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Macron y Merz alertan del riesgo de que EE UU deje solo a Kiev
La conversación entre dirigentes europeos expone el temor a un acuerdo que detenga los combates sin proteger a Ucrania.

Foto de Simon Dawson / No 10 Downing Street, CC BY 2.0.
Emmanuel Macron y Friedrich Merz advirtieron a Volodímir Zelenski de que Estados Unidos podría aceptar concesiones territoriales rusas sin ofrecer garantías de seguridad suficientes para Ucrania, según una transcripción de una llamada privada publicada por la revista alemana Der Spiegel. La conversación se habría celebrado por videoconferencia el lunes 1 de diciembre de 2025 y contó también con dirigentes europeos y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte.
La alarma no equivale a una ruptura entre Washington y sus aliados ni demuestra que exista un acuerdo cerrado con Moscú. Sí pone al descubierto una diferencia de fondo: para París y Berlín, el territorio y la seguridad de posguerra no pueden negociarse por separado. Si Ucrania aceptara perder control sobre zonas que Rusia reclama sin recibir una protección clara frente a futuros ataques, el alto el fuego podría detener los combates sin resolver el conflicto.
Qué se dijo en la llamada filtrada
De acuerdo con el contenido atribuido a la conversación, Macron señaló que Ucrania afrontaba un riesgo considerable en la cuestión territorial y que no había suficiente claridad sobre las garantías de seguridad. Merz, por su parte, pidió a Zelenski que actuara con mucha cautela durante los días siguientes. Ambos expresaban inquietud por el rumbo de las negociaciones impulsadas por el presidente estadounidense, Donald Trump, y por la posibilidad de que Kiev quedara presionado para aceptar un pacto desequilibrado.
La advertencia de Merz se refería, según Der Spiegel, a los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner, que participaban en los contactos diplomáticos. El canciller alemán habría dicho que esos negociadores trataban a Ucrania y a los europeos de una manera que exigía prudencia. La transcripción también atribuye al presidente finlandés, Alexander Stubb, una llamada a no dejar a Zelenski a solas en esas conversaciones, y a Rutte el respaldo a esa posición.
El término más contundente de la filtración es la posibilidad de una traición estadounidense. En este contexto, no describe necesariamente una decisión formal ya tomada, sino el temor europeo a que Washington cierre un entendimiento con Moscú sobre las fronteras de Ucrania sin garantizar qué ocurriría si Rusia incumple el pacto. La preocupación central no es solo quién conserva cada territorio, sino qué protección tendría el país después de firmar.
También importa el grado de certeza de lo publicado. La conversación era confidencial y su transcripción llegó a la prensa a través de una filtración; por tanto, las frases atribuidas a cada dirigente deben leerse como parte de un relato periodístico, no como una declaración pública conjunta. El portavoz del Gobierno francés sostuvo, según la cobertura citada, que Macron no había empleado esas palabras. El Ejecutivo alemán evitó confirmar o comentar extractos, mientras que un diplomático ucraniano no confirmó ni desmintió la información y advirtió del perjuicio que puede causar divulgar supuestas transcripciones de conversaciones privadas.
Por qué el territorio y las garantías están ligados
Rusia exige la retirada ucraniana del Donbás, una región del este del país donde se concentran combates y que Moscú reclama. Esa exigencia convierte el mapa en uno de los puntos más delicados de cualquier negociación. Para Kiev, ceder territorio no sería una modificación administrativa: afectaría a la soberanía del país y podría dejar a la población de esas zonas bajo control ruso. Para el Kremlin, en cambio, obtener concesiones territoriales forma parte de sus condiciones para terminar la guerra.
Un acuerdo que establezca una nueva línea de control tampoco resuelve por sí mismo qué significa esa frontera. Puede describir dónde dejan de avanzar las fuerzas, pero no necesariamente aclarar si se reconoce jurídicamente la soberanía rusa sobre el territorio o si solo se congela la situación militar. La diferencia entre reconocer una anexión y aceptar un alto el fuego a lo largo del frente es sustancial: una decisión política de ese tipo tendría un alcance distinto de una pausa en los combates.
De ahí que las garantías de seguridad sean inseparables de la discusión territorial. Si Ucrania acepta un arreglo que limita sus opciones futuras, necesita saber qué respuesta recibiría ante una nueva ofensiva y quién estaría dispuesto a proporcionarla. Las declaraciones atribuidas a Macron apuntan precisamente a esa brecha: la posibilidad de que se pidan concesiones a Kiev sin definir con precisión cómo se evitaría que Rusia volviera a atacar.
Una garantía no se vuelve efectiva por aparecer escrita en un documento. Su valor depende de quién la respalda, qué compromisos asume y cómo se actuaría si se produce una violación. En la conversación filtrada, los dirigentes europeos no presentaron un mecanismo acordado ni anunciaron una solución alternativa. Lo que emerge es una exigencia política: no tratar la seguridad posterior a la guerra como un detalle que pueda dejarse para más adelante.
El plan de Washington y la inquietud europea
El episodio se produjo mientras Washington promovía una propuesta de 28 puntos para poner fin a la guerra, sometida a cambios tras las críticas y los contactos con Kiev. El texto original, según la información recogida en el artículo de referencia, incluía cuestiones especialmente sensibles para Ucrania y sus aliados europeos: el futuro de los territorios ocupados, posibles límites a las fuerzas armadas ucranianas y la renuncia a ingresar en la OTAN. La discusión no se limita, por tanto, a aceptar o rechazar un documento completo; también gira en torno a cómo se redacta cada condición y qué compromisos la acompañan.
Las versiones iniciales de un plan pueden cambiar, y una propuesta en negociación no equivale a un acuerdo aprobado por las partes. Esa distinción es importante para no presentar como hechos consumados cláusulas que todavía se debaten. Pero el origen y el contenido de un borrador sí influyen en la confianza que genera. Si Kiev y las capitales europeas creen que las exigencias de Moscú han pesado más que sus propias garantías, será más difícil que consideren legítimo el resultado, incluso si Washington lo presenta como una vía rápida para detener la guerra.
La inquietud se intensificó después de que Witkoff y Kushner se reunieran en Moscú con Vladímir Putin. El Kremlin describió el encuentro como parte de una búsqueda de compromisos y reconoció que algunas propuestas se aceptaron y otras se rechazaron. No hubo un resultado concreto anunciado. La cuestión territorial ocupó un lugar central, en particular por la exigencia rusa de que Ucrania se retire del Donbás.
La visita puso de relieve un desequilibrio que preocupa a los europeos: representantes estadounidenses mantenían conversaciones directas con Putin mientras Kiev y los aliados europeos intentaban influir en las condiciones de un eventual pacto. Eso no demuestra que Washington vaya a cerrar un acuerdo a espaldas de Ucrania, pero explica por qué Macron, Merz, Stubb y Rutte insistían en que Zelenski no debía negociar aislado. El lugar que ocupen Ucrania y Europa en la mesa puede influir tanto como el contenido del borrador.
La cautela europea no equivale a rechazar la paz
Las advertencias de los dirigentes europeos pueden interpretarse como una crítica al método y a las condiciones de la negociación, no necesariamente como un rechazo a que Estados Unidos intervenga. Los contactos diplomáticos ofrecen una posibilidad de detener la guerra, pero su resultado depende de que las partes acepten los términos y de que exista una forma creíble de hacerlos cumplir. La tensión aparece cuando la rapidez de un acuerdo se presenta como un objetivo más importante que la estabilidad que debería seguirle.
Un alto el fuego puede reducir la violencia inmediata, pero no garantiza por sí solo una paz duradera. Si las partes mantienen interpretaciones incompatibles sobre la frontera, la soberanía o las obligaciones militares, una pausa podría dejar intactas las causas de una nueva escalada. La verificación —quién observa el cumplimiento, con qué información y qué ocurre ante una infracción— adquiere entonces un papel decisivo. Sin detalles sobre esos mecanismos, la palabra garantía corre el riesgo de quedarse en una promesa política difícil de evaluar.
Los gobiernos europeos también tienen intereses propios en el resultado. Francia y Alemania son actores centrales de la Unión Europea, y Finlandia comparte una frontera extensa con Rusia. La OTAN, por su parte, está implicada en el debate sobre la seguridad del continente, aunque la llamada no estableció un nuevo compromiso formal de la Alianza. La coincidencia de sus dirigentes en torno a la protección de Kiev muestra una preocupación común, pero no borra las diferencias sobre qué medidas concretas asumiría cada uno.
El mensaje atribuido a Rutte es significativo por esa razón: respaldar que Ucrania no quede sola no define automáticamente qué ayuda se ofrecería ni bajo qué condiciones. La distancia entre una declaración de apoyo y un compromiso operativo puede ser amplia. Los detalles —la respuesta ante una violación, los responsables de verificarla y la continuidad del respaldo— determinan si una garantía disuade o solo expresa solidaridad.
El margen de Kiev y la posición de Moscú
Zelenski afronta una negociación en la que cualquier concesión territorial puede tener un coste político y social dentro de Ucrania, mientras que prolongar la guerra también implica mantener una situación de enorme presión. El presidente ucraniano ha aceptado discutir propuestas, pero el punto crítico es qué términos serían compatibles con la soberanía y la seguridad del país. La filtración sugiere que Macron y Merz querían que Kiev midiera con cuidado las consecuencias de aceptar un texto antes de conocer el alcance de las garantías.
Para Ucrania, el dilema no se reduce a decir sí o no a un plan estadounidense. También consiste en evitar que una fórmula provisional se convierta en una renuncia permanente sin protección suficiente. Un cese de hostilidades, una línea de separación y el reconocimiento legal de soberanía son conceptos distintos, aunque puedan aparecer mezclados en el debate político. Precisar qué se acepta y qué queda pendiente es esencial para que una tregua no se interprete después como una cesión definitiva.
Moscú, mientras tanto, sostiene exigencias territoriales que Kiev considera inaceptables y presenta las conversaciones como una búsqueda de compromisos. El Kremlin afirmó que hubo puntos aceptados y otros rechazados, pero esa descripción no supone que exista un acuerdo. La distancia entre las posiciones sigue siendo evidente en torno al Donbás, donde Rusia pide la retirada ucraniana y donde se desarrollan algunos de los enfrentamientos más intensos.
La presión sobre Ucrania también depende de la capacidad de sus aliados para mantener una posición coordinada. Si Estados Unidos y Europa discrepan públicamente sobre las condiciones de paz, Moscú podría beneficiarse de esa división en la negociación, aunque no puede darse por seguro cómo la aprovecharía. Esa es una de las razones por las que el diplomático ucraniano citado en la cobertura pidió preservar la unidad transatlántica. El desacuerdo filtrado, por tanto, tiene consecuencias más allá de las palabras: puede afectar a la fuerza negociadora de Kiev si cada aliado transmite un mensaje distinto.
Qué implica la advertencia para Europa
Europa teme que un pacto frágil mantenga una frontera inestable en su vecindad y obligue a sostener durante años una respuesta política, económica y de seguridad. El conflicto no afecta solo a quienes viven en las zonas de combate: condiciona las prioridades de los gobiernos europeos y la relación entre la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN. Si el alto el fuego no se cumple, las capitales tendrían que decidir cómo responder, con el coste y las divisiones que eso puede acarrear.
La conversación también refleja una cuestión de autonomía política. Los europeos quieren tener voz en una negociación que afecta directamente a su seguridad, pero la llamada no demuestra que puedan reemplazar por sí solos el papel estadounidense. La OTAN sigue siendo el marco central de cooperación militar entre muchos países europeos y Estados Unidos. Por eso, la preocupación no se resuelve con una declaración de independencia estratégica: exige coordinación política y compromisos que los gobiernos estén dispuestos a sostener.
Para España, el efecto sería indirecto, pero relevante en debates sobre defensa, apoyo a Ucrania y reconstrucción. Si se alcanzara un acuerdo, las decisiones sobre financiación, seguridad y recuperación del país requerirían coordinación entre los aliados. No hay en la información disponible un reparto concreto de tareas para España ni un compromiso específico derivado de la llamada. El alcance dependería de los términos que finalmente se negociaran y de las decisiones posteriores de los gobiernos y las instituciones.
La dimensión jurídica añade otro matiz. Aceptar que una frontera militar se mantenga provisionalmente no es lo mismo que reconocer legalmente una anexión. Confundir ambas cosas simplifica una discusión compleja y puede ocultar qué obligaciones asumirían las partes. La forma de describir el territorio en un acuerdo tendría efectos políticos y jurídicos distintos de la mera suspensión de los combates, por lo que cada fórmula debería leerse con precisión.
Lo que la filtración demuestra y lo que no
La llamada deja constancia de que varios dirigentes europeos expresaron inquietud ante la posibilidad de que Ucrania recibiera presiones para hacer concesiones sin obtener garantías claras. También muestra que había desconfianza hacia la actuación de los enviados estadounidenses y temor a que Kiev quedara aislado. No permite afirmar, sin embargo, que Estados Unidos haya decidido traicionar a Ucrania, que Macron y Merz hayan roto con Trump o que el contenido de la propuesta estadounidense esté cerrado.
El carácter filtrado de la conversación obliga además a separar tres niveles: lo que los medios atribuyen a la transcripción, lo que cada gobierno ha confirmado públicamente y lo que todavía no se conoce. Francia cuestionó las palabras atribuidas a Macron; Alemania no confirmó ni comentó los extractos, y Ucrania evitó validar la transcripción. Esas reservas no eliminan el valor informativo de la publicación, pero sí impiden tratar cada frase como una declaración oficial comprobada sin matices.
También sigue abierto el contenido final de cualquier plan de paz. La propuesta estadounidense había sido revisada, las conversaciones con Moscú no dieron un resultado concreto y el Kremlin mantenía su exigencia sobre el Donbás. En ese escenario, las advertencias europeas funcionan como una señal política sobre las condiciones que consideran indispensables, no como prueba de que el acuerdo ya esté decidido.
La clave, en definitiva, será comprobar si cualquier pacto distingue con claridad entre el cese de los combates, el estatus de los territorios y las garantías para impedir una nueva ofensiva. Sin esa separación, una firma podría cerrar una fase de la guerra sin resolver la inseguridad que la alimenta. La paz que preocupa a Macron y Merz no es la que tarda más, sino la que nace sin mecanismos suficientes para durar.
Una paz dependerá de lo que ocurra después de la firma
La advertencia filtrada no ofrece una respuesta definitiva sobre las intenciones de Washington. Expone, más bien, el temor de los aliados europeos a que la búsqueda de un acuerdo rápido deje a Ucrania ante concesiones difíciles de revertir y compromisos de seguridad poco definidos. En una negociación de esta naturaleza, el lenguaje del borrador importa, pero también quién lo respalda y qué consecuencias se prevén si alguien lo incumple.
Macron, Merz, Stubb y Rutte coincidieron, según el relato de la conversación, en que Zelenski no debía afrontar en solitario ese proceso. Esa unidad de principio no resuelve las diferencias entre gobiernos ni garantiza que puedan acordar una respuesta común. Sí deja clara una línea política: Europa quiere intervenir en las decisiones que afectan a su seguridad y evitar que el futuro de Ucrania se decida sin una protección reconocible para Kiev.
El desenlace dependerá de lo que contenga la propuesta definitiva, de la posición de Rusia y de la capacidad de Estados Unidos, Europa y Ucrania para sostener un marco común. Hasta entonces, hablar de una traición consumada sería ir más allá de lo que demuestra la filtración. Lo que sí revela es una desconfianza real sobre el equilibrio entre territorio, negociación y seguridad, y una pregunta que seguirá marcando cualquier intento de acuerdo: qué evitaría que la guerra volviera a empezar después de la firma.

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