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¿Cómo se sobrevive a -20 grados en Ucrania sin luz ni calor?

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carros ucranianos bajo la nieve

Ucrania afronta -20º sin luz ni calefacción; miles de centros médicos dañados y el frío convertido en arma de guerra ya

A -20 grados, con el techo temblando por los bombardeos y la casa convertida en una caja oscura, la vida deja de ser “difícil” y pasa a ser prácticamente inviable. Eso es lo que describe Médicos Sin Fronteras (MSF) al retratar el invierno ucraniano bajo ataques continuados a la infraestructura energética: apagones repetidos, calefacción que se apaga cuando más falta hace y agua corriente que desaparece como si fuese un privilegio. La organización lo dice sin rodeos y con una idea central que atraviesa todo el relato: “el frío se usa como arma”.

Desde el 24 de febrero de 2022, MSF sitúa el foco en dos frentes que se cruzan y se agravan mutuamente: el golpe a la sanidad y el golpe a la energía. Por un lado, más de un centro médico al día ha resultado dañado o destruido por los bombardeos, hasta superar los 2.000 centros afectados; por otro, los ataques a la red eléctrica han empujado a millones de personas a una rutina de cortes de electricidad, calefacción y agua, una rutina que en invierno no es una molestia doméstica, es un riesgo real. En los lugares más cercanos a la línea del frente, hay comunidades enteras que se quedan sin servicios básicos durante días o semanas, y el termómetro, cuando baja, no negocia: baja y punto.

El frío como arma: apagones y vida a oscuras

El frío extremo no llega “solo”. Llega acompañado de un silencio raro, de radiadores fríos, de cocinas que dejan de funcionar, de pasillos iluminados por pantallas a medio cargar, de velas, linternas, generadores que tosen y se paran, y de ese cálculo constante que se instala en la cabeza: cuántas horas queda de luz, cuánta agua hay guardada, cuánto aguanta el cuerpo sin calor estable. En Ucrania, cuenta MSF, los ataques a la infraestructura energética han convertido el invierno en una especie de trampa: si se cae la electricidad, se cae todo lo demás, y la ciudad moderna —que vive de bombas de agua, calefacción central, comunicaciones, transporte— se vuelve frágil como cristal fino.

En el día a día, la guerra entra por la ventana de la forma más doméstica posible. Un corte de luz puede ser un rato sin internet, sí, pero también puede ser sin calefacción, sin posibilidad de calentar una habitación a tiempo, sin agua caliente, sin ascensor, sin bombas que empujen el agua hasta las plantas altas. El frío, cuando se mete dentro de casa, cambia la rutina y cambia el cuerpo: manos torpes, respiración que se vuelve visible incluso en interiores, ropa que se usa como capa de supervivencia, no como abrigo. Y a -20º, ese margen de “ya se arreglará” se vuelve muy pequeño.

MSF insiste en que el impacto no es uniforme. Hay gente que puede improvisar un generador, hay edificios con mejores aislamientos, hay barrios que recuperan la electricidad antes. Pero también hay quienes viven con lo justo o con nada: personas mayores solas, pacientes con enfermedades crónicas, familias desplazadas en alojamientos improvisados donde el calor se escapa por las rendijas. En esas condiciones, el apagón deja de ser un problema técnico y se convierte en un multiplicador de vulnerabilidad. Y eso se nota en decisiones mínimas, casi íntimas, que en otros lugares no existirían: cómo lavar a un bebé, cómo conservar medicación, cómo mantener una temperatura mínima para dormir sin que el cuerpo se rinda.

A pie de calle, y sobre todo cerca del frente, la palabra “servicios” suena demasiado abstracta. Cuando falta agua corriente durante días, no se trata solo de higiene; se trata de cocinar, de beber, de limpiar una herida, de evitar infecciones, de sostener lo básico. Cuando se va la calefacción, no es solo incomodidad: es riesgo para ancianos, para personas con problemas respiratorios, para bebés, para cualquiera que viva en un edificio que no fue pensado para aguantar tanto frío sin apoyo energético. MSF describe ese escenario como un deterioro que se acumula, que se apila: un día sin luz se gestiona, dos se padecen, una semana cambia la vida.

Sanidad golpeada: más de 2.000 centros afectados

La guerra también golpea donde se cura. MSF subraya que, desde el inicio de la invasión a gran escala, más de 2.000 centros médicos han quedado dañados o destruidos, con un ritmo que, en promedio, supera uno al día. No es un dato para la estadística, es un mapa de ausencias: un hospital que ya no recibe, un ambulatorio que cierra, una sala que queda inutilizada, un quirófano que se apaga justo cuando el suministro se corta. El resultado, inevitable, es que el sistema sanitario se ve obligado a funcionar con huecos, con “parches” y con desplazamientos forzados de pacientes.

Cuando un centro médico cae, no se cae solo una fachada. Se cae una red de confianza. Se cae el seguimiento de un hipertenso, la revisión de un diabético, la consulta de un embarazo, la fisioterapia tras una operación, el control de una infección. Se cae el lugar donde se renovaban recetas, donde se curaban heridas, donde se medía la presión y se escuchaba el pecho con un fonendoscopio. En un país sometido a bombardeos y con apagones, la sanidad no solo necesita médicos y medicamentos: necesita electricidad estable para equipos, necesita calefacción para salas, necesita agua para esterilizar, necesita comunicaciones para coordinar. Si eso falla, los tiempos se alargan y los riesgos suben.

MSF describe un panorama de presión sostenida, de servicios que se reorganizan por necesidad. En zonas próximas a los combates, la atención se vuelve más intermitente: hay días en que una clínica puede abrir y días en que no, no por falta de voluntad, sino por seguridad o por falta de suministros. Y cuando se interrumpe la atención en un punto, el flujo se desplaza a otros lugares, saturándolos. Es una cadena: una urgencia que no se atiende a tiempo acaba siendo una urgencia mayor; una patología crónica sin control termina en complicación; una infección que no se trata bien se convierte en algo más serio. En invierno, ese mecanismo acelera, porque el frío añade estrés físico y empeora condiciones preexistentes.

En paralelo, el daño a la infraestructura energética repercute directamente en hospitales y centros de salud. Un apagón en una vivienda puede significar frío y oscuridad; un apagón en un hospital significa, además, dependencia de generadores, limitación de procedimientos, incertidumbre. MSF lo cuenta con un tono sobrio, sin grandilocuencias, pero el retrato es claro: la sanidad trabaja contra el reloj, y el reloj, en Ucrania, no solo lo marcan las urgencias médicas; lo marcan las sirenas y el suministro eléctrico.

Los más expuestos: mayores, crónicos y desplazados

Hay una frase que se repite en contextos humanitarios y que en Ucrania toma un peso literal: “la población vulnerable”. No es un concepto académico; es una lista invisible de personas con menos margen para adaptarse. MSF pone el foco en personas mayores que viven solas, en pacientes con enfermedades crónicas y en familias desplazadas que sobreviven en refugios improvisados. En invierno, con cortes de calefacción y agua, esos perfiles son los que antes se rompen, porque su capacidad de improvisar es menor y su necesidad de estabilidad es mayor.

En las zonas más cercanas a la línea del frente, MSF describe comunidades enteras sin servicios básicos durante días o semanas. La vida cotidiana se reduce a mantener el calor, conseguir agua, y esperar. Esperar la vuelta de la electricidad, esperar a que se pueda salir, esperar a que la situación permita moverse a un lugar más seguro. Y mientras, el cuerpo va pagando factura: el frío se mete en las articulaciones, agrava dolores, empeora respiraciones. En personas con problemas cardiovasculares o respiratorios, el invierno sin calefacción estable no es un inconveniente, es una amenaza.

El desplazamiento añade otra capa. Quien abandona su casa suele perder la red de apoyo: el médico que conocía su historial, la farmacia de siempre, el vecino que ayudaba, la rutina que mantenía cierta normalidad. En un refugio improvisado, todo eso se reconfigura con prisas. MSF cuenta que muchas familias terminan en lugares que nunca fueron pensados para vivir, y en esos espacios la privacidad es mínima, el descanso es irregular y la posibilidad de enfermar se multiplica. El frío, ahí, no es paisaje: es una presencia constante, y cuando falta agua caliente o se corta la luz, las tareas más básicas se convierten en operaciones complicadas.

Damir, tres meses, y el baño que no llega

La escena que más golpea por su sencillez es la de Damir, un bebé de tres meses. MSF lo menciona como ejemplo de cómo el invierno y los apagones entran en la vida íntima de una familia. Según la organización, Damir “solo ha sido bañado dos veces desde su nacimiento”: una en el hospital y otra en uno de los pocos días en que volvió la electricidad, aunque fuese brevemente. Su madre lo explica con una frase que no busca conmover, solo describir una decisión diaria: “Ahora usamos toallitas porque hace mucho frío. La habitación no se calienta a tiempo para bañarlo. Tengo miedo de que mi hijo se resfríe”. Esa es la guerra también: higiene reducida a toallitas, maternidad condicionada por la calefacción que no llega, miedo a un resfriado porque un resfriado, en esas condiciones, puede complicarse.

El caso de Damir no es una anécdota aislada; funciona como ventana. Cuando un bebé no puede bañarse con normalidad por falta de calor, es que el entorno está colapsando en lo básico. Y lo básico, en invierno, sostiene el resto: la prevención de infecciones, la estabilidad emocional, la sensación de control. MSF insiste en que el frío agrava vulnerabilidades ya profundas, y lo hace de manera especialmente dura en quienes tienen menos defensas o menos recursos: bebés, ancianos, enfermos crónicos. Un apagón, para unos, es un contratiempo; para otros, es una línea roja.

Ambulancias MSF: 10.722 traslados en 2025

En este paisaje de infraestructura dañada y servicios intermitentes, el movimiento de pacientes se vuelve crucial. MSF aporta un dato que dibuja el volumen del problema y la respuesta: solo en 2025, sus ambulancias realizaron 10.722 traslados de pacientes. No se trata de un detalle operativo, sino de un indicador de cómo se está sosteniendo parte del sistema: moviendo heridos y enfermos desde zonas de mayor presión a otras donde aún hay capacidad para atenderlos, operarlos, estabilizarlos o seguirlos.

La cifra viene acompañada de otra que define el tipo de emergencia: el 60% de esos traslados fueron por lesiones relacionadas con el conflicto. Es decir, no se habla únicamente de patologías habituales o de urgencias “normales”; se habla de trauma. Heridas, golpes, lesiones por explosiones, secuelas que exigen cirugía y rehabilitación. En un contexto así, las ambulancias dejan de ser solo un vehículo sanitario: son un corredor de continuidad, el puente entre un hospital cercano al frente —que quizá pueda estabilizar o hacer una intervención básica— y otro más alejado que puede sostener el tratamiento con medios más completos.

El invierno complica ese puente. Trasladar pacientes con carreteras heladas, con riesgo de nuevos ataques, con apagones que pueden afectar a comunicaciones o a la recepción en centros sanitarios, incrementa la fragilidad de cada trayecto. Y aun así, los traslados siguen. MSF lo presenta como parte esencial de su trabajo: mantener el flujo para evitar que los hospitales más expuestos colapsen definitivamente y para que los pacientes no queden atrapados en un embudo sanitario. Cuando el sistema se estrecha, cada traslado abre aire. Poco, pero aire.

En el fondo, esas ambulancias cuentan una historia de país: un país donde el lugar en el que uno se hiere o enferma no siempre es el lugar donde puede ser tratado. La logística sanitaria se convierte en una red móvil, y esa movilidad, en tiempos de frío extremo, requiere energía, coordinación y seguridad. El dato de 2025 —10.722 traslados— sugiere un ritmo constante, casi industrial, en medio de un entorno que, por definición, no permite la estabilidad.

El trauma no se apaga con la luz

El invierno golpea el cuerpo, sí, pero también erosiona la mente. MSF añade una pieza que a menudo queda fuera de titulares sobre energía y bombardeos: la salud mental. Según la organización, el 50% de los pacientes atendidos en su centro de salud mental padece trastorno de estrés postraumático (TEPT). Ese porcentaje no aparece como un número frío; aparece como la confirmación de algo que se percibe en cualquier guerra prolongada: el trauma se instala, se cronifica, se mezcla con la vida cotidiana.

El TEPT no es una etiqueta abstracta. Se manifiesta en síntomas que interrumpen lo normal: recuerdos intrusivos, sobresaltos, insomnio, ansiedad, irritabilidad, dificultad para concentrarse, sensación de amenaza constante. En un país donde las sirenas pueden sonar de madrugada y donde los apagones convierten una noche corriente en una noche más oscura de lo habitual, esos síntomas encuentran combustible. El cerebro aprende a estar en alerta, y desaprenderlo cuesta. MSF insiste en que el conflicto no solo produce heridos visibles, también produce una masa de sufrimiento psicológico que necesita atención sostenida, no solo parches.

El apagón, además, no es neutro psicológicamente. Vivir con cortes repetidos de electricidad y calefacción provoca estrés añadido: incertidumbre, fatiga, irritación, miedo. El frío dentro de casa reduce el descanso, y sin descanso la mente se vuelve más frágil. En personas desplazadas, que ya han perdido su hogar o han tenido que huir, esa mezcla puede ser explosiva: el cuerpo cansado, la mente hipervigilante, el entorno inestable. MSF lo describe como una emergencia paralela, menos visible, pero constante. Y el dato del 50% con TEPT funciona como señal de alarma: la guerra se queda dentro, incluso cuando el ruido se aleja.

En ese contexto, la atención psicológica no es un adorno humanitario. Es parte de la reconstrucción íntima, de la posibilidad de sostener una vida en medio de la inestabilidad. MSF lo plantea como una necesidad que crece a la vez que se prolonga el conflicto. Y en invierno, con el frío como presión adicional, esa necesidad se vuelve más urgente, aunque no suene tan “tangible” como un generador o un paquete de mantas.

Ucrania ante el invierno: lo básico como batalla diaria

La fotografía que deja MSF combina números y escenas, y ambas cosas encajan con dureza. Desde febrero de 2022, más de 2.000 centros médicos dañados o destruidos y un ritmo de afectación que supera uno al día; ataques que obligan a millones a convivir con cortes de electricidad, calefacción y agua; comunidades cerca del frente que se quedan sin servicios durante días o semanas; un bebé, Damir, de tres meses, bañado dos veces en toda su vida por falta de calor; una madre que cambia el agua por toallitas por miedo a un resfriado; y, en 2025, 10.722 traslados en ambulancia, con un 60% de lesiones vinculadas directamente al conflicto, mientras en salud mental asoma otro dato contundente: la mitad de los pacientes atendidos con TEPT.

A -20º, el lenguaje se vuelve literal. Cuando MSF dice que “la vida es imposible” sin electricidad, no está exagerando para conseguir atención: está describiendo un umbral físico. Sin luz y sin calor, el hogar deja de proteger; sin agua corriente, la higiene se complica y la enfermedad encuentra camino; con centros médicos dañados, la atención se retrasa o se pierde; con carreteras difíciles y riesgo constante, un traslado sanitario se convierte en una carrera contra el tiempo. Y en el centro de todo, la misma idea que atraviesa el invierno ucraniano: el frío, más que una estación, como una herramienta de desgaste.

En la distancia, la guerra suele contarse con mapas y movimientos de tropas. Aquí el mapa es otro: una bombilla que no se enciende, un radiador que no calienta, una ducha que no sale, un bebé que no puede bañarse, un paciente que necesita un traslado largo para recibir tratamiento, una mente que no consigue dormir aunque el silencio haya vuelto. Son hechos pequeños, sí, pero acumulados forman la misma conclusión práctica que repite MSF con la franqueza de quien está allí: con apagones, bombardeos y -20º, sobrevivir se parece demasiado a resistir minuto a minuto.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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