Salud
Sedentarismo cognitivo: el peligro del abuso de tecnología

El “sedentarismo cognitivo” crece con GPS e IA: menos orientación, atención frágil y memoria dependiente. Qué dicen neurólogos y psicólogos.
En cuestión de pocos años, el teléfono móvil ha pasado de ser una agenda con pantalla a convertirse en una especie de segunda corteza cerebral portátil. Calcula, traduce, recuerda, sugiere, corrige, orienta, redacta, resume. Lo hace rápido, casi siempre con buena cara. Y esa comodidad —tan cotidiana que ya ni se nota— está dejando un rastro que empieza a preocupar a neurólogos, psicólogos e investigadores: la pérdida de “fondo” mental en tareas básicas que antes se ejercitaban sin pensar en ello. A este fenómeno le han puesto un nombre llamativo y bastante certero, “sedentarismo cognitivo”, una manera de decir que el cerebro, como el cuerpo, también se apoltrona cuando se le quita trabajo de encima.
La advertencia no es un eslogan moralista contra la tecnología, sino una descripción de efectos concretos que ya se están observando: peor orientación, atención más frágil, memoria más dependiente de apoyos externos. Y el debate va más allá del “me distraigo con el móvil”. En la conversación aparecen conceptos como coste cognitivo, deuda cognitiva, cambios en la forma de aprender, una confianza excesiva en herramientas que “suenan bien” incluso cuando inventan datos, y una sospecha de fondo que incomoda: si se delega demasiado, lo delegado se pierde.
La etiqueta que se ha colado en el laboratorio: qué significa “sedentarismo cognitivo”
El término lo ha impulsado, entre otros, Diego Fernández Slezak, investigador y director del Laboratorio de Inteligencia Artificial Aplicada de la Universidad de Buenos Aires (UBA). La idea parte de una lógica casi física: toda tarea mental tiene un coste, un esfuerzo medible aunque no se vea. Recordar un número, hacer una cuenta, orientarse en un barrio desconocido, sostener un segundo idioma en una conversación real, sin red… todo eso requiere energía y práctica. Fernández Slezak lo explica uniendo tres piezas que encajan demasiado bien: coste cognitivo, deuda cognitiva y, cuando esa deuda se acumula, sedentarismo cognitivo. El coste sería “lo que cuesta” hacer algo con la cabeza; la deuda aparece cuando ese coste se delega sistemáticamente en una tecnología; y el sedentarismo llega cuando, como un músculo sin entrenamiento, la capacidad se degrada.
La metáfora del músculo no es un adorno. En orientación, por ejemplo, la cosa se ve casi con crudeza: durante décadas, el cerebro construía mapas internos a base de repeticiones, referencias, errores y correcciones. Ahora, en gran parte de la vida urbana, la orientación se externaliza: el GPS decide la ruta, el móvil vibra cuando hay que girar, la pantalla manda. El resultado, según resume el neurólogo David Ezpeleta, vicepresidente de la Sociedad Española de Neurología (SEN), es directo: “ahora nos orientamos peor” porque se ha delegado esa capacidad espacial. Y no se queda ahí: la atención y la memoria también se ven afectadas por esa delegación de funciones en buscadores y herramientas digitales, algo de lo que, en su visión, existe constancia desde hace más de una década. El matiz que añade es el que da escalofrío en 2026: si los modelos de lenguaje imitan cada vez más funciones del cerebro, la tentación de delegar aumentará.
En paralelo, el fenómeno se alimenta de un rasgo humano antiguo: la eficiencia. El cuerpo, en términos evolutivos, tiende a ahorrar energía. Durante milenios, esa tendencia fue una ventaja. En un mundo de abundancia de recursos y de ayudas externas constantes, esa misma tendencia se vuelve una trampa suave: se ahorra esfuerzo mental cuando hay un atajo, aunque ese ahorro tenga un precio más tarde.
Orientación, atención, memoria: la lista corta de lo que se está aflojando
La orientación es el ejemplo favorito porque es visible, casi cómico en el día a día: gente que vive años en una ciudad y aun así duda al salir del metro sin mirar el punto azul. No es simple despiste. Es menos codificación del entorno, menos atención a señales, menos necesidad de construir un mapa interno. Con el GPS, la mente puede limitarse a ejecutar instrucciones. Se llega, sí. Pero se aprende menos. Y cuando toca orientarse sin ayuda, aparece la sensación de ir “a ciegas” en calles que deberían resultar familiares.
La atención juega en otro plano, menos tangible pero igual decisivo. Las tareas largas —leer con continuidad, escuchar sin saltos, escribir sin interrupciones— requieren una forma de sostén mental que se entrena con práctica. Cuando el día está troceado por notificaciones, pestañas, mensajes, cambios de estímulo, se instala una forma de funcionamiento en la que el foco se vuelve saltón, más reactivo, menos estable. No se trata de demonizar el entretenimiento ni de culpar a una app concreta: se trata de que el entorno digital moderno premia el cambio rápido y la respuesta inmediata. Y el cerebro se adapta a lo que más hace. Si lo que más hace es alternar, alterna mejor… y profundiza peor.
La memoria, por último, recibe un doble golpe. Por un lado está la delegación práctica: calendarios, recordatorios, contraseñas guardadas, teléfonos que ya no se memorizan, direcciones que se consultan en el momento. Por otro lado está la interferencia: si la atención se fragmenta, la memoria fija peor. La psicóloga Isabel Fraga Carou, directora del Instituto de Psicoloxía de la Universidade de Santiago de Compostela (Ipsius), lo ilustra con una escena ya casi universal: no acordarse ni de los números de teléfono de amistades cercanas porque la memoria “vive” en el dispositivo. La frase puede sonar a nostalgia, pero apunta a una mecánica clara: si no hay necesidad, no hay práctica; si no hay práctica, no hay solidez.
En medio de todo esto, conviene entender que el sedentarismo cognitivo no significa “dejar de pensar”. Significa pensar menos en ciertos procesos, los más básicos y repetidos, justo los que construyen fondo: orientarse, calcular sin calculadora, recordar sin buscar, leer con continuidad, escribir con esfuerzo propio. El cerebro sigue trabajando, por supuesto, pero cambia de tareas: más gestión de estímulos, más navegación de interfaces, más microdecisiones, menos elaboración profunda.
Coste, deuda y el momento en que el cerebro pasa factura
La pareja “coste cognitivo” y “deuda cognitiva” tiene algo de contabilidad doméstica: hoy se ahorra tiempo, mañana se paga con intereses. Fernández Slezak plantea que el coste cognitivo es inevitable si se quiere mantener habilidad. Delegar, en cambio, puede resultar eficiente a corto plazo… y empobrecedor si se convierte en norma. Es aquí donde la palabra “deuda” cobra sentido: no es un drama inmediato, es un acumulado. Una suma invisible de veces en las que no se entrenó algo. Y como ocurre con cualquier deuda, llega un día en que el margen se estrecha: cuesta más concentrarse, cuesta más recordar, cuesta más orientarse, cuesta más razonar con autonomía sin “consultar”.
Ezpeleta añade un ángulo especialmente delicado: la dependencia no solo afecta a habilidades sueltas, también toca la autoconfianza. Aprender algo —de verdad, con errores, con fricción— construye seguridad. Delegar lo aprendido antes de aprenderlo construye lo contrario: una sensación de que sin herramienta no hay suelo. En su planteamiento, confiar cada vez más en una guía externa termina por convertirse en una forma de delegar incluso decisiones que antes se tomaban con criterio propio. No se habla aquí de prohibiciones, ni de dramatismos, sino de un desplazamiento cotidiano: si todo pasa por el filtro de un asistente, el músculo de decidir se usa menos.
Y aparece otra preocupación que no es menor: la delegación del pensamiento crítico. La inteligencia artificial, por diseño, produce texto convincente. Suena bien. Ordena frases. Encadena causas y efectos con soltura. Y ese “sonar bien” puede convertirse en una trampa porque la verosimilitud no es verdad. Casto Rivadulla, profesor de Fisiología en la Universidade da Coruña e investigador en Neurociencia, lo expresa con una alerta sencilla: hay una tendencia humana a creer lo que está bien contado. Con IA, casi todo está bien contado. Incluso cuando es falso. Incluso cuando inventa citas o datos. El riesgo, en su enfoque, es que si se abandona el hábito de analizar, deducir, contrastar mentalmente, se pierde parte del núcleo del aprendizaje: esa curiosidad incómoda que empuja a preguntar “esto… ¿seguro?”.
Aquí el sedentarismo cognitivo se vuelve menos “cerebral” y más social: una población que delega el pensamiento crítico se vuelve más vulnerable a errores, manipulación, decisiones precipitadas. Y, en un plano individual, se instala una relación extraña con el conocimiento: se consume en forma de respuesta lista, sin el trayecto. Sin el trayecto, el conocimiento se pega menos. Y sin pegamento, se olvida.
El aviso del neurólogo: del efecto Flynn al “Flynn inverso”
Cuando Ezpeleta menciona un declive a nivel poblacional del cociente intelectual, entra en terreno sensible. No es una frase lanzada al aire para asustar. Remite a un debate conocido en psicometría: el efecto Flynn, ese aumento del rendimiento en pruebas de inteligencia observado en muchos países durante el siglo XX. Ezpeleta señala que en las últimas décadas se describe, en algunos contextos, un “efecto Flynn inverso”, es decir, una tendencia a la baja o al estancamiento en determinados resultados. La causa no es única ni simple: se mezclan cambios educativos, sociales, ambientales, culturales, tecnológicos. Pero el dato que importa en esta discusión es el marco: ya existe conversación científica sobre un frenazo o incluso un retroceso en ciertas métricas de capacidades cognitivas.
Eso no significa que “la gente sea más tonta” en una frase. Significa que el entorno cambia y con él cambian las habilidades que se entrenan. Un mundo lleno de ayudas puede generar perfiles distintos: personas muy hábiles en multitarea y gestión digital, menos entrenadas en memoria de trabajo, orientación o lectura profunda. La inteligencia humana no desaparece; se reorganiza. El riesgo, en la mirada de quienes alertan, es que esa reorganización deje agujeros justo en lo que sostiene una vida intelectual sólida: atención sostenida, razonamiento crítico, autonomía para aprender sin muletas.
Lo que se sabe y lo que aún está verde: la prudencia también es noticia
Rivadulla pone un freno sensato al relato más determinista: la tecnología basada en modelos de lenguaje es reciente. En términos de ciencia, falta tiempo. No hay décadas de datos poblacionales sobre el impacto de usar asistentes de IA para tareas diarias, porque la expansión masiva ha sido muy rápida. Y en salud, la velocidad no ayuda: se necesitan años para separar moda de efecto real, correlación de causalidad, impacto puntual de impacto acumulado. Su postura no niega el riesgo; lo sitúa donde debe estar: en la necesidad de observar con rigor.
Aun así, la falta de décadas no significa ausencia de señales. Ya existen estudios que, sin cerrar el caso, sugieren diferencias medibles en cómo funciona el cerebro cuando se delega escritura o elaboración intelectual en IA. Fernández Slezak menciona una investigación reciente del MIT que habría observado, mediante electroencefalograma, patrones distintos de interconexión neuronal en personas que usan intensivamente IA para redactar ensayos frente a quienes no la usan. La palabra clave aquí es “distintos”, no “peores” con sentencia definitiva, pero el detalle que inquieta es el tipo de diferencia descrita: un patrón “más desconectado” cuando la IA está en el centro de la tarea. Dicho en llano, sin literatura: no se activa igual el circuito mental cuando se escribe con esfuerzo propio que cuando se delega la estructura y el contenido en una herramienta que lo hace por uno.
Isabel Fraga Carou introduce otro foco clásico en educación y psicología: no se aprende igual con pantallas que escribiendo a mano. La frase también puede sonar a batalla generacional, pero su base es conocida: la escritura manual obliga a seleccionar, sintetizar, organizar, decidir qué se apunta y cómo. Ese proceso es cognición en marcha. El teclado, y más aún el “copiar y pegar” o el “que lo escriba el asistente”, reduce esa fricción. La fricción, aunque moleste, deja huella. Sin huella, el aprendizaje se vuelve más superficial.
Además, Fraga Carou recuerda una evidencia muy citada en desarrollo infantil y aprendizaje: la dimensión humana importa. Exponer a un niño a dibujos en otro idioma no produce el mismo aprendizaje que la interacción con un adulto que acompaña, corrige, responde, mira. La tecnología puede aportar estímulo, pero la relación humana organiza el estímulo, le da contexto, lo ancla. Trasladado al mundo adulto, el paralelismo es evidente: consumir información no es lo mismo que pensarla con alguien, discutirla, contrastarla, equivocarse y corregirse.
Eficiencia, velocidad y el error como combustible del aprendizaje
En esta discusión hay una palabra que parece positiva y, sin embargo, se convierte en un arma de doble filo: eficiencia. La inteligencia artificial se vende —y se usa— como acelerador. Se mide por tiempo. Cuánto tarda en escribir un texto, resolver un problema, preparar un esquema, encontrar una respuesta. Esa métrica es seductora. Pero Fernández Slezak introduce una idea incómoda: esa visión es cortoplacista. El trabajo intelectual sin IA, con esfuerzo y tiempo, construye una visión global del tema. Esa visión global no se consigue solo con una respuesta correcta; se consigue atravesando el campo, viendo sus bordes, cometiendo errores, corrigiendo. Es como conocer una ciudad: no basta con llegar una vez, hace falta caminarla para reconocerla.
Y ahí entra el error, que en la vida digital se intenta borrar como si fuera una mancha. Fraga Carou lo dice sin rodeos: los humanos cometemos muchísimos errores, y aun así los errores son base del aprendizaje. Se aprende mucho más de ellos que de los aciertos, porque obligan a revisar el modelo mental. La IA, cuando funciona como atajo perfecto, reduce el número de errores visibles… pero también reduce el entrenamiento que nace de tropezar, levantar la vista y reajustar.
Esto conecta con una de las sensaciones más extendidas en el trabajo contemporáneo: producir mucho y aprender poco. Entregar rápido, sí. Entender a medias. Y la media comprensión es traicionera: permite avanzar, pero no permite sostener. En un examen, en una decisión profesional, en un contrato, en una conversación exigente, esa falta de base se nota. Ezpeleta lo traduce en dependencia: si todo se consulta, nada se integra del todo.
Qué puede pasar a partir de aquí: más IA, más tentación de delegar
La noticia del sedentarismo cognitivo llega en un momento particular: la inteligencia artificial ya no es una herramienta “especial”, reservada a tareas técnicas. Se ha convertido en un botón de uso general. Redacta correos, prepara textos, resume documentos, propone ideas, responde con seguridad. Y, cuanto mejor imite funciones del cerebro —memoria, lenguaje, razonamiento aparente— más fácil será cederle territorio. Ese es el núcleo de la preocupación: no el uso puntual, sino el uso habitual, automático, sin consciencia de lo que se está cediendo.
Es previsible que la orientación siga siendo uno de los primeros ámbitos en deteriorarse, porque la ayuda es total y la necesidad de entrenar, mínima. También es plausible que la memoria “de trabajo” —esa capacidad de mantener información en mente mientras se opera con ella— se resienta si se vuelve costumbre no retener nada más allá de unos segundos, confiando en que todo está buscable. Y la atención, ya muy presionada por el ecosistema de notificaciones, puede debilitarse aún más si las tareas complejas se sustituyen por microtareas que la IA resuelve.
En el plano social, el gran riesgo es la normalización del texto convincente aunque sea falso. Rivadulla lo apunta con una frase que se entiende de inmediato: se tiende a creer lo que suena bien. Y en un mundo donde “suena bien” es baratísimo, el pensamiento crítico se convierte en un bien escaso. No porque falte inteligencia, sino porque falta entrenamiento. Si se deja de practicar análisis, deducción, verificación mental, se confunde facilidad con verdad. Y esa confusión puede multiplicarse cuando una herramienta responde con tono seguro incluso si se equivoca.
A la vez, el futuro no está escrito como una caída inevitable. Rivadulla insiste en la diferencia entre uso puntual y uso habitual. La misma tecnología que adormece puede, en ciertas condiciones, potenciar: puede ayudar a organizar ideas, a encontrar conexiones, a traducir, a facilitar acceso. El punto de inflexión está en quién hace el trabajo duro. Si lo hace siempre la máquina, el sedentarismo cognitivo crece. Si la máquina apoya y el trabajo duro lo hace la mente, la relación cambia.
En los próximos años, lo más probable es que la conversación deje de ser abstracta y empiece a aterrizar en síntomas cotidianos con nombre y apellidos: gente que pierde capacidad de concentración sostenida en el trabajo, estudiantes que producen textos “perfectos” pero no pueden explicar su contenido sin apoyo, profesionales que consultan al asistente para decisiones que antes resolvían con criterio propio, una sensación general de dependencia suave. No será un apagón. Será un goteo.
Cuando el cerebro vuelve a pedir su sitio
El sedentarismo cognitivo no es una condena, pero sí una señal de época. En la misma semana en la que una inteligencia artificial puede escribir un ensayo en segundos, sigue siendo verdad algo casi antiguo: para mantener un órgano, hay que usarlo. Ezpeleta lo formula de manera literal: para mantener el cerebro, lo bueno es utilizarlo, y la IA puede llevar a un uso menos intensivo de capacidades propias. Rivadulla añade el matiz imprescindible: hace falta tiempo para medir el impacto total, porque la tecnología lleva poco entre manos, pero la preocupación no es caprichosa. Fernández Slezak lo vuelve a bajar a tierra con su contabilidad mental: cada vez que se delega el coste cognitivo de algo importante, se acumula deuda; y la deuda, tarde o temprano, se nota.
En la práctica, lo que está sobre la mesa es una pregunta de fondo —sin necesidad de convertirla en eslogan—: qué funciones se quieren conservar fuertes, cuáles se está dispuesto a externalizar y cuáles se están externalizando sin darse cuenta. Orientarse, recordar, escribir, pensar críticamente, aprender con error. Son verbos sencillos. Y quizá por eso inquietan tanto: porque son los que construyen el día a día.
La noticia no va de nostalgia ni de prohibiciones. Va de un cambio real, medible en hábitos y en capacidades, empujado por una tecnología que se ha metido en la vida a una velocidad inédita. Y va de algo aún más concreto: cuando todo se vuelve fácil, el cerebro puede volverse flojo. No por falta de talento, sino por falta de entrenamiento. En esa frase está el corazón del sedentarismo cognitivo, con su tono incómodo, casi doméstico. Y con su aviso: lo que se deja de usar, se pierde.
🔎 Contenido Verificado ✔️
Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: RTVE, Infosalus, Real Academia Nacional de Medicina de España, UBA Ciencia.












