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Sirat a los Oscar con malas reseñas: por qué y cómo se eligió

La elección, a pesar del ruido y del aluvión de críticas negativas de parte del público, responde a una lógica clara: es el título español con mayor tracción internacional de la temporada, el que trae en la mochila un premio grande en Cannes.

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una toma de sirat en el desierto

Por qué “Sirat”, entre aplausos críticos y malas reseñas del público, es la elegida de España para los Óscar: claves, voto y campaña rápida.

España enviará “Sirat” a competir por el Oscar a mejor película internacional. La elección, a pesar del ruido y del aluvión de críticas negativas de parte del público, responde a una lógica clara: es el título español con mayor tracción internacional de la temporada, el que trae en la mochila un premio grande en Cannes, distribución potente fuera de nuestras fronteras y un diseño de campaña ya en marcha. Es decir, la opción con más probabilidades de que en Los Ángeles te miren dos veces. El voto de los académicos no es un concurso de popularidad, sino un ejercicio de pronóstico estratégico.

El “cómo” es igual de sencillo de explicar. La Academia de Cine convoca una votación en dos vueltas entre sus miembros, con una terna finalista y un fallo a mediados de septiembre. Los académicos no puntúan “la más querida” en España, sino la que mejor perfil reúne para superar el filtro de la shortlist de diciembre y, con suerte, arañar nominación en enero. “Sirat”, con el Premio del Jurado en Cannes, críticas internacionales entusiastas, un empaque técnico comentado en medios de referencia y un packaging industrial sólido —productoras con músculo, ventas cerradas, estreno en Francia, distribución en Estados Unidos—, encaja como un guante en ese esquema. Por eso está dentro. Incluso con el público dividido.

Por qué “Sirat” está en la casilla de los Óscar

A los académicos les importan ciertas señales que en la carrera hacia los Óscar cuentan más que un 6,5 en una media aritmética de plataformas. Cannes pesa. Un reconocimiento en la sección oficial —y más si hablamos de un premio mayor— coloca una película en el mapa de programadores, críticos, agentes de ventas y distribuidores. Abre puertas en prensa anglosajona, se traduce en titulares que circulan durante meses y, sobre todo, legitima una apuesta autoral ante comités de visionado poco dados a improvisar. “Sirat” llega a septiembre con ese aval.

La crítica internacional ha sido generosa con la película de Óliver Laxe. Los agregadores no son el oráculo de Delfos, pero sirven de termómetro: el Tomatometer roza el pleno de reseñas positivas y el Metascore se mueve en la franja de “aclamación universal”. Más allá de las cifras, hay un relato cualitativo: fotógrafos y diseñadores de sonido en “modo escaparate”, piezas que subrayan una puesta en escena sensorial y abrasiva, y un tipo de riesgo formal que no pasa desapercibido allí donde se decide la shortlist. Esa alineación —premio de prestigio, consenso crítico, potencia técnica— es justo lo que los votantes españoles buscan cuando piensan en Los Ángeles.

La infraestructura también cuenta. El Deseo —la casa de los Almodóvar— figura en la producción, y eso significa redes, visibilidad y oficio a la hora de montar campañas. Hay estrenos en territorios claves (España en junio, Francia en septiembre), ventas internacionales cerradas y distribución norteamericana garantizada, lo que se traduce en pases para miembros de la Academia de Hollywood, screeners en regla, Q&A con el equipo y una circulación fluida de materiales. Sin esa mecánica, la mejor película del año en España podría quedarse en aplausos domésticos. Con ella, se vuelve una candidata real.

Por último, el tema. “Sirat” no es un drama de salón ni una comedia “cuqui” con el sello de lo local. Es un viaje que roza el apocalipsis contemporáneo, se asoma a comunidades nómadas de rave y empuja a sus personajes a una zona moralmente peligrosa. Gustará más o menos, pero en la carrera internacional esa singularidad diferencia. En años abarrotados de títulos correctos, las obras que dividen —siempre que estén filmadas con autoridad— tienen una ventaja competitiva: se recuerdan.

¿Cómo se elige la película que representa a España en los premios Óscar?

El procedimiento es conocido y estable. La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España convoca a sus miembros a una primera votación para configurar una terna de finalistas. Unas semanas después, en segunda vuelta, esos mismos votantes eligen por voto secreto el título que representará al país ante la Academia de Hollywood en la categoría de mejor película internacional. El calendario se sincroniza con los plazos de Los Ángeles para que la película elegida llegue a tiempo a la shortlist de diciembre.

La elegibilidad exige, entre otras cosas, un estreno en salas en España dentro del periodo que marca la Academia estadounidense y que el idioma predominante no sea el inglés. El comité español no evalúa si una película gustará a la taquilla nacional —eso viene, o no, por otro carril— sino qué opción tiene más opciones de sortear el primer corte de Hollywood. ¿Se premia siempre a la “mejor” según el gusto medio? No. Se vota la que, en ese año concreto, ofrece un paquete competitivo: prestigio festivalero, distribución internacional, capacidades de campaña y una propuesta que pueda seducir a comités muy expuestos a cine de autor de alto voltaje.

En esa lógica, elegir “Sirat” no es un capricho ni una afrenta a las pantallas españolas. Es una apuesta racional en términos de carrera. Viene de Cannes con un sello de calidad incontestable, tiene un discurso formal atractivo para los votantes, y cuenta con aliados industriales para activarse en otoño. Además, su resonancia técnica —fotografía de Mauro Herce, diseño sonoro que es medio relato— llega con un volumen que suele funcionar en pases de academia, donde lo sensorial, cuando está bien justificado, ayuda a fijar memoria.

La grieta: crítica, público y la tormenta perfecta de “Sirat”

La pregunta obvia que sobrevuela las redes es ésta: ¿cómo va a los Óscar una película con tantas reseñas negativas de usuarios en España? En plataformas generalistas la media ronda un 3,3 sobre 5, y el tono de muchos comentarios es demoledor. La lista de reproches se repite: “nihilismo”, personajes “planos”, diálogos exiguos, una primera hora que parece un videoclip infinito, violencia “gratuita”, música rave llevada al límite, planos “eternos”, un desenlace que algunos califican de “trampa” y “golpe por el golpe”. También un argumento que, según quienes la rechazan, se diluye hasta contradecir la premisa inicial: un padre y un hijo en busca de la hija desaparecida.

Ese malestar no es una anécdota. Hay espectadores que abandonan la sala, otros que salen con ansiedad por el paisaje sonoro —estridente, insistente, triturando graves— y una mayoría —entre los detractores— que asegura no haber empatizado con nadie. Todo lo contrario de lo que cabría esperar en un relato de búsqueda. De ahí que el juicio se endurezca: “pretenciosa”, “vacía”, “sin historia”. Incluso se ironiza con que lo único disfrutable son los paisajes.

Ahora, la otra mitad del espejo. Entre críticos —en España y fuera— es frecuente leer que “Sirat” no pretende confortar ni “dar respuestas”, que construye una experiencia en la que la forma y el sonido empujan al espectador a un estado de hiperalerta. Lo que para muchos es ruido, para otros es un diseño de sonido milimétrico que narra tanto como la imagen. Lo que para unos es “nihilismo”, para otros es la desesperación contemporánea convertida en cine. Y ahí está el choque. El mismo gesto que a unos les parece impostado, a otros les parece honesto. La misma elipsis que enciende la furia de un grupo, genera fascinación en quienes aceptan la opacidad como parte del trato.

La crítica escrita ha dejado constancia de esa dualidad. Se celebran la fisicidad de las escenas, la dirección de masas en las raves, la textura casi mineral de la fotografía y una segunda parte que pisa un terreno peligroso al que no siempre llegan las películas españolas. También se advierte de los límites: coherencia narrativa que se sacrifica en el tramo final, golpes de efecto que pueden percibirse como crueldad “programada”, interpretaciones no profesionales que, en determinadas secuencias, resienten el conjunto. Es decir, virtudes en alto, defectos en alto.

En términos sociológicos, “Sirat” es un caso de manual de polarización estética. Parte de la audiencia busca un relato que acompañe y otro segmento está dispuesto a entrar en una propuesta de choque. Y las dos posiciones son legítimas. A la hora de pensar en el Óscar, lo relevante es si esa polarización se traduce en memoria y conversación entre los votantes de la Academia norteamericana. Y sí, suele traducirse.

Campaña, mercados y táctica: lo que viene a partir de ahora

Elegida la representante, empieza el tramo en el que no hay misterios: campaña pura y dura. Pasos obligados: pases en Los Ángeles y Nueva York con preguntas y respuestas del equipo, entrevistas en medios de industria, anuncios en prensa especializada, screeners a tiempo, apariciones de Laxe como autor reconocible, piezas que destaquen su fotografía y su sonido como bazas diferenciales. El calendario debe sincronizarse con la carrera de otoño para que “Sirat” llegue a la shortlist con imagen de “título imprescindible”.

El envoltorio está bien armado. La película ya circula en territorios europeos, tiene distribución en Norteamérica, y socios que conocen el oficio de tocar puertas en temporada de premios. Además, el estreno francés en septiembre ayuda a mantener vivo el tema en prensa europea, mientras en España la conversación —encendida— funciona de escaparate involuntario. La paradoja es que el revuelo doméstico alimenta la atención internacional. Nada nuevo: el cine polarizante suele hacer ruido, y el ruido, cuando hay película detrás, vende.

España llega a esta campaña con una doble lección reciente. Por un lado, la senda “Alcarràs”, que demostró que un gran premio europeo no garantiza nominación si la película no prende entre los comités. Por otro, la senda “La sociedad de la nieve”, que recuerda que un relato emocional potente, una campaña afinada y una presencia constante en medios globales pueden convertir una preferencia española en una candidatura visible en Hollywood. “Sirat” se parecerá más a la primera en su radicalidad autoral y más a la segunda en su profesionalización de la campaña. Si ese híbrido cuaja, todo encaja.

En el campo más práctico, hay dos argumentos de venta que el equipo explotará sí o sí. Uno, el trabajo de sonido: no sólo por volumen o contundencia, sino por cómo estructura el relato, como si el bajo marcara el latido del viaje. Dos, la puesta en escena en exteriores con masas, vehículos y peligros físicos reales, un tipo de complejidad que los votantes suelen reconocer y premiar. La película contiene además secuencias de riesgo que, más allá del gusto, son cine grande en términos de producción y decisiones de cámara. En pases presenciales, eso se nota.

Riesgos evidentes, oportunidades reales

No todo es viento a favor. El principal riesgo es justamente el que más ha irritado a parte de la audiencia: la crueldad percibida en el tramo final, la sensación de “trampa” emocional que dispara la angustia y aleja la empatía. Ese elemento puede incomodar a votantes que prefieren historias de resiliencia con un arco más clásico. También existe la posibilidad de que la campaña de otoño llegue saturada de títulos con grandes padrinos, presupuestos de promoción de otra liga y relatos más amables.

Sin embargo, la experiencia dice que hay espacio para películas que apuestan por el extremo si están bien defendidas. Los comités de la categoría internacional no huyen del riesgo formal; lo reclaman. Y “Sirat” tiene eso. Además, el componente generacional —ese cruce entre música electrónica, comunidad, duelo y colapso— puede conectar con un espectro de votantes que, al margen de gustos, agradece sentir algo muy físico en la sala. Si la campaña consigue que esos votantes vean la película en pantalla grande (no en un portátil con auriculares), sus bazas crecen.

Otro punto a favor es la narrativa de autor. Óliver Laxe no surge de la nada. Llega a este estreno con una década larga en circuitos de prestigio, premios en Cannes en etapas previas y una coherencia cinematográfica que muchos lectores de trade press ya sitúan. En Los Ángeles, que te reconozcan como voz —más allá de esta película— ayuda a sostener una conversación larga, a dar entrevistas que cuenten algo y a posicionarte no sólo como candidato de un país, sino como un cineasta. En términos de campaña, eso vale oro.

Finalmente está la diferencia entre “dividir” y “espantar”. La primera es utilizable: genera titulares, atrae curiosos, crea bandos que discuten y mantienen viva la película. La segunda te deja fuera. “Sirat” camina por esa cornisa. El trabajo de la campaña será inclinar la balanza hacia la primera, enmarcando la película como una experiencia que vale la pena, incluso si no la amas. Ese es el relato que puede empujarla a la shortlist.

El mecanismo por dentro, con piel de hoy

Volvamos un momento al procedimiento, porque ahí se entiende la aparente contradicción entre malas reseñas y candidatura. La Academia española escucha a su base: profesionales que trabajan en cine, que han girado por festivales, que conocen la gramática de las campañas y que, en general, piensan en potencial de carrera. El público general vota con la entrada y con su experiencia en la sala. Son dos termómetros distintos. Cuando la prioridad es maximizar opciones en Estados Unidos, el criterio cambia: cuenta la mirada internacional y la capacidad de mover a los comités, no el índice de satisfacción del sábado por la noche en el multiplex del barrio.

El proceso no ignora al espectador; simplemente juega otra liga. De hecho, en el discurso de presentación suele aparecer un guiño al público: que la elección sirva para que la película siga en cartel, que se vea, que se discuta, que llegue a público no cinéfilo que quizá, con el runrún de los Óscar, decide entrar. Esa es la contrapartida doméstica: el sello de “candidata española” funciona como segunda ventana de exhibición, un pequeño empujón que, con suerte, equilibra parte del rechazo inicial. En ocasiones, también reabre el debate con menos prejuicios y más contexto.

Y luego está el dato incómodo: los agregadores pintan un paisaje muy distinto según mires críticas profesionales o reseñas de usuarios. En la primera métrica, “Sirat” es un éxito. En la segunda, es un incendio. Esta dualidad no es nueva —piensa en títulos de Haneke o Noé—, pero en España duele porque somos un país que cuida y consume historias bien contadas y siente desafección por el “cine-arte” que lo fía todo a la sensación. “Sirat” habita justo donde ese desacuerdo explota. Y aun así, es precisamente ese rasgo —su capacidad de no gustar— el que la vuelve visible en un mar de candidatas.

Entre el desierto y la alfombra roja

Si había una película española capaz de encender la conversación esta temporada, era ésta. “Sirat” divide al público, fascina a buena parte de la crítica, presume de una puesta en escena que corta la respiración y de un diseño sonoro que no pide permiso. A cambio, exige un precio emocional alto y se asoma a una violencia que muchos sienten gratuita. Con todo, el movimiento de la Academia es de manual: envías al Óscar la obra que más se parece a lo que el Óscar suele mirar cuando quiere cruzar fronteras con cine de autor contundente.

Que los foros y las reseñas de usuarios bramen no invalida la decisión; la explica. Hay una grieta real entre lo que pedimos a una película cuando vamos a desconectar y lo que valoran instituciones y comités cuando eligen títulos para representar un país en una competición global. Los académicos han mirado mapas, no timelines. Han visto el premio de Cannes, han leído a la crítica internacional, han evaluado la fuerza de su campaña, han sopesado la singularidad formal y han decidido que esa es la carta que España quiere jugar este año.

A partir de aquí, lo que pase dependerá de tres cosas muy sencillas de decir y muy difíciles de conseguir: que la vean, que la recuerden, que la voten. La película tiene armas para lo primero (distribución, pases, ruido), materia suficiente para lo segundo (secuencias que se quedan grabadas, una atmósfera que no se confunde con otra) y una incógnita para lo tercero: ¿cuántos miembros de la Academia abrazarán su desgarro y cuántos lo rechazarán? No hay fórmula infalible.

Mientras tanto, conviene separar los planos. Al espectador que salió enfadado de la sala hay que reconocerle la razón de su enfado: “Sirat” puede resultar hostil. A quienes la defienden a capa y espada, también: su ambición formal es rara en el cine español reciente. Y, a efectos de carrera internacional, la elección tiene todo el sentido del mundo. El cine, a veces, funciona así: una película que parte un país en dos es la misma que puede seducir a un jurado a miles de kilómetros. El puente del título —el sirat que separa y une a la vez— también sirve para la industria. Un paso estrecho, sí. Pero, si se cruza sin caer, conduce exactamente donde se quería llegar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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