Síguenos

Actualidad

Quién es Iván Cepeda, aspirante a la Presidencia de Colombia

El senador Iván Cepeda acaba de dar un salto decisivo en la política colombiana. Con 63 años y una trayectoria que atraviesa varias décadas de defensa de los derechos humanos, ha ganado la consulta interna del Pacto Histórico, la coalición que llevó a Gustavo Petro a la Presidencia en 2022.

Publicado

el

Quién es Iván Cepeda

Foto de IvánCepedaCastro en Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 4.0

Iván Cepeda gana la consulta del Pacto Histórico y se perfila para 2026; biografía, claves de su liderazgo y el pulso real de la paz total.

El senador Iván Cepeda acaba de dar un salto decisivo en la política colombiana. Con 63 años y una trayectoria que atraviesa varias décadas de defensa de los derechos humanos, ha ganado la consulta interna del Pacto Histórico, la coalición que llevó a Gustavo Petro a la Presidencia en 2022. Con esa victoria se convierte en el rostro más visible del proyecto progresista para las presidenciales de 2026 y, a la vez, en el dirigente llamado a articular una candidatura única de la izquierda en la consulta interpartidista prevista para marzo. En el corto plazo, su nombre deja de ser solo sinónimo de memoria y paz para entrar de lleno en la terna de aspirantes con posibilidades reales de gobernar.

El resultado lo coloca con ventaja clara dentro de su campo político: 1.186.095 votos (64,71%) con 18.331 mesas procesadas de 19.833, muy por delante de Carolina Corcho (536.286 papeletas; 29,25%) y del exalcalde Daniel Quintero (110.486; 6,02%), que se retiró antes de la cita. A partir de aquí, su recorrido tiene fechas concretas: 8 de marzo de 2026 serán las legislativas, 31 de mayo la primera vuelta presidencial y, si es necesaria, 21 de junio la segunda. Cepeda llega con una promesa reconocible —mantener viva la agenda de “paz total”— y con un capital político que no se improvisa: ha ejercido de facilitador en negociaciones con FARC y ELN, ha denunciado la parapolítica, ha vivido el exilio por amenazas y ha convertido la memoria de las víctimas en causa pública.

Un perfil forjado en los derechos humanos

Nacido en Bogotá el 24 de octubre hace 63 años, Cepeda tiene una biografía atravesada por la violencia política colombiana y por el empeño de construir verdad, justicia y garantías de no repetición. Es hijo de Manuel Cepeda Vargas, líder de la Unión Patriótica (UP) asesinado el 9 de agosto de 1994 en el barrio bogotano de Mandalay, y de Yira Castro, dirigente comunista y concejal, fallecida en 1981. Esa herencia familiar, trágica y militante, le situó desde joven en el activismo por los derechos humanos, una senda que no abandonó ni siquiera cuando tuvo que exiliarse entre 1998 y 2004 tras recibir amenazas de muerte.

Antes de darle a la política institucional, Cepeda se formó en filosofía en la Universidad San Clemente de Ohrid en Sofía (Bulgaria), donde también vivió una experiencia que le moldeó intelectualmente: criticó el autoritarismo del modelo soviético, un matiz que explica su defensa actual de la democracia liberal como marco para una agenda transformadora. A su regreso a Colombia en 1987, alternó la investigación, el activismo y el trabajo con organizaciones de víctimas hasta convertirse en una de las voces más insistentes en señalar la connivencia de actores estatales y privados con estructuras de violencia ilegal.

Su nombre se asocia a proyectos colectivos que hoy suenan a institucionalidad, pero que durante años fueron contracorriente: el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), el movimiento Defendamos la Paz y las comisiones de paz en Cámara y Senado, que copresidió. Desde ahí impulsó audiencias, acompañó a comunidades y presionó para que los grandes acuerdos del Estado con las guerrillas —en especial el Acuerdo de 2016 con FARC— no quedaran en papel mojado. No es un político de eslóganes: ha preferido el expediente, la denuncia documentada, el debate reglado. Y, sin embargo, ha acabado proyectándose como un referente nacional.

De la UP al Senado: memoria y política

La Unión Patriótica nació en 1985 como brazo político de un intento de paz con FARC bajo el Gobierno de Belisario Betancur. La historia es conocida: lejos de consolidarse, la UP fue víctima de un exterminio que dejó cerca de 5.000 militantes asesinados, incluidos los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal (1987) y Bernardo Jaramillo Ossa (1990). Para Cepeda, esa herida no es un recuerdo inmóvil, sino un punto de partida para defender garantías reales de participación y seguridad para opositores. Lo ha dicho con actos: litigio estratégico, seguimiento a procesos judiciales y presión pública para que el Estado asuma responsabilidades.

La entrada de Cepeda al Congreso se dio en 2009 como representante a la Cámara por Bogotá. Desde 2014 es senador con votaciones reiteradas que certifican su peso propio. Su tránsito del activismo a la política no supuso renuncias retóricas: mantuvo la bandera de las víctimas y la paz, y sumó otra que le ha acarreado enemigos poderosos: la lucha contra la parapolítica, ese entramado de alianzas entre políticos, empresarios y grupos paramilitares que marcó la década de los 2000 y desencadenó procesos penales sonados. Cepeda se concentró en documentar vínculos, promover audiencias y acompañar testigos, una labor que, vista con perspectiva, redefinió el debate público.

La consecuencia más conocida de esa persistencia fue su enfrentamiento con el expresidente Álvaro Uribe (2002-2010). En 2012, Uribe denunció a Cepeda ante la Corte Suprema por presunta manipulación de testigos, cuando el senador preparaba una denuncia por vínculos con paramilitares. La Corte no abrió investigación contra Cepeda y, en cambio, inició un proceso contra Uribe al hallar indicios de manipulación de testigos para desvirtuar señalamientos sobre paramilitarismo. Aquella causa —apodada “juicio del siglo”— tuvo idas y venidas judiciales. En agosto pasado se dictó una condena en primera instancia de 12 años de prisión domiciliaria que posteriormente fue revocada en segunda instancia, dejando al expresidente absuelto. En términos políticos, la secuencia reforzó la marca de Cepeda como fiscalizador severo; en términos jurídicos, dejó una estela de discusión sobre pruebas, estándares y garantías. El saldo inmediato, más allá de la judicialización, consolidó a Cepeda como antagonista visible del uribismo.

El resultado que reordena la izquierda

La consulta interna del Pacto Histórico supone un reordenamiento de fuerzas. El dato central —más del 64% para Cepeda con participación que supera 1,18 millones de votos— trasciende lo aritmético: da una señal de unidad en torno a un perfil que no es el más estridente de la coalición, pero sí el más coherente con su promesa fundacional de paz y cambio social. La derrota de Carolina Corcho —exministra con discurso fuerte en salud y reforma social— comprime la competencia interna y fuerza una conversación programática más allá de los grandes trazos. Cepeda se impone como heredero político de Gustavo Petro, aunque con estilo propio: más sobrio, más técnico, mejor conectado con el bestiario jurídico del Estado.

El caso de Daniel Quintero ilustra otro movimiento: el exalcalde de Medellín se retiró de la consulta alegando, entre otros motivos, dudas sobre su participación en la interpartidista de marzo si ganaba la interna. Aun fuera de la contienda, contabilizó 110.486 votos. Esa cifra —si bien minoritaria— indica que existe una corriente urbana y digital que buscará encaje en el Frente Amplio cuando llegue la hora de la candidatura única. El marzo que viene será, por tanto, un examen de puentes: con movimientos sociales, con sectores de centroizquierda y con liderazgos regionales que piden cuota y programa.

Los números de la consulta

Las cifras difundidas —1.186.095 votos para Cepeda con 64,71%, 536.286 para Corcho (29,25%) y 110.486 para Quintero (6,02%) con 18.331 mesas procesadas de 19.833— hablan de un resultado estable y de un techo de crecimiento todavía por explorar. La amplitud del margen elimina suspicacias internas y reduce tensiones de reparto: no es lo mismo ganar por la mínima que hacerlo con una distancia de más de 35 puntos. Para un proyecto que lleva dos años de Gobierno, con desgaste inevitable y reformas complejas, un triunfo de este calibre cambia la narrativa: no hay fractura insalvable, hay liderazgo. El reto, ahora, será convertir voto interno en voto ciudadano en la primera vuelta del 31 de mayo de 2026.

Un frente común para marzo

La interpartidista del Frente Amplio en marzo será el próximo filtro. La lógica es clara: llegar con un único candidato a la primera vuelta para maximizar opciones de pasar al balotaje. Ahí se pondrán a prueba dos capacidades de Cepeda: negociar alianzas con actores que no comparten toda su agenda, y modular el mensaje para hablarle a votantes menos ideologizados que piden seguridad, empleo y servicios públicos eficientes. La marca “paz total” es potente, pero no autosuficiente; necesita traducirse en seguridad territorial, inversión y estabilidad económica con resultados medibles. El calendario ayuda: las legislativas del 8 de marzo actuarán como termómetro de fuerza territorial y organización de base.

Paz total como bandera de gobierno

Si Cepeda es algo, es un operador de paz. Entre 2012 y 2016 fue facilitador en el proceso Gobierno-FARC que desembocó en el Acuerdo de 2016. Entre 2014 y 2018 ejerció el mismo rol en los acercamientos con la guerrilla del ELN, un diálogo que continúa con vicisitudes pero que ha vuelto al carril institucional. En paralelo, ha acompañado intentos de sometimiento y acercamientos con estructuras criminales como el Clan del Golfo, moviéndose en ese terreno siempre delicado donde la política se topa con el crimen organizado y donde la línea entre negociación y rendición de cuentas debe quedar nítida.

La paz total —concepto paraguas del Gobierno Petro— condensa varias piezas: mesa con el ELN, implementación del Acuerdo con FARC, política de drogas centrada en salud pública y desarrollo rural, sometimiento a la justicia de bandas y reconstrucción de presencia estatal en los territorios. Cepeda conoce cada engranaje, pero además entiende que la legitimidad de ese proyecto no solo se juega en acordar cese al fuego o redactar marcos jurídicos, sino en el día a día: que el campesino vea obra pública, que el líder social regrese vivo a su casa, que la Fuerza Pública recupere la iniciativa sin violar derechos. Convertir esa promesa en agenda presidencial no es mera continuidad administrativa; implica priorizar presupuesto, coordinar agencias, destrabar burocracias y, sobre todo, comunicar.

Un ejemplo concreto ayuda: los territorios PDET —los planes de desarrollo con enfoque territorial— están diseñados para cerrar brechas con inversión sostenida en vías, salud, educación y producción. Cepeda ha sido un defensor de ese instrumento. Si su candidatura cristaliza, será una de las palancas para mostrar resultados y demostrar que la paz no es una abstracción, sino un cambio en las condiciones de vida. Otra palanca, menos vistosa pero igual de relevante, es la justicia transicional: JEP, Comisión de la Verdad y Unidad de Búsqueda. El ecosistema existe; el desafío es blindarlo y hacerlo eficaz frente a la impaciencia social.

El pulso judicial que marcó una época

Pocas disputas han redefinido tanto la conversación pública como el cara a cara entre Uribe y Cepeda. No fue un duelo de tuits; fue un pleito judicial de una década larga, con testigos en cárceles, declaraciones cruzadas, medidas de aseguramiento, apelaciones y fallos que mantuvieron al país pendiente. En lo simbólico, ese pulso enfrentó dos narrativas de la seguridad y la responsabilidad política. En lo formal, dejó constancia de que el sistema de pesos y contrapesos funciona, aunque no siempre a la velocidad deseada. El epílogo judicial, con absolución para Uribe tras una condena revocada, no borró el capital político que Cepeda acumuló como contralor moral del poder.

Ese capital tiene matices. A una parte del país le confirma que Cepeda es el senador que investiga, que no se arredra ante apellidos ni cúpulas. A otra, le tilda de perseguidor o de activista con fuero, etiquetas que en campaña aparecerán. Aquí su tono puede marcar la diferencia: hablar de paz y de derechos suele reactivar resistencias en electorados conservadores; hablar de seguridad, empleo y probidad con datos y metas puede ampliar su audiencia. En todo caso, nadie duda ya de que Cepeda es un protagonista nacional y no solo un senador vocacional.

Desafíos inmediatos: organización, alianzas, mensaje

La jornada de la consulta no fue ajena a la polémica logística. El ministro del Interior, Armando Benedetti, denunció falta de material electoral, reducción de puestos y mesas y episodios puntuales en los que se acabaron los tarjetones. Señaló a la Registraduría por una gestión deficiente que complicó el ejercicio. Si esas quejas escalan, Cepeda tendrá que administrar una doble tarea: respaldar la veeduría sobre la organización electoral y no desviar el foco de su campaña hacia una agenda exclusivamente contenciosa. Le conviene empujar por reglas claras y, al mismo tiempo, hablar de futuro.

En términos de máquina política, el Pacto Histórico mantiene fortaleza urbana y presencia en capitales departamentales, pero necesita estructuras más finas en municipios intermedios y ruralidad, sobre todo pensando en legislativas. Esa expansión requiere alianzas, no solo con la izquierda clásica, sino con liderazgos locales de corte independiente que, sin renunciar a su identidad, puedan compartir papeleta o agenda. Cepeda no es un cacique, y quizá ahí reside uno de sus atractivos, aunque también un reto: tendrá que arbitrar ambiciones de corrientes internas y movimientos sociales con un mismo anhelo de representación.

El mensaje es la otra pata. La paz seguirá siendo su seña de identidad, pero en campaña, la economía y la seguridad cotidiana pesan tanto o más. La apuesta sensata pasa por traducir principios en propuestas operativas: empleo con industria y transición energética sin abandonar la minería responsable donde es viable; seguridad con justicia y inteligencia, no con guerra total; salud que mejore tiempos de atención y acceso sin quedarse en la macro reforma; educación con conectividad y primera infancia como prioridad. No es casual que sus discursos eviten el exceso de adjetivo: se entiende mejor cuando baja a programa.

Un liderazgo que se explica en su biografía

La vida personal de Cepeda ha corrido en paralelo a su vida pública. Casado con Blanca del Pilar Rueda, padre de dos hijos, suele sostener que la política solo tiene sentido si disminuye el dolor acumulado en países como Colombia. Eso, dicho por cualquiera, quedaría en frase redonda; dicho por alguien que enterró a su padre, que se fue del país para salvar la vida y que regresó para insistir en la paz, suena a programa vital. Esa coherencia —con sus matices y contradicciones— explica que, sin grandes maquinarias de opinión, el senador haya acumulado credibilidad transversal.

Su estilo —sobrio, pausado, documental— contrasta con la época del grito y el memético. En redes no es tendencia permanente, tampoco lo pretende. Prefiere el micrófono parlamentario, las comisiones, el comunicado con cifras. En tiempos de consumo inmediato, esa cadencia puede parecer árida; a la larga, construye confianza. Para competir en una presidencial, eso sí, deberá ensayar registros más narrativos sin traicionarse: contar historias de víctimas sin caer en la explotación emocional, explicar políticas con lenguaje llano, poner rostro a datos. Lo ha hecho antes; la diferencia es que ahora cada palabra será refrendada o castigada por un votante indeciso.

Otra dimensión es la relación con Gustavo Petro. Cepeda aparece como heredero político, pero no como clon. Coincide en el objetivo de transformar el modelo de seguridad y de desarrollo, y en el énfasis social. Se diferencia en el tono y en la manera de gestionar las tensiones: menos confrontación pública, más procesos. Si mantiene esa línea, podría ser atractivo para quienes apoyaron la plataforma del cambio, pero se cansaron de la fricción cotidiana. Cuidado, porque esa misma moderación puede irritar a bases que desean ritmo y épica. De nuevo, equilibrio.

Contexto institucional y calendario en la mira

La campaña que arranca está tan condicionada por el calendario como por el clima institucional. Marzo es doble: legislativas (8 de marzo) y interpartidista del Frente Amplio. Si Cepeda y su coalición obtienen bancadas robustas, tendrán oxígeno para la primera vuelta de 31 de mayo. Si no, deberán cerrar filas con mensajes de responsabilidad y eficacia. En cualquier escenario, las políticas de seguridad, economía doméstica (precios, empleo, crédito) y servicios públicos monopolizarán la conversación.

La organización electoral será otro foco. Las denuncias de Benedetti —falta de tarjetones, reducción de mesas— anticipan controversias. Cepeda no puede quedar ajeno: su historia personal y política le obliga a exigir garantías. Pero sabe que una campaña centrada únicamente en procedimientos pierde magnetismo. El juego fino será vigilar sin victimizarse y proponer sin divagar. Tiene tablas para ello.

Una agenda reconocible, un candidato ya probado

A diferencia de outsiders que emergen de golpe, Cepeda llega a la puja presidencial probado. Conoce el Congreso, el Estado, la calle y el sistema de justicia. Sabe perder —lo hizo en batallas legislativas— y sabe resistir. Su ventaja es la coherencia; su riesgo, la previsibilidad. La política contemporánea premia la novedad; él deberá convertir la solidez en virtud: que un país cansado de sobresaltos vea certezas donde otros ofrecen fuegos artificiales.

En lo programático, su marca —paz, derechos, lucha contra la impunidad— ya es conocida. Lo que falta es el detalle electoral: metas verificables, cronogramas, costos. No es un problema de convicción, sino de traducción. Si su equipo logra condensar en diez compromisos la esencia de su gobernanza —por ejemplo, reducción sostenida de homicidios, cobertura de atención primaria en salud, kilómetros de vías terciarias, formalización laboral, conectividad escolar—, el relato cuajará. Ese es el tipo de concreción que impacta el voto de centro.

Lo que se juega Colombia en 2026

La irrupción de Iván Cepeda como candidato del Pacto Histórico no es un movimiento menor en el tablero colombiano. Ordena la oferta de izquierda, legitima una agenda que ha dominado parte del debate desde 2016 y perfila un contrincante para las fuerzas de centro y derecha que afinan sus propias consultas. No es solo “la bandera de la paz”, aunque esa sea su identidad más visible; es también la promesa de institucionalizar la memoria, de defender a las víctimas y de gobernar con un pie en el territorio y otro en el expediente.

Quedan meses intensos. La consulta interpartidista de marzo definirá el ancho de su coalición real. Las legislativas medirán la tracción territorial y probarán su capacidad de convocar más allá del núcleo duro. Las presidenciales de 31 de mayo y 21 de junio serán el verdadero examen, el que preguntará si Colombia quiere profundizar una idea de seguridad con derechos, economía con inclusión y Estado que llegue a donde no llega, o si prefiere otras rutas. Cepeda entra a esa carrera con historia, números y una idea clara de lo que quiere hacer. Desde hoy, también carga con algo más: la responsabilidad de demostrar que su promesa de paz no solo se negocia, se gobierna. Y se sostiene.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído