Síguenos

Actualidad

Selfies al borde: 379 muertes y el riesgo detrás de la foto

Un recuento global revela dónde ocurren estas tragedias y por qué una imagen puede borrar la percepción del riesgo.

Publicado

el

Selfies mortales

Al menos 379 personas murieron en el mundo entre 2008 y 2021 mientras intentaban hacerse una foto en una situación peligrosa, según un recuento de la Fundación iO. La investigación registró 292 incidentes y 433 personas afectadas: en algunos episodios hubo varias víctimas, no solo quien sostenía el móvil. Las caídas desde lugares elevados, los ahogamientos y los accidentes relacionados con medios de transporte aparecen entre las causas más repetidas.

La cifra ofrece una medida del fenómeno, pero no un censo mundial definitivo. Se construyó rastreando casos publicados y fuentes disponibles, y muchos accidentes quedan registrados simplemente como caídas o ahogamientos, sin que conste que alguien intentaba fotografiarse. El dato, por tanto, puede quedarse corto; aun así, muestra que el peligro no es una anécdota aislada ni una estadística inventada por las redes. Detrás de cada caso hay un riesgo físico reconocible y, con frecuencia, un entorno que no deja margen para corregir un paso en falso.

Qué cuentan las cifras y qué dejan fuera

El balance de 379 fallecidos corresponde a un periodo concreto, de 2008 a 2021. No significa que desde entonces se repita de forma exacta el mismo ritmo ni permite calcular cuántas personas han muerto hasta hoy: el registro citado no es una serie actualizada año a año. La equivalencia aproximada de una muerte cada 13 días sirve para hacerse una idea de la frecuencia observada en ese intervalo, pero no debe confundirse con una tasa oficial permanente. Es una estimación basada en casos documentados, no el resultado de un sistema internacional que recopile todos los accidentes de este tipo.

Otro análisis, centrado en 2011-2017, contabilizó 259 muertes en 137 incidentes. Su periodo se solapa con el recuento más amplio, así que las cifras no se suman: describen conjuntos de casos y métodos de recopilación distintos. En esa investigación, la edad media rondaba los 23 años y predominaban los hombres. Un tercer resumen de los datos de la Fundación iO sitúa la media en 24,4 años y señala que el 41% de las víctimas tenía hasta 19 años, mientras que el 37% se encontraba entre los 20 y los 30. Las diferencias entre análisis recuerdan que el perfil estadístico depende de cómo se define y reúne cada caso.

La geografía también aparece en los recuentos. India encabeza la relación de países con más muertes, seguida por Estados Unidos, Rusia y Brasil, según la investigación citada. España figura en el sexto puesto en otro resumen de esos datos. Esa clasificación no mide por sí sola el riesgo individual de cada lugar: influyen la población, el turismo, la exposición a espacios peligrosos y la posibilidad de que los incidentes lleguen a la prensa. Un país con más casos registrados no es necesariamente el único donde el problema está extendido; también puede ser el que deja más huella documental.

El peligro empieza antes de que la foto esté hecha

Una imagen exige poco tiempo, pero puede cambiar la atención de quien la toma. Al mirar la pantalla, una persona deja de vigilar con la misma precisión el suelo, el borde o el movimiento del agua. Si además retrocede para incluir el paisaje, busca una postura o intenta que el encuadre parezca espontáneo, cada pequeño ajuste puede acercarla a una zona insegura. El móvil no causa por sí solo una caída, pero puede estrechar la atención justo cuando el entorno requiere mirar alrededor y calcular distancias.

En un lugar llano, ese descuido suele tener consecuencias menores. En una cornisa, una vía, un espigón o una roca mojada, el mismo gesto puede ser irreversible. El riesgo tampoco depende solo de la altura: una caída de pocos metros sobre piedra puede causar lesiones mortales, mientras que una ola puede arrastrar a alguien sin necesidad de que se acerque a un acantilado. A esto se suman el viento, la lluvia y las corrientes. La escena que parece quieta en la pantalla puede estar cambiando bajo los pies.

Hay otro detalle menos visible: el accidente puede afectar a quienes acompañan. En el registro de la Fundación iO hubo 433 personas afectadas en 292 incidentes, aunque las muertes fueron 379. Esa diferencia refleja episodios con más de una persona implicada, ya sea porque varias estaban en el lugar o porque alguien intentó ayudar. Un grupo puede dar confianza, animar a acercarse o convertir la búsqueda de una imagen en una maniobra compartida. El peligro no siempre termina en quien aparece en primer plano.

Acantilados, agua y transporte concentran los riesgos

Las caídas desde altura destacan entre las causas más frecuentes. Acantilados, cascadas, azoteas y miradores reúnen dos elementos difíciles de combinar: una vista atractiva y una consecuencia grave si alguien pierde el equilibrio. El borde puede parecer seguro cuando se observa desde cierta distancia, y la fotografía puede ocultar lo estrecho del paso o la inclinación del terreno. La cámara aplana el paisaje: no transmite bien cuánto sobresale una roca, qué hay bajo los pies ni si existe una salida segura.

El agua añade una amenaza distinta. En una cascada o un río, una superficie pulida puede resbalar incluso sin una caída desde gran altura; después, una corriente o una posición entre rocas puede impedir salir. En la costa, las olas llegan en series y no siempre rompen donde se espera. El suelo húmedo y el viento complican cualquier movimiento, mientras que el ruido del mar puede hacer difícil anticipar una subida del agua. Una costa aparentemente tranquila no ofrece garantías en las rocas ni en los espigones.

Los accidentes vinculados al transporte completan el patrón que describen los estudios. Vías ferroviarias, carreteras y vehículos en movimiento exigen atención constante y dejan muy poco tiempo de reacción. La velocidad de un tren o de un coche puede ser más difícil de calcular desde la pantalla de un teléfono, y apartarse para lograr una imagen puede llevar a una persona a invadir un espacio de circulación. Los análisis también registran episodios relacionados con armas de fuego y ataques de animales, aunque los datos disponibles no permiten presentar esas causas como equivalentes en frecuencia a las caídas o los ahogamientos. El denominador común es exponerse a una fuerza que no se puede detener con un gesto rápido.

Casos que muestran cómo se convierte una foto en tragedia

En julio de 2024, Moe Sa Nay, una creadora de contenido birmana de 14 años, murió en la cascada de Sinywa mientras intentaba hacerse una fotografía. Según la información difundida sobre el accidente, resbaló en una roca, cayó al agua y quedó atrapada entre piedras antes de que la corriente la arrastrara. La amiga que la acompañaba también cayó, pero sobrevivió. Los equipos de rescate llegaron después, cuando ya no pudieron salvarla. El episodio reúne varios riesgos habituales: roca mojada, agua en movimiento y una caída en un entorno natural.

Ese mismo año se conocieron otras muertes durante sesiones de fotos en lugares expuestos. En mayo, Aanvi Kamdar, de 27 años, cayó desde un acantilado en las cataratas de Kumbhe, en India, mientras se fotografiaba. Fue rescatada con vida, pero murió después mientras recibía atención médica. En abril, Inessa Polenko, de 39 años, falleció al caer desde una estructura elevada en un mirador junto al mar Negro, en Georgia. Los casos no permiten atribuir todos los detalles a una causa única, pero sí muestran que el desenlace puede producirse incluso cuando hay un rescate rápido.

En España, el 20 de julio de 2024, un hombre de 62 años, vecino de León, murió tras precipitarse al mar en Loiba, en el municipio coruñés de Ortigueira. La caída ocurrió cerca del lugar conocido por su banco frente al océano, un punto muy fotografiado. Las informaciones disponibles apuntaron a que pudo resbalar o acercarse demasiado al borde mientras hacía fotos, aunque la causa concreta debía determinarse mediante la investigación. Un helicóptero de Gardacostas de Galicia recuperó el cuerpo. La popularidad del mirador ayuda a entender el contexto, pero no confirma por sí misma qué ocurrió en los últimos instantes.

En marzo de 2025 se organizó una búsqueda en Punta Herminia, en A Coruña, después de que un particular avisara de que un hombre habría sido arrastrado por una ola cuando se hacía un selfie en las rocas, cerca de la Torre de Hércules. Participaron distintos equipos de emergencia, pero el caso quedó rodeado de incertidumbre: se habló de pertenencias atribuidas de forma provisional y de la posible identidad de un turista, sin que se confirmara. Salvamento Marítimo suspendió la búsqueda al no existir denuncias activas de desaparición vinculadas y por las dificultades para verificar el aviso. No todos los episodios terminan con una identidad o una explicación cerrada.

Meses después, el 13 de diciembre de 2025, otro incidente en Punta Herminia mostró que el peligro no depende de que alguien esté grabando. Una ola arrastró a un joven italiano que fue rescatado con vida y golpeó contra las rocas a otros dos, que resultaron heridos. La secuencia sirve para entender el riesgo del lugar, no para asegurar que los afectados buscaban una foto. En una costa expuesta, acercarse al agua puede ser peligroso aunque la intención no sea publicar nada.

La viralidad convierte rincones en escenarios repetidos

Las redes pueden transformar un punto concreto en destino. Un banco con vistas, un mirador o una cascada aparecen una y otra vez en fotos y vídeos, hasta que la imagen parece una invitación a repetir la misma pose. El efecto no consiste necesariamente en que cada visitante quiera asumir un riesgo extremo. A veces basta con que busque un ángulo distinto, se aparte de la senda o se acerque un poco más al borde para que la escena se parezca a la que ya vio en su pantalla. La repetición vuelve familiar un gesto, pero no vuelve seguro el lugar.

Loiba ilustra esa tensión entre atractivo y exposición. El banco frente al mar se convirtió en un reclamo fotográfico y lleva visitantes a un paisaje de costa abierta, con desniveles y zonas sin protección. La imagen final puede mostrar una persona y el horizonte, sin revelar cuánto espacio queda detrás, cómo está el terreno ni qué ocurre con el viento. Cuando un punto recibe mucha atención, crece también la cantidad de personas que pueden intentar la misma foto. La viralidad amplifica la exposición colectiva, aunque el accidente siga siendo individual.

En otros enclaves costeros, el interés está en grabar olas grandes. La proximidad al agua promete una imagen más impactante, pero el mar cambia de un momento a otro y una ola puede alcanzar rocas que parecían fuera de su alcance. El riesgo se vuelve menos visible cuando hay barandillas o un paseo cerca: la presencia de infraestructura puede dar sensación de control incluso si el punto elegido queda fuera de la zona protegida. Un lugar concurrido o urbano no es necesariamente un lugar seguro para acercarse al oleaje.

Likes, imitación y contenido extremo

La búsqueda de atención ayuda a explicar por qué algunas personas se exponen, pero no basta para reducir todos los casos a la necesidad de conseguir likes. Las redes hacen visible y compartible una imagen que antes quedaba en el álbum personal; además, los contenidos llamativos pueden recibir más comentarios y circular con rapidez. La socióloga Liliana Arroyo ha señalado que las plataformas premian la atención y que lo extremo puede destacar en esa competencia. La recompensa digital es inmediata y el riesgo físico, en cambio, puede parecer lejano hasta que ocurre.

Para quienes producen contenido de forma habitual, la presión puede adquirir otra forma: repetir lo que funcionó o buscar una imagen más sorprendente. No significa que todos los creadores calculen mal ni que cada foto arriesgada esté motivada por una estrategia deliberada. Sí implica que un lugar puede tratarse como escenario, aunque sus normas y condiciones no se adapten a la grabación. Una cascada no es un plató y una roca mojada no se vuelve estable porque la toma dure unos segundos. El vídeo se puede editar; las consecuencias de una caída, no.

La presencia de otras personas también cambia las decisiones. Un acompañante puede animar a acercarse, colocarse junto a quien posa o ayudar a conseguir el encuadre. Si alguien pierde el equilibrio, otra persona puede exponerse al intentar sujetarlo. Esa dinámica ayuda a entender por qué las investigaciones cuentan afectados además de fallecidos. La presión del grupo no necesita convertirse en una orden: a veces basta con que el riesgo parezca normal porque todos están mirando la misma escena.

Prohibiciones y límites en espacios concurridos

La respuesta de las autoridades no siempre consiste en prohibir hacerse fotos. En algunos lugares se han establecido zonas específicas donde se restringen las imágenes por el riesgo de acercarse a un borde o a animales peligrosos. También se han descrito medidas en zoológicos de Nueva York y California para evitar selfies en recintos con animales. Son restricciones ligadas a lugares y situaciones concretas, no una prohibición general de fotografiarse en esos estados. La regla suele responder al peligro del entorno, no al uso de la cámara en sí.

En India se han impulsado áreas sin selfies en puntos de riesgo, en particular junto al mar, después de varios accidentes. En la ciudad italiana de Portofino se aplicaron medidas para evitar que los visitantes se quedaran demasiado tiempo tomando fotos en lugares estrechos y bloquearan el paso, con posibilidad de sanción en determinadas zonas. En Barcelona, la información citada sobre escaleras mecánicas con vistas a la Sagrada Familia se refiere a restricciones para hacer fotos o vídeos en esos espacios. En estos casos también pesa la seguridad colectiva: una aglomeración puede impedir el paso o complicar una evacuación.

En España, algunos episodios se abordan mediante las normas propias de parques y espacios protegidos, no a través de una sanción genérica por hacerse un selfie. En agosto de 2024, la Guardia Civil denunció a Lola Mencía y a otras dos personas por conductas registradas durante una visita al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. La información difundida señaló baños en zonas donde estaban prohibidos y perros sueltos; también se mencionaron denuncias relacionadas con esas infracciones. Grabar una conducta puede hacerla visible, pero no la convierte en una actividad permitida.

El caso de Ordesa abre una cuestión que va más allá de la seguridad personal. En un parque protegido, salirse de los recorridos autorizados o alterar las normas puede afectar al entorno y a otros visitantes. Un vídeo publicado durante unos segundos puede contribuir a que más personas imiten una conducta o consideren que una restricción es opcional. No hace falta atribuir un daño ambiental concreto a cada grabación para reconocer que la naturaleza no es solo el fondo de una imagen: tiene límites de uso que protegen el lugar.

Una imagen dura segundos; el riesgo permanece

Las 379 muertes documentadas entre 2008 y 2021 no permiten medir con exactitud cuántas se han producido después, pero sí señalan un patrón sostenido: alturas, agua y transporte aparecen una y otra vez. También obligan a leer con cuidado las cifras. Los registros dependen de noticias y fuentes públicas, los periodos de los estudios se solapan y no todos los incidentes quedan identificados como accidentes durante una foto. La incertidumbre sobre el total no borra la consistencia de los riesgos observados.

En España, los episodios de Loiba y Punta Herminia muestran cómo un paisaje que invita a mirar puede esconder cambios bruscos, bordes expuestos y un mar difícil de anticipar. Ordesa añade otra dimensión: cuando la cámara convierte un espacio protegido en escenario, las consecuencias pueden extenderse más allá de quien aparece en el vídeo. La distancia entre una foto atractiva y una situación de emergencia puede ser un paso, una ola o una roca húmeda. El encuadre termina donde empieza el terreno real, con sus límites y unas condiciones que ningún like puede modificar.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído