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¿Por qué se desploma la confianza en los medios en España?

La confianza en la información periodística vuelve a dar un paso atrás en España. La nota media se sitúa en 5,4 sobre 10, el registro más bajo desde 2022, según el último Informe Anual de la Profesión Periodística de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), publicado en diciembre de 2025.

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La confianza en los medios cae al nivel más bajo desde 2022: claves, causas y pistas para reconstruir la credibilidad periodística en España.

La confianza en la información periodística vuelve a dar un paso atrás en España. La nota media se sitúa en 5,4 sobre 10, el registro más bajo desde 2022, según el último Informe Anual de la Profesión Periodística de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), publicado en diciembre de 2025. El retroceso no es anecdótico: se encadena con una década de altibajos y consolida la percepción de que el sistema informativo funciona, pero no termina de convencer a una parte relevante de la ciudadanía. Se trata de un deterioro medido, persistente, que ya condiciona agenda, negocio y reputación de las cabeceras.

El panorama internacional ayuda a encuadrar el dato. España llega a 2025 con un 31% de población que dice confiar en “la mayor parte de las noticias, la mayor parte del tiempo”, de acuerdo con el Digital News Report 2025 del Reuters Institute for the Study of Journalism, cuyo socio académico en nuestro país es la Universidad de Navarra. No es una caída en picado, pero sí un nivel bajo en la comparación europea. El diagnóstico se repite en los grupos focales y en los sondeos específicos: polarización, desinformación, sensación de sesgo editorial y, en segundo plano, precariedad en las redacciones. La suma empuja a una parte de la audiencia a desconectarse, a alternar marcas sin lealtad o a informarse a golpe de notificación.

El dato clave de 2025 y su contexto

El 5,4 fija un punto de partida incómodo para cualquier medio que quiera crecer en suscripciones o influencia. No invalida el trabajo cotidiano de redacciones que investigan, contextualizan y aciertan; sí advierte de un suelo movedizo. El informe de la APM, que desde hace años radiografía tanto la profesión como la percepción social de la prensa, recoge con detalle las razones más citadas para desconfiar: pérdida de rigor, identificación ideológica de medios y periodistas, exceso de opinión frente a información, errores que se corrigen tarde o con poca visibilidad y sensación de amarillismo en la pelea por el titular. El resultado es conocido, pero no por eso menos relevante: parte de la ciudadanía interpreta que una porción de la cobertura se hace desde la trinchera, y responde con escepticismo.

La otra referencia, el Digital News Report, aporta una fotografía complementaria del consumo. En 2025, España repite patrón de años anteriores: más noticias leídas en el móvil, más consumo de vídeo corto y de formatos rápidos, y un aumento de la evasión informativa entre quienes perciben que el flujo de titulares les resulta deprimente o poco útil. A la vez, el estudio registra un reconocimiento mayoritario del valor democrático del periodismo. Esa coexistencia —utilidad reconocida y confianza débil— explica por qué la discusión sobre credibilidad ha pasado de debate gremial a asunto público.

Las causas principales del descenso

La desconfianza no nace de un único factor. Se alimenta de un conjunto de dinámicas que, sumadas, erosionan la credibilidad si no se corrigen. Hay dos vectores que el público apunta con claridad y que los datos de 2025 refuerzan.

Polarización y alineamiento partidista

La polarización política convierte a una parte de la prensa —o, al menos, de su conversación pública— en una extensión del enfrentamiento cotidiano. Programas de tertulia donde la discrepancia se convierte en identidades enfrentadas; editoriales que empujan al lector a elegir bando antes que hechos; franjas informativas que priorizan el frame ideológico sobre la comprobación. Todo eso pesa. Cuando un lector reconoce en pocos minutos la línea de un medio porque cada asunto se traduce en una pulsión de bloque, difícilmente concede el beneficio de la duda a la pieza siguiente, incluso si está bien trabajada. El círculo es vicioso: a más sensación de alineamiento, más selección de medios por afinidad emocional, y a más burbuja, menos credibilidad cruzada.

El fenómeno tiene manifestaciones distintas según soporte. En radio y televisión, donde el directo para y arranca con la actualidad, la tentación del choque es alta. En digital, el titular se convierte en campo de batalla y el clic presiona el tempo de la edición. En papel, los editoriales siguen marcando posición y, a veces, tiñen la lectura del conjunto. No es un problema exclusivamente español, pero aquí se siente con intensidad cuando la actualidad parlamentaria se calienta. En esos picos, los indicadores de confianza bajan medio punto y tardan semanas en recuperar ritmo. No hace falta nombrar casos concretos: cualquier crisis política reciente deja la huella.

Desinformación y ruido algorítmico

El ecosistema de plataformas opera a una velocidad que el periodismo profesional rara vez puede igualar sin perder estándares. En ese terreno, bulos y medias verdades encuentran autopistas para multiplicarse. Vídeos editados, titulares descontextualizados, fragmentos virales fuera de su marco original. El público —y en especial los menores de 35 años— consume parte de la actualidad en TikTok, Instagram y X, donde la línea entre contenido periodístico, opinión y entretenimiento es borrosa. Si una noticia verificada tarda en llegar al mismo feed que el rumor, la percepción de incertidumbre se impone. Y cuando la duda se convierte en hábito, la credibilidad se resiente.

España cuenta, eso sí, con tres estructuras de verificación de referencia —Maldita.es, Newtral y EFE Verifica— que han profesionalizado el desmentido y lo han integrado en redacciones y plataformas. El problema no es su calidad, sino la asimetría en la circulación: la rectificación no viaja tan lejos ni tan rápido como el bulo original. En 2025, los departamentos de verificación de muchas cabeceras ya trabajan pegados a redes sociales y a herramientas de monitorización; el desafío, reconocen editores y audiencias, es que el desmentido llegue con formato y a tiempo al mismo usuario que recibió la falsedad.

Bajo estos dos vectores conviven otros elementos que cuentan: precariedad laboral en las redacciones, jornadas ajustadas a un circuito de publicación continua, presión por el posicionamiento SEO y, desde el último año, el aterrizaje visible de la inteligencia artificial como asistencia a tareas de transcripción, documentación y propuesta de titulares. La IA no es, por sí misma, un factor de desconfianza, pero cuando el público sospecha que se usa sin control o sin explicarlo, se vuelve un motivo más para dudar. La solución es transparente: etiquetar los usos, guardar trazabilidad de cambios y mantener el criterio humano en los puntos que definen calidad y responsabilidad.

Dónde aguanta la credibilidad

La confianza no se ha evaporado por completo. Se concentra en espacios y prácticas concretas. En 2025, los medios locales y regionales siguen cosechando un plus de credibilidad respecto a la media. Hay lógica: el ciudadano comprueba en su calle, con su ayuntamiento, si lo publicado se sostiene. Se valora el periodismo de servicio —por qué cortan una vía, cómo tramitar una ayuda, qué implica una ordenanza—, se reconoce a reporteros y se identifica a fuentes con nombres y apellidos. Ese terreno, que va de los diarios provinciales a las emisoras comarcales, exige músculo —corresponsales, delegaciones, edición de proximidad— y a menudo sufre recortes cuando la publicidad flaquea. Pese a ello, resiste mejor que el gran debate nacional.

La radio generalista mantiene una relación de confianza singular con su audiencia. El oyente reconoce voces, sigue a presentadores que aportan contexto y verifica con su propia experiencia la utilidad de un boletín o una entrevista. En televisión, los grandes informativos en abierto conservan su posición como referencia de actualidad. Pierden cuota en jóvenes, pero se sostienen en franjas donde el hábito es fuerte. En prensa digital, las marcas que han consolidado modelos de suscripción —con reportajes de investigación, explicadores claros y coberturas en directo— suman puntos de credibilidad en sus comunidades de pago. No es solo una cuestión de ingresos: el vínculo más estrecho con el lector permite explicar mejor decisiones editoriales y mantener estándares sin ceder al fogonazo del clic.

Hay otra isla: los proyectos que abren su método de trabajo. Piezas con anexos de documentación, notas sobre cómo se ha verificado un dato, políticas claras sobre uso de fuentes anónimas y conflictos de interés, rótulos que distinguen información de opinión y de publicidad. Son gestos concretos que, repetidos, levantan confianza. En 2025, varias cabeceras nacionales y regionales han incorporado páginas de “Normas de la casa” con compromisos verificables y vías de contacto para solicitar correcciones. Cuando el lector encuentra esas puertas, la percepción de transparencia cambia.

La brecha generacional y los nuevos hábitos

El declive de confianza tiene tonos distintos por edades. Entre jóvenes de 18 a 24 años, los estudios recogen una mayor predisposición a confiar en creadores de contenido o testimonios directos en redes sociales para asuntos cotidianos. No significa que “no crean” a los medios, sino que no interrumpen su rutina para buscarlos: esperan que las marcas periodísticas les encuentren con formatos adaptados a su consumo. Cuando llegan, se quedan si perciben utilidad inmediata, claridad y estilo directo. La pieza de 2.000 palabras convive —o debería convivir— con el explicador en 90 segundos, el gráfico que ordena datos y el boletín que aterriza en WhatsApp o Telegram con enlaces seleccionados.

La evasión informativa cruza edades, pero es más visible en menores de 35 años: no evitan la realidad, evitan el ruido. Si un tema se percibe como insoluble o se cuenta con un dramatismo constante, desconectan. Los medios que encuadran desde el servicio —qué cambia en tu hipoteca con una decisión del BCE, cómo reclamar una indemnización, a quién acudir si un alquiler vulnera la ley— recuperan a parte de ese público. También funcionan los formatos explicativos que separan hechos de opinión y que, sin paternalismo, ponen límites claros a lo que se sabe y a lo que aún no.

Otro punto sensible es la confianza en la autoría. El uso de IA en tareas de apoyo y la multiplicación de contenidos automáticos han activado alarmas. En los grupos más jóvenes, la desconfianza no surge por la herramienta, sino por la opacidad. Cuando un medio etiqueta y documenta cómo ha usado sistemas automáticos (por ejemplo, para transcribir o para ordenar un expediente), la reacción es de aceptación razonable. Cuando no lo hace, se lee como trampa. En 2025, la línea entre ganar tiempo y perder reputación es finísima.

Efectos en el negocio y en el papel cívico

La desconfianza tiene consecuencias medibles. La primera, en el negocio publicitario: si una parte de la audiencia valora menos la marca, su capacidad para sostener precios o para atraer anunciantes exigentes se resiente. La segunda, en las suscripciones: los modelos de pago florecen donde el lector detecta valor diferencial y estándares; si el clima es de ruido y sospecha, cuesta más convertir y retener. La tercera, en el talento: periodistas experimentados se mueven hacia proyectos donde reconocen independencia y tiempo para hacer periodismo; las redacciones que no corrigen dinámicas de precariedad pierden oficio y memoria.

La calidad democrática también entra en la ecuación. En 2025, España afronta decisiones complejas —fiscales, energéticas, territoriales— que requieren información verificable y contexto. Cuando la conversación pública es percibida como bronca constante, la ciudadanía se informa peor y el debate se empobrece. Los datos de la APM y del Reuters Institute señalan, sin ambages, que el periodismo de investigación y los contenidos de servicio son los que más empujan al alza la confianza cuando se sostienen en el tiempo. Hay correlación entre rendir cuentas (correcciones visibles, auditorías de calidad, defensor del lector) y credibilidad. No se trata de eslóganes: es mecánica institucional.

En paralelo, 2025 ha consolidado la idea de que no todas las métricas valen lo mismo. La obsesión por el volumen crudo —páginas vistas, minutos de vídeo— se ha ido modulando hacia indicadores de lealtad, lectura profunda y satisfacción. En las redacciones que han dado ese giro, el tono baja un medio punto y el error se reduce. No porque las audiencias sean condescendientes, sino porque el producto deja menos huecos para la sospecha.

Lo que marcará el próximo año

El mapa no está cerrado. Hay señales de resiliencia y de reconstrucción en varios frentes. Las radios generalistas han reforzado sus mañanas informativas y sus tramos de análisis con voces reconocibles capaces de aportar contexto sin estridencias. En prensa digital, varias marcas han estabilizado su base de suscriptores apoyándose en series de investigación y en explicadores que aterrizan la economía doméstica, la política energética o la transformación del mercado laboral. En televisión, los informativos con edición sobria —datos a la vista, rótulos claros, orden— han recuperado décimas de cuota en franjas clave. Y en el ámbito local, redacciones que apostaron por recuperar delegaciones y reforzar la cobertura municipal han logrado crecer en tráfico directo y en reputación.

¿Puede revertirse la tendencia? Hay terreno. Tres movimientos —concretos, medibles— apuntan a resultados:

Primero, transparencia operativa. Publicar libros de estilo vivos y políticas de corrección que se cumplan, distinguir en la maquetación lo que es información, opinión y publicidad, y documentar los conflictos de interés cuando existan. Es una gimnasia que reduce la incertidumbre y que, al repetirse, educa. Varios medios nacionales —grandes y medianos— han dado ese paso durante 2025 con secciones específicas de “Correcciones y aclaraciones” y con piezas que explican el “cómo se hizo” de investigaciones complejas.

Segundo, periodismo de proximidad y de servicio. En un año con la vivienda y la inflación como asuntos de fondo, funcionan mejor los contenidos que ayudan a tomar decisiones que la espuma de la bronca. Las cabeceras que han construido guías prácticas (alquiler, hipotecas, becas, salud, transporte) con datos locales, teléfonos útiles y formularios oficiales han visto cómo su tráfico directo y su lealtad aumentan. Ese periodismo no renuncia a la investigación; la complementa.

Tercero, cuidado del oficio. La precariedad no es solo un problema ético: es un problema de producto. Plantillas justas, editores fuertes, tiempo para verificar, turnos sostenibles y formación en herramientas (datos, OSINT, verificación audiovisual) reducen el error y elevan el estándar. Cuando una redacción promete menos y cumple más, el lector lo nota. Y paga por ello.

El punto de partida para 2026 es claro: la nota 5,4 obliga a mover piezas y el 31% de confianza general no invita a complacencias. La buena noticia es que lo que deteriora la credibilidad es conocido y, en buena medida, gestionable. Blindar la independencia frente a partidos y grandes anunciantes; diversificar ingresos para no bailar al ritmo del mercado publicitario; explicar qué se sabe, qué no y por qué; evitar el titular tramposo incluso cuando rinde a corto; invertir en local y en especialización. No hace falta reinventar el oficio, sino volver a hacerlo en voz alta y con todos los controles a la vista.

La confianza no volverá por decreto ni por una campaña. Volverá —ya lo está haciendo en algunos nichos— pieza a pieza, con rutinas que premian el dato y no el ruido, con redacciones que corrigen a plena luz y con audiencias que distinguen y recompensan esa diferencia. Ese es el mensaje de 2025 detrás del titular: el deterioro existe, sí, pero también existe una hoja de ruta concreta para darle la vuelta. Y es más corta de lo que parece cuando se ordena el trabajo y se baja el volumen del griterío.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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