Economía
¿Por qué trabajar ya no basta para hacerse rico en la España actual?
Alberto Garzón alerta de una economía donde la vivienda y el patrimonio avanzan más que los salarios y cambian quién logra enriquecerse más.

Alberto Garzón ha puesto palabras a una sensación que atraviesa buena parte de la economía española: tener un empleo y cobrar un salario ya no garantiza acumular patrimonio al ritmo al que pudieron hacerlo generaciones anteriores. Su tesis va más allá de que los sueldos sean altos o bajos. El cambio profundo estaría en otro sitio: la riqueza depende cada vez más de poseer una vivienda, recibir una herencia o disponer previamente de capital que pueda revalorizarse.
Los datos recientes dan bastante combustible a esa discusión. En el primer trimestre de 2026, el precio de la vivienda en España aumentó un 12,9% interanual, mientras que el coste salarial por trabajador creció un 4,9%. No son dos indicadores perfectamente comparables, pero la distancia resulta difícil de ignorar: el activo que muchas familias necesitan comprar se encarece mucho más deprisa que el ingreso obtenido trabajando.
Ese es el corazón del análisis de Garzón: durante décadas existió una escalera relativamente reconocible —trabajo, salario, ahorro, vivienda, patrimonio— y ahora varios de esos peldaños se han separado. Quien ya está dentro del mercado inmobiliario ve crecer el valor de lo que posee; quien intenta entrar necesita correr detrás de unos precios que avanzan con piernas bastante más largas.
El argumento de Garzón: del salario al patrimonio
La idea no consiste simplemente en afirmar que antes todos vivían estupendamente y ahora nadie puede ahorrar. Esa caricatura serviría para una tertulia, no para entender el fenómeno. Lo que plantea Garzón es un cambio en la forma de acumulación de riqueza: el peso relativo del salario se habría reducido frente al de los activos, especialmente los inmobiliarios.
Una persona puede tener un sueldo razonablemente bueno y poco patrimonio porque vive de alquiler, empieza tarde a ahorrar o necesita reunir una entrada cada vez mayor para comprar una casa. Otra puede ingresar menos cada mes, pero disponer de una vivienda pagada hace años, otra heredada y quizá un alquiler. Sobre el papel —y fuera de él— la segunda puede ser considerablemente más rica.
Ahí aparece una frontera que las estadísticas salariales no capturan bien. Renta y riqueza no son lo mismo. La renta es lo que entra: salario, pensión, alquileres, intereses. La riqueza es lo acumulado después de descontar las deudas: vivienda, depósitos, acciones, negocios y demás patrimonio.
La Encuesta Financiera de las Familias dibuja precisamente esa separación. A finales de 2024, solo el 36,7% de los hogares encabezados por menores de 35 años poseía su vivienda principal, frente al 83,4% entre los mayores de 74. Y la riqueza neta mediana era de apenas 22.900 euros entre los menores de 35 años, frente a 249.200 euros en los hogares cuyo cabeza de familia tenía entre 65 y 74 años.
La vivienda corre bastante más que los salarios
El mercado inmobiliario convierte esa brecha patrimonial en algo casi visible. El INE registró durante el primer trimestre de 2026 una subida anual del 13,5% en la vivienda usada y del 9,1% en la nueva. El incremento general fue del 12,9%.
Los salarios también han mejorado nominalmente. El coste salarial medio alcanzó 2.403,80 euros mensuales por trabajador en el primer trimestre, un 4,9% más que un año antes. Pero en julio los incrementos pactados en convenio se situaban alrededor del 3%, mientras la inflación interanual había escalado al 3,5%. Ocho millones largos de trabajadores cubiertos por esos convenios estaban, de hecho, perdiendo poder adquisitivo respecto a los precios.
No significa que todos los propietarios estén enriqueciéndose alegremente mientras todos los asalariados se empobrecen. Una vivienda habitual valorada en 300.000 euros no coloca automáticamente 300.000 euros en la cuenta bancaria de su propietario. Si vive en ella necesita otra casa para mudarse, y esa otra también se habrá encarecido.
Pero para quien todavía no posee ninguna, la escena cambia. El propietario ve crecer su balance patrimonial; el aspirante observa cómo la entrada necesaria se aleja. Mismo edificio, dos ascensores distintos.
El salto generacional aparece al intentar comprar
El resultado ayuda a explicar por qué hablar simplemente de conflicto entre jóvenes y mayores se queda corto. La edad importa porque ha determinado el momento de entrada en el mercado inmobiliario, pero dentro de cada generación existen diferencias enormes. No todos los jóvenes parten del mismo punto, como tampoco todos los mayores han acumulado patrimonio.
Un trabajador de 65 años que alquila y carece de patrimonio puede encontrarse peor que otro de 35 que acaba de heredar una vivienda. La verdadera línea divisoria pasa cada vez más por tener activos o no tenerlos, aunque la edad influya mucho en la probabilidad de encontrarse a uno u otro lado.
La propiedad de vivienda principal entre los hogares españoles cayó al 70,6% en 2024, mientras entre el cuarto de hogares con menor riqueza neta la proporción de propietarios descendió del 21% al 15,6% en apenas dos años. La fotografía es incómoda: la propiedad se concentra menos entre quienes tienen menos patrimonio.
El trabajo puede mejorar la renta mensual y, aun así, no permitir alcanzar el precio de entrada al patrimonio. Esa es una de las paradojas más incómodas del momento económico español.
Revalorizar un piso no equivale a producir más
Garzón introduce aquí una distinción importante. Cuando aumenta el valor de una vivienda que ya existe, el país registra un incremento de riqueza patrimonial, pero no aparece una casa nueva, ni una fábrica, ni una máquina más productiva, ni un nuevo servicio.
Imaginemos un piso que pasa de valer 200.000 a 300.000 euros sin haber cambiado una baldosa. Su propietario posee un activo valorado 100.000 euros más. Quien pretende comprarlo necesita, en cambio, 100.000 euros adicionales. Hay enriquecimiento contable para uno y una barrera mayor para otro.
De ahí la afirmación de Garzón de que ciertas revalorizaciones de activos funcionan también como una redistribución de derechos económicos entre quienes ya poseen patrimonio y quienes aspiran a adquirirlo. El precio sube, pero el bien sigue siendo exactamente el mismo.
Eso no convierte la inversión inmobiliaria en algo ficticio ni implica que una casa carezca de valor real. Una vivienda presta un servicio evidente: permite vivir en ella y evita pagar un alquiler. Tampoco toda inversión financiera es meramente especulativa; comprar acciones puede proporcionar capital a empresas que innovan, contratan trabajadores y producen bienes.
La cuestión es otra: cuando el precio de los activos aumenta sistemáticamente más deprisa que los ingresos, poseerlos con antelación se vuelve una ventaja acumulativa. Una pequeña diferencia inicial puede convertirse, con los años, en una brecha enorme.
La oferta importa, y mucho
Aquí conviene introducir un matiz al planteamiento de Garzón. Explicar toda la escalada inmobiliaria como consecuencia de la financiarización sería insuficiente. El mercado español arrastra restricciones de oferta, crecimiento demográfico y creación de nuevos hogares, junto con demanda de no residentes, vivienda turística y unas condiciones financieras que también influyen en los precios.
El desequilibrio es enorme. Entre 2021 y 2025 se acumuló un déficit cercano a 750.000 viviendas entre los nuevos hogares creados y las viviendas terminadas. No es un detalle menor: cuando la demanda crece mucho más deprisa que la oferta, las tensiones terminan apareciendo en el precio.
Cuando mucha gente necesita vivir en determinadas ciudades y se construyen menos casas de las necesarias, el precio sube. No hace falta convocar a Marx, Hayek ni al espíritu de un notario para entender esa parte.
Lo interesante aparece después: una vivienda escasa no es solamente un lugar donde vivir; también se convierte en un activo cuya expectativa de revalorización atrae inversión. Escasez y lógica financiera pueden alimentarse mutuamente. Reducir el fenómeno a una sola causa empobrece la fotografía.
Heredar gana importancia cuando ahorrar resulta más difícil
El segundo gran elemento del debate es la herencia. Si comprar vivienda mediante salario y ahorro exige cada vez más años, recibir patrimonio familiar puede decidir quién logra entrar en el mercado y quién permanece fuera. La familia vuelve a pesar en la posición económica de partida.
No es un fenómeno exclusivamente español. Las herencias están distribuidas de manera desigual, los hogares con mayor patrimonio suelen recibir transferencias de mayor valor y el envejecimiento de la población puede aumentar el peso económico de estas transmisiones. España es, además, uno de los países donde la vivienda ocupa un lugar especialmente importante en el patrimonio familiar.
Las generaciones de más edad han consolidado patrimonio gracias, entre otros factores, a la revalorización de activos, mientras los hogares jóvenes presentan menores tasas de propiedad y mayores dificultades para acumular riqueza. Las futuras herencias pueden aliviar la situación de algunos, pero también ensanchar las diferencias dentro de una misma generación entre quienes heredan y quienes no.
Ahí cambia incluso el significado cotidiano de la palabra mérito. Dos personas con formación parecida, empleo semejante y salarios prácticamente idénticos pueden iniciar su vida adulta en posiciones radicalmente distintas porque una recibe un piso familiar y la otra debe destinar una parte considerable de su nómina al alquiler. La línea de salida ya no es la misma.
El salario sigue contando, claro. Pero deja de contar solo.
Una economía donde tener pesa cada vez más
La provocación de Garzón funciona porque toca un nervio reconocible, aunque algunas de sus explicaciones sean discutibles. El trabajo no ha dejado literalmente de generar riqueza: millones de hogares viven de sus salarios, ahorran, mejoran su renta y adquieren patrimonio. Los datos laborales de 2026 muestran incluso avances nominales importantes.
Lo que sí se ha debilitado es algo más específico: la capacidad del salario para competir con la revalorización de determinados activos, y especialmente con una vivienda cuyo precio vuelve a crecer a tasas de dos dígitos. Mientras numerosos convenios elevaban los salarios alrededor de un 3%, el último dato oficial disponible situaba la subida anual de la vivienda cerca del 13%.
Ese desnivel modifica la sociedad de una manera silenciosa. El currículo sigue importando; el contrato de trabajo también. Pero junto a ellos aparece una cuestión económica cada vez más decisiva: qué patrimonio había en casa antes de empezar la carrera.
Durante décadas, el imaginario de la clase media española cabía en una secuencia bastante sencilla: trabajar, ahorrar, comprar un piso, terminar la hipoteca. El mecanismo no ha desaparecido, pero chirría. La vivienda escasea, los precios corren, las entradas pesan y la herencia gana terreno.
Quizá ahí esté la parte más incómoda del debate abierto por Garzón. Una economía puede crear empleo, aumentar salarios y crecer y, al mismo tiempo, hacer que una parte de sus ciudadanos sienta que corre sobre una cinta: avanza en la nómina, pero el patrimonio se mueve todavía más deprisa.

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