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En Vietnam 43 muertos por lluvias torrenciales: ¿qué pasó?

La semana ha sido devastadora en Vietnam. Al menos 43 personas han muerto y 9 continúan desaparecidas tras una cadena de lluvias torrenciales que desbordaron ríos, anegaron ciudades y desencadenaron corrimientos de tierra entre el altiplano central y la costa del mar de la China Meridional.

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Vietnam 43 muertos lluvias torrenciales

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Vietnam suma 43 muertos y 9 desaparecidos por lluvias torrenciales; Dak Lak y Khanh Hoa concentran golpe, 61.000 evacuados, daños agrícolas.

La semana ha sido devastadora en Vietnam. Al menos 43 personas han muerto y 9 continúan desaparecidas tras una cadena de lluvias torrenciales que desbordaron ríos, anegaron ciudades y desencadenaron corrimientos de tierra entre el altiplano central y la costa del mar de la China Meridional. Las autoridades sitúan el foco de la tragedia en las provincias de Dak Lak y Khanh Hoa, que concentran la mayoría de víctimas mortales. También se han confirmado fallecidos en Hue y Da Nang, dos núcleos urbanos clave del centro del país. La prioridad operativa, a esta hora del viernes, 21 de noviembre de 2025, es estabilizar los albergues, restablecer carreteras y mantener los dispositivos de búsqueda en aldeas que aún han quedado mal comunicadas por el agua y el barro.

El recuento de daños materiales es igual de duro. La primera valoración oficial supera los 3.000 millones de dong (≈ 99.000 euros; ≈ 114.000 dólares), una cifra provisional que podría cambiar cuando las brigadas completen la inspección de viviendas, puentes, diques y cultivos. Unas 68.000 casas han resultado inundadas, más de 13.000 hectáreas de arrozales y otros cultivos han quedado bajo el agua y 30.731 animales —ganado y aves de corral— han muerto o han sido arrastrados por las corrientes. La lluvia, intensa desde el fin de semana, ha empezado a remitir, pero el descenso de los niveles fluviales será desigual: en llanuras saturadas y deltas bajos, el agua retrocede lentamente y prolonga los riesgos sanitarios y estructurales.

Balance de víctimas y la geografía del desastre

Las cifras conocidas hoy apuntan a un patrón nítido: Dak Lak, en el altiplano central, y Khanh Hoa, en la franja costera con Nha Trang como cabecera turística, aparecen como los territorios más golpeados. En el centro, Hue, la ciudad imperial a orillas del río Perfume (Sông Hương) y declarada Patrimonio de la Humanidad, reporta dos fallecidos, el mismo balance que Da Nang, metrópoli portuaria cruzada por el río Han y puerta de entrada al corredor turístico que conduce a Hoi An. Sobre el terreno, la diversidad geográfica explica parte del desastre: valles cortos que bajan de las montañas con pendiente pronunciada, laderas inestables que ceden tras varios días de agua, y barrios bajos cerca de estuarios donde el drenaje urbano no puede con volúmenes de precipitación fuera de escala.

La respuesta humanitaria se ha activado a toda máquina. Más de 61.000 personas han sido evacuadas preventivamente desde áreas ribereñas y laderas con riesgo de deslizamiento. Escuelas y centros comunitarios se han acondicionado como refugios temporales con prioridad para agua potable, saneamiento, atención a mayores, niños y mujeres embarazadas. En las primeras 48 horas, Salud Pública distribuye pastillas potabilizadoras, cloro y material de primeros auxilios; los equipos de trabajo social rastrean a personas con medicación crónica para asegurar suministros básicos. La coordinación entre comités provinciales, Defensa Civil y unidades del ejército —que aportan retroexcavadoras, puentes modulares y camiones— permite abrir corredores logísticos cuando afloja la lluvia.

El golpe no reparte igual entre campo y ciudad. En el altiplano central, donde Dak Lak vive en gran medida de la agricultura familiar —café, pimienta, arroz—, la pérdida de animales y cosechas no es daño menor: supone cortar una línea directa de sustento. En la costa, los daños se concentran en paseos marítimos, colectores pluviales, carreteras locales y redes eléctricas de baja tensión. Los comerciantes de barrio, que suelen vivir con poco colchón financiero, temen tanto el destrozo del género como el tiempo de cierre forzoso. En el peor escenario, cada día sin abrir suma deuda y resta margen para recomponer la vida cotidiana.

Qué ha provocado lluvias tan extremas

No hay una única causa. La explicación que manejan los meteorólogos combina una circulación monzónica tardía, aún activa a finales de temporada, con un flujo sostenido de humedad desde el mar de la China Meridional y el “arrastre” atmosférico de los sistemas tropicales que han surcado la región en las últimas semanas. La huella del tifón Kalmaegi —que este mes sacudió el centro de Vietnam después de golpear a Filipinas— dejó la atmósfera cargada, con líneas de tormenta propensas a quedarse “ancladas” sobre la misma zona durante horas. A ese cóctel se le sumó la orografía: cadenas montañosas paralelas a la costa y valles con salida inmediata al mar, un embudo perfecto para que el agua corra con violencia hacia abajo.

El resultado han sido acumulados superiores a 1.500 milímetros en apenas tres días en varios puntos del sur y del centro. Con esa cifra —un metro y medio de agua—, ningún sistema de drenaje urbano está diseñado para resistir sin desbordarse. Los suelos, saturados al límite, pierden cohesión: la cobertura vegetal no basta para anclar taludes y el subsuelo, empapado, cede en bloques que se deslizan sobre capas arcillosas. Es el tipo de corrimiento de ladera que sorprende a aldeas, carreteras secundarias y obras en terraplén. A poca distancia, en los tramos urbanos, los sumideros colapsan con basura y ramas; el agua busca la pendiente y entra sin permiso en los bajos de las viviendas.

Kalmaegi, Matmo y Kajiki: temporada al límite

El episodio de esta semana llega tras una temporada de tormentas tropicales y tifones especialmente agresiva en el Sudeste Asiático. Kalmaegi dejó seis víctimas mortales en la región central de Vietnam después de arrasar Filipinas —donde las autoridades han cifrado 250 fallecidos y 111 desaparecidos—. En octubre, el tifón Matmo provocó al menos diez muertes por inundaciones en el norte del país, y a finales de agosto el tifón Kajiki causó siete fallecidos. Esta sucesión deja un rastro claro: cuando se encadenan sistemas tropicales tardíos, el suelo no alcanza a recuperarse y cada nuevo episodio parte de condiciones ya extremas. La ventana temporal —entre finales de agosto y noviembre— se ha convertido en un periodo de riesgo alto para la costa central vietnamita y los valles interiores.

No es un fenómeno aislado en la región. La circulación general del Pacífico occidental en este tramo del año, la temperatura de la superficie del mar y las pulsaciones de la Oscilación de Madden–Julian pueden favorecer semanas enteras de convección organizada. Traducido: tormentas que no se mueven o lo hacen muy despacio, descargan durante horas y multiplican el peligro de riadas súbitas en cuencas cortas. El resultado, visible ahora en Vietnam, suele repetirse en Laos, Camboya y el sur de China cuando esos trenes de precipitación encuentran relieve abrupto cerca del litoral.

Daños contados en dong y en vidas interrumpidas

La primera fotografía económica —siempre incompleta en emergencias— habla de más de 3.000 millones de dong en pérdidas directas. A efectos prácticos, se trata del conteo de viviendas, infraestructuras viales y hidráulicas, equipamiento comunitario, cosechas y ganado. La cifra convive con una realidad que no entra en la contabilidad: las vidas en pausa. Familias que hoy duermen en un aula y mañana regresan a limpiar lodo, tirar muebles hinchados y revisar una instalación eléctrica que ha estado sumergida. En rural, la pérdida de 30.731 animales tiene impacto doble: rompe ahorros —porque muchas familias “guardan” valor en ganado y aves— y complica el reinicio de la actividad agrícola.

La agricultura asume un golpe severo con más de 13.000 hectáreas bajo el agua. En arroz y hortaliza, la exposición es obvia; en el café, cultivo estrella en el altiplano, la preocupación es el encharcamiento prolongado que daña raíces y compromete la siguiente campaña. Las cooperativas locales, que funcionan como columna vertebral de la economía en Dak Lak, se coordinan para acopiar semillas, organizar compra colectiva de pienso y buscar créditos blandos para reparar bombas de riego o secaderos. La experiencia de años anteriores sugiere plazos desiguales: las tiendas y pequeños talleres en ciudades medianas pueden reabrir en días; la recuperación agrícola tarda semanas o meses.

Impacto sobre servicios y turismo en la costa central

En Khanh Hoa y el corredor litoral hacia Da Nang y Hoi An, el sector turístico y de servicios acusa el golpe. Nha Trang, que vive de su franja de playa, amaneció con paseos marítimos levantados, colectores saturados y accesos cortados por socavones. En el puerto de Da Nang, los trabajos se han centrado en despejar ramblas y canales para mejorar el drenaje en la ciudad baja. Se trata de daños de “primera línea” —aceras, barandillas, mobiliario urbano, cableado—, costosos en términos municipales y con impacto inmediato en la actividad económica. La consigna que se repite entre autoridades y empresarios es reabrir con seguridad, no con prisas: inspecciones estructurales, limpieza a fondo y controles eléctricos antes de devolver corriente a zonas inundadas.

El visitante extranjero verá diferido el viaje o alterado el itinerario, pero el problema mayor lo tienen los trabajadores del turismo —guías, camareros, conductores, pequeños operadores— que dependen del día a día. Programas de empleo temporal en limpieza de espacios públicos y microcréditos para reponer equipamiento suelen funcionar en la fase corta. A medio plazo, la discusión técnica vuelve una y otra vez a lo mismo: drenajes dimensionados para nuevos extremos, protección de laderas y ordenación urbana que evite construir en vegas activas o zonas inundables.

Rescate, evacuaciones y la respuesta institucional

El Departamento de Prevención y Control de Desastres ha centralizado la información y coordinado con los comités provinciales de Dak Lak, Khanh Hoa, Thua Thien–Hue y Da Nang. La policía y el ejército han desplegado lanchas neumáticas, helicópteros para reconocimiento y retroexcavadoras para despejar derrumbes. Las carreteras provinciales han sufrido cortes intermitentes por deslizamientos y socavones; los cierres preventivos han evitado que la gente quede atrapada en tramos de montaña con laderas inestables. La logística sanitaria ha priorizado unidades móviles, vacunación antitetánica cuando corresponde y atención a patologías respiratorias que suelen proliferar tras varios días de humedad y barro.

Los refugios están dimensionados para una estancia corta, pero en algunas comunas —sobre todo en áreas rurales donde el agua tarda en retirarse— la convivencia se alarga. El agua segura es el gran tema: se está combinando distribución de bidones, cloración de fuentes y campañas intensivas de hervido doméstico. La energía llega a trompicones: brigadas eléctricas trabajan para restituir servicio con reconexiones progresivas y cortes programados que permiten verificar transformadores y líneas soterradas. En paralelo, se revisan escuelas y centros de salud porque suelen ser edificios de refugio y, a la vez, equipamientos que deben volver a funcionar cuanto antes.

Riesgos a corto plazo tras el temporal

Que la lluvia remita no significa que el peligro haya pasado. Con suelo saturado, un aguacero intenso de una o dos horas puede desencadenar un nuevo deslizamiento. Por eso se mantienen alertas en valles y laderas que ya mostraron fisuras o escurrimientos. Otro frente sensible es la gestión de embalses medianos: tras un episodio así, los operadores prefieren desfogar de forma controlada para no comprometer la seguridad estructural, lo que exige avisos previos a comunidades ribereñas. En salud pública, la vigilancia se centra en diarreas, infecciones cutáneas y vectores como el mosquito Aedes, que prolifera si persisten charcos y acúmulos de agua. Equipos municipales organizan jornadas de limpieza, retirada de escombros y fumigaciones allí donde se consideran necesarias.

Las comunicaciones —móviles e internet— han sido intermitentes en áreas rurales, lo que complica la coordinación de ayudas y el retorno ordenado a viviendas. Se están usando altavoces comunitarios, radios locales y mensajería por SMS para difundir avisos de reapertura de caminos, reparto de víveres o cambios en la localización de refugios. La información fiable y a tiempo reduce incertidumbre y, sobre todo, salva vidas.

Qué cambia tras el temporal en Vietnam

Hay una constatación que atraviesa esta semana: los extremos de lluvia que hace dos décadas se veían como “raros” aparecen con más frecuencia en el calendario reciente. No es un argumento abstracto. Lo que han vivido Dak Lak, Khanh Hoa, Hue y Da Nang —43 muertos, 9 desaparecidos, 61.000 evacuados, 68.000 viviendas inundadas, 13.000 hectáreas de cultivo anegadas y 30.731 animales perdidos— es un recordatorio incómodo de que los parámetros de diseño de ciudades e infraestructuras se quedan cortos ante picos de 1.500 milímetros en tres días. El debate técnico y político inevitable pasa por actualizar normas urbanísticas, ensanchar colectores, proteger taludes y recuperar franjas de inundación que hoy están ocupadas por usos residenciales o comerciales.

En el plano económico, la rápida reapertura de mercados, talleres y servicios en ciudades medianas amortigua parte del impacto, pero el tiempo agrícola no se puede acelerar. Entre semillas de reposición, reparación de sistemas de riego y crianza de nuevos animales, el campo tardará más. Programas de microseguros y líneas de crédito blandas —instrumentos cada vez más comunes en el Sudeste Asiático— ayudan a evitar que una familia caiga en un ciclo de deuda tras perderlo casi todo en una noche. El Estado y los gobiernos locales tendrán que decidir cuánto destinar a reconstrucción y dónde: priorizar infraestructuras críticas, escuelas y centros de salud en zonas expuestas tiene efectos multiplicadores que no se aprecian en el corto, pero se notan en la siguiente emergencia.

También cambia la conversación pública. Cuando se ordena una evacuación o se abren aliviaderos en un embalse, la explicación importa: ¿por qué ahora?, ¿qué volumen sale?, ¿qué zonas pueden verse afectadas? Aunque aquí no se plantee al lector ninguna guía, está claro que la transparencia y la pedagogía del riesgo fortalecen la confianza social. Un dato más, que no es menor: la referencia a “3.000 millones de dong” se acompaña de su equivalencia en euros y dólares para evitar confusiones, porque la percepción del tamaño del daño condiciona las expectativas y el debate presupuestario. En lenguaje contante y sonante, hoy hablamos de pérdidas cuantiosas para comunidades con recursos limitados.

La región, por último, comparte tormentas y costas. Lo que golpea Filipinas un martes puede estar empapando Vietnam el jueves. La cooperación meteorológica y humanitaria —intercambio de datos, protocolos de alerta comunes, ejercicios conjuntos— recorta tiempos de respuesta y errores. Kalmaegi, Matmo y Kajiki han dejado cicatrices y aprendizaje. Si la próxima temporada encuentra cauces despejados, barrios mejor drenados y comunidades entrenadas en evacuaciones rápidas, el agua seguirá mandando, sí, pero el golpe será menor.

Mientras el país hace balance, los números permanecen en la pizarra: 43 fallecidos, 9 desaparecidos, 61.000 evacuados, 68.000 viviendas afectadas, 13.000 hectáreas anegadas, 30.731 animales perdidos y 3.000 millones de dong en daños preliminares. No son solo cifras; son nombres, familias, calles enteras que intentan volver a la normalidad. El cielo, al menos por ahora, afloja. Y eso, en medio del barro, ya es una noticia.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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