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Tragedia en Sudán: ¿qué pasó en las montañas de Darfur?
La imagen llega rota y todavía cuesta fijarla en palabras: un alud gigantesco se desprendió en las montañas de Marra y barrió la aldea de Tarasin en cuestión de minutos tras varios días de lluvias intensas.

Un alud en las montañas de Darfur arrasó la aldea de Tarasin en plena guerra de Sudán, dejando miles sin refugio y una tragedia humanitaria.
La imagen llega rota y todavía cuesta fijarla en palabras: un alud gigantesco se desprendió en las montañas de Marra y barrió la aldea de Tarasin en cuestión de minutos tras varios días de lluvias intensas. Un lugar que había servido de refugio para quienes huían de la guerra se convirtió, de repente, en una trampa de barro, rocas y troncos que lo niveló todo. Los balances iniciales son dispares —es normal en escenarios de difícil acceso—, pero coinciden en lo esencial: centenares de muertos confirmados por la ONU y cifras que ascienden hasta el millar según fuentes locales que controlan el terreno. El dato más difícil de encajar, el que corta la respiración, es este: habría habido un único superviviente. A partir de ahí, empieza otra carrera, menos visible, más lenta: llegar, rescatar, identificar, acompañar. En plena estación de lluvias, con caminos de tierra que se vuelven ríos y un conflicto armado que fragmenta el mapa y dificulta cada movimiento.
El instante que lo cambia todo
En Tarasin, como en tantas aldeas del macizo de Jebel Marra, la vida suele organizarse alrededor de la pendiente: terrazas para el sorgo y el mijo, pequeñas huertas, leña apilada contra un muro de adobe, techumbres ligeras. La geología volcánica del macizo es fértil; da respiro en el Sahel, donde cada gota cuenta. Pero esa misma riqueza tiene otra cara: cuando el suelo se satura durante días de precipitaciones intensas, la ladera pierde cohesión y se comporta como un cuerpo vivo que resbala. Lo técnico importa para entender la escala: el agua se infiltra por planos de debilidad, la carga supera el rozamiento que mantiene la masa estable, el terreno se rompe en placas y desciende. No hay margen. Quien ha visto llover tres o cuatro jornadas seguidas en la montaña sabe que el rumor del agua cambia de tono justo antes del desastre. Suele ocurrir de madrugada o tras un aguacero sostenido; aquí fue tras varios días de lluvia, con el domingo como punto de inflexión. En minutos, la avalancha arrastró casas, corrales, cultivos y a las personas que aún dormían o recogían pertenencias bajo el aguacero.
La primera señal hacia fuera fue el silencio de las radios. Luego, las imágenes borrosas: dos grandes cárcavas en la ladera que confluyen en el fondo del valle, el lugar exacto de la aldea, arrasado. El resto son voces: la de quienes piden bolsas mortuorias, la de quienes imploran combustible y retroexcavadoras, la de los que aún buscan a los suyos entre el fango con azadas y manos, rezándole a una suerte que hoy parece ajena. En medio, un dato imposible: un superviviente, solo uno, que obliga a imaginar un hueco, una viga clavada en el ángulo perfecto, un milagro.
Una tragedia natural que no es “sólo” natural
Llamarlo “desastre natural” se queda corto. El alud es el disparo, pero la trayectoria de la bala está dibujada por factores sociales, políticos y climáticos que se acumulan desde hace años. La guerra que estalló en 2023 entre el Ejército de Sudán y las Fuerzas de Apoyo Rápido desplazó a millones y empujó a una parte de la población hacia zonas de montaña que ofrecían relativa seguridad. Más gente en pendientes fértiles implica más terrazas, más sendas, más deforestación doméstica para cocinar o calentarse. Cada árbol cortado, cada camino improvisado añade pequeñas heridas a la ladera. No lo vemos, pero el terreno lo recuerda. Y cuando la lluvia no descansa —cuando se estanca en nubes densas durante días— la montaña pasa la factura.
El clima juega su papel. No hace falta un tratado para entenderlo: los episodios de lluvia intensa en el Sahel se han vuelto más frecuentes y concentrados, con aguaceros que descargan enormes cantidades en muy poco tiempo. La estación de lluvias —junio a septiembre— siempre ha sido un desafío, pero cada vez deja crecidas más bruscas, cortes más prolongados y suelos más inestables justo donde ha crecido la presión humana. Si a ese cóctel le sumas infraestructura precaria, carreteras de tierra y población exhausta por el desplazamiento, tienes una ecuación cruel: cuando ocurre un alud, la ayuda llega tarde. Y aquí lo “tarde” puede traducirse en vidas.
Jebel Marra, una isla fría en mitad del Sahel
Jebel Marra es un mundo aparte: picos que superan los 3.000 metros, microclimas que se sostienen por la altitud, suelos fértiles que contrastan con la sequedad circundante. Hay agua, sí —manantiales y lluvias condensadas en la montaña—, y esa riqueza hídrica explica que tantas comunidades hayan buscado ahí un segundo inicio cuando la guerra lo arrasó todo en las llanuras. No es una elección exótica: es supervivencia. Pero una isla de humedad en un mar seco se erosiona rápido si se la presiona sin descanso. Lo que hace una década aguantaba un chubasco ahora cede tras tres. El terreno, como las personas, se fatiga.
En Tarasin y las aldeas vecinas, la arquitectura tradicional es ligera, eficiente para el calor y el viento, menos para el impacto de una lengua de lodo que avanza con la fuerza de un camión. Los taludes de cultivo que sujetan la tierra son ingeniosos y, la mayoría de las veces, suficientes. Hasta que no lo son. Y ese es el drama: las soluciones locales que han funcionado siempre pierden margen de seguridad cuando las lluvias extremas dejan de ser raras.
La emergencia dentro de la guerra
Todo lo anterior sería grave incluso en un país en paz. En Sudán, la emergencia es doble. Las cifras del conflicto son vertiginosas: millones de personas han abandonado sus hogares desde 2023, con un goteo que no se detiene. Darfur, en particular, ha sufrido asedios, cortes de suministros, ataques reiterados a civiales y una destrucción sistemática de mercados, hospitales y redes de agua. En ese contexto, la montaña era una opción. Se sube —literalmente— para escapar de la violencia. Lo que nadie imaginó es que la misma montaña se convertiría en una amenaza en plena temporada de lluvias.
La guerra complica todo: negociar pasillos seguros, coordinar convoyes, garantizar combustible, mover maquinaria pesada. Hay retenes de un lado y del otro, rutas que cambian cada semana, zonas prohibidas porque el frente se desplaza. Y está, por supuesto, el clima: vados que se convierten en ríos, puentes que no soportan el agua, pistas que se deshacen. Quien haya trabajado en Sudán durante la estación de lluvias lo repite con un suspiro: a veces hay que esperar horas —o un día entero— para cruzar un valle. En ese mientras tanto se decide mucho, desde la posibilidad de rescatar a alguien con vida hasta el estado de un cuerpo que habrá que recuperar y entregar a su familia.
Lo que sabemos y lo que no podemos confirmar aún
A estas alturas, hay elementos firmes y zonas grises. Está claro el lugar —Tarasin, en la ladera de Jebel Marra—, el desencadenante meteorológico —lluvias torrenciales durante días— y la devastación total del caserío. También se ha reconocido oficialmente que el acceso es muy difícil, que los caminos son un calvario y que traer maquinaria será una odisea logística. En cuanto a las cifras, conviven dos planos: el recuento mínimo de centenares de fallecidos, comunicado por responsables humanitarios, y la estimación de hasta 1.000 muertos difundida por la autoridad de facto que controla la zona. Ambas pueden ser ciertas a la vez, en el sentido de que una sea confirmada y la otra estimada. En medio está la realidad menos fotogénica del periodismo en emergencias: no hay censo fiable, no hay comunicaciones estables, no hay cobertura celular durante horas.
La existencia de un único superviviente ha quedado inscrita como símbolo —el ser humano se agarra a lo que puede—, pero también como recordatorio brutal de la violencia del fenómeno. En deslaves de gran magnitud la ventana de rescate es más corta que en los terremotos: la asfixia por soterramiento llega en minutos, y el lodo espeso impide cavar con rapidez. Por eso el tiempo es casi todo. Y el tiempo, en Tarasin, se ha estirado por la lluvia, por la altura, por la guerra.
La respuesta humanitaria que intenta abrirse paso
Las peticiones se multiplican: bolsas para cadáveres, equipos de búsqueda, retroexcavadoras, camiones con combustible, médicos y, también, psicólogos. El apoyo internacional sabe moverse en contextos duros, pero nada es sencillo cuando no hay helicópteros suficientes y todo depende de convoyes que botan por caminos inestables. La lluvia no negocia y marca una cadencia implacable: un valle inundado obliga a esperar; un puente arrastrado, a dar un rodeo que multiplica por dos el trayecto; un retén, a pedir autorizaciones que tardan. La gente en la montaña necesita agua segura, alimentos de emergencia, refugio —aunque sea temporal— y sanidad básica para prevenir brotes. Cuando un alud arrasa una aldea, los pozos pueden contaminarse y las letrinas quedan destruidas. No es secundario: de ahí nacen diarreas, infecciones cutáneas, crisis que se vuelven invisibles cuando los focos se apagan.
El siguiente capítulo —menos espectacular, más determinante— será la identificación de víctimas. Sin capacidad forense suficiente, con familias dispersas por el desplazamiento y documentación perdida en el barro, ese proceso —que importa por razones humanas y legales— tardará y no siempre podrá completarse. A los periodistas nos cuesta escribirlo, porque no suena a noticia, pero conviene repetirlo: el duelo necesita nombres. Poner nombres a los muertos sostiene a los vivos.
Por qué ocurrió aquí: capas de riesgo apiladas
No hay un único culpable, hay un sistema. Primera capa: la geología de Jebel Marra, con suelos derivados de cenizas volcánicas que retienen agua y pueden perder cohesión cuando se saturan. Segunda: la morfología de valles estrechos y laderas pronunciadas que canalizan lluvias hacia fondos habitados —lo más llano siempre es lo más atractivo para construir—. Tercera: la presión humana de miles de desplazados que duplicaron o triplicaron la población de aldeas de montaña, abriendo claros, aprovechando todas las terrazas posibles, usando leña en un entorno con escasa regeneración. Cuarta: la estación de lluvias de este año, con episodios persistentes y acumulados elevados. Quinta: la guerra, que rompe la capacidad de prevenir y mantener, paraliza obras de drenaje, aplaza arreglos de caminos, disuelve el Estado en una red de actores armados. En esa suma, el margen de seguridad desaparece. Y el día que toca, la montaña se mueve.
No es una fatalidad ciega. Se puede reducir el riesgo con alertas comunitarias —sirenas, tambores, teléfonos satelitales—, cartografías locales de laderas inestables, drenajes hechos con criterio —no cualquiera—, reforestaciones selectivas y un plan claro para subir o bajar según el tipo de amenaza. Pero nada de eso prende si la población vive al límite, si no hay recursos, si los equipos técnicos no pueden entrar o tienen miedo de hacerlo. Lo urgente hoy es otra cosa —rescatar, atender, alojar—, pero conviene anotar mentalmente esa agenda de mitigación para cuando la lluvia amaine y el ruido de la tragedia deje escuchar la voz de los que se quedan.
Voces y responsabilidades en un país agotado
En Darfur todos piden algo: las autoridades locales claman por ayuda internacional inmediata; las familias quieren garantías de que podrán enterrar a sus muertos con dignidad; las agencias humanitarias solicitan acceso y seguridad para trabajar; la comunidad internacional mide cada paso para no agravar un tablero bélico delicado. En paralelo, Sudán entero atraviesa una crisis monumental: hambruna en expansión, hospitales sin suministros, docentes sin escuelas, niños con signos de malnutrición aguda. Lo que ocurre en Tarasin no es un episodio aislado, es un síntoma de un país que se sostiene como puede.
Hay, por supuesto, narrativas en disputa. Algunas partes inflan cifras buscando movilizar apoyo; otras las rebajan por calcular costos políticos. El periodismo responsable trabaja con rangos, explica márgenes de error y reconoce incertidumbres. No es tibieza: es la única forma honesta de informar cuando no hay luz, no hay caminos y no hay Estado. Lo que está fuera de discusión es el núcleo duro: en Tarasin han muerto centenares de personas y una aldea entera ha desaparecido del mapa.
Qué significa “llegar a tiempo” cuando todo está en contra
Llegar a tiempo aquí no es un mantra vacío, tiene contenido. Significa organizar convoyes que no se queden a mitad de camino, asegurar pasos sobre wadis crecidos, garantizar combustible para la maquinaria pesada, asegurar comunicaciones mínimas —un enlace satelital compartido ya cambia las cosas—, remover escombros con cuidado para no removilizar la ladera, habilitar espacios de duelo comunitario. Significa también proteger a quienes ayudan: campos minados, robos, extorsión en carreteras son riesgos reales. Y, algo que pocas veces entra en la crónica diaria, cuidar a los equipos locales que se dejan la piel. Agotan días y noches y vuelven a sus casas —si aún las tienen— con culpa, con imágenes pegadas. No todo es logística: es humano.
Qué viene después de la primera semana
Si algo enseñan los desastres de gran magnitud es que la primera semana parece una vida entera, pero apenas es el inicio. Pasada la fase aguda, llega un periodo silencioso, de riesgos invisibles y decisiones difíciles. Reubicar a quienes lo han perdido todo —¿dónde, con qué garantías, bajo qué autoridad?—, restaurar fuentes de agua, levantar aulas temporales si la escuela cayó, vacunar a los niños contra lo prevenible, proteger a las mujeres en desplazamiento. En paralelo, habrá que mapear otras laderas inestables en Jebel Marra para evitar nuevas tragedias mientras dura la estación. Y preparar una respuesta psicosocial que acompañe a una comunidad que hoy no puede ni nombrar lo que le ha pasado.
Habrá que hablar, también, de memoria. Las aldeas desaparecidas no deben disolverse en el barro como si nunca hubieran existido. Tarasin no era un punto anónimo: tenía nombres, rutas, mercados, vocaciones. Reconstruir esa trama —aunque sea en otro lugar— es reparación. Y en el futuro, cuando la lluvia nos dé una tregua, tocará escuchar a quienes viven ahí desde siempre sobre cómo se leen las señales de la montaña, porque el conocimiento local ha salvado vidas durante generaciones y sigue siendo clave en la adaptación.
Un desastre que nos interpela más allá de Sudán
No es retórica: lo que pasa en Darfur dice cosas incómodas fuera de Darfur. Que la emergencia climática no es un eslogan, es agua de más en el sitio menos indicado y en el momento menos oportuno. Que la desigualdad se expresa también en la capacidad de respuesta: hay países donde un alud así moviliza en horas helicópteros, brigadas especializadas y hospitales de campaña; y hay países —como Sudán hoy— donde lo básico parece ciencia ficción. Que las guerras convierten un fenómeno geofísico en una catástrofe social total. Y que nuestro modo de contar estas cosas tiene que respetar el matiz, reconocer incertidumbres y exigir lo evidente: acceso humanitario, protección a civiles, recursos para quien está enterrando a los suyos.
No es casual que, en medio de la tragedia, aparezcan acusaciones viejas —genocidio, limpieza étnica, zonas castigadas por su composición demográfica— y ansiedades nuevas —la sensación de que la lluvia también elige bandos cuando impacta en territorios ya castigados—. No, la montaña no se alía con nadie; pero los efectos del desastre sí se reparten de forma desigual según quién controla el paso, quién llega con víveres, quién sigue esperando.
Lo que está en juego ahora
Salvar dignidades. Sí, vidas cuando aún se pueda; dignidades siempre. Que las familias entierren a sus muertos con el ritual que les pertenece. Que las niñas y los niños tengan agua segura y alimentos en los próximos días. Que la gente de Tarasin escuche un plan claro: dónde pasarán las próximas semanas, cómo se restituye lo básico, qué apoyos llegarán y cuándo. Y que la comunidad internacional esté a la altura en un lugar del mapa que, para demasiados, no existe hasta que la tragedia lo ilumina brevemente. No es caridad, es responsabilidad compartida en un mundo donde el clima empuja más fuerte y la política falla más a menudo de lo que admite.
Escribo esto con la convicción incómoda de que faltan piezas y sobran silencios, y con la certeza de que, por muy grande que sea la cobertura, no devolvemos lo perdido. Pero el periodismo sirve para algo si nombra y explica. Hoy, en las montañas de Darfur, un pueblo entero ha desaparecido bajo el barro. Queda una tarea urgente —asistir, rescatar, proteger— y otra que llevará años —recomponer. En ambas, mirar de frente y no apartar la vista ya es una forma de estar. Y ojalá, esta vez, lleguemos a tiempo.
Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: El País, ABC, El Mundo, La Vanguardia.

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