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¿Está relacionado el terremoto de Colombia con los dos de Venezuela?

El fuerte terremoto de Colombia reabre las dudas tras los dos grandes sismos de Venezuela: esto se sabe sobre una posible conexión tectónica.

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El fuerte terremoto de Colombia

El potente terremoto registrado este 10 de agosto de 2026 en Colombia no puede considerarse, con la información científica disponible, una consecuencia de los dos devastadores terremotos que golpearon Venezuela el 24 de junio. Hay una proximidad geográfica relativa, tres magnitudes muy altas y apenas 47 días entre ambos episodios. La coincidencia impresiona. Geológicamente, sin embargo, el dibujo es bastante menos cinematográfico: no hay pruebas de una conexión causal directa entre las dos secuencias.

Eso no significa que los tres movimientos sean completamente ajenos al gran engranaje tectónico del norte de Sudamérica. Colombia y Venezuela se encuentran en una región donde interactúan varias placas y bloques de la corteza terrestre. Un gran terremoto puede incluso alterar temporalmente la actividad sísmica a cientos de kilómetros. Pero pasar de esa posibilidad física a afirmar que Venezuela provocó el terremoto colombiano sería dar un salto que los datos, por el momento, no permiten dar.

El terremoto colombiano tuvo su epicentro en las proximidades de San José del Palmar, en Chocó, y fue sentido con fuerza en amplias zonas del país, incluida Bogotá, además de Ecuador y áreas próximas a Venezuela. Las primeras estimaciones oscilaron mientras las redes sísmicas procesaban las señales: los boletines iniciales colombianos hablaron de magnitudes en torno a 6,6-6,7 y profundidades cercanas a 80 kilómetros, mientras que el USGS actualizó el evento a magnitud 7,4 y unos 107 kilómetros de profundidad. Esa revisión no es extraña después de un gran terremoto: los primeros números son rápidos; los posteriores incorporan más estaciones y modelos más completos.

Tres terremotos enormes, pero no la misma secuencia sísmica

La comparación nace inevitablemente porque Venezuela todavía intenta levantarse de una catástrofe excepcional. El 24 de junio de 2026, el norte del país sufrió dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 prácticamente encadenados. El USGS considera el primero un sismo precursor de un doblete y sitúa el segundo apenas decenas de segundos después. No fueron, por tanto, dos terremotos independientes separados por horas o días, sino dos rupturas enormes dentro de una misma secuencia.

Las consecuencias fueron brutales. El balance comunicado a comienzos de agosto superaba las 6.100 víctimas mortales, con decenas de miles de personas atendidas en hospitales y enormes daños materiales. Venezuela seguía retirando escombros cuando volvió a temblar con fuerza la región, esta vez al otro lado de la frontera colombiana. De ahí la asociación mental inmediata. Es comprensible; científicamente, no basta para establecer una relación.

Venezuela: una ruptura superficial especialmente destructiva

Los terremotos venezolanos se produjeron en el norte del país, dentro del complejo sistema tectónico ligado al contacto entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana. El terremoto principal fue relativamente superficial y estuvo asociado a fallamiento lateral, un mecanismo en el que grandes bloques de corteza se desplazan horizontalmente uno respecto al otro. Los terremotos superficiales suelen transmitir movimientos muy intensos a las construcciones cuando el epicentro coincide con áreas pobladas.

Ahí está una de las diferencias esenciales. El terremoto colombiano de agosto se originó a mucha mayor profundidad. Un foco cercano a los 100 kilómetros introduce el evento en otro escenario geodinámico y ayuda también a explicar por qué pudo sentirse sobre una superficie enorme. La energía viaja desde bastante abajo, como una campana enterrada cuyo sonido termina alcanzando ciudades muy alejadas del punto situado verticalmente sobre la ruptura.

El terremoto de Colombia ocurre en otro engranaje tectónico

El oeste colombiano está condicionado por la interacción de la placa de Nazca con el margen noroccidental de Sudamérica, además de por un rompecabezas de bloques y sistemas de fallas que convierte a Colombia en uno de los territorios sísmicamente más complejos de la región. La subducción —una placa oceánica introduciéndose por debajo de otra— genera terremotos tanto cerca de la superficie como a profundidades intermedias.

La profundidad calculada para el evento de San José del Palmar es especialmente importante al compararlo con Venezuela. No estamos ante la simple continuación de una grieta que hubiera empezado cerca de Caracas y, mes y medio después, hubiera corrido hacia Colombia. Las fallas no funcionan como una cremallera continental que se abre ordenadamente de un país al siguiente.

También existe una separación superior al millar de kilómetros entre las áreas epicentrales, dependiendo del punto exacto utilizado tras las revisiones de localización. En terremotos de magnitud 7, las zonas de ruptura suelen medir decenas de kilómetros, no miles. El USGS considera normalmente réplicas los terremotos que aparecen dentro de unas pocas longitudes de falla respecto al evento principal; el terremoto de Chocó queda muy lejos de ese escenario.

Sentirse en el otro país tampoco demuestra una conexión

Aquí aparece una confusión frecuente. Los terremotos venezolanos de junio se sintieron en Colombia. El colombiano de agosto se ha sentido también hacia Venezuela. Eso significa que las ondas sísmicas viajaron grandes distancias, no que las fallas implicadas sean necesariamente la misma estructura.

Una onda sísmica puede recorrer cientos o miles de kilómetros, hacer oscilar edificios, mover lámparas o despertar a alguien lejos del epicentro sin haber transferido a aquella zona una cantidad de tensión tectónica comparable a la liberada en la falla original. El suelo transmite la vibración; otra cosa muy distinta es que esa vibración desencadene cuarenta y siete días después un terremoto de magnitud 7,4.

Un gran terremoto sí puede activar otros a distancia

Aquí conviene introducir el matiz, porque un no absoluto tampoco sería correcto. Los grandes terremotos pueden desencadenar actividad sísmica distante mediante lo que los especialistas llaman activación dinámica. Las ondas de un terremoto atraviesan una falla que ya se encuentra cerca de romperse y, en determinadas circunstancias, pueden darle ese pequeño empujón final.

Se ha observado después de terremotos gigantes como Landers en 1992, Denali en 2002 o Sumatra en 2004. Pero hay una diferencia importante: la actividad inducida a gran distancia acostumbra a aparecer asociada al paso de las ondas o durante un periodo relativamente próximo y con frecuencia consiste en sismos menores o aumentos temporales de la sismicidad. Unir automáticamente dos grandes terremotos simplemente porque hayan ocurrido con poca separación temporal sería demasiado sencillo para una realidad geológica bastante más incómoda.

¿Podría estudiarse si los terremotos venezolanos alteraron mínimamente el estado de tensión en otras zonas del norte de Sudamérica? Naturalmente. Eso forma parte de la sismología moderna. Pero demostrar que el terremoto colombiano fue realmente desencadenado por Venezuela exigiría analizar propagación de esfuerzos, mecanismos focales y distribución temporal de la sismicidad entre ambos episodios. La cronología por sí sola no demuestra causalidad.

Y 47 días constituyen un intervalo especialmente incómodo para una explicación sencilla mediante activación dinámica. No la convierte matemáticamente en imposible, pero sí hace mucho más difícil sostenerla sin evidencias específicas.

Por qué parece que están ocurriendo demasiados terremotos grandes

Después de una catástrofe como la venezolana, cada nuevo terremoto fuerte entra inevitablemente en el mismo álbum mental. Tres grandes sacudidas en menos de dos meses parecen formar una secuencia. Nuestro cerebro es magnífico encontrando patrones, incluso cuando la Tierra no ha tenido la cortesía de dibujarlos.

El problema es estadístico. En un planeta donde se registran terremotos continuamente, varios eventos importantes pueden concentrarse durante semanas sin compartir una causa inmediata. Y el norte de Sudamérica no es precisamente una mesa de billar geológica: convergen allí la placa del Caribe, Nazca, Sudamérica y distintos bloques corticales. Colombia y Venezuela son territorios naturalmente sísmicos, aunque no por exactamente las mismas fallas en todos sus puntos.

La cercanía de varios grandes terremotos tampoco permite anunciar otro. La ciencia puede calcular probabilidades y estudiar zonas con mayor peligro sísmico, pero no puede predecir con precisión el lugar, la fecha y la magnitud de un futuro terremoto. Un encadenamiento aparente de fechas no convierte los siguientes movimientos en previsibles.

Chocó evalúa daños mientras siguen ajustándose los datos

Más allá de la comparación con Venezuela, la prioridad está en las consecuencias del terremoto colombiano. La gobernadora de Chocó informó de personas heridas y daños importantes en edificios de Quibdó, mientras las autoridades realizaban las primeras evaluaciones. El movimiento también provocó evacuaciones y fue percibido a gran distancia. Los balances pueden cambiar conforme lleguen comunicaciones desde localidades próximas al epicentro.

También pueden cambiar ligeramente la magnitud, la profundidad y otros parámetros técnicos. Ya ocurrió durante la primera hora: distintas redes internacionales ofrecieron cifras diferentes antes de converger hacia soluciones más refinadas. Para comparar terremotos de este tamaño interesa especialmente la magnitud de momento, Mw, más adecuada que la vieja referencia coloquial a la escala Richter para describir grandes eventos.

Y habrá réplicas. Es el comportamiento normal después de una ruptura importante. Su frecuencia suele disminuir con el tiempo, aunque eso no significa que cada réplica tenga que ser menor que la anterior ni permite conocer exactamente cuándo llegará la siguiente.

La coincidencia existe; la cadena de terremotos, de momento, no

Los terremotos de Venezuela y Colombia pertenecen al mismo gran vecindario geológico, un norte de Sudamérica sometido a enormes fuerzas tectónicas, pero no existe evidencia suficiente para presentarlos como una única cadena de terremotos. Venezuela sufrió un doblete superficial de magnitudes 7,2 y 7,5 el 24 de junio; Colombia ha registrado el 10 de agosto un terremoto mucho más profundo, localizado en Chocó y revisado hasta magnitud 7,4. Son parecidos por tamaño. No por ello son hermanos.

La posibilidad física de que un gran terremoto modifique temporalmente la sismicidad a distancia existe y está documentada. Otra cosa es atribuirle un terremoto concreto más de seis semanas después y a más de mil kilómetros. Para eso hacen falta datos tectónicos concretos, no una línea imaginaria trazada sobre el mapa.

Por ahora, la explicación más sólida es también la menos espectacular: tres terremotos extraordinariamente fuertes han golpeado dos zonas tectónicamente activas del norte de Sudamérica, pero no se ha demostrado que los terremotos venezolanos desencadenaran el de Colombia. En geología, como tantas veces, que dos cosas ocurran cerca en el calendario no significa que una haya empujado a la otra.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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