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¿Quién puede gafar la final de España: Felipe VI o Pedro Sánchez?

Felipe VI, Pedro Sánchez y Javier Bardem llegan a la final con historiales opuestos: victorias, supersticiones y la sombra del gafe político.

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Quién puede gafar a España

Ni Felipe VI ni Pedro Sánchez llegan a la final del Mundial con números de cenizo. Al contrario: el presidente del Gobierno ha presenciado dos partidos oficiales de España y ganó los dos; el Rey acumula un balance ampliamente favorable y, cuando ambos coincidieron en un palco, la selección levantó la Eurocopa. Quien busque un gafe tendrá que seguir excavando.

Hay, además, una grieta en la premisa que circula estos días. Sánchez no ha acudido a ningún encuentro de España en este Mundial, pero Felipe VI sí estuvo en Guadalajara para ver el triunfo ante Uruguay, último partido de la fase de grupos. Después bajó al vestuario y auguró que el equipo tenía condiciones para llegar a la final. Acertó. El domingo, en Nueva Jersey, estará acompañado por la reina Letizia, la princesa Leonor, la infanta Sofía y el propio Sánchez, que ha reajustado su agenda antes de viajar a Argelia.

La clasificación provisional de amuletos queda bastante clara: Javier Bardem, cuatro victorias en cuatro eliminatorias; Sánchez, dos triunfos en dos partidos; Felipe VI, cuatro victorias, un empate y una eliminación por penaltis en seis grandes citas desde 2018. Dicho de otra manera: el actor tiene el expediente más brillante, Sánchez conserva un pleno algo escaso y el Rey es el único que guarda una noche negra en el archivador. Aun así, España nunca perdió con él durante el juego: Rusia la eliminó desde el punto de penalti.

Felipe VI no es un gafe, aunque Moscú dejó cicatriz

El historial del Rey con la selección absoluta tiene una escena que desentona, fría como una estación moscovita. En los octavos del Mundial de 2018, España empató 1-1 con Rusia después de la prórroga y cayó en los penaltis. Felipe VI asistió al encuentro y bajó posteriormente al vestuario para consolar a los jugadores. Es la única eliminación mundialista que ha presenciado en directo como monarca.

Tres años después acudió a La Cartuja para el debut de España contra Suecia en la Eurocopa disputada en 2021. El partido terminó sin goles, una de aquellas noches de posesión abundante y portería estrecha en las que el balón parecía haber firmado un pacto de no agresión con la red. Ni alegría ni catástrofe. Un empate.

La racha cambió de color en Catar. Felipe VI estuvo en el estreno de España ante Costa Rica y contempló el 7-0, la mayor goleada de la selección en un Mundial. Ya en la Eurocopa de 2024 presenció el triunfo frente a Italia y la victoria sobre Inglaterra en la final de Berlín. A esos resultados se suma el reciente partido contra Uruguay en Guadalajara. Su cuenta queda así en cuatro victorias, un empate y una eliminación por penaltis, con 12 goles españoles y solo dos recibidos durante los encuentros.

El resultado desmonta la etiqueta de mala suerte. Tampoco permite elevar al monarca a la categoría de talismán sobrenatural, claro. Entre otras razones, porque estuvo en la goleada a Costa Rica y España terminó eliminada unas semanas después por Marruecos, cuando él ya no se encontraba en el estadio. El efecto mágico, al parecer, no admite teletrabajo.

Pedro Sánchez conserva un pleno de victorias

El presidente del Gobierno tiene un historial mucho más corto, pero impecable. En la Eurocopa de 2024 viajó a Stuttgart para presenciar los cuartos de final contra Alemania. España ganó en la prórroga con el inolvidable cabezazo de Mikel Merino en el minuto 119.

Sánchez volvió a acompañar al equipo en la final de Berlín. España derrotó a Inglaterra y conquistó su cuarta Eurocopa. Dos partidos, dos victorias y cuatro goles a favor. Desde el punto de vista de la superstición de barra de bar —esa ciencia experimental donde cada parroquiano posee una cátedra—, su porcentaje de éxito es absoluto.

También hay una coincidencia relevante. Felipe VI y Sánchez ya estuvieron juntos en el palco durante aquella final europea y España salió campeona. Su historial compartido es, por ahora, de una victoria en una final. El domingo no se estrenará una combinación desconocida ni un cóctel institucional de consecuencias imprevisibles: será la repetición del palco de Berlín, ahora ampliado y bastante más concurrido.

El problema de Sánchez no está en los resultados, sino en la muestra. Dos partidos permiten una broma, no una teoría. Un delantero que marca en sus dos primeros remates no termina necesariamente la temporada con cien goles. Pero, si el debate consiste en escoger al supuesto gafe entre el Rey y el presidente, los datos castigan al monarca únicamente porque ha acudido a más encuentros y, por tanto, ha tenido más oportunidades de conocer el disgusto.

Javier Bardem, cuatro cruces y cuatro victorias

El gran amuleto popular de este Mundial no ocupa un cargo público ni lleva corbata institucional. Lleva un Óscar, una camiseta con el número 26 y una manera bastante física de celebrar los goles. Javier Bardem ha estado en todos los partidos eliminatorios de España: Austria, Portugal, Bélgica y Francia. Los cuatro terminaron con victoria.

España derrotó a Austria en dieciseisavos y a Portugal en octavos. Bardem asistió a ambos encuentros; en el segundo ya apareció vestido con la camiseta de la selección. Después llegó el triunfo frente a Bélgica, vivido junto a Penélope Cruz y una sorprendente colección de celebridades, y la victoria ante Francia en semifinales. Balance del actor: cuatro triunfos, ocho goles españoles y solo uno encajado. Difícil competir contra eso.

Su presencia se ha convertido en una narración paralela al torneo. Primero fue criticado por no vestir la camiseta ante Austria; luego apareció con ella, bailó en las gradas y terminó fotografiándose con Borja Iglesias, quien le regaló una equipación personalizada. El fútbol español, que suele discutir hasta el color exacto del rojo, encontró por unos días un personaje secundario con expediente perfecto.

Penélope Cruz, Brad Pitt y los amuletos de una sola noche

Penélope Cruz también presenta buenos números. Estuvo contra Austria, Bélgica y Francia, tres encuentros ganados por España. En cuartos apareció asimismo Brad Pitt, acompañado por Inés de Ramón: una asistencia, una victoria. El estadounidense queda invicto, aunque convertir un único triunfo en poder sobrenatural sería como nombrar ministro de Economía a quien encuentra una moneda de dos euros debajo del sofá.

La grada VIP ha reunido durante las eliminatorias a Iker Casillas, Sergio Ramos, Xavi Hernández, Fernando Hierro y José Andrés, además de otras figuras del deporte y la cultura. Todos pudieron marcharse celebrando, porque España ha ganado cada cruce. El problema metodológico resulta evidente: cuando decenas de famosos asisten a una victoria, todos parecen talismanes; cuando llega la derrota, el público elige al culpable que le cae peor. Ahí comienza la superstición y termina la estadística.

Para la final sí están confirmados los miembros de la Familia Real, Sánchez y el presidente estadounidense, Donald Trump. Este último no acudió a ningún partido anterior del torneo, así que llega sin marcador propio: cero victorias, cero derrotas y una capacidad de atraer focos que no necesita rodaje. Bardem ha seguido todo el recorrido eliminatorio, aunque su asistencia a la final no cuenta todavía con una confirmación institucional comparable a la del palco político.

Milei prefiere no tocar nada

Mientras España junta a sus autoridades en Nueva Jersey, Javier Milei ha elegido la solución argentina: quedarse quieto. El presidente no asistirá a la final y verá el partido desde la residencia de Olivos, acompañado por su hermana y vestido con la misma chaqueta que ha usado durante el torneo. Argentina ha ganado sus siete partidos mientras él repetía el ritual. Cambiarlo a estas alturas le parece una temeridad.

La cábala tiene raíces políticas. Carlos Menem visitó a la selección argentina antes del debut del Mundial de 1990 y el equipo perdió contra Camerún. Desde entonces quedó marcado como mufa, palabra argentina para designar a quien trae mala suerte. Ningún presidente en ejercicio del país ha presenciado después un partido mundialista de la Albiceleste. Cristina Fernández no acudió a la final de 2014 y Alberto Fernández tampoco viajó a Catar en 2022. Una tradición republicana singular: gobernar el país, sí; acercarse al área técnica, ni hablar.

Desde la lógica supersticiosa, Milei posee el mejor registro posible porque su ausencia coincide con siete victorias. Desde la lógica normal, Argentina gana porque tiene a Messi, Lautaro Martínez y Enzo Fernández, además de un equipo competitivo, no porque el presidente soporte una chaqueta pesada con la calefacción apagada. Pero una final del Mundial no es el lugar donde la humanidad suele exhibir su versión más racional.

La estadística no detecta el mal de ojo

Los marcadores permiten jugar, comparar y repartir coronas de cartón. No permiten establecer causalidad. La presencia de un político o un actor en la grada no modifica la velocidad de un disparo, la colocación de un defensa ni el criterio del árbitro. Para demostrar algún efecto habría que comparar centenares de partidos en condiciones equivalentes, controlar la fortaleza de los rivales y aislar multitud de variables. Nada de eso existe en esta clasificación de amuletos.

También opera un sesgo muy humano: recordamos la coincidencia que confirma nuestra sospecha y olvidamos las demás. Si España pierde con una personalidad impopular en el palco, aparece el gafe. Si gana, el mérito pertenece a los jugadores. La superstición futbolística funciona como un árbitro casero: revisa únicamente las jugadas que le interesan.

Aun aceptando el juego, Felipe VI no es el candidato más convincente a cenizo. Su única mala noche acabó en penaltis y su historial incluye una goleada mundialista y dos victorias en la Eurocopa conquistada en 2024. Sánchez tampoco ofrece material: dos apariciones, dos triunfos. El supuesto peligro de reunirlos se evapora al recordar que ya compartieron palco en Berlín y España levantó el trofeo.

Bardem sí ocupa el primer puesto del ranking informal. Cuatro eliminatorias, cuatro victorias, un solo gol encajado. No porque posea poderes ocultos, sino porque tuvo la fortuna de engancharse al equipo durante su mejor tramo. A veces el amuleto elige bien a quién acompañar.

La suerte estará sobre el césped

España y Argentina disputarán la final el domingo 19 de julio a las 21:00, hora peninsular española, en el estadio de Nueva York-Nueva Jersey. La Roja llega después de eliminar a Austria, Portugal, Bélgica y Francia; Argentina, vigente campeona, comparece con Lionel Messi ante la posibilidad de conquistar un segundo Mundial consecutivo.

El veredicto supersticioso favorece a España. Bardem es el gran talismán, Sánchez conserva un pleno y Felipe VI presenta un balance claramente positivo. Si hubiese que señalar al que trae peor suerte entre el Rey y el presidente, sería el monarca por una simple cuestión aritmética: es el único que ha presenciado una eliminación. Pero llamarlo gafe después de cuatro victorias y doce goles a favor exige estirar la realidad hasta romperla.

La final no la decidirá el palco. La resolverán los pies de Lamine Yamal y Messi, las manos de los porteros, un rebote, una carrera mal defendida o ese segundo de silencio que precede a los grandes goles. Arriba estarán el Rey, Sánchez, Trump y las cámaras. Abajo, donde no llega ninguna cábala, estará el fútbol.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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