Ocio
¿Por qué Texas hará obligatoria la Biblia en sus escuelas públicas?
Texas impondrá pasajes bíblicos en las escuelas públicas desde 2030, una decisión que reabre el debate sobre educación, fe y libertad civil.

Resumen
- Texas impondrá pasajes bíblicos en sus escuelas públicas desde 2030
- El plan afectará a 5,5 millones de alumnos y llegará de forma gradual
- La medida reabre el debate sobre libertad religiosa y escuela pública
Texas ha aprobado una lista estatal de lecturas que incorpora relatos y pasajes bíblicos obligatorios en la enseñanza pública. La medida afectará, cuando se complete su implantación, a unos 5,5 millones de alumnos desde infantil hasta el final de la educación secundaria. El despliegue comenzará durante el curso 2030-2031 en las escuelas elementales y continuará de manera gradual en los niveles superiores.
No se ha creado una asignatura de religión ni se ha ordenado rezar en clase. La decisión es algo más sutil —y por eso mismo más controvertida—: fragmentos de la Biblia formarán parte del currículo de lengua, lectura y literatura, junto a novelas, poemas, discursos y obras clásicas. Algunos de esos contenidos podrán aparecer también en los exámenes estandarizados estatales. La Biblia entra en el aula, pues, no con sotana, sino vestida de texto literario.
El Consejo Estatal de Educación de Texas dio su aprobación definitiva el 26 de junio de 2026 con nueve votos favorables, cinco contrarios y una abstención. La mayoría republicana defendió que el alumnado necesita conocer los relatos bíblicos para comprender las raíces culturales de Estados Unidos, las alusiones presentes en la literatura occidental y conceptos que han dejado huella en el lenguaje político y jurídico del país.
Los críticos no discuten necesariamente que la Biblia posea valor histórico y literario. Su objeción apunta hacia otro lugar: el Estado ha elegido determinados textos y traducciones cristianas, los ha convertido en obligatorios y apenas ha reservado espacio comparable a otras tradiciones religiosas. Ahí empieza el verdadero conflicto, entre la cultura común que una escuela debe transmitir y la fe particular que una administración pública no debería privilegiar.
Qué ha aprobado Texas exactamente
La nueva normativa establece una lista de alrededor de 200 obras, fragmentos y materiales de apoyo que los centros públicos deberán enseñar. No todo es religioso, ni mucho menos. En el repertorio aparecen clásicos de Charles Dickens y Jane Austen, cuentos infantiles, poesía, ensayos, discursos históricos y narraciones procedentes de distintas épocas.
La singularidad está en que una docena larga de lecturas procede directamente de la Biblia o adapta episodios bíblicos. Hasta ahora, un profesor podía emplear esos textos para explicar una referencia literaria, analizar una metáfora o contextualizar una obra. Desde 2030, algunos dejarán de depender de su criterio: estarán fijados por el Estado.
En los primeros cursos, los alumnos trabajarán con relatos ilustrados y versiones infantiles. Más adelante llegarán los versículos originales, seleccionados como textos literarios o como apoyo para entender otras obras. La obligatoriedad no significa que cada estudiante deba leer la Biblia completa, una imagen tan aparatosa como falsa. Significa que deberá estudiar pasajes concretos escogidos por las autoridades educativas.
Los padres conservarán una vía de objeción. La legislación de Texas permite retirar temporalmente a un menor de una actividad o enseñanza que choque con las convicciones morales o religiosas de la familia, mediante una petición escrita. Esa posibilidad alivia el carácter absoluto de la medida, aunque deja una paradoja bastante vistosa: algunos padres religiosos o no creyentes podrán acabar solicitando que sus hijos no asistan a una lectura bíblica impuesta por un gobierno que dice proteger la libertad religiosa.
De David y Goliat al libro de Job
Los niños de primaria encontrarán historias como David y Goliat o Daniel en el foso de los leones. En quinto curso está prevista la lectura de fragmentos del Éxodo. El arca de Noé llegó a figurar en la propuesta para primer curso, pero fue retirada durante las últimas deliberaciones; un miembro del consejo objetó tanto su escaso contenido textual como la descripción de la muerte de los animales durante el diluvio. Incluso las grandes decisiones culturales pueden naufragar por una página de más o de menos.
En secundaria aparecen textos de mayor complejidad. Los alumnos estudiarán el Salmo 23, conocido como el salmo del Buen Pastor; pasajes del Evangelio de Mateo; el relato de la torre de Babel; fragmentos de Lamentaciones; la parábola del hijo pródigo; la historia de Adán y Eva, y amplias selecciones del libro de Job, una obra fundamental para abordar el sufrimiento, la justicia, la fe y la vieja incomodidad humana ante el silencio de Dios.
Los defensores de la medida sostienen que semejantes referencias son imprescindibles para entender desde Shakespeare hasta Martin Luther King, pasando por buena parte de la pintura, la música y el vocabulario político de Occidente. No les falta razón en lo esencial: leer una cultura sin conocer sus mitos fundacionales es caminar por un museo con las luces apagadas.
El problema aparece cuando la linterna ilumina siempre el mismo muro. La lista concede a los textos cristianos una posición que no obtienen el islam, el hinduismo, el budismo ni otras tradiciones presentes entre las familias texanas. La discusión no gira solo en torno a lo que entra en el programa, sino también a todo lo que queda fuera.
Una lista mucho más amplia de lo que pedía la ley
El origen del cambio se encuentra en una ley estatal aprobada en 2023. La norma encargó al Consejo de Educación que estableciera vocabulario obligatorio y, al menos, una obra literaria para cada curso. Era una instrucción relativamente acotada. La administración respondió con una selección que inicialmente rondaba los 300 títulos y que, tras sucesivas revisiones, quedó reducida a unos 200.
El resultado sigue desbordando el mínimo legal. Algunos cursos tendrán que cubrir hasta 25 textos o materiales, una carga que ha inquietado a profesores y asociaciones educativas. El calendario escolar no es un baúl sin fondo: toda lectura obligatoria ocupa horas, desplaza otras obras y condiciona la libertad del docente para adaptarse a sus alumnos.
La cuestión importa más allá de la guerra cultural. Un maestro puede tener en clase a estudiantes bilingües, lectores avanzados, adolescentes con dificultades de comprensión y jóvenes recién llegados al país. Una lista estatal muy extensa trata esa diversidad escolar como si fuera una fila de pupitres idénticos. Ordenada, sí; real, bastante menos.
Los centros podrán añadir otros libros, pero el margen será limitado si primero deben cumplir el repertorio obligatorio. Una integrante republicana del consejo votó en contra precisamente por considerar que la medida reduce la autonomía profesional del profesorado. La discrepancia rompe el dibujo cómodo de una batalla entre creyentes conservadores y progresistas hostiles a la religión. También existe una objeción clásica, casi rural: que Austin deje trabajar a quienes están cada mañana delante de la pizarra.
La frontera entre cultura y catequesis
La Constitución estadounidense no prohíbe estudiar la Biblia en una escuela pública. Puede analizarse como literatura, fuente histórica o documento cultural, siempre que la enseñanza sea objetiva y responda a una finalidad secular. Lo que las autoridades no pueden hacer es dirigir ejercicios devocionales, imponer creencias o favorecer oficialmente una confesión.
El Tribunal Supremo marcó esa diferencia en 1963 al declarar inconstitucional la lectura religiosa obligatoria de versículos al comienzo de la jornada escolar. Aquella sentencia dejó abierta, de forma expresa, la posibilidad de estudiar la Biblia dentro de un programa académico. El límite parece limpio sobre el papel; en una clase de niños de seis años, con un texto elegido por el gobierno y una maestra que debe explicarlo, la tinta se emborrona.
Texas argumentará que los pasajes se enseñan por su relevancia literaria e histórica. Sus adversarios responderán que la selección sistemática de escrituras cristianas, sin una representación equivalente de otras religiones, transmite respaldo institucional. No basta con colocar la palabra «literatura» sobre la mesa para que desaparezca la dimensión religiosa del texto.
El contexto, el lenguaje del profesor, las preguntas propuestas y la forma de evaluar al alumno serán decisivos. Explicar la parábola del hijo pródigo como estructura narrativa no es lo mismo que presentarla como verdad moral revelada. Analizar el libro de Job junto a otras respuestas filosóficas al sufrimiento tampoco equivale a enseñar que su visión es la correcta. En ese pequeño espacio entre el análisis y la afirmación doctrinal probablemente se librarán los pleitos.
El detalle incómodo de las traducciones
La lista incorpora textos procedentes de la Biblia del rey Jacobo y de la English Standard Version, dos traducciones especialmente vinculadas a la tradición protestante. La primera es una pieza monumental de la lengua inglesa, comparable por su influencia cultural a la Biblia del Oso o a la versión de Casiodoro de Reina en el ámbito hispano. También es, claro, una traducción nacida en un contexto confesional concreto.
Especialistas y dirigentes judíos han señalado que elegir una versión determinada no constituye un acto neutral. El mismo texto compartido por judíos y cristianos puede adquirir matices teológicos distintos según la traducción, el título empleado y la explicación que lo acompañe. De ahí la crítica al uso político de la etiqueta «judeocristiano», una palabra amplia que a veces funciona como un paraguas y otras como una cortina.
Entre las selecciones aparece un fragmento de Lamentaciones tomado del Tanaj, pero la presencia de traducciones judías es residual y no se incluyen escrituras de religiones ajenas al tronco bíblico. Para una escuela pública que recibe a creyentes de muchas confesiones, agnósticos y ateos, esa asimetría no es un detalle tipográfico. Revela quién define el canon común y desde qué tradición mira el mundo.
Texas lleva la religión al centro del aula
La lectura obligatoria no surge aislada. Texas autorizó en 2023 que los distritos escolares contrataran capellanes como orientadores, aprobó después un currículo elemental optativo con abundantes referencias bíblicas y ordenó exhibir los Diez Mandamientos en las aulas públicas cuando los carteles fueran donados. La nueva lista literaria convierte aquella dirección política en una carretera de varios carriles.
El estado posee una influencia especial. Cerca de uno de cada diez alumnos de la enseñanza pública estadounidense estudia en Texas, y su volumen de compra ha condicionado históricamente el mercado nacional de libros escolares. Una decisión tomada en Austin puede terminar alterando manuales, materiales y debates curriculares a miles de kilómetros. Texas no es un laboratorio pequeño; es un laboratorio con megáfono.
La medida encaja también en una ofensiva conservadora más amplia para aumentar la presencia pública del cristianismo y revisar décadas de jurisprudencia sobre la separación entre Iglesia y Estado. Sus promotores presentan ese movimiento como una corrección frente a un secularismo que, a su juicio, expulsó la religión de la historia nacional. Sus detractores ven una operación distinta: convertir una fe mayoritaria en la gramática oficial de la ciudadanía.
Ambos discursos utilizan palabras enormes —libertad, tradición, identidad, verdad— mientras los profesores deberán resolver lo concreto: qué edición abrir, cuánto tiempo dedicar, cómo responder a un niño musulmán, qué hacer si una familia pide la exención o cómo calificar a un alumno que cuestiona el significado moral del pasaje. La política escribe con brocha gorda; la escuela trabaja con lápiz fino.
La batalla comenzará antes de 2030
Los cuatro años previstos para preparar la implantación no garantizan calma. Permiten comprar materiales, formar docentes, ajustar exámenes y organizar el calendario, pero también ofrecen tiempo para que asociaciones civiles, comunidades religiosas y familias estudien posibles demandas. La discusión constitucional no versará sobre si la Biblia puede leerse en clase —puede—, sino sobre por qué estas escrituras, con estas traducciones, en estos cursos y bajo una obligación estatal.
Texas ha planteado una pregunta antigua con instrumentos administrativos modernos. La Biblia es literatura, historia, religión y memoria colectiva al mismo tiempo; arrancarle cualquiera de esas capas empobrece su lectura. Enseñarla con rigor puede ampliar la cultura de un alumno. Convertirla en emblema de una mayoría política puede producir el efecto contrario: que el libro deje de ser un puente y se transforme en una frontera.
Cuando las primeras aulas abran los ejemplares en 2030, no empezará solamente una lección sobre David, Job o el Éxodo. Comenzará una prueba sobre el significado de la escuela pública en una sociedad plural: un lugar donde conocer las creencias que han moldeado el país, sin que el Estado decida cuáles merecen sentarse en primera fila.

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