Actualidad
¿Cómo aguanta Verdeliss 24h corriendo sin parar en Madrid?

Verdeliss corre 24 horas seguidas en una cinta en Madrid para poner a prueba su cuerpo y lanzar unas nuevas zapatillas en pleno escaparate.
Verdeliss, el nombre con el que se conoce a Estefanía Unzu Ripoll, se subió el miércoles 25 de febrero de 2026 a una cinta de correr dentro del escaparate de un Decathlon en Nuevos Ministerios (Madrid) con una meta tan simple como salvaje: mantenerse 24 horas en movimiento, desde las 19:00 del miércoles hasta las 19:00 del jueves 26, sin una cifra mínima de kilómetros anunciada y con el reto concentrado en una sola cosa, aguantar.
La escena tuvo algo de deporte y algo de escaparate literal: el punto de venta convertido en pista, la atleta y creadora de contenido corriendo a la vista de cualquiera que pasara por la calle Orense y un lanzamiento de producto al fondo del plano, porque la acción está vinculada a la presentación de las nuevas Kipride Max de Kiprun, la línea de running y trail de la compañía, con la marca retransmitiendo la evolución en redes y cuidando el “minuto a minuto” como si fuese una carrera con cámaras, pero sin arco de meta.
Un escaparate en Nuevos Ministerios que no se apaga
No fue un estadio ni una pista de atletismo; fue una tienda en una esquina de Madrid, con dirección concreta: Calle de Orense, 1, en el distrito de Tetuán, a dos pasos del tránsito habitual de Nuevos Ministerios. El detalle importa porque explica el tipo de público: gente que iba a trabajar, curiosos que salían del metro, corredores que se acercaron con ese instinto de manada que aparece cuando alguien está sufriendo “por todos”, y empleados que seguían con la rutina de tienda mientras, detrás del cristal, una mujer repetía la misma zancada como quien pone un disco en bucle y decide no levantar nunca la aguja.
La acción arrancó a las 19:00 del miércoles y el propio formato obligaba a mirar el reloj de otra manera. A las diez de la noche todavía parece asumible; a las dos de la madrugada ya no es una idea, es un problema; al amanecer el cuerpo se vuelve burocrático, pide cosas pequeñas —un sorbo, un ajuste del cordón, un cambio de gesto— y, sin embargo, el gran titular sigue siendo el mismo: seguir corriendo. En ese tramo, Decathlon fue compartiendo actualizaciones horarias en redes, incluso entradas de madrugada y de primera hora de la mañana, reforzando la sensación de “evento vivo” más que de simple exhibición.
Alrededor del reto se activó también comunidad. La marca anunció un entrenamiento especial de Decathlon Runners que arrancaba a la misma hora que el inicio del desafío, y dentro del horario comercial se permitió que quien pasara por la tienda pudiera subirse a otra cinta habilitada para sumar kilómetros de manera simbólica. Es una imagen muy madrileña: la ciudad no para, y ahí dentro alguien se empeña en no parar de verdad, con una energía que se contagia a ratos y que a ratos incomoda, porque ver a alguien sostener el esfuerzo durante horas tiene algo de espectáculo y algo de espejo.
Correr 24 horas en una cinta no es “correr mucho”, es otra cosa
Lo primero que se suele pensar es en la distancia, pero aquí la distancia era casi secundaria: el núcleo del reto es el tiempo. En una carrera en la calle, aunque sea larga, hay paisaje, cambios de luz, curvas, pequeñas recompensas mentales; en la cinta, el mundo se estrecha hasta quedar reducido al sonido del motor, el impacto repetido, el mismo punto fijo delante de los ojos. Y esa repetición no solo cansa las piernas; cansa la cabeza con una insistencia rara, como una gota en el mismo sitio.
A nivel físico, la cinta tiene su propia trampa. Puede parecer “más amable” porque la superficie es regular y, en teoría, amortigua algo, pero la regularidad también castiga: el cuerpo pierde microvariaciones, la zancada se hace más mecánica y cualquier pequeño defecto de técnica se repite miles y miles de veces. A partir de cierto volumen de minutos, lo que era una molestia en el tobillo puede convertirse en un aviso serio; lo que era un roce en el pie puede terminar en ampolla abierta. Por eso el reto tiene una dureza muy concreta, nada romántica: el dolor no aparece con fuegos artificiales, aparece como una suma.
También está la gestión del ritmo. En exterior, el cuerpo negocia con el terreno; en cinta, el terreno negocia contigo. Si subes la velocidad, la cinta te obliga a cumplir; si la bajas demasiado, el gesto se altera y el esfuerzo se puede volver “torpe”, pesado. Sostener un punto medio durante horas exige un autocontrol casi de laboratorio, con la tentación constante de hacer una de dos: apretar por orgullo o aflojar por supervivencia. Y cuando pasan muchas horas, el orgullo y la supervivencia se mezclan en un mismo pensamiento, de esos que se te quedan pegados como chicle.
La batalla mental de la repetición
En este tipo de retos hay un tramo en el que el cuerpo, sorprendentemente, todavía tiene gasolina, pero la mente empieza a buscar salidas. Es el momento del “para qué”, del “qué hago aquí”, del “podría bajarme ahora y nadie me lo reprocharía”. En una calle, el público te empuja; en una cinta, el público está, sí, pero el empuje real viene de dentro. La repetición se convierte en un adversario silencioso: cada minuto se parece al anterior, y eso, en resistencia, puede ser más duro que una cuesta.
Verdeliss ha explicado en más de una ocasión que le interesa “conocer sus límites”, una frase que suena a eslogan si se lee rápido, pero que adquiere otro peso cuando la colocas en un escaparate a las cuatro de la mañana. Ahí el límite no es una idea abstracta; es un gesto: cómo apoyas el pie, cómo respiras, cómo sostienes los hombros para que no se te caigan hacia delante. El límite es también el aburrimiento, ese enemigo que en deporte se subestima y que aquí se vuelve protagonista, porque la cinta no ofrece distracciones; ofrece kilómetros invisibles.
La logística invisible: comer, beber, ir al baño, seguir
La gran pregunta popular no es técnica ni deportiva; es muy humana y aparece siempre con una mezcla de incredulidad y humor: cómo se gestiona lo básico cuando el titular promete “sin descanso”. Nadie puede estar 24 horas sin beber, sin comer, sin atender necesidades fisiológicas. Lo que ocurre en estos retos es que el “sin parar” suele entenderse como “sin detener el desafío”: se mantiene la dinámica general, se minimizan interrupciones, se planifica cada gesto para que el cuerpo no se enfríe y la cabeza no se rompa, y se intenta que cualquier pausa sea lo más corta posible, casi como un trámite.
En una resistencia tan larga, la comida deja de ser placer y pasa a ser combustible. No se trata de un gran plato de pasta, sino de pequeñas tomas repartidas, fáciles de digerir, con hidratos rápidos y algo de sales; cuando el estómago se rebela, el reto puede venirse abajo aunque las piernas sigan. La hidratación también es una cuerda floja: demasiada, y el cuerpo se siente pesado; poca, y aparece el calambre, la sensación de boca seca, la fatiga que se vuelve espesa. En una cinta, además, sudas con una constancia distinta: interior, luz fija, menos aire “real”. Parece una tontería, pero el entorno cambia el cuerpo.
Luego está el detalle de los pies, que en 24 horas se convierten en un mundo. El pie se hincha, el calcetín se humedece, el roce cambia de lugar. En una carrera larga al aire libre, los cambios de terreno alteran puntos de presión; aquí, el apoyo repetido puede concentrar la fricción siempre en el mismo sitio. Por eso el calzado, la plantilla, el ajuste del upper, el collar, la lengüeta, todo lo que en una salida corta es casi decoración, en un reto así se vuelve primera línea. A la vez, el cuerpo pide microajustes: aflojar un cordón, recolocar el talón, mover un poco la postura para descargar la cadera. Son gestos diminutos, pero en una prueba de un día entero, lo diminuto es lo que salva.
Y en medio de esa logística, está lo que no se ve: la estrategia emocional. Hay corredores que cuentan el tiempo en horas; otros lo trocean en bloques, como si cada tramo fuese una mini-meta. Aquí, con gente pasando, con cámaras, con comentarios, con el cristal separando, la emoción puede subir y bajar como una persiana. A ratos el escaparate funciona como estímulo; a ratos como presión. Mantener la calma es parte del desafío, quizá la parte que menos se aplaude y más decide.
Zapatillas y marca: lo que se está promocionando, con nombre y apellidos
El reto no se entiende del todo sin el contexto comercial, porque el motor del evento es la presentación de un modelo concreto: las Kipride Max de Kiprun. Decathlon planteó la acción como una activación en punto de venta, con un relato claro: poner a prueba en directo un producto asociado a la idea de “amortiguación máxima” y “confort”, y hacerlo con una figura que, en los últimos meses, ha ido ganando peso como atleta de fondo más allá del personaje de redes. En esa mezcla está el interés: deporte real, esfuerzo real, pero también escaparate.
La agencia SAMY aparece vinculada a la iniciativa, y la marca trabajó el evento como una experiencia de comunidad, insistiendo en el componente colectivo: entrenamiento especial de su comunidad runner, posibilidad de que visitantes sumaran kilómetros simbólicos, piezas de contenido explicando el producto y el proceso, y un seguimiento constante en redes. No es un anuncio clásico; es una demostración extendida, de esas que se cuentan solas porque el esfuerzo, cuando es sostenido, tiene una potencia visual que ningún spot compra de la misma manera.
Hay un punto delicado aquí, y conviene no esconderlo: la frontera entre el desafío deportivo y la publicidad se vuelve fina. A quien le guste el running, le interesará el componente atlético; a quien le interese la comunicación, le llamará la atención el formato. Y a quien le importe un poco todo, le quedará una idea: el deporte se ha convertido también en un lenguaje de marca, y las marcas han aprendido a montar escenarios donde el esfuerzo no solo se hace, sino que se muestra. Verdeliss no corre en un lugar neutral; corre donde se vende.
Kipride Max, en cifras y sensaciones
El modelo que se promociona se presenta como una zapatilla de entrenamiento diario “muy amortiguada”, con una mediasuela denominada Softech+ y un dato que se ha repetido en la información difundida sobre el producto: 42 milímetros de altura en el talón y un drop de 6 mm. En el terreno de los números, también se habla de pesos alrededor de 271 gramos en tallas de hombre y 226 gramos en tallas de mujer, y de una propuesta orientada al confort, al rodaje cotidiano, a esa idea de “pisada suave” que en marketing se vende fácil pero que en una prueba de 24 horas, si falla, se nota a lo grande.
Más allá de cifras, hay detalles materiales: un empeine tipo knit pensado para adaptarse al pie, un collar con acolchado, una lengüeta que busca evitar presión, una construcción que promete estabilidad sin rigidez. Y sí, también hay precio oficial anunciado para el lanzamiento: 149,99 euros. Todo eso puede sonar a ficha técnica, pero en el contexto del reto se vuelve narrativo: si el pie aguanta, la historia funciona; si aparecen problemas visibles —gesto raro, incomodidad, paradas largas—, la historia se tuerce. Por eso la cinta, el escaparate y el producto están atados con el mismo cordón, nunca mejor dicho.
El momento Verdeliss: de la pantalla al asfalto, y del asfalto al escaparate
Para entender por qué este reto ha saltado de redes a medios generalistas, hay que mirar el momento deportivo de Verdeliss. En los últimos días, se la ha asociado a marcas recientes en pruebas de fondo, con una progresión que ya no se explica solo por “hace deporte”, sino por entrenamiento sostenido y resultados. Se ha hablado de una marca personal en la Maratón de Sevilla de 2:45:39 y de un registro de 1:20 en la Media Maratón de Urola, números que, puestos en contexto, la sitúan en un nivel serio de rendimiento para una corredora popular muy entrenada.
Ese giro tiene un efecto curioso: cambia el tipo de mirada pública. Cuando una persona conocida por su faceta de creadora de contenido se mete en resultados y retos de resistencia, aparece el debate inevitable sobre autenticidad, espectáculo, mérito, presión, y sobre si el foco mediático ayuda o estorba. Aquí, el foco es parte del planteamiento: el cristal es un escenario y la cámara una compañera de viaje. Pero, aun así, el cuerpo manda. Puedes ser lo que seas en redes; a las diez horas de cinta, el cuerpo te deja en evidencia si no hay base.
También influye el tipo de reto. Correr 24 horas no es un “capricho viral” que se resuelve en una hora de sufrimiento y ya. Es una prueba de paciencia, y la paciencia no se finge bien. Por eso el desafío engancha: no solo por el titular, sino por la curva narrativa. Hay un inicio con adrenalina, un tramo intermedio donde todo se vuelve trabajo, un valle de madrugada donde la voluntad parece un objeto frágil, y una recta final donde el cansancio es tan grande que cada gesto se vuelve lento, casi ceremonial. El espectáculo, si se le puede llamar así, es ver cómo alguien sostiene el hilo sin que se rompa.
En Madrid, además, el running se ha convertido en paisaje urbano: parques, ríos, avenidas con corredores a cualquier hora, carreras de domingo, grupos de entrenamiento. Encajar un evento así en Nuevos Ministerios tiene lógica: es un cruce de caminos, un lugar de paso, un sitio donde la ciudad se mueve. Y dentro, una cinta que convierte el movimiento en jaula. Esa contradicción —correr encerrada— es parte del magnetismo.
Cuando se detenga la cinta, la ciudad seguirá igual
Hay algo casi cinematográfico en imaginar el final, sea cual sea el desenlace exacto: la cinta se apaga, el ruido baja, el cuerpo se queda con esa sensación extraña de seguir corriendo por dentro aunque ya estés quieta. En retos largos pasa: te bajas y las piernas todavía “andan solas”, el equilibrio tarda en reajustarse, la cabeza está como envuelta en algodón. En una calle, al terminar, hay aire y espacio; aquí hay tienda, luz blanca, cristal, gente. El final se parece más a cerrar una persiana que a cruzar una meta, y eso lo hace más raro.
El balance, más allá del marketing y del espectáculo, es deportivo y humano. 24 horas corriendo no son una cifra bonita: son un desafío fisiológico, mental, logístico y, en este caso, también social, porque se hace a la vista de todos. Si la acción buscaba demostrar resistencia, la resistencia está ahí; si buscaba convertir un lanzamiento en conversación, lo ha conseguido, porque pocas cosas dan conversación como ver a alguien insistir donde lo normal sería parar. Y si buscaba reforzar comunidad, el formato lo favorece: alrededor de la cinta aparecen miradas, ánimos, bromas, preguntas, esa necesidad tan española de comentar lo que ocurre en la calle, aunque la calle sea un pasillo de tienda.
Lo que queda, al final, es una imagen difícil de olvidar: Estefanía Unzu, convertida en Verdeliss, corriendo durante un día entero en un escaparate de Madrid, con la ciudad pasando al otro lado como si nada y, a la vez, con esa sensación de que por un momento algo se ha salido del carril habitual. Un reto así no cambia el mundo, pero cambia el ritmo de quien lo mira, porque obliga a hacerse una pregunta muda —sin comillas— sobre el límite, el cansancio y la terquedad. Y eso, en una semana cualquiera, ya es bastante.












