día llega el Barcelona a tu estadio y descubres que el partido que antes era una batalla entre iguales se ha convertido en la visita de un gigante a un equipo preocupado por el descenso.
Eso es lo que hace inquietante el momento actual.
Peter Lim heredó un Valencia endeudado y roto, pero después de doce años ya no puede gobernar como recién llegado a un incendio ajeno. Meriton ha tenido tiempo, dinero, entrenadores, ejecutivos y oportunidades para construir una institución estable. Incluso encontró una fórmula deportiva que funcionaba en 2017-19 y decidió romperla. Su responsabilidad histórica está ahí.
La ciudad tampoco puede borrar su propio pasado. El endeudamiento, el Nou Mestalla detenido y la necesidad de vender el control del club nacieron en Valencia, no en Singapur. Y desde entonces tampoco apareció una alternativa empresarial capaz de poner sobre la mesa el capital necesario y convencer al accionista mayoritario para marcharse.
Entre unos y otros, el aficionado sigue haciendo lo único que nunca falló: llenar Mestalla, protestar, volver el domingo siguiente y mirar el césped.
Quizá por eso el contraste duele tanto. El nuevo estadio ya empieza a parecer un estadio. El Valencia, demasiado a menudo, ha dejado de parecer el Valencia.












