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La rave del Cenajo: lo que ocurrió y por qué inquietó a la comarca
Miles de asistentes, caminos saturados y un temporal anunciado marcaron la concentración junto al embalse albaceteño.

La macrofiesta no autorizada instalada junto al embalse del Cenajo durante el Año Nuevo de 2026 reunió a unas 3.000 o 3.500 personas, según las estimaciones difundidas por las autoridades, y llegó a congregar más de 1.000 vehículos. La Guardia Civil desplegó alrededor de 300 agentes y controló los accesos mientras la lluvia y la nieve previstas amenazaban con convertir los caminos en un lodazal y complicar una salida masiva. La información disponible retrata los días de la concentración, no acredita por sí sola cuándo se marchó el último asistente ni cuál fue el balance definitivo posterior.
El episodio tuvo dos caras que convivieron desde el primer momento: una fiesta al aire libre, con participantes llegados de distintos países europeos, y una operación de seguridad en una zona rural con carreteras estrechas, servicios limitados y accesos vulnerables al mal tiempo. Por eso la preocupación no se reducía a que la música siguiera sonando: el principal riesgo era que el terreno y la circulación impidieran atender una emergencia o evacuar los vehículos con normalidad.
De los primeros movimientos al asentamiento en el embalse
Los desplazamientos empezaron a detectarse la noche del 30 de diciembre. Un grupo numeroso de furgonetas, autocaravanas y otros vehículos, con asistentes procedentes de países como Francia y Dinamarca, llegó a la zona de Tobarra. El primer intento de instalarse fue interrumpido durante la madrugada, pero la convocatoria no se disolvió: parte de la caravana se dirigió después hacia Cordovilla, una pedanía del municipio, y más tarde buscó otro emplazamiento.
La concentración acabó asentándose a última hora del 31 de diciembre en las inmediaciones del Cenajo, entre los términos de Hellín y Férez. Los reportes describieron una fiesta internacional cuyo lugar se mantenía en secreto hasta el inicio y se comunicaba mediante canales privados. Ese modo de organización ayuda a entender por qué los primeros intentos de control se encontraron con vehículos que ya estaban en movimiento y con alternativas de ubicación preparadas, en lugar de una convocatoria concentrada en un único punto conocido de antemano.
La zona elegida tampoco era un recinto preparado para recibir a miles de personas. El entorno del embalse combina caminos rurales y superficies expuestas que pueden soportar el paso de vehículos en seco, pero no funcionan como una red amplia de evacuación. El terreno, además, cambia con el nivel del agua y el tránsito. La celebración se extendió sobre las ruinas de Alcantarilla de Jover, una antigua aldea expropiada en los años 60 para construir el pantano y visible cuando baja el nivel del embalse. El paisaje no era un decorado neutral: condicionaba tanto la fiesta como la respuesta de los servicios de emergencia.
Cuántas personas había y qué hacía la Guardia Civil
La estimación oficial difundida durante aquellos días situó la asistencia entre 3.000 y 3.500 personas. No se trataba de un recuento individual: en una concentración sin entradas controladas, la cifra se calcula a partir de la observación y sirve para dimensionar necesidades y riesgos. La Guardia Civil estimó también que había más de 1.000 vehículos, principalmente furgonetas y autocaravanas. Desde el ámbito municipal se expresaron cálculos superiores sobre el volumen de coches, una diferencia que refleja tanto la dificultad de contar desde fuera como la percepción de quienes vivían la saturación en la zona.
En torno a 300 guardias civiles participaron en el dispositivo, con refuerzos llegados de otras provincias y unidades especiales. Los agentes vigilaron accesos y carreteras y trataron de impedir que siguieran entrando más vehículos. El cometido no consistía simplemente en apagar la música: con una multitud ya instalada en un lugar de difícil acceso, la prioridad era mantener la circulación, evitar que la concentración creciera y conservar capacidad de respuesta ante una urgencia. Contener la entrada y preservar las salidas eran tareas inseparables.
La Asociación Unificada de Guardias Civiles criticó la planificación inicial y denunció que varios agentes sufrieron heridas cuando intentaban frenar la caravana en Cordovilla. Según esa organización, fueron atacados con piedras y otros objetos, y el despliegue tuvo que reforzarse. Esas afirmaciones pertenecen a la denuncia del sindicato profesional; describen un episodio de fricción durante los primeros movimientos, no necesariamente el ambiente de todas las horas de la rave. En los reportes posteriores también se habló de jornadas sin incidencias destacables, aunque hubo controles e incautaciones de drogas en el perímetro.
Las carreteras, un problema más amplio que el atasco
La AB-408 quedó en el centro de la gestión del tráfico. La Dirección General de Tráfico informó de un corte total entre los kilómetros 0 y 12,2 durante parte del operativo, en un contexto de vehículos estacionados en los márgenes y accesos congestionados. Los controles también buscaban evitar que los caminos próximos se convirtieran en una fila continua de coches, porque en una vía rural un vehículo detenido puede bloquear el paso de todos los que vienen detrás y reducir el espacio disponible para emergencias.
Otro eje que las autoridades insistieron en mantener despejado fue la N-330, en el tramo entre Hellín y Puente de Híjar. Su importancia iba más allá de facilitar la circulación de los asistentes: conecta localidades de la comarca con servicios esenciales y con el hospital de Hellín. Férez, Socovos, Letur y Elche de la Sierra dependen de las comunicaciones por carretera para desplazamientos cotidianos y urgentes. Un acceso bloqueado podía afectar a vecinos que no tenían relación con la fiesta, incluidas personas que necesitaran atención sanitaria.
La Guardia Civil distribuyó información en castellano, francés e inglés con instrucciones de seguridad, teléfonos de emergencia y advertencias sobre el entorno. Entre ellas figuraba la petición de no bloquear caminos ni accesos y el recordatorio de que el embalse no era una zona de baño. En el agua y sus orillas puede haber restos de la antigua aldea, además de elementos como anzuelos y otros objetos peligrosos. En un lugar concurrido, de noche y con temperaturas bajas, una entrada al agua podía convertir una decisión aparentemente menor en una intervención difícil para los equipos de rescate.
Por qué la lluvia y la nieve cambiaban el escenario
Durante la concentración, las previsiones anunciaron la llegada de la borrasca Francis, con lluvias y nevadas previstas para el fin de semana y un descenso de las temperaturas. El problema no era solo pasar frío o conducir con menor visibilidad. Miles de ruedas habían removido y compactado el suelo; si caía agua de forma persistente, los caminos podían llenarse de barro y roderas. En esas condiciones, un vehículo pierde tracción con más facilidad y una avería o un coche cruzado puede cerrar una vía estrecha.
La nieve y el frío añadían riesgos para quienes llevaban varios días en un evento al aire libre, además de complicar la conducción. En las informaciones de esos días se señaló también la inquietud por una posible subida del nivel del embalse debido a las precipitaciones y por el efecto que pudiera tener en una zona de recogida de aguas. No se describía una inundación ya producida, sino un peligro que las autoridades y el alcalde de Férez consideraban relevante ante el pronóstico. La combinación de agua, barro y vehículos concentrados podía reducir rápidamente las opciones de maniobra.
El domingo se consideraba especialmente delicado por la posible coincidencia entre el tramo más adverso del temporal y el cansancio acumulado tras varios días de fiesta. Si muchos asistentes decidían salir a la vez, los caminos podían saturarse justo cuando estaban más blandos. Pero también existía el escenario inverso: que las personas quisieran marcharse y no pudieran hacerlo con facilidad porque los vehículos quedaran atascados. Por eso la salida gradual era preferible a una estampida, aunque el ritmo de marcha dependía de condiciones que podían cambiar de una hora a otra.
El impacto en Férez y en los pueblos cercanos
Férez, el municipio más próximo, quedó expuesto a una situación que alteró la rutina de una localidad pequeña. La llegada de caravanas y furgonetas generó alarma al principio, según explicó el alcalde, Francisco Javier Jaime Espinosa, quien pidió tranquilidad y agradeció el trabajo de las fuerzas de seguridad. En sus declaraciones, describió el asentamiento como una concentración de caravanas y camiones con cierta organización interna. Esa imagen ayuda a entender que no se trataba de un público que entraba y salía de un recinto, sino de un grupo que había convertido el entorno en un campamento temporal.
La convivencia no se describió como un conflicto permanente. El alcalde señaló que, tras la sorpresa inicial, la población estaba más tranquila y algunas personas se acercaban a curiosear. También indicó que el efecto económico para los negocios locales era limitado: algunos asistentes habían acudido al pueblo a comprar, pero el asentamiento disponía de recursos propios y no dependía de forma constante de los comercios cercanos. La relativa normalidad dentro del municipio no borraba la preocupación por las carreteras ni por la posibilidad de que una urgencia quedara atrapada en el tráfico.
La dimensión ambiental era otra parte del problema. Las voces locales y colectivos ecologistas expresaron inquietud por el impacto de una concentración numerosa en un entorno natural, con circulación fuera de las rutas habituales, residuos y equipos de sonido y generación eléctrica. Los datos disponibles no permiten cuantificar aquí el daño ni atribuir consecuencias concretas, pero sí muestran por qué el final de la música no equivale al final del episodio: la retirada de los asistentes deja una tarea de comprobación y limpieza. El paisaje puede conservar huellas cuando ya no quedan vehículos a la vista.
Qué se sabía de la duración y de las posibles sanciones
Las previsiones que circularon durante aquellos días contemplaban que la fiesta pudiera prolongarse hasta el 6 o el 7 de enero, alrededor de Reyes. A la vez, los reportes indicaron que algunos asistentes habían empezado a abandonar el lugar, un movimiento gradual que las autoridades podían vigilar mejor que una salida simultánea. La cifra de personas presentes, por tanto, no tenía por qué mantenerse estable: parte del grupo se marchaba, mientras los controles trataban de frenar nuevas entradas.
La Subdelegación del Gobierno confirmó que se habían identificado asistentes y advirtió de que los organizadores podían afrontar consecuencias. Las autoridades apuntaron a posibles incumplimientos relacionados con la normativa de espectáculos y con la ocupación de una zona protegida, citada en las informaciones como ZEPA. Se trataba de una investigación y de posibles responsabilidades, no de una sentencia ni de sanciones ya cuantificadas. La información publicada no permite afirmar cuál fue el resultado final de esas actuaciones ni asignar una multa concreta.
El caso también muestra por qué una rave y una fiesta ordinaria no son equivalentes en términos de gestión. Una rave es una celebración centrada en música electrónica pinchada por un DJ, a menudo prolongada durante horas y acompañada por equipos de sonido y luces. El término tiene una historia anterior a la música electrónica, pero se asoció con fuerza al acid house y a las fiestas de gran tamaño que se extendieron desde finales de los años 80. Cuando una convocatoria de ese tipo se organiza sin autorización en un espacio apartado, la dificultad no está solo en el volumen de la música: el acceso, la infraestructura y la responsabilidad sobre el lugar también entran en juego.
Un episodio cuyo desenlace no consta en los reportes disponibles
La concentración del Cenajo reunió elementos que, por separado, podían parecer manejables: una fiesta de varios días, un entorno rural y un dispositivo de control. Juntos formaron un escenario más frágil. Miles de personas, más de un millar de vehículos, caminos expuestos al barro, una carretera cortada y otra que debía permanecer libre para el acceso a servicios esenciales dejaron poco margen para improvisar. La previsión meteorológica convirtió la movilidad en la preocupación dominante, por encima de la propia continuidad del evento.
Las informaciones disponibles describen el asentamiento, el despliegue policial, los primeros incidentes denunciados por el sindicato, las salidas progresivas y los riesgos que se esperaban con la lluvia y la nieve. No confirman por sí mismas la hora de finalización, el estado posterior del terreno ni el balance definitivo de sanciones o daños ambientales. Esa cautela importa: una previsión no es un desenlace y una advertencia no demuestra que el riesgo llegara a materializarse.
Lo que sí deja claro el episodio es que, en una macrofiesta apartada, la distancia que parece ofrecer privacidad puede convertirse en un obstáculo para todos cuando algo sale mal. Los caminos estrechos, la falta de servicios próximos y la dependencia de unas pocas carreteras hacen que el control no consista solo en vigilar a quienes bailan. También exige proteger la vida diaria de los pueblos y mantener abierta una ruta para quien necesite ayuda. En el Cenajo, la prueba decisiva era que la salida y la atención de emergencias siguieran siendo posibles.

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