Historia
Tal día como hoy, 23 de mayo: poder, guerras y memoria
El 23 de mayo reúne guerras, golpes, crimen y democracia: de Boabdil a Falcone, una fecha marcada por poder y memoria histórica.

El 23 de mayo no es una casilla más en el calendario, aunque a veces las efemérides se presenten así, como si la historia fuera un archivador con olor a polvo y sellos viejos. Tal día como hoy se cruzan episodios muy distintos: la crisis del reino nazarí de Granada, la intervención francesa que ayudó a Fernando VII a recuperar el absolutismo, la Constitución española de 1845, el asalto al Banco Central de Barcelona, la defenestración de Praga, la muerte de Bonnie y Clyde, el nacimiento jurídico de la Alemania democrática de posguerra y el asesinato del juez italiano Giovanni Falcone. Mucho ruido, sí. Pero no ruido vacío: poder, violencia, Estado, fe, democracia y crimen organizado en una misma fecha.
Para quien busca qué pasó el 23 de mayo en la historia, la respuesta rápida es clara: fue una jornada marcada por decisiones y sacudidas que cambiaron equilibrios políticos en España y en el mundo. En España, el día permite mirar desde la Granada nazarí hasta la Transición democrática. Fuera, abre una ventana —literal, en Praga— a la Guerra de los Treinta Años, atraviesa la Primera Guerra Mundial, se mete en los márgenes violentos de Estados Unidos y termina mirando a Europa con dos caras: la del constitucionalismo alemán y la de la mafia siciliana dinamitando una autopista. La historia, cuando se la mira de cerca, no camina en línea recta. Tropieza, gira, se contradice. Y a veces cae justo en el mismo día.
España: del Albaicín al centro de Barcelona
Una de las efemérides españolas más antiguas asociadas al 23 de mayo mira hacia Granada. En 1482, distintas cronologías sitúan en esta fecha la proclamación de Boabdil, Muhammad XII, como rey de Granada tras el empuje del clan de los Abencerrajes contra Muley Hacén. No fue una escena romántica de postal andalusí, aunque después la literatura haya perfumado mucho aquel derrumbe. Fue una guerra interna, una fractura dinástica, un reino nazarí debilitándose por dentro mientras Castilla y Aragón avanzaban por fuera. La Alhambra, vista desde ese ángulo, no es solo belleza geométrica y agua mansa: también es intriga, desgaste, cálculo. Piedra preciosa sobre una grieta.
Ese episodio importa porque ayuda a entender el tramo final de la Guerra de Granada, que culminaría en 1492 con la entrega de la ciudad a los Reyes Católicos. Boabdil ha quedado en la memoria popular como el último sultán, el hombre del suspiro, el perdedor elegante de una historia que en realidad fue mucho menos elegante. Hubo pactos, vasallajes, rivalidades familiares, huidas, rehenes y una presión militar creciente. El 23 de mayo, si se acepta esa fecha como punto de proclamación en Granada, marca una de esas fisuras internas que hacen caer a los sistemas antes incluso de que el enemigo termine de empujar la puerta.
También hay un 23 de mayo español con olor a pólvora institucional: 1823. Ese día entraron en Madrid los Cien Mil Hijos de San Luis, el ejército francés enviado para sofocar el Trienio Liberal y facilitar la restauración absolutista de Fernando VII. La paradoja es casi obscena: después de la Guerra de la Independencia, otra vez tropas francesas en España, pero ahora presentadas como fuerza de orden para devolver al rey su poder absoluto. Un sarcasmo histórico de los que no necesitan chiste. Las Cortes y el Gobierno se habían desplazado hacia el sur, con Cádiz como último refugio constitucional, mientras Madrid quedaba entregada a una nueva restauración del viejo mundo.
La entrada francesa de 1823 no fue un simple movimiento militar. Fue el portazo contra el experimento liberal abierto en 1820 por el pronunciamiento de Riego. España volvió al absolutismo y se abrió la llamada Década Ominosa, nombre poco sutil pero bastante eficaz: represión, depuración, exilio y miedo. En el fondo, aquel 23 de mayo señala una tensión española muy reconocible durante buena parte del siglo XIX: Constitución contra trono absoluto, nación política contra soberanía real, modernidad contra reacción. Palabras grandes, sí, pero en la calle se traducían de forma más áspera: cárcel, silencio, delación, frontera.
Dos décadas después, otro 23 de mayo dejó huella constitucional. En 1845, Isabel II sancionó la nueva Constitución de la Monarquía Española, texto asociado a la Década Moderada y a la arquitectura política del moderantismo. No era una Constitución nacida de un entusiasmo democrático amplio, ni mucho menos. Reforzaba la Corona, consolidaba una soberanía compartida entre rey y Cortes y encajaba el sufragio censitario en un sistema de poder estrecho, de salón alfombrado y llave selectiva. España se constitucionalizaba, sí, pero a su manera: con traje, con filtro de renta y con la puerta no precisamente abierta para todos.
El Banco Central y la democracia todavía tierna
El salto al siglo XX lleva el 23 de mayo a un escenario muy distinto, aunque también político hasta los huesos: Barcelona, 1981. Tres meses después del intento de golpe del 23-F, once hombres encapuchados asaltaron el Banco Central de la plaza de Cataluña y mantuvieron a casi 300 personas retenidas durante 37 horas. La exigencia inicial, vinculada a la liberación de Tejero y otros militares implicados en el golpe, convirtió un atraco en una crisis nacional. España aún tenía la democracia tierna, con las costuras visibles. Y de pronto, otra vez, el miedo entrando por la puerta giratoria de un banco.
Aquel asalto terminó con los rehenes liberados, detenidos y una víctima mortal entre los atracadores, pero dejó una sombra larga: dudas, teorías, versiones contradictorias y el eco de una Transición donde no todo estaba limpio ni todo estaba explicado. El episodio ha vuelto una y otra vez a libros, documentales y series porque toca una fibra incómoda: la de una democracia que no solo nacía frente a sus enemigos declarados, sino también entre zonas grises, aparatos heredados, silencios y operaciones difíciles de clasificar. España no salió de la dictadura como quien abre una ventana en primavera. Salió más bien tanteando el pasillo a oscuras.
Europa arde: religión, tronos y ventanas abiertas
Fuera de España, el 23 de mayo también trae un símbolo brutal de la Europa moderna: la defenestración de Praga de 1618. Varios representantes imperiales fueron arrojados por una ventana del castillo de Praga en un choque entre nobles protestantes bohemios y autoridad católica de los Habsburgo. La palabra “defenestración” parece casi culta, elegante, de examen universitario; el hecho fue mucho más primitivo. Una disputa religiosa y política salió por la ventana y acabó abriendo la puerta a la Guerra de los Treinta Años, uno de los grandes desastres europeos del siglo XVII.
Ese episodio resume una época en la que la religión era fe, pero también territorio, impuestos, obediencia y derecho a mandar. Europa no ardía solo por doctrinas teológicas; ardía porque detrás de cada confesión había una arquitectura de poder. La defenestración de Praga no creó por sí sola todas las causas de la guerra, claro, pero funcionó como chispa visible. La Historia, tan amiga de los símbolos, encontró allí una imagen perfecta: unos hombres cayendo desde una ventana y un continente entero precipitándose detrás.
El 23 de mayo también aparece en otra escena de religión y poder, esta vez en Florencia. En 1498, Girolamo Savonarola, fraile dominico, predicador incendiario y enemigo feroz de la corrupción moral de su tiempo, fue ejecutado en la ciudad italiana. Había desafiado lujos, costumbres y equilibrios políticos con una intensidad que primero sedujo y luego asustó. Su figura sigue siendo incómoda porque no encaja del todo: reformador religioso, agitador político, moralista radical, líder popular y víctima de una maquinaria que ya no podía tolerarlo. En la plaza, entre el fervor y el castigo, la ciudad hizo lo que tantas sociedades han hecho: levantar a un profeta y después quemarlo.
Y hay otra fecha europea del 23 de mayo con una española en el centro, aunque ocurriera en Inglaterra. En 1533, el arzobispo Thomas Cranmer anuló el matrimonio entre Enrique VIII y Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos. Aquella decisión fue mucho más que un divorcio regio. Formó parte del terremoto que separó a Inglaterra de la autoridad papal y consolidó el camino hacia la Iglesia anglicana. Catalina, reina desplazada, se negó a aceptar la nueva situación. No era solo una esposa apartada por falta de heredero varón; era una pieza de la diplomacia europea, una mujer de sangre Trastámara atrapada en una revolución religiosa con alcoba, corona y Parlamento.
Guerras mundiales, criminales famosos y Estados nuevos
El siglo XX también dejó su marca sobre el 23 de mayo. En 1915, Italia declaró la guerra a Austria-Hungría y entró en la Primera Guerra Mundial del lado aliado. Hasta entonces había formado parte de la Triple Alianza con Alemania y Austria-Hungría, pero el cálculo territorial y diplomático pesó más que la lealtad formal. El frente italiano abrió otra herida en una guerra que ya era una máquina de triturar generaciones. Montañas, trincheras, hielo, artillería. Europa convertida en una fábrica de viudas.
En 1934, el 23 de mayo saltó a la mitología criminal de Estados Unidos con la muerte de Bonnie Parker y Clyde Barrow, abatidos en una emboscada policial en Luisiana. La pareja había sido convertida por la prensa y después por el cine en icono de rebeldía romántica, aunque la realidad fue bastante menos glamourosa: robos, asesinatos, persecuciones y una violencia seca, de carretera polvorienta y disparos. La cultura popular hizo lo suyo, como siempre: puso música donde había sangre y convirtió a dos delincuentes en estampas de época.
Tres años más tarde, en 1937, murió John D. Rockefeller, fundador de Standard Oil y figura central del capitalismo industrial estadounidense. Su nombre aún funciona como sinónimo de fortuna gigantesca, poder empresarial y filantropía a escala monumental. No es un detalle menor en una fecha tan política: mientras Europa se partía entre guerras, Estados Unidos ya llevaba décadas ensayando otra forma de poder, menos palaciega y más corporativa, con despachos, trusts, petróleo y fundaciones. El poder moderno no siempre lleva uniforme. A veces lleva contabilidad.
El 23 de mayo de 1945, con la Segunda Guerra Mundial ya derrotando al nazismo hasta en sus últimos sótanos, murió Heinrich Himmler, jefe de las SS y uno de los principales responsables del aparato de exterminio nazi. Se suicidó bajo custodia británica tras intentar escapar de las consecuencias de sus crímenes. La fecha cae como una losa porque recuerda algo esencial: el final militar del nazismo no borró automáticamente el horror, pero sí abrió el tiempo de la responsabilidad, los juicios, la memoria y la documentación del crimen. Frente al mito de los monstruos abstractos, Himmler recuerda que el mal también firma órdenes, organiza trenes, diseña oficinas y usa sellos administrativos.
Cuatro años después, el mismo día tomó forma una Europa distinta. El 23 de mayo de 1949 se promulgó la Ley Fundamental de la República Federal de Alemania, base constitucional de la Alemania occidental de posguerra y, con el tiempo, de la Alemania reunificada. Nació con vocación provisional, en un país dividido, vigilado por la memoria del totalitarismo y por la tensión de la Guerra Fría. Acabó convirtiéndose en uno de los textos constitucionales más relevantes de la democracia europea contemporánea. Es una de las ironías luminosas de esta fecha: después de tanta caída, tanta hoguera y tanto disparo, también aparece una arquitectura jurídica pensada para impedir que el Estado vuelva a devorar a la persona.
Falcone y la autopista donde Italia miró a la mafia
El 23 de mayo de 1992, la mafia siciliana asesinó al juez Giovanni Falcone en la matanza de Capaci, cerca de Palermo. La explosión mató también a su esposa, Francesca Morvillo, y a tres agentes de su escolta. Falcone era una de las figuras centrales de la lucha judicial contra Cosa Nostra, especialmente por su papel en el maxiproceso contra la mafia. Su muerte no fue un crimen más: fue una declaración de guerra al Estado italiano. Una bomba bajo una autopista, no una bala escondida en una esquina. La mafia quería ruido. Lo tuvo.
La matanza de Capaci cambió la relación emocional de Italia con la mafia. No porque antes no se conociera su violencia, sino porque aquel atentado rompió una especie de límite moral visible. Falcone no era solo un juez; era el rostro de una idea obstinada: seguir el dinero, entender la organización criminal como sistema y no como folclore de pistoleros con acento siciliano. Su asesinato, seguido semanas después por el de Paolo Borsellino, dejó una herida nacional. También una lección áspera: cuando el crimen organizado se siente amenazado de verdad, deja de susurrar y empieza a dinamitar carreteras.
En la lógica de las efemérides, Falcone da al 23 de mayo una gravedad contemporánea. Ya no hablamos de reyes medievales, emperadores, guerras de religión o constituciones decimonónicas. Hablamos de Estado de derecho frente a redes criminales capaces de comprar, intimidar, matar y contaminar instituciones. La historia se vuelve actual de golpe, sin pedir permiso. Porque esa pelea —ley contra poder clandestino, justicia contra miedo— no pertenece a un museo. Sigue respirando.
Una fecha para mirar cómo se mueve el poder
El 23 de mayo enseña algo sencillo y bastante incómodo: la historia rara vez avanza por caminos limpios. En España, la fecha va de Granada a Madrid, de la corte nazarí al absolutismo restaurado, de una Constitución moderada al temblor de la Transición. En el mundo, pasa por Praga, Florencia, Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Alemania y Sicilia. Parece una ruta caprichosa, pero hay un hilo: el poder cambiando de manos, defendiéndose, disfrazándose, cayendo o buscando una forma más civilizada de sobrevivir.
Por eso tal día como hoy, 23 de mayo, no se entiende como una simple colección de aniversarios. Es una miniatura de la política humana: tronos que se tambalean, religiones convertidas en frontera, Estados que reprimen o se reconstruyen, criminales elevados a mito, jueces asesinados por hacer bien su trabajo. La historia no da lecciones limpias, porque no es una maestra con pizarra nueva. Es más bien una habitación llena de voces, papeles doblados, humo, pasos en la escalera. Pero algunas fechas permiten escuchar mejor el ruido de fondo. El 23 de mayo es una de ellas.

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