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Historia

¿Qué ocurrió en Názino, la isla caníbal que Stalin intentó borrar?

Názino causó miles de muertos por hambre, frío y canibalismo en una deportación soviética de 1933 que Stalin mantuvo oculta durante décadas.

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mapa de Názino,

En mayo de 1933, miles de personas fueron desembarcadas en una pequeña isla pantanosa del río Ob, en Siberia occidental. No había viviendas, apenas comida, faltaban herramientas y nadie había preparado seriamente el lugar para recibirlas. En cuestión de semanas, Názino se convirtió en un territorio de hambre, enfermedades, violencia y canibalismo. De unas 6.700 personas enviadas allí, al menos 4.000 habían muerto o desaparecido pocos meses después. Un documento soviético fechado el 20 de agosto contabilizaba solo 2.200 supervivientes; apenas 300 estaban considerados en condiciones de trabajar.

La llamada tragedia de Názino no fue una leyenda nacida con la caída de la Unión Soviética ni una exageración posterior de la propaganda anticomunista. Está reconstruida mediante documentos soviéticos, interrogatorios, informes internos y testimonios recogidos décadas después. Tampoco fue exactamente un experimento aislado, como a veces se cuenta. Názino fue algo más incómodo: la consecuencia extrema de una política de ingeniería social y deportaciones masivas diseñada desde las estructuras centrales del régimen de Stalin.

De las calles de Moscú a una isla perdida de Siberia

Para entender Názino hay que regresar unos meses, al invierno de 1932-1933. La Unión Soviética atravesaba una transformación brutal. La colectivización forzosa del campo había provocado desplazamientos enormes de población y coincidía con una hambruna devastadora en Ucrania y otras regiones soviéticas. Las ciudades recibían a campesinos que huían del hambre mientras el Estado intentaba controlar quién podía vivir, trabajar y desplazarse por ellas.

El 27 de diciembre de 1932 se instauró un nuevo sistema de pasaportes internos. No era un simple documento administrativo. Entre sus objetivos figuraba facilitar la limpieza de Moscú, Leningrado y otros grandes centros urbanos de personas consideradas ajenas al trabajo productivo, delincuentes, antiguos kulaks y otros individuos catalogados por el poder como antisociales o peligrosos. La burocracia encontró así una forma extraordinariamente sencilla de convertir una situación personal —carecer de determinado papel o registro— en una puerta hacia la deportación.

Las redadas terminaron alcanzando a decenas de miles de personas. Había delincuentes y vagabundos, sí, pero también campesinos desplazados, pequeños comerciantes, trabajadores y ciudadanos que sencillamente se encontraban en el lugar equivocado sin la documentación correcta. Quedaron registrados casos de personas detenidas mientras visitaban a familiares o realizaban actividades completamente ordinarias. El Estado necesitaba contingentes; la policía los producía.

Aquí aparece una de las características más reveladoras de Názino. No hacía falta demostrar que alguien hubiese conspirado contra Stalin. La condición de “indeseable” podía fabricarse administrativamente.

El gran proyecto de Yagoda y Berman

En febrero de 1933, Genrikh Yagoda, jefe de la policía política OGPU, y Matvéi Berman, responsable del sistema Gulag, presentaron a Stalin un ambicioso proyecto para deportar grandes contingentes de población considerados indeseables hacia Siberia occidental y Kazajistán. Los deportados debían establecer colonias remotas, cultivar tierras, trabajar en la pesca o en los bosques y, sobre el papel, convertirse rápidamente en comunidades autosuficientes.

La teoría tenía esa limpieza geométrica que tanto gusta a las burocracias cuando las personas aparecen únicamente como números en una carpeta: sacar población incómoda de las ciudades, trasladarla miles de kilómetros, ocupar territorios despoblados y conseguir que los propios deportados produjeran lo necesario para mantenerse.

El problema era pequeño. Nada estaba preparado.

Las autoridades siberianas fueron recibiendo órdenes que superaban de largo su capacidad real. En abril de 1933, unos 25.000 deportados habían llegado ya a Tomsk cuando las instalaciones previstas para recibirlos ni siquiera estaban terminadas y los ríos continuaban parcialmente bloqueados por el hielo. El atasco humano crecía mientras desde Moscú seguían llegando trenes.

Názino: miles de deportados y prácticamente nada para sobrevivir

El 5 de mayo, el responsable local de la zona donde terminarían los deportados recibió un telegrama anunciándole que debía prepararse para unas 3.000 personas. Otro mensaje elevaba la previsión hasta 5.000 o 6.000. Los propios documentos muestran que las autoridades locales admitieron que no tenían preparado prácticamente nada para semejante llegada.

A mediados de mayo comenzaron a llegar las barcazas a Názino, una isla baja y pantanosa situada en el río Ob, en la actual región rusa de Tomsk. Medía aproximadamente tres kilómetros de largo y unos 600 metros de ancho. En una de las primeras expediciones fueron desembarcadas alrededor de 3.000 personas; al menos 23 habían muerto durante el traslado. Después llegaron más.

No encontraron un poblado esperándolos. Ni barracones, ni almacenes organizados, ni herramientas con las que empezar aquella supuesta colonización agrícola.

Había barro, bosque, agua helada y guardias armados.

Los deportados vestían en muchos casos la misma ropa con la que habían sido arrestados en las ciudades. El tiempo empeoró. Llegaron el frío, la nieve, la lluvia y el viento. Muchos dormían junto a hogueras improvisadas, tan cerca del fuego que algunos murieron quemados mientras trataban simplemente de no congelarse.

La comida resultó igual de absurda. Se distribuía principalmente harina de centeno, en cantidades insuficientes y sin medios adecuados para cocinarla. Algunos deportados la mezclaban con agua del río dentro de sombreros o prendas de ropa; otros la ingerían directamente. Hubo personas que enfermaron, otras se asfixiaron al aspirar el polvo y la disentería comenzó a extenderse.

No era autosuficiencia. Era abandono administrativo con un sello oficial.

Hambre, bandas y una jerarquía construida por la fuerza

La organización social de la isla se descompuso a una velocidad brutal. Entre los deportados se habían mezclado personas detenidas en redadas urbanas con delincuentes comunes, algunos procedentes del sistema penitenciario. En un entorno donde apenas existían alimentos y el poder efectivo de los guardias terminaba en impedir la fuga, surgieron grupos capaces de controlar las escasas raciones mediante amenazas y violencia.

La harina adquirió valor de moneda. También la ropa, los zapatos, cualquier objeto de cierta utilidad y hasta los dientes de oro. Los testimonios y documentos conservados describen robos, palizas y asesinatos. Quienes estaban enfermos o físicamente debilitados quedaban particularmente expuestos.

Intentar huir tampoco ofrecía muchas posibilidades. La isla estaba rodeada por las aguas frías del Ob y los guardias disparaban contra quienes trataban de escapar. Algunos consiguieron cruzar el río y atravesar los pantanos hasta alcanzar poblaciones próximas. Muchos otros murieron en el intento.

El canibalismo de Názino está documentado

Es el elemento que convirtió a Názino en la llamada “isla de los caníbales”, pero conviene contarlo sin transformar una tragedia histórica en una película de terror barata.

Hubo canibalismo. Y está documentado.

Los archivos soviéticos conservan interrogatorios realizados a deportados acusados de consumir carne humana, mientras los habitantes de las aldeas próximas relataron posteriormente escenas similares. Algunos testimonios hablan de cadáveres mutilados; otros, de personas extremadamente débiles atacadas antes de morir. Las distintas investigaciones sobre el episodio recogen relatos independientes que coinciden en describir una situación de degradación extrema provocada por el hambre.

Pero sería incorrecto reducir las aproximadamente 4.000 muertes y desapariciones de Názino al canibalismo. La mayoría de las víctimas quedaron atrapadas en una combinación mucho más amplia de inanición, frío, enfermedades, violencia, agotamiento y fugas desesperadas. El canibalismo fue la imagen más atroz del desastre; no su única causa.

Y ahí reside quizá lo verdaderamente perturbador. No fueron abandonadas allí porque alguien hubiese diseñado expresamente una isla donde observar hasta dónde podía llegar el ser humano hambriento. La documentación apunta a algo más prosaico y, precisamente por eso, más revelador: una maquinaria estatal que deportó a miles de personas antes de comprobar que hubiera comida, alojamiento, herramientas o una estructura mínima capaz de mantenerlas con vida.

La distopía no necesitó un científico loco. Le bastaron órdenes, cuotas, trenes y funcionarios obedeciendo.

Vasili Velichko y el informe que rompió el silencio

Názino probablemente habría quedado reducido a rumores locales de no ser por Vasili Velichko, un instructor comunista que decidió investigar lo sucedido durante el verano de 1933.

Velichko entrevistó a decenas de personas y elaboró un informe de 11 páginas que envió a Moscú, Novosibirsk y las autoridades regionales. Describió las muertes por frío y agotamiento, la escasez de alimentos, la desorganización, los cadáveres abandonados y los episodios de canibalismo. Cuando visitó posteriormente la isla, los deportados habían sido evacuados, pero aún se encontraban restos humanos entre la vegetación y refugios improvisados.

Su denuncia provocó una investigación oficial. Una comisión del Partido Comunista confirmó en buena medida los hechos y varios responsables locales recibieron reprimendas o condenas de prisión de entre uno y tres años. Castigos bastante modestos frente a una catástrofe de semejante tamaño.

Después cayó el silencio.

El informe fue marcado como secreto y terminó enterrado en los archivos soviéticos. Velichko perdió su puesto en el partido y continuó más adelante su carrera como periodista y corresponsal de guerra. No volvió a publicar sobre Názino.

Por eso afirmar que Stalin personalmente ordenó borrar cada huella del episodio sería ir más allá de lo que permiten los documentos conocidos. No hace falta adornarlo. El propio sistema hizo el trabajo: investigó internamente, castigó a algunos responsables y clasificó la información, sin permitir que la sociedad soviética conociera la magnitud del desastre.

Cómo salió a la luz la isla de la muerte

Durante décadas, Názino sobrevivió fundamentalmente en la memoria de los habitantes de aquella zona de Siberia y en archivos inaccesibles para el público.

A finales de los años ochenta, durante la apertura política de la perestroika, investigadores vinculados a Memorial, la organización dedicada a documentar la represión soviética, comenzaron a recuperar testimonios. En 1989, una expedición recogió recuerdos de vecinos de la región que todavía conservaban imágenes de los deportados y de la isla. El informe de Velichko acabaría haciéndose público años después.

El historiador francés Nicolas Werth reconstruyó posteriormente el episodio a partir de documentación de archivo y lo situó dentro de un fenómeno mucho más amplio: la política estalinista de desplazamientos forzosos y los llamados “asentamientos especiales”, una especie de segundo universo represivo paralelo a los campos de trabajo más conocidos del Gulag.

La proporción revela la escala de aquella maquinaria. Según los registros soviéticos estudiados posteriormente, los aproximadamente 4.000 desaparecidos de Názino representaban como máximo alrededor del 1% de los deportados que desaparecieron de los asentamientos especiales durante 1933. Las estadísticas oficiales de aquel año registraron 151.601 muertos y 215.856 fugitivos entre esos colonos forzosos, aunque la aparente precisión de las cifras soviéticas debe tratarse con cautela.

Názino fue excepcional porque sabemos mucho de ella. No necesariamente porque fuera excepcional que la gente muriese.

La isla que convirtió una política de Estado en una pesadilla

Queda una cruz de madera levantada en recuerdo de las víctimas y queda, sobre todo, el nombre. Názino. Una isla pequeña en medio de un río inmenso donde durante unas semanas de 1933 la abstracción burocrática tomó cuerpo: seres humanos convertidos en categorías administrativas, transportados como carga y abandonados dentro de un proyecto que pretendía reorganizar la sociedad desde arriba.

El canibalismo explica el apodo. No explica la tragedia.

La tragedia empieza antes, en los despachos donde se decidió que determinados ciudadanos podían ser expulsados de las ciudades porque no encajaban en la sociedad que el régimen quería construir. Sigue en las redadas, los vagones, los campos de tránsito saturados y las barcazas. Termina en una isla sin techo, sin herramientas y prácticamente sin comida.

Más de 4.000 muertos o desaparecidos después, el Estado archivó el expediente. Durante décadas apenas se habló de ellos.

Quizá por eso Názino sigue resultando tan incómoda casi un siglo después. No necesita mitos, conspiraciones ni cifras infladas para impresionar. Basta con lo que dejaron escrito los propios funcionarios soviéticos. La pesadilla ya estaba allí.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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