Síguenos

Salud

Síndrome del impostor: qué es y por qué aparece con el éxito Sin mitos

Un ascenso puede traer más dudas que confianza. Así funciona la sensación de no merecer los propios logros.

Publicado

el

Profesional pensativo ante el ordenador, una escena asociada al síndrome del impostor en el trabajo

Imagen: Andrea Piacquadio / Pexels

Una persona supera unas oposiciones, recibe un ascenso o publica un trabajo celebrado por sus colegas. Los resultados son visibles, pero ella los atribuye a la suerte, a un error de quienes la eligieron o a haber trabajado más de lo que debería. Esa distancia entre las pruebas de competencia y la propia percepción se conoce como fenómeno del impostor: la sensación de no merecer los logros y el temor a que otros descubran una supuesta falta de capacidad.

No significa que la persona haya engañado a nadie ni constituye, por sí solo, un trastorno mental reconocido. Puede aparecer ante un cambio de puesto y perder fuerza con la experiencia, o mantenerse hasta condicionar decisiones y bienestar. Su rasgo distintivo no es tener dudas, algo habitual ante cualquier reto, sino descontar una y otra vez las pruebas favorables mientras cualquier tropiezo parece confirmar que no se está a la altura.

El logro llega, pero no cambia la historia interior

La escena se repite con variaciones: una estudiante obtiene una buena nota y piensa que el examen era fácil; un profesional entrega un proyecto sólido y concluye que los demás no detectaron sus fallos. El éxito no se niega necesariamente. Lo que se pone en duda es su significado. En vez de incorporarlo como indicio de preparación, la persona encuentra una explicación que deja intacta la sospecha sobre sí misma.

Así se forma un circuito difícil de romper. Antes de una tarea aparece el miedo a fallar. Para evitarlo, alguien puede prepararse durante horas, revisar cada detalle o aplazar la entrega hasta el último momento. Si el resultado es bueno, lo atribuye al esfuerzo extraordinario y no a su capacidad; si sale mal, lo interpreta como la confirmación que temía. En ambos casos, la creencia inicial sale reforzada.

Trabajar duro, desde luego, no es una prueba de incompetencia. Casi todos los logros exigen aprendizaje, ayuda y circunstancias favorables. La diferencia está en reservar para uno mismo una regla imposible: considerar válidos los méritos ajenos aunque también hayan necesitado esfuerzo, pero exigir que el propio talento produzca resultados sin dudas ni apoyo. Bajo ese criterio, ningún éxito parece suficiente.

Una investigación nacida entre mujeres de alto rendimiento

Las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes describieron este fenómeno en un trabajo publicado en 1978, a partir de su experiencia con mujeres de alto rendimiento que no conseguían reconocer sus logros como propios. El hallazgo ponía nombre a una contradicción llamativa: cuanto más avanzaban algunas de ellas, más temían que su posición descansara sobre una impresión equivocada. La expresión original fue fenómeno del impostor, no el nombre de una enfermedad.

Su origen ayuda a entender por qué durante años se asoció sobre todo a mujeres exitosas. Pero el campo de estudio se amplió: también se han descrito estas experiencias en hombres, estudiantes y profesionales de disciplinas muy distintas. La investigación disponible no permite sostener que pertenezcan exclusivamente a un género. Sí invita a observar las expectativas y los prejuicios del entorno, que pueden modificar cómo se vive y se expresa la inseguridad.

El término se popularizó tanto que hoy corre el riesgo de abarcar cualquier vacilación. Sentirse desorientado durante la primera semana de trabajo, por ejemplo, puede ser una reacción ajustada a una tarea nueva. La experiencia descrita por Clance e Imes resulta más específica: incluso después de reunir indicios de buen desempeño, persiste la convicción de que los demás sobreestiman la propia capacidad.

La diferencia entre no saber algo y sentirse un fraude

Nadie domina todas las partes de su oficio. Una médica puede necesitar consultar una cuestión infrecuente y un profesor puede preparar una clase sobre un tema nuevo. Reconocer esos límites permite aprender y pedir apoyo. La sensación de impostura aparece cuando una carencia concreta se convierte en una sentencia general sobre la propia valía: no saber esto deja de significar que queda algo por aprender y pasa a interpretarse como prueba de que no se merece el puesto.

También importa la relación con los hechos. Una crítica precisa puede señalar un error real que conviene corregir, mientras que un elogio puede ser sincero y estar justificado. Quien vive pendiente de ser descubierto suele conceder mucho peso al primer tipo de información y poco al segundo. No es que los datos desaparezcan; pasan por un filtro que amplifica los fallos y rebaja los aciertos.

Ese filtro puede afectar incluso a la forma de recibir ayuda. Si pedir una explicación se interpreta como una confesión de incapacidad, aprender se vuelve más difícil. La persona intenta aparentar que ya conoce lo que todavía está aprendiendo, justo cuando una conversación franca sería más útil. El problema, por tanto, no consiste en carecer de conocimientos, sino en confundir la necesidad de aprender con un engaño.

Por qué el perfeccionismo puede mantener la duda

La autoexigencia no siempre nace del miedo: también puede reflejar interés por hacer bien un trabajo. Se vuelve una trampa cuando el estándar se desplaza cada vez que se alcanza. Tras terminar un proyecto aparece la idea de que debería haberse hecho más rápido; después de recibir una felicitación, la sospecha de que se esperaba todavía más. El resultado nunca cuenta como llegada porque la meta cambia de sitio.

Algunas personas responden preparándose en exceso. Otras posponen tareas porque temen comprobar que no pueden hacerlas a la perfección. Aunque parecen conductas opuestas, ambas pueden proteger durante un tiempo la misma creencia. Un buen resultado obtenido tras jornadas agotadoras se atribuye únicamente a ese esfuerzo; uno mediocre tras aplazar el trabajo se explica como señal de falta de talento. El miedo dirige la conducta y después encuentra razones para perpetuarse.

La comparación también alimenta el mecanismo. Es fácil ver la presentación segura de un compañero y no las correcciones que hizo la noche anterior. De uno mismo, en cambio, se conocen los borradores, las lagunas y las vacilaciones. Comparar la trastienda propia con la versión terminada de los demás crea una desigualdad de información. Esa diferencia, más que una medida objetiva de capacidad, puede convertirse en combustible para la sensación de inferioridad.

Cuando la oficina convierte el error en amenaza

La explicación no termina dentro de la cabeza de cada persona. En un equipo donde las preguntas se reciben con desprecio o los fallos se castigan de forma desproporcionada, mostrar incertidumbre tiene un coste. Quien acaba de incorporarse puede sentir que debe demostrar competencia a cada minuto, mientras interpreta el silencio de sus responsables como desaprobación. El clima laboral puede intensificar la inseguridad, incluso entre profesionales preparados.

La presión adquiere otra dimensión cuando hay prejuicios. Una mujer en un ámbito dominado por hombres o un estudiante que pertenece a una minoría pueden recibir señales de que su presencia necesita una justificación especial. En esas condiciones, reducir toda duda a baja autoestima individual oculta parte del problema. La investigación ha planteado por ello una pregunta incómoda: además de estudiar a quienes se sienten impostores, hay que examinar los entornos que les hacen dudar de su pertenencia.

Esto no significa que toda experiencia de impostura tenga una causa externa ni que cualquier crítica sea discriminatoria. Significa que el contexto importa. Una valoración clara del trabajo, criterios comprensibles y la posibilidad de preguntar sin humillación ofrecen información más útil que una cultura donde todos aparentan seguridad absoluta. Cuando equivocarse equivale a perder prestigio, aprender en público se vuelve arriesgado.

El coste oculto de intentar demostrarlo todo

Desde fuera, la situación puede pasar inadvertida. Una persona cumple plazos, entrega buenos resultados y parece diligente; por dentro, trabaja con la idea de que un descuido revelará una incapacidad profunda. Esa vigilancia puede llevarla a revisar tareas de forma interminable, evitar delegar o dedicar más horas de las necesarias. La aparente productividad esconde entonces un esfuerzo difícil de sostener.

También pueden perderse oportunidades menos visibles. Alguien descarta presentarse a una promoción porque cree que aún no reúne todos los conocimientos; otra persona evita compartir una idea por miedo a que una pregunta deje al descubierto lo que ignora. El coste no se limita a un ascenso que no llega. Puede reducir la participación, el aprendizaje y la satisfacción con un trabajo que, sobre el papel, marcha bien.

Las investigaciones han encontrado asociaciones entre estos sentimientos y problemas como la ansiedad, el ánimo depresivo o el agotamiento. Pero una asociación no demuestra que la sensación de impostura sea la causa de todos ellos: el malestar también puede influir en la forma de valorar los propios logros. Lo prudente es reconocer una relación que merece atención sin convertirla en un diagnóstico automático.

Una experiencia extendida, aunque difícil de contar

Es tentador resumir su frecuencia en una cifra rotunda, pero los estudios no permiten hacerlo con seguridad. Una revisión sistemática publicada en 2020 encontró estimaciones que iban del 9 % al 82 %, según la población estudiada, la herramienta de medición y el umbral utilizado. Un intervalo tan amplio no describe una tasa única para la población general: muestra, sobre todo, lo mucho que cambia el resultado al decidir qué cuenta como caso.

Hay escalas diseñadas para investigar estas experiencias, entre ellas la desarrollada por Clance. Sus preguntas exploran aspectos como la atribución del éxito, la inquietud ante las evaluaciones y la comparación con otras personas. Son útiles para estudiar patrones, pero una puntuación aislada no equivale a un diagnóstico clínico. Tampoco sirve para deducir por sí sola qué necesita una persona concreta.

La aparente contradicción entre cifras pierde fuerza al mirar los contextos. No es lo mismo preguntar por una duda vivida alguna vez que medir sentimientos persistentes en un grupo de estudiantes sometidos a evaluaciones exigentes. Los cambios de etapa, como acceder a una universidad o asumir nuevas responsabilidades, pueden hacer más visibles estas inquietudes. De ahí que la prevalencia dependa de cómo y a quién se pregunte.

El nombre de síndrome no lo convierte en enfermedad

A pesar de su popularidad, este fenómeno no figura como trastorno independiente en los principales sistemas de clasificación diagnóstica, como el DSM-5 o la CIE-10. El nombre cotidiano puede sugerir una etiqueta médica más precisa de lo que realmente existe. Hablar de una experiencia psicológica, no de una enfermedad por defecto, ayuda a evitar que una inseguridad ocasional se interprete como un problema clínico.

La distinción tampoco resta importancia al sufrimiento. Una persona puede experimentar miedo intenso, dificultades para descansar o un deterioro de su vida diaria sin que exista un diagnóstico llamado impostura. Además, algunas manifestaciones pueden aparecer junto a otros problemas de salud mental. Separar esas posibilidades requiere una evaluación profesional, especialmente cuando el malestar es persistente o interfiere en el trabajo, los estudios y las relaciones.

El riesgo de la etiqueta fácil va en ambas direcciones. Puede patologizar dudas comprensibles ante un desafío real, pero también tapar dificultades que necesitan atención al atribuirlo todo a sentirse un fraude. No toda inseguridad nace de una percepción distorsionada: a veces faltan formación, información o apoyo; otras veces hay ansiedad o ánimo depresivo que merecen examinarse por separado. El contexto y la intensidad importan más que el nombre.

Qué puede cambiar la relación con los propios logros

Una observación útil consiste en distinguir lo ocurrido de la interpretación que se hace después. Haber sido elegido para un proyecto es un hecho; concluir que quienes decidieron no vieron la propia incompetencia es una hipótesis. Del mismo modo, recibir ayuda no borra el trabajo realizado. Mirar cómo se llegó a un resultado, con aportaciones propias, colaboración y aprendizaje, permite una explicación más completa que atribuirlo todo a la suerte o al engaño.

También cambia la conversación cuando las dudas dejan de tratarse como un secreto vergonzoso. Saber que otras personas competentes pasan por periodos de inseguridad puede reducir el aislamiento, aunque no convierte automáticamente cada temor en infundado. Una devolución específica sobre qué funcionó y qué puede mejorarse aporta más que un elogio genérico: ofrece información que permite ajustar la percepción al desempeño real.

Se han propuesto enfoques basados en revisar creencias, reconocer logros y compartir experiencias, pero la investigación sobre su eficacia específica todavía tiene limitaciones. Una revisión de 2019 señaló que los estudios examinados no habían evaluado empíricamente la eficacia de tratamientos para este fenómeno. Si la preocupación se mantiene y afecta a la vida cotidiana, corresponde a un profesional de la salud mental valorar el malestar y las posibles dificultades asociadas. No existe una receta universal para todas las situaciones.

Reconocer la duda sin dejar que dicte quién pertenece

La confianza no siempre llega antes de hacer algo difícil. A menudo se construye mientras se aprende, se recibe información y se comprueba que cometer errores no invalida todo lo demás. La persona que acaba de asumir un puesto puede necesitar tiempo para orientarse; la que lleva años en él puede descubrir que su criterio de competencia era inalcanzable. En ambos casos, dudar no demuestra que se haya engañado a nadie.

La historia de este fenómeno empezó observando a personas cuyos logros no conseguían acallar una sospecha. Décadas después, su popularidad ha ampliado la conversación, pero también exige precisión: ni toda vacilación es impostura ni basta con pedir a alguien que confíe más en sí mismo. El rendimiento se interpreta dentro de relaciones, normas y oportunidades concretas. Por eso la pertenencia no depende solo de la seguridad interior.

Un ascenso puede celebrarse y dar vértigo a la vez. Lo decisivo es que el vértigo no tenga siempre la última palabra sobre lo que significan el trabajo realizado y las pruebas disponibles. Una cultura capaz de reconocer el mérito sin exigir infalibilidad deja más espacio para aprender. Y quizá ahí esté la paradoja más reveladora: sentirse capaz no requiere dejar de tener preguntas, sino poder hacerlas sin creer que anulan todos los logros anteriores.

Newsletter

Diseñador, experto en SEO y redactor digital. Escribe sobre actualidad, tecnología, cultura y vida cotidiana con curiosidad, criterio y una mirada cercana.

Lo más leído