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Ciencia

¿Cómo arruinará SpaceX el cielo nocturno con un millón de satélites?

SpaceX planea hasta un millón de satélites para centros de datos orbitales, una amenaza capaz de transformar para siempre el cielo nocturno.

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SpaceX vale ya 800.000 millones de dolares

SpaceX quiere construir una gigantesca red de centros de datos orbitales formada por hasta un millón de satélites, una cifra cien veces superior a su actual constelación Starlink. Si el proyecto alcanzara esa escala, las simulaciones elaboradas por astrónomos dibujan un cambio brutal: durante amplios periodos del año habría más aparatos artificiales visibles que estrellas, incluso desde lugares alejados de las ciudades.

No ocurrirá la próxima semana ni existe todavía permiso para hacerlo. La compañía de Elon Musk presentó ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, la FCC, una solicitud que permanece sometida al proceso regulatorio. Esa precisión importa. No hay un millón de satélites encargados esperando en un almacén; hay un proyecto descomunal, técnicamente incompleto, que permite medir hacia dónde pretende moverse la industria espacial. Y la dirección apunta hacia un cielo nocturno bastante más concurrido.

A mediados de junio de 2026 orbitaban la Tierra más de 10.600 satélites Starlink. Ya pueden verse como puntos blancos que cruzan lentamente la noche y como largas cicatrices luminosas en las exposiciones de los telescopios. Multiplicar esa presencia hasta acercarse al millón dejaría de ser una molestia ocasional. Sería otra cosa: una infraestructura industrial extendida sobre toda la bóveda celeste.

No hay un millón de satélites aprobado

La FCC aceptó en febrero la solicitud de SpaceX para estudiar una nueva constelación de órbita no geoestacionaria. Eso significa que los aparatos se desplazarían continuamente alrededor del planeta, en lugar de permanecer aparentemente inmóviles sobre un mismo punto del ecuador. La autorización, sin embargo, todavía no está concedida.

El expediente propone satélites repartidos entre 500 y 2.000 kilómetros de altitud, agrupados en capas orbitales y conectados mediante enlaces láser. Algunas serían órbitas heliosíncronas: pasarían por las mismas zonas terrestres a una hora solar parecida y recibirían luz durante buena parte de su recorrido. Es útil para alimentar paneles solares. También es una mala noticia para quien prefiera mirar arriba y distinguir las estrellas de una granja informática volante.

No se trataría, en sentido estricto, de un millón de aparatos convencionales destinados a ofrecer internet. Sería una nueva red de centros de datos orbitales, enlazada con la infraestructura Starlink ya existente y concebida para ejecutar cálculos de inteligencia artificial. La nube, al parecer, quiere dejar de ser una metáfora.

Lo que SpaceX ha pedido

La empresa sostiene que trasladar capacidad informática al espacio permitiría aprovechar la energía solar y evitar parte del consumo de agua y electricidad de los centros de datos terrestres. También presenta el sistema como un primer peldaño hacia una civilización capaz de explotar cantidades colosales de energía solar, una referencia a la llamada escala de Kardashev.

El lenguaje tiene ese aroma tan reconocible de la industria tecnológica: un pie en el laboratorio y otro en la ciencia ficción. Pero debajo del barniz cósmico hay una propuesta concreta. Cada plataforma necesitaría ordenadores, grandes paneles solares, comunicaciones ópticas y enormes radiadores para expulsar el calor producido por los procesadores.

SpaceX ha señalado que las primeras demostraciones de computación orbital podrían comenzar a finales de 2027, antes de una implantación comercial más amplia. Ese calendario depende de Starship, el cohete pesado y reutilizable con el que la compañía espera transportar grandes cargas a un coste mucho menor que el de los lanzadores actuales.

Un calendario que depende de Starship

El millón representa el techo solicitado, no una previsión inmediata de despliegue. Alcanzarlo exigiría fabricar y lanzar satélites a una cadencia nunca vista, sustituir los que fallen y mantener en funcionamiento una red con una complejidad casi difícil de pronunciar sin tomar aire.

Starship tendría que demostrar una reutilización rápida, fiable y barata. También serían necesarias tecnologías de refrigeración, transmisión de datos y mantenimiento que todavía no han funcionado a semejante escala. En otras palabras: el plan es real como ambición empresarial y expediente administrativo, pero su ejecución completa continúa envuelta en incógnitas.

Eso no vuelve irrelevante la solicitud. Las grandes transformaciones suelen comenzar así, con un número colocado en un formulario que parece absurdo hasta que deja de parecerlo. La constelación Starlink también fue vista en sus primeros años como una extravagancia. Después llegaron miles de puntos luminosos.

El cielo nocturno podría llenarse de puntos artificiales

Un equipo de investigadores de las universidades de Regina, Columbia Británica y Toronto ya había calculado el efecto de unas 65.000 unidades pertenecientes a varias megaconstelaciones. Su estimación indicaba que, en determinadas latitudes y épocas del año, uno de cada 15 puntos visibles podría ser un satélite y no una estrella.

La simulación actualizada para el proyecto de SpaceX resulta mucho más inquietante. Con un millón de aparatos distribuidos en las órbitas propuestas, decenas de miles podrían permanecer iluminados por el Sol y ser visibles simultáneamente en algunas condiciones. El firmamento dejaría de parecer un fondo inmóvil salpicado de astros; tendría el aspecto de una autopista silenciosa, con luces desplazándose en todas direcciones.

Las zonas cercanas a los 50 grados de latitud norte y sur sufrirían especialmente durante el verano. España se encuentra algo más al sur, pero tampoco quedaría al margen. La afectación variaría según la estación, la hora, la inclinación de las órbitas y el diseño definitivo de cada satélite.

Más satélites visibles que estrellas

Desde un lugar verdaderamente oscuro pueden distinguirse a simple vista unos pocos miles de estrellas. La cifra exacta depende de la agudeza visual, la transparencia del aire y la contaminación lumínica, pero el orden de magnitud es claro. Un millón de satélites elevaría la cantidad de objetos artificiales hasta competir, y en algunos momentos superar, a los puntos naturales visibles.

Los investigadores reconocen que sus cálculos contienen incertidumbres importantes. SpaceX no ha detallado el tamaño, la forma, los materiales ni la orientación exacta de los futuros aparatos. Todos esos elementos determinan cuánta luz solar reflejan. Una superficie plana mal orientada puede lanzar un destello mucho más brillante de lo previsto; un recubrimiento oscuro puede reducirlo, aunque nunca hacerlo desaparecer por completo.

La altitud agrava el problema. Un satélite situado a 1.000 o 2.000 kilómetros suele verse más débil que otro cercano, pero permanece iluminado durante más tiempo después del anochecer y antes del amanecer. Puede cruzar el cielo mientras el observador está sumido en la oscuridad y él continúa recibiendo luz solar. Es una bombilla lejana, sí, pero encendida casi toda la noche.

La astronomía y la atmósfera pagarían la factura

Para el observador ocasional, el efecto sería visual y cultural. Para la astronomía profesional, entraría directamente en los datos. Las cámaras modernas realizan exposiciones largas y capturan zonas amplias del firmamento; un satélite que atraviesa el encuadre deja una raya capaz de saturar píxeles, ocultar objetos débiles y contaminar mediciones delicadas.

No basta con borrar el trazo mediante un programa informático. Parte de la información situada debajo puede perderse, y los reflejos internos del instrumento se extienden más allá de la línea visible. En estudios que buscan asteroides cercanos, explosiones estelares o galaxias remotas, esa interferencia supone tiempo de observación desperdiciado, costes adicionales y fenómenos astronómicos que podrían pasar inadvertidos.

También existe el ruido radioeléctrico. Los radiotelescopios escuchan señales extraordinariamente débiles procedentes del universo, mientras las constelaciones transmiten datos mediante potentes redes de comunicaciones. La convivencia es posible con coordinación y límites estrictos, pero gestionar miles de aparatos no equivale a gestionar un millón. La escala cambia el problema, como sabe cualquiera que haya intentado ordenar una habitación y luego una ciudad.

El impacto ambiental tampoco desaparece por elevar la infraestructura varios cientos de kilómetros. Los lanzamientos emiten gases y partículas en capas sensibles de la atmósfera. Cuando los satélites llegan al final de su vida útil, suelen reentrar y desintegrarse, liberando materiales metálicos.

Investigaciones recientes estudian cómo los óxidos de aluminio pueden alterar la química de la atmósfera superior y afectar a la recuperación del ozono. Las consecuencias todavía se investigan, pero la incertidumbre no equivale a inocuidad. Colocar una industria entera sobre nuestras cabezas para averiguar después qué ocurre sería, cuando menos, una forma bastante peculiar de aplicar la prudencia.

A eso se suma el riesgo orbital. Cuantos más objetos comparten una región, más maniobras de evasión son necesarias y mayor resulta la posibilidad de fallos, fragmentaciones y colisiones. Una gran nube de restos no sólo amenazaría a SpaceX, sino a satélites meteorológicos, científicos, de comunicaciones y navegación pertenecientes a numerosos países.

Y queda el calor. En el vacío no existe aire que se lleve la temperatura mediante ventiladores o corrientes. Los equipos deben desprenderse de ella por radiación, lo que obliga a instalar superficies radiadoras enormes. El espacio recibe abundante energía solar, pero no es un congelador gratuito. La física, tan poco dada al entusiasmo corporativo, sigue pasando factura.

SpaceX ha trabajado durante años con astrónomos para oscurecer sus satélites, modificar orientaciones y reducir reflejos. Algunas medidas han funcionado parcialmente. Aun así, los aparatos actuales continúan siendo demasiado brillantes para determinados instrumentos. Repetir el esfuerzo con un millón de plataformas más grandes y energéticamente voraces sería como intentar apagar un estadio cubriendo cada foco con una servilleta.

El cielo común no debería decidirse en un despacho

Los centros de datos terrestres consumen energía, agua y suelo. Es un problema auténtico, no una invención. Trasladarlos al espacio puede ofrecer ventajas para determinadas tareas, especialmente cálculos que no necesiten una respuesta inmediata o servicios destinados a otras naves. Pero cambiar el lugar del impacto no equivale a eliminarlo.

El debate central supera a SpaceX y a Elon Musk. Otras compañías y gobiernos estudian infraestructuras informáticas orbitales, megaconstelaciones de comunicaciones y satélites cada vez mayores. Aunque la cifra del millón nunca llegue a materializarse, el precedente regulatorio definirá cuánto puede ocupar una empresa del entorno orbital y qué obligaciones debe asumir hacia quienes no participan en el negocio.

La FCC es una agencia estadounidense, pero los satélites no respetan fronteras. Cruzarían los cielos de Madrid, Nairobi, Buenos Aires o una aldea del Himalaya sin pedir permiso a sus habitantes. Una decisión nacional produciría consecuencias planetarias. Ahí aparece la grieta: la tecnología avanza como un cohete; las reglas internacionales, más bien como una maleta con una rueda rota.

El cielo nocturno es laboratorio, calendario, patrimonio cultural y uno de los pocos paisajes que todavía comparten todos los seres humanos. No pertenece a una empresa ni a un Estado. Puede utilizarse, naturalmente, pero convertirlo en el techo luminoso de una sala de servidores exige algo más que una solicitud técnica y una promesa de eficiencia.

El millón de satélites continúa siendo una posibilidad extrema, no un destino escrito. Precisamente por eso el momento decisivo es anterior al lanzamiento, cuando todavía se pueden exigir diseños menos brillantes, evaluaciones ambientales completas, despliegues por fases y límites verificables. Después, con el paisaje nocturno cruzado por decenas de miles de luces, mirar las estrellas y lamentarlo sería un gesto muy humano. También bastante inútil.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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