Síguenos

Ciencia

¿Cómo logró volar 59 metros el avión de papel más grande del mundo?

Un gigantesco avión de papel de 20 metros voló 59 metros y batió un récord mundial gracias al ingenio de unos estudiantes de Pisa en Bolonia.

Publicado

el

avión de papel más grande del mundo

Resumen

  • Icarus mide 20,04 metros de envergadura y voló 59 metros en Bolonia
  • El avión se construyó solo con papel y cola tras meses de cálculos y pruebas
  • La Universidad de Pisa recuperó un récord mundial que resistía desde 2013

Un grupo de estudiantes de Ingeniería de la Universidad de Pisa ha construido el avión de papel más grande del mundo y, detalle nada menor, ha conseguido que volara. La aeronave, bautizada como Icarus, tiene 20,04 metros de envergadura, mide 7 metros de largo, pesa cerca de 28,5 kilos y recorrió 59 metros dentro de uno de los pabellones de BolognaFiere.

No fue un gigantesco folio doblado con entusiasmo y cierta inconsciencia. Detrás hubo meses de cálculos, simulaciones, ensayos fallidos y correcciones, hasta lograr una estructura de papel fabricada únicamente con papel y cola que pudiera conservar la forma durante el lanzamiento. El vuelo se celebró el 25 de junio de 2026, durante el WMF-We Make Future de Bolonia, y quedó certificado por Guinness World Records.

Un gigante de papel que no era un juguete

El nombre del proyecto, Icarus, parece una provocación mitológica: Ícaro terminó mal por acercarse demasiado al Sol, mientras que esta aeronave tenía una ambición algo más sensata, cruzar un pabellón sin plegarse como una servilleta húmeda. Lo consiguió. Recorrió 59 metros y solo se detuvo al alcanzar las columnas situadas al final del recinto.

La comparación ayuda a entender sus dimensiones. Con más de 20 metros de punta a punta, su envergadura supera en unos 5 metros la anchura de una pista reglamentaria de baloncesto. Y todo eso debía despegar, sostenerse en el aire y avanzar sin utilizar madera, plástico, metal ni fibra de carbono. Solo papel unido con adhesivo, una restricción que convierte una ocurrencia universitaria en un problema serio de ingeniería.

El proyecto nació entre clases, a partir de los pequeños aviones que cualquiera ha lanzado alguna vez contra una papelera, un profesor distraído o la nuca de un compañero. La diferencia es que estos estudiantes no dejaron la broma allí. La trasladaron a modelos, cálculos y pruebas, con el apoyo del creador y divulgador tecnológico Jakidale.

La ingeniería necesaria para volar 59 metros

El tamaño, por sí solo, no ayuda a volar. Puede incluso convertirse en el principal enemigo. Al aumentar la envergadura crece la superficie capaz de generar sustentación, pero también lo hacen las fuerzas que intentan doblar y retorcer las alas. Una pequeña desviación en un avión de sobremesa apenas se nota; repetida a lo largo de 20 metros, puede mandar una punta hacia arriba, la otra hacia abajo y todo el invento directamente al suelo.

Los responsables de Icarus tuvieron que encontrar un equilibrio incómodo: emplear suficiente papel para que la estructura conservara su geometría, pero no tanto como para volverla demasiado pesada. El resultado final se quedó en unos 28,5 kilos, una cifra modesta para un objeto de semejante tamaño, aunque enorme cuando debe permanecer en el aire sin motor.

También importaba la distribución de esa masa. El centro de gravedad tenía que situarse en una posición compatible con la forma del ala; demasiado adelantado, el morro caería con brusquedad, y demasiado retrasado, el avión levantaría la nariz hasta perder velocidad. La aerodinámica tiene poca paciencia con los gestos teatrales.

El ala no podía deformarse durante el lanzamiento

Un avión de papel convencional obtiene buena parte de su rigidez de los dobleces. Sus capas quedan comprimidas unas contra otras y forman una especie de diminuta viga. En una construcción de 20 metros, en cambio, ese principio debe trasladarse a grandes paneles y uniones capaces de repartir las cargas sin introducir materiales ajenos al reglamento.

Ahí estaba una de las dificultades decisivas. El ala debía ser ligera y rígida a la vez, dos cualidades que no suelen llevarse bien. Si cedía durante la aceleración inicial, cambiarían su ángulo y su perfil justo cuando el aire comenzaba a ejercer más presión. Unos pocos segundos bastaban para echar por tierra meses de trabajo.

El equipo desarrolló el proyecto mediante simulaciones, análisis aerodinámicos, cálculos estructurales y sucesivas pruebas. Hubo errores, rediseños y reinicios, según explicaron sus integrantes tras lograr el récord. Nada especialmente glamuroso: la ingeniería suele avanzar así, acumulando papeleras llenas hasta que algo, por fin, funciona.

Para mantenerse en vuelo, Icarus necesitaba que el aire circulase alrededor de sus alas con una velocidad suficiente para producir sustentación. Esa fuerza debía compensar temporalmente sus 28,5 kilos, mientras la resistencia aerodinámica iba frenando el avance. Sin motor, cada metro dependía de la energía recibida en el lanzamiento y de la capacidad del diseño para no desperdiciarla.

La enorme superficie alar permitió que el avión se comportara más como un planeador de gran formato que como uno de esos proyectiles afilados hechos con un folio. No necesitaba atravesar el aire a una velocidad disparatada, sino conservar una trayectoria estable, con una caída gradual y sin movimientos que aumentaran la resistencia.

El margen de error era pequeño. Una ráfaga lateral, una torsión inesperada o una salida ligeramente desequilibrada habrían provocado un giro difícil de corregir. Icarus no tenía piloto, alerones móviles ni segunda oportunidad una vez liberado. Papel, aire y gravedad; tres socios poco dados a negociar.

El récord alemán que resistía desde 2013

La anterior plusmarca pertenecía al Instituto Tecnológico de Braunschweig, en Alemania. Su avión, construido en 2013, alcanzaba 18,21 metros de envergadura, medía 5,16 metros de largo, pesaba 24 kilos y recorrió 18 metros después de ser lanzado desde una plataforma situada a 2,47 metros de altura.

Icarus amplió la marca en 1,83 metros de envergadura. Puede parecer una diferencia pequeña al leerla, pero añadir casi 2 metros a una estructura de papel implica reforzarla, mantener su simetría y controlar unas cargas mayores. El nuevo modelo también voló 41 metros más que el aparato alemán, aunque la distancia no era el criterio principal del récord mundial.

La marca permaneció vigente durante casi 13 años. El equipo de Pisa no solo construyó un avión más ancho: consiguió que una máquina algo más pesada recorriera más de tres veces la distancia cubierta por su predecesora. Un salto notable para un artefacto que, en teoría, seguía siendo papel doblado con aspiraciones.

Los 59 metros no son el récord de distancia

Conviene separar categorías para no mezclar aviones que apenas caben en un hangar con modelos que caben entre dos dedos. Icarus posee el récord del mayor avión de papel, determinado por su envergadura. No ostenta el récord de distancia del vuelo más largo realizado por una aeronave de este material.

Esa plusmarca corresponde a un pequeño avión lanzado a mano que recorrió 98,43 metros en Shanghái en diciembre de 2025. Fue diseñado para penetrar en el aire a gran velocidad, no para batir una marca de tamaño. Comparar ambos aparatos sería como enfrentar un planeador con una jabalina porque los dos avanzan por el aire.

Los 59 metros de Icarus resultan relevantes por otra razón: demuestran que el aparato no era una maqueta destinada a una fotografía. Voló de manera efectiva y con bastante margen, hasta agotar el espacio disponible en el pabellón. El récord exigía una aeronave funcional, no una escultura con alas.

Los estudiantes que convirtieron la idea en Icarus

El equipo de la Universidad de Pisa estuvo formado por Filippo De Paoli, Lorenzo Cioli, Emanuele Campinoti, Manuel Santoro, Giovanni Chiarelli, Luca Moni, Andrea Cipriano, Martina Cacciotti, Greta Ferrante, Gianmaria Ferrante, Jacopo Sardi, Dario Nista, Daniele Rusconi Braga, Dario Del Carlo y Gabriele Frediani.

El respaldo de Jakidale permitió desarrollar y producir una iniciativa que necesitaba materiales, espacio, logística y visibilidad. Porque construir un avión semejante no consiste únicamente en resolver ecuaciones: hay que fabricar grandes piezas sin dañarlas, transportarlas, unirlas dentro del recinto y coordinar un lanzamiento seguro ante el público.

La experiencia resume bastante bien lo que puede aportar un proyecto universitario cuando sale de la carpeta y ocupa el mundo físico. Los estudiantes trabajaron con aerodinámica, resistencia de materiales, fabricación y gestión de equipo, conocimientos que suelen presentarse por separado en los apuntes y que aquí acabaron compartiendo el mismo problema.

Cuando el papel deja de ser una ocurrencia

Icarus no transportará pasajeros, no reducirá el coste de los vuelos y difícilmente encontrará una aerolínea dispuesta a incluirlo en su flota. Tampoco era esa la intención. Su valor está en llevar un material corriente hasta una escala absurda y comprobar, con método, dónde aparecen sus límites.

El proyecto comenzó con pequeños aviones lanzados entre lecciones y terminó con una estructura de 20,04 metros atravesando un pabellón de Bolonia. Entre ambas escenas hay meses de trabajo silencioso: cálculos corregidos, piezas desechadas, uniones que fallaron y simulaciones que obligaron a empezar otra vez.

A veces la ingeniería nace de una necesidad urgente. Otras, de una pregunta innecesaria pero irresistible. Los estudiantes de Pisa quisieron saber hasta qué punto podía crecer un avión de papel sin dejar de ser un avión. La respuesta mide 20 metros de ancho y, contra todo pronóstico razonable, voló.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído