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Selfies mortales: ¿cuántos han muerto por un puñado de likes?

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Selfies mortales

Muertes por selfies extremos: 379 fallecidos, casos reales en España (Loiba, A Coruña, Ordesa) y cómo un vídeo acaba en tragedia, sin aviso.

En el recuento más completo y metodológico publicado hasta ahora, 379 personas murieron en el mundo mientras intentaban hacerse un selfie en situaciones de riesgo entre 2008 y 2021. Ese mismo estudio contabilizó 292 incidentes y 433 personas afectadas en total, porque a veces no cae uno, caen varios: el grupo se arrima, el terreno cede, el mar muerde, el tren no espera. Es un dato construido a partir de casos rastreados en fuentes públicas y noticias, así que trae una advertencia implícita: no es un “censo mundial” y probablemente se queda corto, pero marca una magnitud real, documentada, sostenida en el tiempo.

Otro análisis muy citado, centrado en el periodo 2011-2017, registró 259 muertes en 137 incidentes. Dibujaba un patrón que se repite con insistencia: edad media en torno a los 23 años, predominio masculino claro y tres escenarios que vuelven como una mala canción: caídas desde altura, ahogamientos e incidentes ligados a transporte. Con esos números, la pregunta deja de ser morbosa y pasa a ser un diagnóstico: el salto del selfie “bonito” al selfie “letal” no es excepcional, es una deriva reconocible.

Del encuadre perfecto al parte de emergencias

La frontera se cruza casi sin darse cuenta, y ahí está lo perverso. Primero es el “solo un paso más”, luego el “ponte ahí que queda brutal”, después el gesto automático de mirar la pantalla en vez del suelo. En cuanto el móvil entra en modo cámara, la realidad se encoge a un rectángulo: se pierde visión periférica, se pierde equilibrio, se pierde margen. En un salón no pasa nada. En un acantilado, en un espigón, en una vía de tren, el error no tiene amortiguación.

En España, el mapa de sustos y tragedias se llena por pura lógica geográfica: costa larga, acantilados, miradores espectaculares, turismo constante, redes que convierten cualquier punto fotogénico en parada obligatoria. El 20 de julio de 2024, un hombre de 62 años, vecino de León, murió tras precipitarse al mar en Loiba, en el municipio coruñés de Ortigueira, muy cerca del lugar promocionado como “el mejor banco del mundo”. Ocurrió pasada la una del mediodía. La zona es bonita hasta doler, y precisamente por eso engaña: vertical, expuesta, con alturas que imponen respeto cuando se miran de frente, pero que parecen domesticables cuando se miran desde una pantalla. El helicóptero de Gardacostas de Galicia recuperó el cuerpo. La investigación apuntaba a una caída compatible con un resbalón o un paso de más al acercarse al borde para hacer fotos, a falta de lo que determinara la autopsia.

Hay otro escenario español que no perdona y que se repite con nombres distintos: el golpe de mar. En A Coruña, en Punta Herminia, a pocos metros de la Torre de Hércules, se activó en marzo de 2025 la búsqueda de un hombre que, según el aviso de un particular, habría sido arrastrado por una ola mientras se hacía un selfie en las rocas en pleno temporal. Se desplegaron medios de Salvamento Marítimo, Guardia Civil, Policía, bomberos y Protección Civil, con embarcaciones y, cuando las condiciones lo permitieron, apoyo aéreo. El detalle que hiela no es solo el riesgo, es la incertidumbre: se habló de la hipótesis de un turista alemán, se encontraron pertenencias atribuidas de forma tentativa, se insistió en la necesidad de respetar alertas costeras… y, días después, Salvamento comunicó la suspensión de la búsqueda por falta de denuncias activas de desaparición vinculadas al caso y por la dificultad de confirmar la identidad del alertante. En un temporal, la historia puede empezar con un “lo he visto” y terminar en un silencio espeso, sin nombre cerrado y sin final claro.

Y aun cuando no hay muerte, el aviso queda escrito. El 13 de diciembre de 2025, la zona volvió a ser noticia: un grupo de jóvenes italianos estaba junto al acantilado, una ola grande rompió con violencia, uno fue arrastrado y rescatado con vida, otros dos acabaron heridos por golpes contra las rocas. La secuencia es tan rápida que cuesta creerla hasta que se ve: agua que sube como una pared, cuerpos que pierden suelo, gritos, carreras, el mar llevándose lo que encuentra. El móvil, en ese instante, es un detalle secundario… hasta que recuerdas por qué estaban tan cerca.

El número global es alto, y aun así no lo cuenta todo

Los 379 fallecidos de 2008 a 2021 no son un techo; son una base documentada. Hay subregistro por motivos casi burocráticos: en el parte oficial aparece “caída”, “ahogamiento”, “electrocución”, “atropello”, y rara vez aparece “selfie” como causa. La intención de hacerse una foto se queda fuera del lenguaje administrativo. Además, no todos los países tienen la misma transparencia, ni todos los accidentes llegan a prensa, ni todas las familias quieren que esa motivación figure en la historia pública de una muerte.

Aun así, los estudios permiten ver la anatomía del riesgo. En la serie 2008-2021, alrededor de un tercio de las víctimas identificadas eran viajeros, un dato que encaja con una escena conocida: terreno desconocido, confianza turística, búsqueda del icono, esa necesidad de “estar” en la imagen más que de estar seguro en el lugar. También aparece un detalle incómodo: varios incidentes afectan a más de una persona. No es solo el protagonista; a veces cae quien se acerca a ayudar, quien se coloca al lado, quien se arrima para entrar en plano. El selfie extremo tiene algo de contagio, incluso cuando no hay intención de imitar: la mera presencia del grupo empuja.

En el recuento 2011-2017, el patrón de edad y género es muy marcado. No hace falta convertirlo en caricatura: no es “culpa de la juventud”, es una combinación de exposición, presión social y consumo de redes donde lo llamativo compite a codazos con lo cotidiano. Pero los números son los números: la mayor parte de las muertes registradas afectaban a hombres jóvenes, y las causas principales eran ahogamiento, transporte y caídas. Ese triángulo no ha desaparecido; se ha sofisticado con nuevas modas y nuevos formatos.

Cuando el “stunt” se convierte en oficio y el parque natural en decorado

Aquí entra la palabra que cambia el tono: influencer. Porque ya no hablamos de una foto aislada, sino de contenido como rutina, de una carrera por mantener audiencia, de una lógica cruel: si lo de ayer funcionó, lo de mañana tiene que ser más extremo, más raro, más cerca del límite. Y cuando se cruza ese límite en un espacio protegido, el problema no es solo personal, es colectivo.

En agosto de 2024, la Guardia Civil denunció a la influencer Lola Mencía, conocida también por su paso por programas de telerrealidad, por saltarse normas en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Huesca. Los hechos se situaron el 23 de agosto: Mencía y otras dos personas aparecieron bañándose en zonas donde está prohibido hacerlo, como el entorno de la cascada Cola de Caballo y las Gradas de Soaso, y además llevaban perros sueltos. En la información difundida se citó también la ausencia de bozal en un contexto en el que, si se trata de animales catalogados como potencialmente peligrosos, entra en juego la Ley 50/1999. Lo relevante, en clave de redes, es cómo se conoció: por los propios vídeos y publicaciones. El SEPRONA identificó a los implicados y se habló de tres denuncias para cada uno.

La polémica creció porque no fue el típico “no sabía”. Hubo declaraciones desafiantes en redes, frases de “lo haría una y mil veces”, y una justificación que cayó como gasolina en pleno agosto: “hemos dejado dinero y lo hemos dado a conocer”. La reacción local, especialmente en Torla-Ordesa, fue de hartazgo. No por una influencer concreta, sino por el patrón: temporada alta, turismo que roza lo invasivo, normas ambientales tratadas como un estorbo, y una cámara que lo convierte en espectáculo exportable.

Ahí la noticia se ensancha: en un espacio protegido, el daño no siempre es visible en el momento. Un baño “rápido” puede alterar una zona sensible, un perro suelto puede estresar fauna, un acceso fuera de senda puede erosionar, abrir trazas, multiplicar huellas. El vídeo dura treinta segundos; el impacto dura más.

Geografía del peligro: acantilados, espigones, vías y agua traicionera

Los escenarios de muerte por selfies y vídeos extremos no son abstractos. Son lugares concretos con una estética concreta. Altura con vista, agua con espuma, infraestructura con “vértigo”. Un acantilado no necesita ser enorme para ser mortal. En Loiba se habló de caídas de decenas de metros. En otros puntos basta con cinco o seis metros sobre roca para romperse el cuerpo. La percepción engaña: el cerebro ve una foto bonita, no una ecuación de gravedad.

El espigón y las rocas junto al mar son otro imán. En temporales, el peligro no es solo la ola que rompe: es la ola que parece pequeña y viene con otra detrás, es el rebufo, es el suelo mojado que convierte cualquier paso en patinaje, es la suela lisa, es el viento que empuja cuando ya estás inclinado para encuadrar. En A Coruña, tanto en el episodio de marzo de 2025 como en el de diciembre de 2025, el elemento común es ese: una zona frecuentada, fotogénica, y sin perdón cuando el mar decide morder.

El tercer gran escenario es el transporte. No hace falta recrearse: vías de tren, bordes de andén, carreteras con poca visibilidad, puentes donde el “me pongo aquí un segundo” es suficiente para que un vehículo o un tren llegue antes de lo que calcula el ojo. En los recuentos internacionales, los incidentes con transporte aparecen de forma constante. No es casualidad; es la combinación de velocidad ajena y distracción propia, el peor cóctel.

Y luego está el agua dulce, que se subestima. Cascadas, pozas, ríos. El riesgo no es solo ahogarse; es golpearse, quedar atrapado, sufrir hipotermia, quedarse sin fuerza por una corriente corta pero intensa. Las zonas de baño en entornos naturales, además, suelen tener rocas pulidas, superficies resbaladizas y accesos improvisados. Perfecto para el vídeo, malo para los tobillos, peor para el cráneo.

El efecto llamada: cuando una foto viral convierte un lugar en punto negro

Hay sitios que se convierten en destino no por su historia, sino por su fotogenia. El “banco más bonito”, el mirador de moda, el arco de piedra donde cabe una persona en silueta, la escalinata que sale en todos los reels. Esa viralidad no es neutra: concentra gente, empuja a repetir gestos, crea rutas espontáneas fuera de senda, y normaliza posturas que, vistas en frío, son disparates.

Lo de Loiba lo retrata con crudeza. Ese banco, colocado frente al mar y al vacío, se convirtió en reclamo global. Se llega, se hace la foto, se sube. El problema es lo que ocurre alrededor: el deseo de “mejorar” la imagen hace que se busque el ángulo en el borde, que se retroceda sin mirar, que se camine por zonas sin protección. Cuando un punto se transforma en peregrinación, el riesgo deja de ser individual y pasa a ser estadístico: cuanta más gente repite la misma escena, más probable es que alguien se equivoque.

En la costa, además, hay un fenómeno extra: la gente confunde paseo con seguridad. Un lugar urbano, con barandillas a unos metros, parece “domesticado”. Pero muchos de estos enclaves tienen accesos fáciles a zonas de roca baja, justo donde rompe el mar con fuerza. Un vídeo de ola gigante siempre rinde. El problema es que el mar no entiende de vídeos.

Multas, vetos y “zonas rojas”: la respuesta de las autoridades cuando la foto colapsa el sitio

No solo se trata de morir o de salvarse por centímetros. Hay una respuesta administrativa y policial que ha ido creciendo a medida que el fenómeno se volvía masivo. En India, por ejemplo, se impulsaron zonas “no selfie” en lugares de riesgo tras una serie de muertes; en Mumbai se llegó a declarar una red de áreas donde se prohibían selfies en puntos concretos, especialmente cerca del mar, tras varios incidentes. El objetivo era directo: evitar que la gente se colocara en lugares peligrosos por la foto.

En Europa, la reacción ha tenido otra forma, más ligada a la masificación que al accidente mortal, aunque a veces ambas cosas se tocan. En Portofino, Italia, el ayuntamiento implantó medidas para disuadir a visitantes de permanecer demasiado tiempo en puntos donde se formaban embudos por selfies, con posibilidad de multa en “zonas rojas” si se bloqueaba el paso. No es una guerra contra la cámara; es una guerra contra el tapón humano que convierte una calle estrecha en un riesgo de seguridad. Cuando la foto deja de ser un gesto privado y pasa a ser un obstáculo público, la autoridad mete mano.

En España, la vía más visible no ha sido tanto la multa por “hacer selfies”, sino la sanción por incumplir normas ambientales o de seguridad en espacios protegidos o regulados, como ha ocurrido en Ordesa. Y también, en paralelo, la insistencia de emergencias ante temporales: avisos del 112, recomendaciones de no acercarse a espigones, llamadas a respetar alertas naranjas y rojas. La lista de tragedias evitables en la costa española es larga; lo que cambia es el detonante. Antes era “a ver las olas”. Ahora muchas veces es “a grabar las olas”.

Qué empuja a cruzar la línea: métricas, imitación y el segundo en que se apaga el mundo

Hay que decirlo sin dramatismo barato, pero con claridad: la recompensa de redes es inmediata y el castigo del error es instantáneo. El like llega en minutos. La caída, en un segundo. Las plataformas han construido un mercado de atención donde lo extremo compite con lo extremo. En ese mercado, la “hazaña” se empaqueta en quince segundos, se repite, se remezcla, se convierte en reto. Y aunque no todo el mundo actúa por fama, la cultura visual contagia: si todos suben fotos en el borde, el borde parece normal.

En los casos con influencers, además, aparece una capa de profesionalización del riesgo. No siempre es imprudencia ciega; a veces es cálculo mal hecho. Se elige el lugar por estética, se decide la hora por luz, se busca el plano por impacto. Y el problema es que el lugar no se adapta al plan. Una roca mojada no negocia. Una barandilla saltada no reaparece. Un perro suelto no entiende de normas del parque. El vídeo tiene montaje; la realidad, no.

También hay una variable que se repite en muchos incidentes: la presencia de grupo. En grupo se asumen más riesgos. Se bromea, se empuja, se confía. “No pasa nada”. “Mira cómo lo hago yo”. Y de pronto hay dos personas en vez de una en una cornisa, tres en vez de dos en una roca, cuatro en vez de tres en un puente. En el estudio que hablaba de 433 afectados, esa palabra —afectados— es importante: no siempre muere el “protagonista”, a veces cae quien acompaña, quien ayuda, quien estaba al lado.

Los hechos, sin filtro: lo que se ve en España cuando el vídeo sale mal

Loiba, Ortigueira, julio de 2024: el hombre cae al mar en un entorno que se ha convertido en icono fotográfico. No hay épica, hay operación de recuperación. La escena es la que nadie sube: guardias, helicóptero, llamadas, gente que mira en silencio.

Punta Herminia, A Coruña, marzo de 2025: la alerta llega por un ciudadano que dice haber visto a un hombre arrastrado por una ola mientras se hacía un selfie cerca de la Torre de Hércules. Se activa un despliegue que depende del tiempo, del oleaje, de la visibilidad. Se habla de mochila, de ropa, de hipótesis sobre un turista. Y luego llega lo más duro: la búsqueda se suspende ante la falta de denuncias activas de desaparición vinculadas y por la imposibilidad de confirmar la identidad del testigo. Hay historias que, en el mar, quedan así: abiertas por naturaleza.

Punta Herminia, diciembre de 2025: jóvenes italianos junto a la “Caracola”, ola fuerte, arrastre, rescate de uno, dos heridos. Es el recordatorio de que el mismo lugar puede repetir la misma amenaza en temporadas distintas. La costa no cambia su carácter porque cambie el calendario.

Ordesa, agosto de 2024: una influencer se graba donde no se debe, se baña donde está prohibido, muestra perros sueltos, y la denuncia llega porque el contenido existe, porque se ha publicado. La polémica estalla no por el acto aislado, sino por la frase de fondo: “lo he dado a conocer”, “he dejado dinero”. La conservación no se compensa con consumo. Las normas no son un adorno.

Estos casos no agotan el fenómeno, pero lo aterrizan yoursamente: el selfie extremo no es un concepto, es una suma de episodios con fecha, lugar, protagonistas, rescates y, a veces, funerales.

Donde acaba el “selfie extremo” y empieza el desastre

El salto se suele producir en tres momentos muy concretos. Cuando se ignora una señal o una valla, cuando se elige un punto sin salida segura, cuando se mira la pantalla en vez de mirar el suelo. A eso se añade el cuarto detonante, el más traicionero: el clima. El temporal, el viento, la lluvia fina que no parece nada, la roca húmeda, el oleaje que sube sin avisar. En costa y montaña, el clima no es decorado; es parte del peligro.

En España, esto se mezcla con la lógica de escapada y turismo: fines de semana, puentes, vacaciones. El “lugar instagrameable” se consume como un producto rápido. Y los servicios de emergencia llevan años insistiendo en lo mismo: si hay alerta costera, no se baja a las rocas; si hay oleaje fuerte, no se pisa el espigón; si el terreno está mojado, no se apura el borde. Son mensajes repetidos porque el error se repite.

La cuestión de fondo, sin discursos grandilocuentes, es esta: hay un número real de muertos y heridos, y hay un ecosistema de incentivos que empuja al riesgo. La foto extrema no nació con los influencers, pero con los influencers ha ganado motor, velocidad y público.

El precio de un plano: cifras firmes y una realidad que no afloja

Los estudios que fijan 379 muertes entre 2008 y 2021 y 259 entre 2011 y 2017 no son cifras para asustar, son cifras para entender dimensión. Con todo el subregistro, con toda la falta de una contabilidad oficial global, lo que describen es un fenómeno sostenido: personas que mueren por situarse en lugares peligrosos para hacerse una foto o grabar un vídeo. Y cuando se mira el detalle —caídas, agua, transporte— la sensación de azar se reduce: no son muertes caprichosas, son muertes con patrón.

España no está al margen. Tiene costa que seduce y castiga, miradores que enamoran y engañan, parques naturales que no son platós y, cada vez más, un choque directo entre la lógica de redes y la lógica de seguridad y conservación. Loiba y Punta Herminia ponen nombres y fechas a esa tensión. Ordesa añade otra capa: la del impacto ambiental y la responsabilidad pública de quien convierte una infracción en contenido.

A partir de ahí, todo lo demás —multas, denuncias, “zonas rojas”, campañas— es una reacción a lo que ya ha pasado. La foto perfecta es silenciosa. El desastre, en cambio, hace ruido: sirenas, helicópteros, patrullas, y un teléfono que deja de sonar al otro lado.


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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Oxford Academic, Cadena SER, La Voz de Galicia, El Confidencial.

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