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Rick Harrison de ‘La casa de empeños’ se casa por quinta vez
Rick Harrison, empresario, rostro televisivo y dueño del célebre Gold & Silver Pawn Shop de Las Vegas, ha vuelto a casarse.

Foto: Wiki
Rick Harrison vuelve a casarse en Las Vegas, tras años marcados por pérdidas familiares, duelo y una vida pública siempre expuesta
Rick Harrison, empresario, rostro televisivo y dueño del célebre Gold & Silver Pawn Shop de Las Vegas, ha vuelto a casarse. La ceremonia fue el sábado 3 de enero de 2026, de noche, en la histórica Little White Wedding Chapel, a apenas un paseo corto —media milla, dicen allí— del entorno donde el programa convirtió una tienda de empeños en un icono pop. La novia: Agripina “Angie” Polushkin, enfermera, 42 años, discreta en los focos y, al mismo tiempo, ya inevitablemente atrapada por ellos.
La escena, muy Vegas y muy Harrison: boda íntima, oficiante caracterizado como Elvis, fotos con un Cadillac rosa descapotable en la puerta de la capilla y celebración posterior en un lugar que le pertenece al propio Rick, su restaurante Rick’s Rollin’ Smoke BBQ & Tavern, en Pawn Plaza, pegado a la tienda. Y debajo de esa postal luminosa, lo que no se quita con purpurina: un inicio de 2026 que para él llega después de un 2024 marcado por la muerte de su hijo Adam (39 años) y un 2025 rematado con la pérdida de su madre, Joanne, a los 85.
Una boda pequeña, con Elvis y el neón haciendo de coro
Las Vegas tiene esa habilidad: convierte lo íntimo en espectáculo sin pedir permiso. La Little White Wedding Chapel funciona así desde hace décadas, con un catálogo de ceremonias que mezcla tradición y kitsch con una naturalidad casi ofensiva. Allí, Harrison y Polushkin se casaron con un Elvis tribute artist como oficiante, Jeff Stanulis, un clásico local que lleva años viviendo de ese “gracias, muchas gracias” eterno. La boda, según lo que se ha contado en medios estadounidenses, buscó precisamente eso: algo sencillo, a la medida, sin una producción descomunal.
Después, el paso lógico fue la fiesta: de la capilla a Pawn Plaza, donde la marca Harrison no es solo televisión, también es ladrillo, parrilla y humo. Su restaurante, Rick’s Rollin’ Smoke, sirvió como punto de encuentro para el grupo más cercano: familia, amigos, gente de confianza. Curiosamente, no estuvieron en la foto dos nombres que suelen ir pegados a Rick como una sombra en las temporadas del programa: Corey Harrison, su hijo más mediático, y Austin “Chumlee” Russell, coprotagonista histórico del formato. En Las Vegas esas ausencias no siempre son drama; a veces son agenda, a veces son elecciones personales, a veces son simplemente “no me apetecía”.
El detalle del Cadillac rosa no es menor: en esa capilla forma parte del decorado emocional de la ciudad. Es un objeto que parece diseñado para Instagram, sí, pero también para esa vieja idea de Vegas: aquí el amor se firma con tinta y con flash.
Un segundo “sí” en el Caribe, a modo de ceremonia grande
La boda del 3 de enero fue la primera foto del álbum. La segunda, si todo sigue el plan anunciado, llega el 26 de enero de 2026 en Cancún, con un evento más amplio, más de celebración “de las de verdad” para amigos y familia extendida. No es raro: pareja que se casa en Vegas y luego hace el festejo grande en otro sitio. Una cosa es el acto legal y la intimidad; otra, el ritual social, la fiesta larga, los abrazos que no caben en una capilla.
Ese plan también encaja con la propia biografía pública de Harrison: a lo largo de los años, su vida privada ha tenido capítulos que se abren, se cierran y se vuelven a abrir con una mezcla de pragmatismo y romanticismo tardío. Primero lo resuelve, luego lo celebra. O al revés. En su caso, nunca ha sido lineal.
Angie Polushkin: la enfermera que entró en una vida con cámaras
De Angie Polushkin se ha subrayado un dato que, en Estados Unidos, suena a contraste perfecto con el mundo reality: es enfermera. Un trabajo de guardias, protocolos, calma y sangre fría. Un empleo donde la fama no paga turnos, y donde el día malo no tiene nada de glamuroso. Ese perfil explica parte de la narrativa que se ha construido alrededor de la pareja: Harrison, el tipo de los objetos raros y las negociaciones; Polushkin, la persona que viene de un oficio pegado a la realidad, a lo concreto.
También se sabe que Angie tiene hijas —a las que Rick ha mencionado en alguna ocasión al explicar cómo fue el compromiso— y que ese entorno familiar tuvo peso en la forma de hacer las cosas. En una historia que, si se contara mal, podría parecer puro titular de color, ese detalle introduce una capa más doméstica: no solo se casan dos adultos, se mezcla también un sistema familiar.
La relación se ha descrito como de alrededor de dos años, con un arranque situado en 2024. No es un romance de una semana, ni una historia nacida de una alfombra roja. Aparece, más bien, como algo que fue creciendo en el margen de una vida ya complicada, con pérdidas y con ruido mediático.
Un anillo con historia: 6,5 quilates desde la tienda
Hay un elemento que en esta pareja parece inevitable: el simbolismo del anillo. Rick no es un prometido cualquiera; su negocio consiste en valorar, comprar, vender y contar historias alrededor de objetos. Según lo que se ha publicado, la pieza que entregó a Angie fue un diamante de 6,5 quilates, talla pera. Grande, muy grande. De esos que no piden permiso: entran en una habitación antes que la mano.
Y además, con un gesto que encaja con el personaje, el anillo no es “de joyería anónima”: sale del universo Gold & Silver, del imaginario de “esto lo he visto yo pasar por el mostrador”. El compromiso, así contado, convierte una joya en capítulo televisivo incluso sin cámaras delante.
La doble pedida y el viñedo de Chile: cuando el romanticismo se reescribe
En esta historia hay un giro que la hace más humana, menos postal: Rick Harrison pidió matrimonio dos veces. Primero, en casa, en el salón, sin un gran escenario. Ese primer intento no convenció a todo el mundo; según se ha contado, a las hijas de Angie les pareció poco romántico. Y ahí aparece una de esas escenas que parecen guionadas pero suelen ser reales precisamente por lo imperfectas: el hombre que entiende que, si vas a unir una familia, también negocias con sus códigos.
Meses después, Rick lo repitió con un escenario distinto: un viñedo en Casablanca, Chile, en marzo de 2025. Viñedo, paisaje abierto, fotos bonitas, esa sensación de “ahora sí”. No es solo un cambio de decorado; es un mensaje: me importa hacerlo bien, me importa que sea memorable para ella, para su entorno, para esa memoria que se queda.
En el fondo, esa doble pedida retrata a Harrison mejor que muchos episodios del programa. Es un tipo acostumbrado a escuchar un “no”, ajustar la oferta, volver con una propuesta que encaje y cerrar trato. En su vida privada, la mecánica se parece, aunque el objeto sea otro.
De París y Londres a Las Vegas: la pareja también viaja
La relación se ha mostrado como una historia con viajes, con escapadas por Europa —se han mencionado París y Londres—, y con ese tipo de tiempo compartido que hace que un romance no sea solo “salimos y nos vemos”. Viajar, en parejas con vidas intensas, es una prueba: horas juntos, logística, cansancio, carácter. Si aguanta, suele ser buena señal; si explota, también es señal, pero de lo contrario.
En cualquier caso, el mapa de esta pareja tiene algo de película: viñedo chileno, capilla de Las Vegas, ceremonia caribeña a final de mes. Todo en menos de un año. Y sin perder de vista que, por detrás, hay duelo.
El peso de 2024 y 2025: Adam, Joanne y el duelo en primer plano
La boda llega en un momento delicado por el contexto familiar. En enero de 2024, Rick Harrison perdió a su hijo Adam Harrison, que murió a los 39 años por una sobredosis. Adam fue menos conocido que Corey dentro del universo Pawn Stars; no era el rostro habitual del programa, pero formaba parte del relato familiar. En este tipo de historias públicas, la muerte de un hijo deja una marca que no se borra ni con tiempo ni con titulares.
A eso se sumó, en noviembre de 2025, la muerte de su madre, Joanne Harrison, a los 85. Joanne era un nombre recurrente en las piezas humanas sobre el clan Harrison, la matriarca alrededor de la cual se explica el origen de una saga de empeños y televisión. Dos pérdidas tan seguidas no se “superan”; se aprenden a llevar. Y, aun así, la vida continúa, a veces incluso con un “sí quiero” en una capilla.
Esa tensión —dolor y alegría coexistiendo— es probablemente lo más real de todo esto. La boda no borra a Adam ni a Joanne. No tapa el duelo. Pero sí marca una decisión: seguir adelante, con alguien al lado.
Un personaje público con una vida privada a trompicones
Harrison no es nuevo en esto de reconstruirse. Su biografía sentimental está hecha de etapas: matrimonios, divorcios, nuevos comienzos. De manera ampliamente recogida, estuvo casado con Kim Harrison (años ochenta), con Tracy Harrison (durante décadas, hasta 2011) y con DeAnna Burditt (2013–2020). En algunos recuentos aparece un matrimonio breve posterior, lo que haría que esta boda con Angie se leyera como la quinta; en otros, se considera la cuarta. En cualquier caso, lo relevante no es el ordinal exacto, sino el patrón: su vida afectiva ha sido una sucesión de intentos serios, no una comedia de enredos.
De esos matrimonios y relaciones salió lo esencial: su familia. Rick es padre de Corey, Adam y Jake, y además tiene hijastras por uno de sus matrimonios anteriores. Ese árbol familiar explica por qué una boda “pequeña” puede ser, en realidad, una operación emocional compleja: no se trata solo de dos personas, también de cómo encaja el resto.
Por qué esta boda interesa más allá del titular: la marca “Pawn Stars” y Las Vegas como escenario
Hay bodas de famosos que pasan como humo. Esta, sin embargo, tiene ingredientes que funcionan bien en la cultura popular: Las Vegas, Elvis, una capilla mítica, un protagonista de un programa que lleva años en el imaginario televisivo. Pawn Stars —emitido desde 2009— no solo fue un éxito de audiencia; creó un estilo: el objeto extraño, el experto que entra, la negociación, el “déjame llamar a un amigo”. Rick se convirtió en un personaje reconocible incluso para quienes no han visto temporadas completas.
Y Las Vegas, por su parte, es una máquina de relatos. La Little White Wedding Chapel, fundada en 1959, es casi un personaje: por allí pasaron bodas relámpago, bodas eternas, renovaciones de votos, grandes estrellas y gente anónima. La idea de casarse allí no se elige solo por comodidad; se elige por lo que simboliza: romper la solemnidad, abrazar el mito, aceptar que el amor también puede tener humor.
Una celebración al lado del negocio: cuando la vida y el trabajo se mezclan
La recepción posterior en Rick’s Rollin’ Smoke tiene también un punto de narrativa perfecta: el hombre que celebra su boda al lado de su propio emporio, en la misma parcela emocional donde se rodó buena parte de su éxito. No es raro en empresarios de Las Vegas: la ciudad invita a mezclar negocio y vida privada sin complejos. Pero en Harrison, además, tiene lógica de guion: “me caso aquí, brindo aquí, vuelvo a mi tienda… y la ciudad sigue”.
Ese detalle, en términos prácticos, también significa control. Quien celebra en su propio local decide el ambiente, el ritmo, el acceso, la privacidad. Y en una boda con un protagonista tan conocido, la privacidad no es una palabra bonita: es una necesidad.
El programa, el podcast y la continuidad del personaje
En paralelo a la boda, el universo Pawn Stars no desaparece. Rick sigue asociado al formato —y al negocio— y mantiene su presencia pública con proyectos como podcasts vinculados a la marca. También se ha hablado de calendarios de rodaje y de regresos televisivos a medio plazo. La boda, así, no es “final de temporada”, sino un capítulo más: vida personal y vida pública corriendo en paralelo, sin separación limpia.
Lo que se sabe de Rick Harrison cuando se apagan las cámaras
Rick Harrison es famoso por negociar con sangre fría, pero en entrevistas y declaraciones puntuales ha mostrado un perfil menos de personaje y más de hombre: duelo, culpa, cansancio, y también esa necesidad de agarrarse a algo nuevo cuando el suelo tiembla. En la historia reciente, la muerte de Adam fue un golpe que lo obligó a hablar de adicciones y de pérdidas familiares de una manera que el programa nunca podría dramatizar sin parecer oportunista.
En ese contexto, la relación con Angie se presenta como un refugio, sí, pero también como una apuesta: construir algo con alguien que viene de otro mundo, con otra profesión, y que no necesita una casa de empeños para tener identidad propia. No es poco.
Harrison, además, no ha dejado de ser Harrison: el tipo que entiende el valor de una historia. Su boda tiene elementos casi diseñados para contarse… y aun así, lo que queda detrás es bastante simple: dos personas, un compromiso, un deseo de empezar otra vez.
Enero en Las Vegas: un “sí” con resaca de duelo
Casarse el 3 de enero tiene algo simbólico, aunque nadie lo venda como símbolo. Es el inicio del año, la ciudad todavía huele a fiestas recientes, a confeti pegado en alguna esquina, a hoteles que siguen funcionando como si el tiempo fuese una ruleta. En ese ambiente, Rick Harrison y Angie Polushkin se dieron el “sí” con un Elvis al lado, como si Las Vegas fuera incapaz de hacerlo de otra manera.
Y quizá ahí está el punto: Las Vegas no promete pureza, promete escenario. Harrison no ha elegido un lugar que disimule su personaje, ha elegido un lugar que lo abraza. Capilla famosa, Cadillac rosa, barbacoa propia, y un segundo festejo en Cancún. Un relato claro, con nombres y fechas.
Pero el dato más contundente no está en el neón. Está en el contraste: después de perder a un hijo y a una madre en dos años, Rick Harrison decide casarse. No como una huida del dolor, sino como una forma de no quedarse atrapado en él. En su mundo, donde todo se compra y se vende, hay cosas que no tienen precio: una familia que se recompone, una casa que vuelve a llenarse, una vida que insiste.

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