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¿Por qué Bolivia se está quedando casi sin combustible?

La fotografía actual es nítida y preocupante a la vez. Bolivia llega al fin de semana de ballotage con gasolina para apenas tres días y diésel para menos de uno, según admitió el propio Gobierno.

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Bolivia sin combustible

Bolivia llega al balotaje con reservas mínimas de gasolina y diésel, prioridad para la logística electoral y tensión en precios y transporte.

La fotografía actual es nítida y preocupante a la vez. Bolivia llega al fin de semana de ballotage con gasolina para apenas tres días y diésel para menos de uno, según admitió el propio Gobierno. El suministro está tensionado, la logística de abastecimiento opera “al límite” y las colas no remiten. ¿Se celebrará la segunda vuelta del domingo 19 de octubre? Todo indica que sí, porque las instituciones han priorizado el dispositivo electoral. Pero la normalidad cotidiana no está asegurada: los surtidores racionan, el transporte se reajusta y la distribución de alimentos y mercancías sufre retrasos, con alzas de precios en las principales ciudades.

El origen inmediato del cuello de botella es financiero. La estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) no dispone de suficientes divisas para pagar de forma fluida las importaciones de combustibles subvencionados. En las últimas semanas, la petrolera recibió desembolsos de entre 35 y 40 millones de dólares, una cifra que, a ojos del propio Ejecutivo, no alcanza: hace falta más de 50 millones para garantizar un abastecimiento óptimo y sostenido. Con esa manta corta, la cadena de suministro se vuelve frágil: se priorizan rutas y servicios esenciales, se restringe el resto. Y el país lo nota en cuestión de horas.

El dato que marca la semana: días de autonomía y un mercado al límite

Cuando una administración reconoce públicamente que hay combustible para contados días, el margen de maniobra es mínimo. En gasolina, la autonomía ronda las 72 horas; en diésel, menos de 24. Ese diferencial importa. La gasolina sostiene mayoritariamente el parque vehicular ligero y urbano; el diésel es la sangre que mueve el transporte pesado, el agro, la minería, la logística de larga distancia e incluso generadores de respaldo. Si falta diésel, disminuyen viajes, se alargan rutas y suben costos. Si esa escasez coincide con un hito electoral, el nerviosismo se multiplica.

La respuesta oficial ha sido dosificada. Se ejecutan compras externas por tramos, se gestionan cupos y se intenta blindar consumos críticos: hospitales, servicios básicos, rutas estratégicas y, claro, la operativa electoral. El discurso es transparente en lo esencial: no hay ocultamiento de combustible, sostiene el Ministerio de Hidrocarburos; hay una limitación de caja que obliga a “administrar” cada litro importado. La calle, sin embargo, percibe otra cosa: colas que se estiran durante horas, surtidores que anuncian “diésel agotado” a media tarde y vendedores informales que emergen donde la ansiedad se vuelve mercado paralelo.

La elasticidad del sistema es baja. A diferencia de otros bienes, los combustibles tienen una logística rígida: contratos de suministro, ventanas de carga, tránsito aduanero, transporte por cisterna, almacenaje en plantas. Un retraso en cualquiera de esos eslabones se refleja en surtidores con cupo al día siguiente. Y si la causa es estructural —escasez de dólares, pagos a proveedores que se parcelan, fletes que se negocian semana a semana— el problema ya no es una tormenta pasajera; es una temporada.

Por qué falta combustible: subsidios, divisas y compras externas

Bolivia sostiene desde hace años un esquema de subsidios a la gasolina y el diésel. Ese modelo, políticamente sensible y socialmente extendido, exige caja y previsibilidad. Cuando la disponibilidad de dólares escasea, la compra externa —imprescindible para cubrir buena parte de la demanda interna— se complica. Los proveedores priorizan a clientes que pagan al contado o con garantías sólidas; las navieras ajustan rutas y tarifas; los seguros suben primas. En ese contexto, una transferencia tardía puede significar un barco menos o una descarga con días de demora.

El Ministerio de Hidrocarburos ha explicitado el dilema: con 35–40 millones de dólares no se llega a cubrir el ciclo completo de importación y distribución; para respirar hacen falta más de 50 millones con cierta regularidad. Esa brecha no solo es contable, es temporal. La cadena funciona a ritmos: desde que se ordena un cargamento hasta que el combustible está en un surtidor transcurren varios días y convergen múltiples actores. Si el dinero entra a golpes y no como flujo, la logística se adapta… a peor.

El bloqueo legislativo y los 17 créditos en suspenso

A la presión financiera se suma la política. El Gobierno atribuye parte del ahogo a un “bloqueo” legislativo que mantiene 17 créditos por más de 1.600 millones de dólares sin aprobar. No es un matiz: ese dinero anclaría reservas, apuntalaría subsidios y descomprimiría pagos a proveedores. Mientras los créditos no salgan del Parlamento, la administración rasca divisas donde puede, prioriza emergencias y pospone gastos que no resistirían el escrutinio social en plena campaña.

El resultado ya es visible. Surtidores que restringen litros por vehículo, transportistas que reducen viajes, empresas que reorganizan turnos y hogares que cambian rutinas ante la posibilidad —muy real— de no encontrar diésel a la hora en que toca trabajar. Un país pendiente del reloj: ¿llega el cargamento?, ¿se libera la transferencia?, ¿qué estación aún tiene cupo?

Desembolsos recientes… y claramente insuficientes

Los desembolsos de estas semanas han impedido un apagón total del sistema, pero no corrigen el déficit de base. Con 35–40 millones se parchean huecos; difícilmente se normaliza. Para hacerlo, haría falta encadenar varios tramos por encima de 50 millones, asegurar contratos de suministro más estables y reconstruir el colchón de autonomía en plantas y estaciones. En otras palabras: volver a tener holgura. Hoy, no la hay.

Campaña al rojo vivo: acusaciones, desmentidos y promesas

La crisis de combustibles irrumpe a cinco días de una segunda vuelta inédita entre Rodrigo Paz (Partido Demócrata Cristiano) y Jorge “Tuto” Quiroga (expresidente entre 2001 y 2002). Con los nervios de punta, el combustible se convirtió en arma discursiva. Paz acusó al Gobierno de “ocultar” carburantes para sembrar zozobra y advirtió que, de llegar al poder, promovería un juicio de responsabilidades contra el presidente Luis Arce. Desde el Ejecutivo, la réplica fue frontal: no hay ocultamiento, hay falta de divisas y obstáculos legislativos que agravan el cuadro.

Las promesas de campaña, como es habitual, van un paso por delante de la aritmética. Ambos candidatos aseguran que resolverán la falta de combustibles y divisas “desde el primer día”, 8 de noviembre, si ganan. Ese “primer día”, sin embargo, no reescribe contratos ni mueve barcos de la noche a la mañana. Cualquier plan de estabilización exigirá financiamiento fresco, prioridades claras y, sobre todo, señales a proveedores de que podrán cobrar a tiempo. Hay margen para la gestión; no para los milagros.

La política, a su modo, también reconoce el límite del discurso. El propio ministro de Hidrocarburos, Alejandro Gallardo, pidió a los candidatos que no “hagan política con el dolor de la gente” y sostuvo que el Gobierno trabaja para sostener el suministro hasta superar la ventana electoral. En la práctica, ese sostén se traduce en cupo y priorización. Es incómodo, pero funciona mejor que el desabastecimiento.

Un liderazgo ausente en YPFB que añade ruido

La coyuntura se agrava por un vacío de liderazgo en la estatal. El presidente de YPFB, Armin Dorgathen, no aparece y pesa sobre él una orden de captura por una denuncia de supuesto contrabando en exportaciones de combustible, un caso que el Gobierno niega. Su última aparición pública fue hace más de una semana, cuando explicó que la empresa no podía abastecer al 100 % por los problemas con los desembolsos en dólares.

Más allá del desenlace judicial, la ausencia de su máximo responsable dificulta la gestión en un momento crítico. YPFB necesita tomar decisiones rápidas, negociar cargamentos, reordenar cronogramas y comunicar con claridad tanto a proveedores como a consumidores. Sin una vocería sólida, se pierden tiempos, se diluye la confianza y se alimentan rumores. En un mercado tenso, el ruido es casi tan dañino como la falta de litros.

Los efectos ya visibles: colas, precios y distribución en pausa

Las consecuencias están a la vista. En La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz, las colas se prolongan durante horas y los surtidores racionan por vehículo. Transportistas reportan menor frecuencia de viajes; algunas rutas encarecen tarifas para cubrir tiempos muertos y desvíos. El comercio minorista sufre retrasos en entregas y reposición; los mercados ajustan precios de alimentos básicos ante el mayor coste logístico. La Cámara Nacional de Industrias ha advertido que la escasez paraliza gradualmente operaciones fabriles y compromete plazos de entrega al mercado interno y externo.

El efecto precio no es inmediato en todos los rubros, pero asoma. Cada hora extra de un camión parado en cola es combustible que no se mueve y salario que corre; cada litro racionado obliga a rehacer rutas y a postergar cargas. En sectores como agroindustria y exportación, donde la ventana de cosecha y despacho es crítica, el diésel marca la diferencia entre cumplir o fallar. Y en las ciudades, el ciudadano hace números: ¿me alcanza el depósito para llegar al trabajo toda la semana? Esa incertidumbre es, al final, inflacionaria.

El domingo en el horizonte: logística electoral bajo presión

Con cuatro días por delante, la logística electoral se mueve con preferencia donde puede y prudencia donde debe. La autoridad electoral ha expresado preocupación por la falta de diésel y gasolina que podría afectar la distribución y recolección del material electoral. La advertencia no es menor: en un país con rutas largas, zonas rurales y geografía compleja, mover urnas, papeletas y personal requiere miles de litros y una coordinación que no admite improvisaciones.

La experiencia de procesos anteriores muestra que, con planificación y prioridad, el dispositivo electoral puede blindarse incluso en contextos difíciles. Pero hacerlo implica restar litros a otras actividades. El dilema es evidente: garantizar la votación o sostener la vida económica al mismo nivel. La respuesta, en democracia, suele ser la primera. Y ahí está la tensión de estos días: los comicios probablemente se realizarán con normalidad, mientras la economía respira por la herida del diésel.

Tres vectores a seguir tras el balotaje

La crisis no termina con el conteo de votos. El lunes 20 de octubre abrirá otra pantalla en la que técnicos y políticos deberán mover fichas con rapidez.

Financiación inmediata. Sin divisas frescas, no hay normalización posible. El umbral de 50 millones por tramo es la línea roja que separa resistir de estabilizar. Cerrar nuevos desembolsos, monetizar créditos pendientes o conseguir líneas puente determinará si los surtidores empiezan a recuperar autonomía o si el país entra en una dinámica de parches.

Gobernanza en YPFB. Resolver la situación de Dorgathen —con reemplazo, retorno o una vocería alternativa— es imprescindible para negociar con proveedores y ordenar la casa. La petrolera necesita mandos claros, señales de continuidad operativa y un plan de comunicación que desmonte rumores y aclare prioridades.

Cadena logística. Aun con dinero, el sistema requiere tiempo para normalizar flujos: contratos, tránsitos, descargas y redistribución interna. Reforzar plantas de almacenaje, rotar cisternas con esquemas 24/7 y revisar cupos de manera dinámica serán piezas claves en la semana posterior a la elección.

Lo que se decide en los próximos días

La pregunta de fondo que recorre Bolivia —si habrá o no combustible suficiente en plena segunda vuelta— tiene hoy una doble respuesta. Para el dispositivo electoral, la priorización ya en marcha y la movilización anticipada de recursos deberían permitir un domingo en orden. Para el resto de la economía, la normalidad no está garantizada: el Gobierno reconoce reservas mínimas y una necesidad de caja por encima de los 50 millones de dólares para volver a navegar con holgura. Entre ambos planos se ensancha el día a día del ciudadano, que espera en la cola del surtidor, ajusta su ruta al trabajo y mira el tablero político calcular cuánto tardará en llenar el depósito sin hacer cuentas imposibles.

Nada de lo que ocurre es misterioso ni exclusivo. Un país que subsidia carburantes y depende de importaciones necesita divisas y estabilidad de pagos. Cuando esas dos variables flaquean, la manguera se vuelve termómetro social. Las acusaciones de la campaña calientan las redes, pero el surtidor solo entiende de litros y camiones. La agenda que viene es concreta: dólares, contratos, logística y liderazgo operativo. Si esas piezas encajan, las colas se acortarán y los precios respirarán. Si no, la semana será larga, con una certeza incómoda: la urna se abrió a tiempo, el diésel no siempre.

En el corto plazo, no hay soluciones mágicas, sí decisiones. Asegurar financiación recurrente por encima del listón de 50 millones, clarificar la cúpula de YPFB y operar con prioridades explícitas pueden estabilizar el sistema en semanas, no en meses. La industria y el transporte lo agradecerán de inmediato. En paralelo, el nuevo Gobierno —quienquiera que gane— deberá ordenar la discusión sobre subsidios con datos y tiempos: es un debate sensible, pero posponerlo cada vez cuesta más.

Hasta entonces, la noticia es ésta, sin adjetivos innecesarios: reservas exiguas, límites operativos, colapso evitado por la mínima y un domingo electoral que, salvo imprevisto, saldrá adelante. Lo que ocurra el lunes dependerá menos de la retórica y más de la tesorería. Y, aunque suene áspero, es ahí donde se resolverá si Bolivia vuelve a llenar depósitos sin mirar el reloj o si tendrá que seguir midiendo cada litro como si fuera el último.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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