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Ciencia

¿Vuelve el Súper Niño más intenso y qué efectos tendría en España?

El Pacífico apunta a un El Niño intenso: señales oceánicas, riesgos climáticos y efectos en España en una fase clave para entender el clima.

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Vuelve el Súper Niño

El llamado Súper Niño vuelve a colocarse en el centro del mapa climático mundial por una razón sencilla y nada menor: el Pacífico ecuatorial está mostrando señales compatibles con el desarrollo de un nuevo episodio de El Niño, y los modelos oficiales elevan la probabilidad de que el fenómeno aparezca entre mayo y julio y se mantenga durante el invierno del hemisferio norte. La cuestión verdaderamente importante no es si el nombre suena apocalíptico —suena, porque para eso se inventan estas etiquetas—, sino si el calentamiento del océano llegará al umbral de un episodio fuerte o muy fuerte, con efectos en lluvias, sequías, huracanes, calor global, agricultura y mercados.

La fotografía actual pide prudencia. La NOAA, a través de su Centro de Predicción Climática, mantiene una vigilancia activa de El Niño y sitúa en torno al 82 % la probabilidad de que emerja entre mayo y julio de 2026, con opciones muy altas de que continúe entre diciembre de 2026 y febrero de 2027. En su escenario de intensidad, el organismo contempla una posibilidad relevante de El Niño fuerte hacia finales de año y un escenario todavía más llamativo si se combinan las opciones fuerte y muy fuerte. Dicho en castellano de calle: el fenómeno viene con músculo estadístico, pero todavía no con acta notarial.

Qué significa realmente un Súper Niño

El Niño no es una tormenta, ni una ola de calor concreta, ni un anticiclón con mala leche. Es una fase de la oscilación El Niño-Oscilación del Sur, conocida como ENSO, un gran vaivén entre océano y atmósfera que se desarrolla en el Pacífico ecuatorial y que, cuando se activa en su fase cálida, altera el comportamiento del clima en regiones muy alejadas. El mecanismo empieza en el mar: se calientan de forma anómala las aguas superficiales del Pacífico central y oriental, se debilitan los vientos alisios, cambia la circulación atmosférica y se mueve la maquinaria de la lluvia como quien desplaza una alfombra bajo una mesa puesta.

La NOAA ha empezado a usar el índice oceánico relativo, RONI, como referencia operativa para clasificar episodios de El Niño y La Niña en un mundo más cálido. El umbral básico de El Niño se sitúa en anomalías iguales o superiores a 0,5 grados en la región Niño 3.4, siempre que exista una respuesta atmosférica coherente y cierta persistencia temporal. La categoría “muy fuerte” se asocia con valores superiores a 2 grados, de ahí que en la conversación pública se hable de Súper Niño. El matiz importa: no basta con que el mar suba unas décimas; el océano y la atmósfera tienen que bailar juntos, aunque uno de los dos, a veces, vaya pisando al otro.

La Organización Meteorológica Mundial ha introducido un poco de hielo en el vaso. No utiliza “super El Niño” como clasificación operativa estandarizada, aunque sí reconoce que los modelos muestran una probabilidad creciente de retorno de El Niño y posible intensificación durante los próximos meses. También recuerda una idea incómoda para el titular fácil: cada episodio es único. Dos eventos con cifras parecidas pueden dejar impactos distintos porque no todo depende del Pacífico; cuentan el Atlántico, el Índico, la circulación polar, el estado de los suelos, la temperatura global de fondo y esa colección de engranajes invisibles que llamamos sistema climático.

Lo que inquieta no es solo la etiqueta. Es el contexto. El planeta ya llega recalentado, con océanos que acumulan más energía y una atmósfera capaz de retener más vapor de agua. La OMM advierte de que no hay evidencia clara de que el cambio climático aumente por sí mismo la frecuencia o intensidad de El Niño, pero sí puede amplificar sus impactos porque una atmósfera más cálida dispone de más energía y humedad para alimentar extremos de calor y lluvia intensa. El Niño no trabaja solo; entra en una habitación donde el radiador lleva años encendido.

La señal que ha visto la NASA en el océano

La señal más vistosa de estos días llega desde el espacio. El satélite Sentinel-6 Michael Freilich, una misión de medición del nivel del mar vinculada a la NASA, la ESA y el programa Copernicus, ha detectado una onda cálida avanzando por el Pacífico ecuatorial hacia Sudamérica. Este tipo de pulso, conocido como onda Kelvin, puede actuar como precursor de El Niño: una gran masa de agua más cálida se desplaza hacia el este, eleva el nivel del mar porque el agua caliente se expande y prepara el terreno para que la superficie oceánica se caliente de forma más persistente.

Según los datos difundidos, la secuencia de 2026 muestra una primera onda pequeña cerca de Micronesia a finales de enero, seguida por otra más intensa en marzo, que avanzó hasta las aguas próximas a Perú en mayo. Allí el nivel del mar llegó a situarse más de 15 centímetros por encima de los promedios históricos. No es una postal para Instagram: es una firma física. El océano hinchado, más alto, delata calor debajo, como una madera que cruje antes de que se vea el fuego.

La NASA no está diciendo que el mundo se acabe el martes. La ciencia seria rara vez habla así, por desgracia para los adictos al sobresalto. Lo que señala es que hay una señal temprana de construcción de El Niño. Las ondas Kelvin aparecen con frecuencia antes de que el fenómeno se consolide, pero no todas desembocan en un episodio histórico. En 1997 y 2015, dos de los grandes eventos recientes, el Pacífico también mostró señales oceánicas claras. La comparación surge sola, aunque conviene no convertirla en sentencia. La atmósfera todavía debe responder, y ahí está parte del suspense.

El investigador Josh Willis, del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, ha explicado que este episodio ha comenzado más tarde que los grandes eventos de 1997 y 2015, aunque está recuperando intensidad. Esa frase tiene valor porque coloca la noticia en su sitio: no minimiza, no exagera. Estamos ante una vigilancia climática seria, no ante una profecía con música de tráiler.

Por qué los próximos meses son decisivos

La evolución de El Niño se juega en varios tableros a la vez. El primero es el calor subsuperficial del Pacífico. Cuando se acumula agua cálida bajo la superficie, el sistema tiene combustible para mantener o intensificar el calentamiento en la región Niño 3.4. La NOAA observa que desde diciembre de 2025 se desarrollaron anomalías cálidas subsuperficiales en el Pacífico ecuatorial y que, durante los últimos meses, las temperaturas por encima de la media se han reforzado y persistido en zonas del centro y este del océano.

El segundo tablero es la atmósfera. Para que El Niño madure, los vientos alisios del este deben debilitarse o incluso invertirse en algunos episodios, permitiendo que el agua cálida acumulada en el oeste del Pacífico se desplace hacia el centro y el este. Es una especie de empujón al revés en una bañera planetaria, solo que la bañera mide miles de kilómetros y encima decide cosechas, incendios, lluvias torrenciales y temporadas de huracanes.

La tercera pieza es la estacionalidad. La primavera boreal siempre complica los pronósticos de ENSO, una dificultad conocida como barrera de predictibilidad de primavera. Durante la primavera es más difícil anticipar un posible Superniño y las predicciones se afinan conforme se acerca el verano. Esto no invalida los modelos; simplemente recuerda que el clima no es una hoja de Excel obediente. Qué cosas.

Aun así, la probabilidad oficial ha subido. A mediados de abril, la Aemet hablaba de opciones relevantes de que El Niño se desarrollara a comienzos del verano y de que pudiera ganar intensidad de cara al otoño. Después, los datos de NOAA han apuntado a una posibilidad mucho más alta de desarrollo del fenómeno y a escenarios de intensidad que justifican la vigilancia. Esa progresión explica por qué la noticia ha pasado de los círculos meteorológicos al ruido general.

Qué efectos puede dejar en el mundo

Un El Niño fuerte redistribuye riesgos. No significa calor extremo en todas partes ni lluvia torrencial en cada rincón; significa que se alteran los patrones habituales. En algunas regiones aumenta la probabilidad de lluvias por encima de lo normal, en otras crece el riesgo de sequía, y en muchas el impacto depende de la estación y de otros factores regionales. La OMM recuerda que El Niño suele asociarse con más lluvias en partes del sur de Sudamérica, el sur de Estados Unidos, el Cuerno de África y Asia central, y con sequía en Australia, Indonesia y partes del sur de Asia.

La temporada de huracanes ofrece un ejemplo muy claro de esta arquitectura desigual. En el Atlántico, El Niño tiende a aumentar la cizalladura vertical del viento, una especie de tijera atmosférica que dificulta la organización de ciclones tropicales. Por eso se prevé para 2026 una temporada atlántica por debajo de lo normal, con menos tormentas con nombre que en otros años más activos. Menos ruido estadístico, sí. Riesgo cero, no. El clima no firma absoluciones.

En el Pacífico oriental ocurre casi lo contrario. En esa cuenca, El Niño puede favorecer condiciones más propicias para la actividad ciclónica, con una temporada potencialmente más activa y más opciones de huracanes intensos. El mismo fenómeno que apaga una cocina puede encender otra. Así funciona esta máquina extraña: no reparte calor y lluvia con justicia poética, sino con física, presión, viento y temperatura.

El impacto económico tampoco es menor. En episodios fuertes anteriores, El Niño ha golpeado cosechas, pesca, disponibilidad de agua, infraestructuras y precios alimentarios. Perú y Ecuador conocen bien las lluvias intensas y los cambios en la pesca asociados al calentamiento del Pacífico oriental. Australia e Indonesia han sufrido sequías severas en episodios cálidos. El Cuerno de África puede vivir aumentos de precipitación con efectos mixtos: alivio hídrico en unos lugares, inundaciones en otros. No hay un mapa moral del clima. Hay ganadores circunstanciales, perdedores frecuentes y millones de personas en medio, pagando la factura de decisiones que rara vez tomaron.

También hay un efecto global de temperatura. El Niño suele empujar al alza la temperatura media del planeta, especialmente cuando coincide con un océano ya muy cálido. El recuerdo de 2024 sigue ahí, marcado por la combinación de un potente episodio de El Niño y el calentamiento asociado a los gases de efecto invernadero. De nuevo, la mezcla importa más que el ingrediente aislado. El Niño suma. El cambio climático multiplica. Mala aritmética para una casa común con ventanas abiertas y el aire acondicionado averiado.

España: impacto limitado, pero no irrelevante

En España conviene bajar el volumen. El Niño no manda sobre la Península como manda sobre el Pacífico tropical. Su señal en Europa occidental es más indirecta, variable e incierta, porque aquí pesan mucho el Atlántico Norte, la circulación polar, la posición de las borrascas, las dorsales subtropicales, el Mediterráneo y la temperatura regional del mar. Aemet ya había advertido de que un episodio de El Niño podía desarrollarse a partir del verano, pero con efectos aún inciertos y más limitados para España que para otras zonas del planeta.

Eso no significa que España quede al margen. Un El Niño fuerte puede contribuir a elevar la temperatura media global y modificar patrones atmosféricos que, de forma indirecta, afecten a Europa. Pero sería tramposo atribuir cada ola de calor, cada tormenta o cada sequía peninsular a El Niño como quien pega una etiqueta en una maleta. Nuestro tiempo depende de demasiadas manos. Algunas vienen del Pacífico; otras, de bastante más cerca.

El momento, eso sí, no invita a la despreocupación. La Aemet prevé un verano meteorológico más cálido de lo normal en España, especialmente en el norte y el este peninsular, después de un final de mayo con temperaturas muy superiores a las habituales y con valores más propios de julio que de primavera. También apunta a que, aunque llegue algún alivio térmico, las anomalías cálidas pueden persistir en las próximas semanas.

La palabra importante aquí es contexto. Si El Niño se intensifica en la segunda mitad del año, España ya habrá entrado en un verano condicionado por mares cálidos, suelos secos en algunas zonas, mayor riesgo de incendios en regiones vulnerables y una atmósfera predispuesta a extremos. El fenómeno del Pacífico no será el dueño absoluto del tablero, pero puede añadir presión a un sistema que ya va cargado.

El Mediterráneo merece una mención aparte. Un mar más cálido no genera automáticamente lluvias torrenciales; hacen falta entradas de aire frío, inestabilidad, humedad disponible y configuración atmosférica adecuada. Pero cuando esas piezas coinciden, una superficie marina caliente puede aportar más vapor de agua al sistema. Dicho sin barniz: no basta con tener gasolina, hace falta chispa. Pero la gasolina está cada vez más templada.

El Mediterráneo y el riesgo de extremos

La cuenca mediterránea se ha convertido en una especie de laboratorio incómodo del calentamiento. No porque todo ocurra allí, sino porque sus equilibrios son frágiles: mucho litoral habitado, agricultura dependiente del agua, montes vulnerables al fuego, ciudades densas y una cultura climática acostumbrada a vivir con calor, sí, pero no siempre con este tipo de calor. Cuando el mar se mantiene más caliente durante más tiempo, los episodios de lluvia intensa pueden encontrar más humedad disponible. No es una regla automática. Es una probabilidad añadida.

España, por tanto, no debe mirar El Niño como si fuera una amenaza importada y lejana, una rareza del Pacífico que afecta a pescadores peruanos, agricultores australianos o meteorólogos estadounidenses. La señal principal está lejos, pero sus ecos pueden viajar. Y cuando esos ecos llegan a una región ya calentada, con sequías recurrentes y noches tropicales cada vez más frecuentes, conviene escuchar. Sin histeria. Sin bostezar tampoco.

El problema del nombre: entre ciencia y sobresalto

“Súper Niño” funciona en Google porque cabe en la cabeza y vibra en el titular. Pero la atmósfera no lee titulares. Los organismos meteorológicos prefieren hablar de El Niño débil, moderado, fuerte o muy fuerte según anomalías térmicas y persistencia. La etiqueta popular tiene una ventaja —comunica rápido la posibilidad de un episodio extraordinario— y un defecto evidente: puede dar por hecho lo que todavía está en pronóstico.

Aquí se abre un viejo conflicto entre información y espectáculo. Cuando un modelo marca probabilidades altas, hay noticia. Cuando un océano se calienta miles de kilómetros, hay noticia. Cuando se combinan señales satelitales, previsiones de NOAA y advertencias de organismos internacionales, hay noticia de sobra. Pero convertir la probabilidad en certeza es vender humo con bata blanca. Y no hace falta. La realidad ya viene bastante cargada.

El lector necesita tres ideas limpias. Primera: El Niño tiene muchas papeletas para formarse y sostenerse durante los próximos meses. Segunda: hay escenarios serios que contemplan un episodio fuerte o muy fuerte, aunque no está cerrado. Tercera: sus impactos serán muy desiguales, más claros en el Pacífico y zonas tropicales que en España, donde la señal existe pero compite con otros factores regionales. Lo demás es espuma.

Los episodios históricos de 1997-1998 y 2015-2016 sirven como referencia porque fueron potentes, dejaron impactos amplios y ayudaron a fijar en la memoria pública la idea de un El Niño extremo. Pero comparar no significa clonar. El clima de 2026 no es el de 1997 ni el de 2015. Hay más calor acumulado, más observación satelital, modelos más sofisticados y también una exposición social mayor en costas, ciudades, cultivos intensivos y sistemas energéticos tensionados. El mundo está más vigilado, sí; no necesariamente más preparado.

Un aviso escrito en agua caliente

El posible retorno de un Súper Niño no debe leerse como una película de catástrofes, sino como un aviso climático de alto voltaje. El Pacífico está enviando señales, los modelos se han alineado más que hace unas semanas y los organismos oficiales elevan la vigilancia. Falta saber hasta dónde subirá la temperatura del océano, cómo responderán los vientos y qué intensidad real alcanzará el episodio al final del año.

Para España, el mensaje no es “viene El Niño y todo cambiará mañana”. Sería falso. El mensaje serio es más incómodo y menos teatral: el planeta entra en una fase de posible El Niño intenso mientras España afronta un verano probablemente más cálido de lo normal, con mares calientes y una atmósfera que ya ha demostrado que los extremos se están volviendo menos raros. El gran titular está en el Pacífico; la letra pequeña, como tantas veces, se leerá en los termómetros, en los embalses, en el campo y en las noches en las que dormir sin aire se convierte en deporte nacional no federado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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