Ciencia
¿Qué relación hay entre los terremotos de Perú, Colombia y Venezuela?
Perú, Colombia y Venezuela sufren fuertes terremotos en pocas semanas: qué relación real hay entre ellos y qué revela la tectónica regional.

Los grandes terremotos que han golpeado Venezuela, Colombia y Perú en menos de dos meses tienen una relación geológica de fondo: todos ocurren en una de las regiones tectónicamente más activas del planeta, donde varias placas se empujan, se hunden y se deslizan unas respecto de otras. Pero la ciencia, con los datos disponibles, no permite afirmar que formen una cadena de terremotos en la que uno haya provocado al siguiente. La proximidad en el calendario impresiona; geológicamente, cuenta bastante menos.
Hay, eso sí, un parentesco más estrecho entre los terremotos de Colombia y Perú. En ambos territorios interviene la placa de Nazca, que se introduce bajo la placa Sudamericana. Venezuela pertenece a un rompecabezas diferente: allí domina la interacción entre las placas del Caribe y Sudamericana, acompañada por grandes sistemas de fallas. Son mecanismos conectados dentro de la enorme maquinaria tectónica de Sudamérica, pero no una hilera de fichas de dominó cayendo de norte a sur.
La secuencia llama la atención por las cifras. Venezuela sufrió el 24 de junio de 2026 dos terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5. Colombia registró el 10 de agosto un terremoto de magnitud 7,4. Y el 20 de agosto, Perú volvió a sacudir el mapa con un movimiento que el Instituto Geofísico del Perú calculó inicialmente en magnitud 7,2. Tres países, tres episodios muy potentes, apenas unas semanas. Es lógico buscar un hilo. Lo importante es colocar ese hilo donde realmente está.
Tres terremotos parecidos en magnitud, muy distintos bajo tierra
El caso peruano es el más reciente. El terremoto se produjo el jueves 20 de agosto a las 13:00:16, hora local, con referencia a 35 kilómetros al norte de Coracora, en la provincia de Parinacochas, Ayacucho. El Instituto Geofísico del Perú calculó una magnitud de 7,2 y una profundidad de 108 kilómetros, mientras que el Servicio Geológico de Estados Unidos estimó una magnitud menor, 6,7. Estas diferencias entre agencias no son excepcionales: las redes utilizan estaciones, modelos de velocidad, métodos y conjuntos de datos diferentes, y los parámetros pueden revisarse durante las horas posteriores.
El primer balance dejó al menos dos personas heridas durante evacuaciones y daños en viviendas e infraestructuras de varias localidades de Ayacucho. Se registraron desprendimientos de rocas y afectaciones en 22 viviendas, seis centros sanitarios y un colegio durante las primeras evaluaciones. La Marina peruana descartó una amenaza de tsunami, algo coherente con un terremoto cuyo foco estuvo tierra adentro y a considerable profundidad.
Diez días antes, el terremoto colombiano había alcanzado magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó. El Servicio Geológico Colombiano situó su foco a unos 103 kilómetros de profundidad. Fue sentido en buena parte del país y también hubo avisos de percepción en Panamá y Venezuela. Las estaciones más próximas registraron entre aproximadamente 90 segundos y dos minutos de movimiento. El organismo colombiano lo calificó como el terremoto de mayor magnitud registrado en Colombia en el siglo XXI y uno de los más fuertes de su historia instrumental.
Venezuela presenta otra fotografía. El 24 de junio se produjeron dos enormes movimientos prácticamente consecutivos: Mw 7,2 y Mw 7,5. El primero tuvo una profundidad calculada de 21,9 kilómetros y el segundo, de unos 10 kilómetros. Eran, por tanto, terremotos mucho más superficiales que los posteriores de Colombia y Perú, una diferencia fundamental para entender sus consecuencias.
No basta con mirar el número grande de la magnitud. Un 7,4 a más de 100 kilómetros de profundidad y un 7,5 a unos 10 kilómetros pueden parecer casi gemelos escritos en una pantalla; en el terreno son animales distintos.
Perú y Colombia comparten el gran motor de la placa de Nazca
Aquí aparece la conexión más clara. Frente a la costa occidental sudamericana, la placa oceánica de Nazca avanza hacia el este y se introduce por debajo de la placa Sudamericana. Ese proceso, llamado subducción, recorre miles de kilómetros desde Chile hasta el entorno de Colombia y Panamá. Es uno de los grandes responsables de la formación de los Andes y de la intensa actividad sísmica y volcánica del continente.
El movimiento no es precisamente testimonial. Nazca converge respecto a Sudamérica aproximadamente entre 65 y 80 milímetros al año, dependiendo del tramo considerado. Parece poco al contemplarlo durante una tarde; acumulado durante décadas y siglos sobre superficies gigantescas, permite almacenar cantidades colosales de energía elástica. La roca aguanta, se deforma… hasta que deja de aguantar.
En Colombia, el terremoto de San José del Palmar está relacionado con el proceso de subducción de Nazca bajo Sudamérica. En esa región pueden producirse tanto terremotos vinculados a la placa que desciende como movimientos superficiales relacionados con sistemas de fallas corticales, entre ellos el complejo de Romeral. No era, por tanto, un lugar sísmicamente desconocido antes del 10 de agosto. La zona cuenta con antecedentes históricos de terremotos importantes.
Algo semejante ocurre en Ayacucho. El terremoto peruano se produjo lejos de la fosa oceánica y a gran profundidad, pero eso no lo separa de Nazca: la placa continúa avanzando por debajo del continente después de haberse hundido bajo los Andes.
Hay un antecedente especialmente revelador. El 24 de agosto de 2014 se produjo prácticamente en la misma región de Coracora otro terremoto, calculado en magnitud 6,8 y alrededor de 101 kilómetros de profundidad. Los estudios posteriores situaron aquel evento aproximadamente a 108 kilómetros y concluyeron que se había originado por deformación interna de la placa de Nazca bajo la cordillera. Es decir, Ayacucho ya tenía una historia sísmica capaz de producir por sí misma movimientos profundos y fuertes mucho antes de los terremotos venezolano y colombiano de 2026.
La profundidad explica mucho de lo que vemos en superficie
Colombia y Perú comparten otra característica llamativa: sus terremotos de agosto estuvieron aproximadamente a un centenar de kilómetros bajo la superficie. Son eventos de profundidad intermedia. Sus ondas pueden propagarse por regiones enormes y hacer que el movimiento sea percibido a cientos de kilómetros, aunque la distancia vertical hasta la superficie reduzca la sacudida más extrema junto al epicentro.
Por eso un terremoto profundo puede sentirse en ciudades muy alejadas y, al mismo tiempo, causar menos destrucción local que otro ligeramente menor pero situado a apenas diez kilómetros de profundidad. La magnitud cuenta, claro. La profundidad también, y mucho.
Venezuela sufrió precisamente el escenario contrario. El segundo terremoto del 24 de junio, de magnitud 7,5, fue situado en torno a los 10 kilómetros de profundidad. Una ruptura grande y superficial coloca una enorme cantidad de energía mucho más cerca de edificios, puentes, carreteras y población. No hace falta recurrir a ningún misterio tectónico para explicar parte de la diferencia de daños.
También conviene recordar que la escala de magnitud es logarítmica. Un punto adicional no significa simplemente “un poco más”: equivale aproximadamente a 32 veces más energía liberada. Con esa relación, una diferencia aparentemente modesta de 0,3 unidades supone cerca de 2,8 veces más energía. Por eso tratar un 7,2, un 7,4 y un 7,5 como si fueran prácticamente idénticos lleva a engaño.
Venezuela pertenece a otro rompecabezas tectónico
Venezuela introduce la pieza que rompe la aparente simplicidad del mapa. Su franja septentrional se encuentra cerca de la frontera entre las placas Caribe y Sudamericana, que se desplazan lateralmente una respecto de otra. Allí aparecen grandes estructuras tectónicas como los sistemas de fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar.
Es una tectónica distinta de la clásica subducción de Nazca que domina Perú y buena parte del oeste colombiano. Hacia el oeste venezolano y Colombia las fronteras se vuelven más difusas: bloques corticales, compresión y fallas se reparten la deformación. El norte de Sudamérica no es un puzle de cuatro piezas perfectamente recortadas; se parece más a un cristal agrietado cuyos fragmentos presionan en varias direcciones.
Los terremotos venezolanos de junio fueron, además, superficiales y ocurrieron dentro de esa amplia zona de deformación. La actividad posterior ha sido persistente. Se contabilizaron más de 1.300 movimientos durante las primeras semanas posteriores al 24 de junio, y el 18 de agosto volvió a registrarse un sismo de magnitud 4,0 frente a La Guaira, a unos 10 kilómetros de profundidad. Ese movimiento encaja dentro de la actividad que continúa afectando el norte venezolano; no constituye una prueba de conexión con Perú.
Hay otro matiz que suele perderse bajo la expresión comodín “Cinturón de Fuego”. Perú y el Pacífico colombiano forman claramente parte del arco sísmico asociado a la subducción del Pacífico. Los grandes terremotos del norte venezolano están dominados por la frontera Caribe-Sudamérica. Meter cualquier terremoto latinoamericano dentro del mismo saco porque aparece en un mapa continental queda bonito; científicamente, se queda corto.
El efecto dominó existe, pero aquí no está demostrado
Un gran terremoto sí puede alterar otras fallas. Las ondas producidas por eventos potentes pueden recorrer enormes distancias y provocar lo que los geólogos denominan disparo sísmico dinámico: una falla que ya estaba cerca de romper puede reaccionar al paso de esas ondas. El fenómeno se ha documentado incluso a miles de kilómetros.
El detalle decisivo viene después. Los terremotos desencadenados a largas distancias suelen ser pequeños y de corta duración. Los grandes cambios permanentes de tensión que producen réplicas importantes se concentran principalmente alrededor de la zona de ruptura original. Relacionar automáticamente dos terremotos separados por miles de kilómetros porque sucedieron con pocos días de diferencia es, sencillamente, insuficiente.
Y las distancias de esta secuencia son enormes. Tomando aproximadamente los epicentros publicados, entre el terremoto colombiano de San José del Palmar y el peruano de Ayacucho hay alrededor de 2.200 kilómetros. Entre la zona venezolana afectada en junio y Ayacucho, cerca de 2.900 kilómetros. Incluso Colombia y Venezuela están separadas por alrededor de un millar de kilómetros en sus respectivos epicentros principales.
A esas escalas, demostrar que un terremoto de Colombia provocó diez días después el de Perú exigiría encontrar una señal física específica: cambios de sismicidad estadísticamente anómalos, una respuesta temporal compatible con las ondas recibidas, mecanismos de ruptura coherentes y otros indicios. No existe actualmente esa evidencia para esta secuencia.
La cronología, por sí sola, no demuestra causalidad. Es la vieja trampa del “ocurrió después, luego ocurrió por aquello”. Funciona estupendamente en redes sociales. La corteza terrestre exige algo más.
La coincidencia temporal parece extraordinaria porque miramos el calendario
Tres terremotos importantes en América del Sur durante pocas semanas producen inevitablemente la impresión de que “algo está pasando”. Algo está pasando, en efecto, pero lleva millones de años pasando: Nazca se hunde bajo Sudamérica, el Caribe se desplaza respecto al continente y los Andes siguen deformándose.
Los sistemas tectónicos no liberan energía siguiendo turnos regulares. Pueden pasar periodos relativamente tranquilos y después concentrarse varios eventos fuertes sin que exista una relación causal entre ellos. La estadística sísmica trabaja con probabilidades, no con una agenda donde un terremoto anuncie al siguiente país de la fila.
Tampoco hay actualmente un método científico capaz de decir que, porque han ocurrido los terremotos de Venezuela, Colombia y Perú, el próximo será en Ecuador, Chile o cualquier otro territorio. Los terremotos no pueden predecirse indicando fecha, lugar y magnitud. Lo que sí puede calcularse es la amenaza sísmica de una región basándose en fallas, velocidades tectónicas, terremotos históricos y comportamiento del terreno.
Esto importa particularmente en la costa pacífica sudamericana, donde el registro histórico incluye terremotos gigantes. La subducción Nazca-Sudamérica se extiende durante miles de kilómetros y ha producido eventos por encima de magnitud 8. No necesita que un terremoto venezolano “encienda” Perú: tiene energía tectónica acumulándose de manera permanente en numerosos segmentos.
Un mismo continente, pero no una única cadena de terremotos
La fotografía científica queda bastante más clara al separar coincidencia de causalidad. Perú y Colombia están estrechamente emparentados desde el punto de vista tectónico porque buena parte de su sismicidad occidental depende de la placa de Nazca introduciéndose bajo Sudamérica. Los terremotos de agosto, además, comparten una profundidad cercana a los 100 kilómetros, aunque se produjeron en zonas separadas por más de dos millares de kilómetros y deben considerarse eventos independientes mientras no aparezcan pruebas que indiquen lo contrario.
Venezuela pertenece a otro sector de la maquinaria. Allí pesan especialmente la placa del Caribe, la placa Sudamericana y los grandes sistemas de fallas del norte del país. Sus terremotos de junio fueron mucho más superficiales y generaron su propia secuencia de réplicas, todavía visible semanas después.
La relación existe, pues, pero está en la tectónica continental, no en una supuesta onda de terremotos que esté recorriendo Sudamérica de país en país. Las placas se mueven, acumulan tensión y rompen roca continuamente; unas veces con un murmullo que solo registran los instrumentos, otras con magnitudes superiores a 7 que obligan a mirar el mapa.
Eso es lo que unen Venezuela, Colombia y Perú en 2026: un continente situado sobre fronteras tectónicas extremadamente activas. Lo que no demuestra la ciencia, al menos con los datos disponibles, es que Caracas empujara a Chocó y Chocó, diez días después, hiciera temblar Ayacucho. La Tierra es bastante compleja sin necesidad de añadirle una conspiración geológica.

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