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¿Cómo responde Alemania tras la victoria de AfD y la caída de la CDU?

AfD arrasa en Sajonia-Anhalt, hunde a la CDU de Merz y obliga a Alemania a afrontar un nuevo escenario político con eco en Europa y los mercados.

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protestas en alemania contra afd

Foto: Zinnmann — trabajo propio, CC BY-SA 4.0 — vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • AfD gana Sajonia-Anhalt con un 43,8% y deja a la CDU muy lejos
  • Merz recibe un golpe nacional mientras Europa observa con inquietud
  • Los mercados resisten, pero crece el temor a un bloqueo político alemán

Alemania se ha despertado este lunes con algo más serio que una resaca electoral. Alternativa para Alemania (AfD) ganó las elecciones de Sajonia-Anhalt con el 43,8% de los votos, más del doble que en 2021, y obtuvo 39 de los 83 escaños del Parlamento regional. No alcanzó la mayoría absoluta de 42 diputados, pero dejó a la CDU del canciller Friedrich Merz reducida al 17,2%, su peor resultado histórico en este Estado. La participación llegó al 77,8%, otro dato que desmonta la explicación cómoda de una victoria causada simplemente por la apatía de los demás: esta vez la gente fue a votar. Y votó mucho.

El día después ha convertido una elección regional en una crisis política nacional. Alice Weidel carga directamente contra Merz, la CDU intenta cerrar cualquier debate sobre la continuidad del canciller, el socio socialdemócrata reclama revisar algunas políticas del Gobierno y el BSW introduce un elemento bastante más incómodo: podría abstenerse en una eventual tercera votación para elegir al jefe del Gobierno regional. Eso no significa una coalición con AfD, pero podría facilitar que su candidato, Ulrich Siegmund, llegue al poder si sus adversarios son incapaces de concentrar más votos en otro aspirante. El famoso cortafuegos alemán sigue en pie; el problema es que el fuego empieza a rodearlo.

El 43,8% que altera el mapa político alemán

La magnitud del resultado resulta difícil de maquillar. AfD había conseguido el 20,8% en Sajonia-Anhalt en 2021; cinco años después ha sumado 23 puntos porcentuales y se ha convertido, con enorme diferencia, en la primera fuerza. La CDU, que durante décadas había dominado este territorio del este alemán, se desploma hasta el 17,2%. SPD, Verdes y Die Linke quedan todos por debajo del 10%, mientras el BSW supera por poco el umbral electoral con un 5,3%. La FDP, con apenas un 2,6%, desaparece del Parlamento regional.

No se trata simplemente de que AfD haya ganado. Ha ganado en un territorio donde su organización regional está clasificada por los servicios de protección constitucional de Sajonia-Anhalt como extremista de derechas, calificación que el partido combate judicialmente. Y ha logrado el mejor resultado de su historia en unas elecciones regionales. Ese dato explica buena parte del sobresalto europeo: Alemania lleva ocho décadas construyendo buena parte de su cultura institucional alrededor de la idea de que ciertos extremos políticos no pueden volver a normalizarse por el simple mecanismo de acostumbrarse a ellos.

Ulrich Siegmund, rostro de la victoria, habló de un mandato para cambiar de rumbo y aseguró que su partido ha hecho historia. La dirección federal de AfD va más allá. Alice Weidel sostiene que la fuerza más votada tiene derecho a intentar formar Gobierno y Tino Chrupalla da por hecho que Siegmund debe convertirse en ministro-presidente. La noche electoral dejó, sin embargo, una pequeña grieta dentro del propio partido: Siegmund había insistido durante la campaña en que prefería gobernar solo, mientras la dirección nacional contempla ahora fórmulas más flexibles. Cuando aparecen 39 escaños, hasta los puristas descubren las virtudes de la aritmética.

Merz pasa de perseguir a AfD a defenderse de ella

Friedrich Merz había convertido la reducción del peso de AfD en una de sus grandes promesas políticas. El resultado de Sajonia-Anhalt produce exactamente la fotografía contraria. La CDU pierde más de la mitad de su apoyo respecto a 2021 y ni siquiera logra un mandato directo en el Estado. El golpe alcanza a Berlín porque buena parte del electorado utilizó las urnas regionales para expresar descontento con el Gobierno federal.

Weidel no ha desperdiciado la mañana. En una comparecencia en Berlín calificó el resultado de la CDU como una “debacle” con consecuencias federales y presentó a Merz como “un peso para Alemania”. Es, claro, la lectura que interesa a AfD: transformar el terremoto de Magdeburgo en un referéndum sobre el canciller y comenzar ya a proyectar el resultado hacia la política nacional.

En la CDU la reacción ha sido mucho menos festiva y bastante más alemana: reuniones, llamadas, disciplina y prohibición de pronunciar demasiado pronto la palabra crisis. La dirección del partido rechaza plantear responsabilidades personales de Merz y sostiene que sería un error abrir ahora una batalla por el liderazgo. Su diagnóstico, no obstante, contiene una admisión importante: el Gobierno tiene que ir más rápido y hacerlo mejor. También mantiene sin fisuras el rechazo a colaborar con AfD, no como cuestión meramente táctica sino por sus posiciones políticas.

El problema para Merz es que sus socios tampoco están leyendo las urnas de la misma manera. Desde el SPD se cuestionan algunas decisiones del Ejecutivo y se reclama reconsiderar aspectos de las reformas sobre pensiones, cuidados y presupuesto. La CDU, en cambio, teme que frenar las reformas transmita precisamente la imagen de parálisis que alimenta a AfD. La coalición federal entra así en una discusión incómoda: cambiar de rumbo o acelerar por el mismo camino.

El cortafuegos sigue, pero ya no basta con pronunciar su nombre

Durante años la respuesta de los grandes partidos alemanes a AfD pudo resumirse en una palabra: Brandmauer, el muro cortafuegos. CDU, SPD, Verdes y la izquierda rechazaban gobernar con la formación ultraderechista y, mientras AfD rondaba el 15% o el 20%, la matemática hacía el resto. Con un 43,8%, la geometría cambia de naturaleza.

Dirigentes regionales y federales han advertido de que sería un error regresar a la rutina dentro de unas semanas como si nada hubiese ocurrido. Los Verdes hablan abiertamente de una crisis de confianza en la capacidad del Estado para resolver problemas. También dentro de los partidos tradicionales crece la idea de que reducir el resultado a una peculiaridad del este alemán sería demasiado cómodo: la pérdida de confianza institucional lleva años creciendo allí con especial intensidad, pero no nace ni termina en Sajonia-Anhalt.

Ese probablemente sea el dilema más profundo que deja la elección. Excluir políticamente a AfD no equivale a reducir electoralmente a AfD. Son cosas distintas. El cordón puede impedir una coalición; no puede impedir que cientos de miles de votantes coloquen al partido a las puertas del Gobierno. Y cuanto mayor es su resultado, más complicada resulta la formación de mayorías alternativas, obligando a partidos que discrepan en casi todo a entenderse para mantenerla fuera.

El BSW abre la puerta más inesperada

Aquí aparece una de las novedades políticamente más delicadas del lunes. El BSW, la formación vinculada a Sahra Wagenknecht, ha reiterado que no participará en una política basada únicamente en el aislamiento de AfD y contempla que sus diputados puedan abstenerse en una tercera votación para elegir ministro-presidente si Siegmund se presenta.

La Constitución regional exige inicialmente una mayoría absoluta para elegir al jefe del Gobierno. Si las primeras votaciones fracasan, el procedimiento termina permitiendo una elección en la que puede bastar con obtener más votos que los rivales. Ahí una abstención puede valer casi tanto como un apoyo, aunque jurídicamente no sea lo mismo. AfD tiene 39 diputados; sus adversarios, sumados, son mayoría. El detalle es ese viejo incordio de las democracias parlamentarias: sumar diputados no significa necesariamente saber votar juntos.

BSW comparte con AfD algunas posiciones, especialmente una línea mucho más crítica con las sanciones contra Rusia, aunque mantiene diferencias importantes en materia económica y social. La posibilidad de facilitar a Siegmund sin entrar formalmente en su Gobierno permitiría al partido presentarse como enemigo del cordón sanitario sin convertirse oficialmente en socio de AfD. Una filigrana política bastante reconocible: dejar abierta la puerta y discutir después quién empujó.

Si AfD terminase gobernando Sajonia-Anhalt, las consecuencias no quedarían encerradas en Magdeburgo. El Ejecutivo regional participaría en el Bundesrat, la cámara territorial alemana, y sus ministros entrarían en los mecanismos de coordinación entre los Länder. Educación, universidades, políticas culturales, administración regional y organismos financiados por el Estado quedarían bajo una dirección política inédita para la República Federal.

Europa se inquieta mientras Moscú celebra

Las reacciones internacionales cuentan otra historia sobre el significado de estas elecciones. En varios gobiernos europeos el resultado se observa con preocupación, porque el crecimiento de AfD coincide con una expansión más amplia de fuerzas nacionalistas y euroescépticas. Para sus críticos, una AfD más fuerte dentro de la primera economía de Europa puede alterar el equilibrio político comunitario mucho más allá de una elección regional.

Desde Polonia la reacción ha sido particularmente áspera. Donald Tusk ha utilizado un lenguaje durísimo contra quienes celebran el avance de AfD, algo que tiene un evidente trasfondo histórico pero también contemporáneo: Varsovia observa con especial recelo las posiciones de algunos dirigentes del partido sobre Rusia, Ucrania y la memoria histórica alemana.

En el otro extremo, Viktor Orbán ha celebrado públicamente el resultado y lo presenta como otra señal del ascenso de las fuerzas soberanistas europeas. También Elon Musk ha vuelto a intervenir en el debate político alemán, mientras desde Estados Unidos el resultado se sigue con atención. AfD lleva tiempo cultivando una imagen de partido conectado con la corriente internacional que cuestiona a los partidos tradicionales, la política migratoria europea y buena parte del consenso institucional construido durante las últimas décadas.

Moscú tampoco ha escondido su satisfacción. Kirill Dmitriev, enviado especial de Vladímir Putin para asuntos económicos internacionales y director del fondo soberano ruso RDIF, calificó la victoria de AfD de histórica y la utilizó para atacar con dureza al Gobierno de Merz, al que acusó de arrogancia e incompetencia. Conviene precisar el sujeto: se trata de una valoración política procedente del entorno de poder ruso, no de una descripción neutral del resultado.

La afinidad no resulta misteriosa. AfD defiende una política mucho más favorable a recomponer las relaciones con Moscú, critica las sanciones y cuestiona el alcance del apoyo alemán a Ucrania. El triunfo en Sajonia-Anhalt ofrece por eso a Rusia una pieza propagandística cómoda: la idea de que parte del electorado alemán estaría castigando precisamente la estrategia exterior seguida por Berlín.

La reacción europea dibuja, en realidad, dos Europas. Una teme que Alemania normalice una fuerza nacionalista radical en el corazón de las instituciones comunitarias; otra interpreta el resultado como una prueba de que el sistema tradicional de partidos se está agotando. Ambas miran a Sajonia-Anhalt, un Estado de poco más de dos millones de habitantes, como si fuese un laboratorio. Quizá porque lo es.

La Bolsa mantiene la calma, la economía toma nota

Los mercados han reaccionado con mucha menos teatralidad que la política. El DAX de Fráncfort se movió con escasas variaciones tras conocerse el resultado y los rendimientos de los Bund alemanes repuntaron ligeramente. No hubo estampida, ni desplome, ni lunes negro. La primera lectura financiera ha sido, en esencia, que una elección regional puede cambiar el clima político alemán sin alterar de inmediato las bases de la economía.

Y aquí conviene evitar una correlación demasiado tentadora. La subida de los rendimientos no puede atribuirse exclusivamente, ni siquiera principalmente, al triunfo de AfD. Los inversores están pendientes del precio del petróleo, de las tensiones internacionales y del riesgo de nuevas presiones inflacionistas, justo cuando el Banco Central Europeo vuelve a situarse en el centro de todas las miradas.

La preocupación económica aparece por otra vía, menos inmediata pero quizá más importante. Las organizaciones empresariales alemanas llevan tiempo advirtiendo de que una política de aislamiento económico, rechazo a la inmigración cualificada y enfrentamiento con la Unión Europea dañaría a una economía que depende de las exportaciones, de trabajadores extranjeros y de cadenas productivas internacionales.

Al mismo tiempo, buena parte de la industria comparte algunas de las críticas que explican el malestar electoral: burocracia pesada, impuestos, costes energéticos, falta de inversión y lentitud administrativa. Ahí aparece una paradoja incómoda para el Ejecutivo. Las empresas pueden temer parte del programa económico y migratorio de AfD y, al mismo tiempo, coincidir con muchos de sus votantes en el diagnóstico de un Estado demasiado lento y caro. Ignorar esa coincidencia sería cómodo. También poco útil.

Alemania entra en una etapa política distinta

Sajonia-Anhalt no es Alemania entera y sería precipitado trasladar mecánicamente un 43,8% regional a unas futuras elecciones federales. El este alemán tiene particularidades económicas, demográficas e históricas muy marcadas. Pero tampoco sirve ya minimizar el resultado como otra rareza oriental. AfD ha demostrado que puede acercarse a la mayoría absoluta, movilizar antiguos abstencionistas y pulverizar a una CDU que precisamente había endurecido parte de su discurso para recuperar terreno por la derecha.

Ahora empieza la parte más difícil. Merz debe conservar la disciplina de su partido, mantener la coalición federal con el SPD y defender el cortafuegos contra AfD sin convertirlo en sustituto de una política capaz de recuperar votos. Los demás partidos deberán decidir cuánto están dispuestos a ceder para construir una mayoría alternativa en Magdeburgo. Y el BSW conserva una posición que, bajo determinadas circunstancias, puede alterar la historia política de la República Federal.

AfD, mientras tanto, ya piensa más allá de Sajonia-Anhalt. La victoria le proporciona algo incluso más valioso que 39 diputados: la sensación de que el poder ha dejado de ser imposible. Durante años la política alemana discutió cómo frenar a AfD. Desde este 7 de septiembre de 2026 el debate ha cambiado de dimensión: el problema ya no consiste solamente en mantener al partido fuera de los gobiernos, sino en entender por qué una parte creciente del electorado está dispuesta a llevarlo hasta ellos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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