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¿Por qué un 25% de alumnos flojea en matemáticas y lectura?

España ha avanzado en escolarización y acceso, pero el último retrato oficial deja una grieta difícil de ignorar: una de cada cuatro personas de 15 años no alcanza el nivel básico en matemáticas y comprensión lectora.

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alumnos flojean en matemáticas y lectura

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Radiografía de la educación en España: 1 de cada 4 jóvenes falla en mates y lectura, abandono al 13% y exceso de titulados sin empleo acorde.

España ha avanzado en escolarización y acceso, pero el último retrato oficial deja una grieta difícil de ignorar: una de cada cuatro personas de 15 años no alcanza el nivel básico en matemáticas y comprensión lectora. Los resultados consolidan un patrón que frena la competitividad y encoge la cantera de perfiles CTIM (ciencias, tecnologías, ingenierías y matemáticas). El Monitor de la Educación y la Formación 2025 de la Comisión Europea, difundido por el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes, sintetiza el cuadro con cifras precisas: 27 % del alumnado en nivel bajo de matemáticas, 24,4 % en lectura y 21,3 % en ciencias. Al otro lado de la curva, el grupo de alto rendimiento —quien tira del conjunto— es pequeño: 6 % de estudiantes en la banda superior de matemáticas frente al 8 % de la media de la Unión Europea; 5,3 % en lectura (UE 6,5 %) y 5 % en ciencias (UE 7 %). Es un aviso serio: sin masa crítica de excelencia, España se queda sin motor para sostener su frontera tecnológica.

A esa debilidad académica se suma una paradoja bien española: más titulados superiores que nunca y, sin embargo, la mayor tasa de sobrecualificación de la UE. Entre 25 y 34 años, 52,6 % tiene estudios terciarios —un logro que supera el objetivo europeo—, pero 35 % de esos titulados ocupan puestos por debajo de su formación. El país forma más que antes, pero no coloca ese talento donde rinde. El Monitor, además, recuerda que el abandono escolar temprano sigue en 13 % —mínimo histórico—, aunque aún por encima de la media europea (9,4 %) y lejos del objetivo del 7 % para 2030. La brecha de género persiste: 15,8 % de chicos frente a 10 % de chicas. El Consejo Escolar del Estado ha puesto sobre la mesa tres palancas: ampliar la escolarización obligatoria hasta los 18 años, mejorar becas (en importe y admisibilidad) y blindar un 5,5 % del PIB para educación. Nada de fuegos artificiales: un itinerario que sujeta a quienes más resbalan y eleva el listón del conjunto.

Radiografía precisa del rendimiento a los 15 años

Los datos de 2022 colocan el foco donde duele. Matemáticas concentra la mayor proporción de alumnado por debajo del estándar mínimo con un 27 %, seguida de lectura (24,4 %) y ciencias (21,3 %). Ese “nivel básico” no es una etiqueta burocrática: identifica la línea que permite resolver problemas rutinarios, interpretar tablas o gráficos sencillos y extraer la idea principal de un texto cotidiano. Quien se queda por debajo llega al final de la obligatoria sin herramientas de supervivencia académica. Y el techo es bajo: solo el 6 % del alumnado español pisa los niveles altos de matemáticas (UE 8 %), 5,3 % en lectura (UE 6,5 %) y 5 % en ciencias (UE 7 %). Es la diferencia entre tener equipos que empujan desde arriba y quedarse sin referentes en los que mirarse.

La imagen no se agota en las tres áreas clásicas. El Monitor apunta a competencia digital insuficiente: demasiados estudiantes no manejan con autonomía el ordenador para tareas básicas de búsqueda, organización de información y creación de documentos sencillos. Esto no va de saber usar una app; consiste en trabajar con criterio: planificar, discriminar fuentes, sintetizar y producir. Si esas destrezas no se consolidan a los 14–16 años, todo lo demás cuesta el doble. En paralelo, las matrículas universitarias en ciencias, matemáticas y tecnologías se quedan en 24,7 % frente al 27 % europeo, pese a que la demanda de especialistas supera la oferta. Falta cantera y falta impulso en Formación Profesional de grado medio, donde el informe reclama apuntalar itinerarios técnicos con prácticas reales.

Abandono temprano: tendencia a la baja, urgencias intactas

El abandono escolar prematuro cae con fuerza desde 2015 (del 20 % al 13 %), pero el diferencial con la UE no cede lo suficiente (9,4 %). Los chicos siguen abandonando mucho más que las chicas —15,8 % frente a 10 %— y ese gap se traduce en empleos más precarios, salarios más bajos y peor salud a lo largo de la vida. El Monitor vuelve a lo obvio —y a veces olvidado—: la repetición de curso, por sí sola, no arregla las lagunas. Sin apoyos tempranos, desdobles efectivos y tutorización en 1.º y 2.º de ESO, la repetición solo retrasa el problema.

En este punto, la FP es decisiva. España empuja fuerte en grado superior, pero cojea en grado medio, donde la tasa de empleo es 68,6 % frente al 80 % de la UE. Esa cifra explica por qué algunos estudiantes abandonan: si el grado medio no garantiza prácticas de calidad, tutores en empresa y una pasarela clara hacia el empleo, la motivación se desinfla justo cuando debería despegar. De ahí la insistencia en una FP dual de verdad, con cupos pactados, evaluación compartida y contratos que acompañen el aprendizaje. No basta con abrir plazas; hay que abrir las plazas pertinentes en las ramas que sí contratan.

Tecnología, móviles y aprendizaje: el difícil equilibrio

Otro capítulo llamativo del Monitor es el de teléfonos móviles y tiempo de pantalla. En España, 58 % del alumnado declara límites parentales entre semana, frente al 41 % de la media de la UE. En los centros, la tendencia a ordenar el uso del móvil se acelera. Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana, Galicia, Madrid y Murcia han adoptado prohibiciones generales. Asturias, Baleares, Canarias, Cantabria, Castilla y León, Extremadura, La Rioja, Navarra y País Vasco aplican normas flexibles. La foto no es una competición entre comunidades; señala un consenso práctico: reducir distracciones, proteger la atención y dejar la tecnología para actividades pedagógicas acotadas, con garantías de privacidad y seguridad de datos. Es una rectificación razonable tras años de pantalla omnipresente que no siempre llevó a mejores resultados.

Este giro no choca con la competencia digital. Al contrario, la sitúa en su sitio: enseñar a usar la tecnología con propósito. Búsqueda avanzada, verificación de fuentes, organización de la información, presentaciones sólidas, nociones de datos y programación, y todo ello integrado en tareas auténticas. En la práctica, el objetivo es que los adolescentes pasen de “usuarios básicos” a usuarios competentes que crean —no solo consumen— contenido. Y que lo hagan con el móvil fuera de la ecuación cuando estorba la atención.

Universidad, empleo y el muro del desajuste

La tasa de titulados superiores entre 25 y 34 años (52,6 %) dibuja un país que valora la educación. Pero la sobrequalificación del 35 % —la mayor de la UE en 2024— habla de desajuste entre lo que enseña el sistema y lo que absorbe el mercado laboral. Traducido: un graduado acaba en ocupaciones de baja cualificación mientras sectores estratégicos —industria avanzada, energías, salud, datos— buscan especialistas que no encuentran con la rapidez debida. La inserción más débil en FP de grado medio, la escasez de perfiles STEM (24,7 % de matriculados frente al 27 % europeo) y la atomización del tejido empresarial ayudan a explicar la brecha. El Monitor apunta el camino: alinear oferta y demanda con FP dual, prácticas tutorizadas y aprendizaje permanente; impulsar reentrenamiento (reskilling) y perfeccionamiento (upskilling) en activo; y premiar a las empresas que acompañen la formación con contratos de calidad.

Hay otra pieza quizá menos visible: orientación académica y profesional. Tener 52,6 % de jóvenes con título superior es una fortaleza si encaja con los proyectos productivos del país. Si no, se convierte en frustración. El Monitor no entra en nombres de sectores, pero el mapa es evidente: movilidad eléctrica, renovables, biotecnología, ciberseguridad y servicios avanzados tiran del empleo de calidad. Ahí es donde FP y universidad deben converger, con competencias transversales (comunicación, datos, resolución de problemas) escritas no en presentaciones, sino en rúbricas de evaluación que midan lo que el mercado pide y el aula debe enseñar.

La primera infancia, una ventaja que conviene cuidar

España llega muy bien al comienzo del sistema. La escolarización a los 3 años roza la universalidad (98 % en 2023). Y los servicios de atención a la infancia de 0 a 2 años alcanzan al 55 % en 2024, un salto relevante que, bien gestionado, reduce desigualdades de origen. Es aquí donde la literatura empírica es más contundente: cuanto antes se interviene con calidad, mejor se amortiguan las brechas que luego reaparecen en Secundaria. Pero hay una sombra que el Monitor subraya sin rodeos: 34 % de niños menores de seis años en riesgo de pobreza o exclusión frente a 23,5 % en la UE. Este dato explica muchas cosas. Quien vive en hogares con menos recursos tiene menos acceso a refuerzo, menos ocio lector y menos espacios silenciosos para estudiar. La escuela no puede con todo; necesita política social —ingresos, vivienda, conciliación— para que la igualdad de oportunidades sea algo más que una consigna.

Cuidar esa ventaja exige calidad —ratios, formación específica de educadoras y educadores, detección temprana de necesidades— y equidad —plazas suficientes en barrios con demanda real, tarifas ajustadas a renta—. El retorno es alto y sostenido: mejores resultados en Primaria, menos repetición, más continuidad en Secundaria, más opciones en FP y universidad. Si el país protege esta palanca temprana, la pendiente de mejora en matemáticas y lectura será menos empinada a los 15 años.

Qué hay detrás de los números: causas que se pueden corregir

El Monitor permite ordenar las causas sin caer en mantras. Hay una base competencial débil que no se taponó a tiempo en los últimos cursos de Primaria y los primeros de ESO: cálculo, resolución estructurada de problemas, comprensión de textos y vocabulario académico. En los centros donde se actuó con coenseñanza, desdobles con menos alumnos, materiales graduados y evaluación formativa, la proporción de estudiantes por debajo del mínimo baja. Donde no hubo cultura de datos pedagógicos, el alumno con dificultades pasa desapercibido hasta que repite o abandona.

También pesa el clima de aprendizaje. La rotación de profesorado, las ratios altas en grupos con más necesidades y las normas difusas sobre móviles introducen ruido. Las CC. AA. que han ordenado ese uso reportan menos interrupciones y mejor ritmo de clase; no por magia, sino porque homogeneizan expectativas entre familias y profesorado. Y está el factor socioeconómico, que opera fuera del aula. Con 34 % de infancia en riesgo de pobreza, el refuerzo escolar no compite en igualdad de condiciones con quien sí tiene biblioteca, silencio y conexión a mano.

Medidas que sí mueven la aguja: del aula a la ley

El informe europeo no dicta metodologías, pero sugiere qué funciona. En matemáticas: instrucción explícita de hechos básicos, práctica espaciada, modelado para resolver problemas (tablas, esquemas, diagramas), razonamiento y argumentación verbal y escrita, y una evaluación que valore el proceso además del resultado. En lectura: exposición diaria a textos exigentes, construcción deliberada de vocabulario, lectura guiada y escritura frecuente para consolidar comprensión. Y, transversalmente, evaluación formativa con rúbricas claras, feedback útil y seguimiento individual. Son prácticas escalables: ya funcionan en decenas de centros públicos que han reducido con fuerza el porcentaje de estudiantes por debajo del nivel mínimo.

Desde la política pública, tres reformas destacan por su impacto potencial. Becas: subir cuantías, ampliar admisibilidad y simplificar trámites para que lleguen a tiempo a quien más lo necesita. Financiación: blindar 5,5 % del PIB en educación con foco en Primaria–ESO, orientación, apoyos y formación docente en centro. Obligatoriedad hasta los 18 años: un paso viable si ofrece itinerarios flexibles (FP básica, módulos profesionales, pasarelas) y acompañamiento intensivo para quienes llevan años en el alambre.

Comunidades y centros: cómo se aterriza un plan creíble

La descentralización educativa obliga a políticas con nombre y apellido. Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana, Galicia, Madrid y Murcia ya prohíben el uso general del móvil; Asturias, Baleares, Canarias, Cantabria, Castilla y León, Extremadura, La Rioja, Navarra y País Vasco modulan con normas flexibles. En ambos casos, el reto es operativo: protocolos claros, excepciones justificadas para fines pedagógicos y dotación de equipos compartidos para que nadie quede fuera cuando sí toca usar tecnología. En paralelo, urge reordenar tiempos: reservar horas de coordinación docente en el horario lectivo para que los claustros analicen datos, ajusten tareas y midan resultados con regularidad. Sin ese tiempo protegido, la mejora metódica no existe.

Los centros que mejor resisten comparten rasgos. Liderazgo pedagógico reconocido, estabilidad de equipos más allá del curso, metas comunes medibles, bibliotecas activas, programas de lectura en todas las materias y clubes de ciencias o mentorías que abren horizontes. Todo eso cuenta. Pero nada reemplaza a un profesorado que recibe formación situada (en su aula, con sus grupos) y acompañamiento. La receta no es un “curso más”, sino ciclos de mejora: observar, aplicar, medir, ajustar. Y vuelta a empezar.

Un rumbo posible para dejar de perder talento

Los números del Monitor no son un veredicto, son instrucciones de trabajo. 27 % del alumnado sin lo básico en matemáticas, 24,4 % en lectura, 21,3 % en ciencias; 13 % de abandono frente al 9,4 % europeo; 6 % en la élite de matemáticas (UE 8 %); 52,6 % con título superior y 35 % de sobrequalificación; 24,7 % de matrícula en STEM cuando Europa marca 27 %; 98 % de escolarización a los 3 años y 55 % de cobertura 0–2 junto a un 34 % de infancia en riesgo. Con esos mimbres, el país puede trazar un rumbo: apoyo intensivo en 5.º–6.º de Primaria y 1.º–2.º de ESO, desdobles reales en matemáticas y lengua para quien más lo necesita, evaluación formativa que enseñe a aprender, FP dual con prácticas tutorizadas y plazas en sectores que contratan, becas que lleguen a tiempo, financiación estable y uso de tecnología con cabeza —móvil fuera cuando estorba, pantalla dentro cuando aporta—.

No hace falta esperar a un nuevo informe para mover ficha. Hay centros y comunidades que ya lo están haciendo. Toca extender ese buen hacer. Menos titulares y más constancia. Porque la métrica que importa se ve en clase: una adolescente que entiende una función, un chico que explica un texto, un grupo que resuelve con método un problema. Ahí empieza la convergencia con Europa. Y, sobre todo, ahí empieza la oportunidad para quienes hoy figuran en ese 25 % que no alcanza lo básico. Con apoyo, método y tiempo, sí salen de la estadística.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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