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¿Qué es una Fallera Mayor y qué se debe hacer para serlo?

Fallera Mayor de València: funciones, proceso, agenda, indumentaria y claves para llegar al cargo tras el 27-S celebrado en Roig Arena 2025.

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Fallera Mayor y Menor en 2018

Foto de Rafa Esteve bajo licencia CC BY-SA 4.0

Fallera Mayor de València: funciones, proceso, agenda, indumentaria y claves para llegar al cargo tras el 27-S celebrado en Roig Arena 2025.

La Fallera Mayor de València es la máxima representante de la fiesta grande de la ciudad, la voz que durante un año encarna el espíritu de las Fallas ante instituciones, medios y mundo fallero. No es un título decorativo ni un gesto de protocolo: asume una agenda diaria, preside actos oficiales, visita comisiones, viaja a poblaciones con tradición fallera y ejerce como embajadora cultural de una celebración reconocida a nivel internacional. Su figura concentra simbolismo, trabajo organizativo y una responsabilidad clara: proyectar la fiesta con rigor y cercanía, sin perder la raíz de lo que ocurre cada marzo en las calles.

Para llegar a ocupar ese puesto existe un proceso reglado que comienza en las preselecciones de cada sector fallero, continúa con la designación de las Cortes de Honor —trece niñas y trece mujeres— y culmina con la elección final, que se comunica mediante la llamada de la alcaldesa. A partir de ese momento arranca un calendario exigente, de septiembre a marzo, con hitos como la Proclamación, la Exaltación, la Crida, la Ofrenda o la Cremà. Se valora la implicación fallera real, la naturalidad, la capacidad de comunicación, el conocimiento de la fiesta, la disponibilidad y el equilibrio personal para un año que se vive casi a contrarreloj. El 27 de septiembre, en el Roig Arena, València vivió una gala que marcó el paso decisivo del nuevo ciclo: se presentaron las candidaturas y se anunciaron las Cortes de Honor que acompañarán a las futuras representantes.

Definición y función en el presente

La Fallera Mayor representa a todas las falleras y falleros de València. Preside actos, emite mensajes institucionales, acompaña a la corporación municipal, comparte escenario con artistas, pirotécnicos, bandas de música y gremios artesanos, y actúa como enlace entre la tradición y su relato contemporáneo. Ese papel se concreta en intervenciones públicas, entrevistas, visitas a casales y una presencia constante en la vida cultural de la ciudad. Su agenda, intensa, no se limita a marzo: se despliega a lo largo de todo el ejercicio fallero, con focos que apuntan a patrimonio, educación cívica, turismo responsable, seguridad, sostenibilidad y accesibilidad.

La representación no es una recitación de discursos cerrados. Una Fallera Mayor creíble habla con criterio propio, reconoce el trabajo colectivo —comisiones, artistas, indumentaristas, músicos, pirotécnicos— y sabe moverse entre la emoción de un palco de mascletà y la precisión de un encuentro con instituciones. Su voz ayuda a ordenar debates sensibles —ruido, movilidad, horarios, convivencia— y a explicar por qué la fiesta merece el respeto que tiene. Embajadora, sí; portavoz, también. Con naturalidad, sin imposturas.

Un año que se mide en actos

Hay hitos que marcan el relato anual: la Exposición del Ninot y la posterior recogida de votos, la Crida que abre oficialmente la fiesta, las mascletàs de marzo en la plaza del Ayuntamiento, la Ofrenda a la Mare de Déu, la entrega de premios a las comisiones, la Cremà del 19, además de recepciones, cabalgatas, presentaciones, visitas a talleres de artistas falleros y viajes a poblaciones con fallas. Cada semana trae varios compromisos; algunas jornadas, tres o cuatro. La agenda se sostiene con puntualidad, logística y temple, y se apoya en equipos técnicos de Junta Central Fallera (JCF) y proveedores de confianza.

Cómo se llega al cargo: fases y criterios

El acceso a la Fallera Mayor de València no es espontáneo. Exige trayectoria fallera, pertenencia a una comisión de la ciudad y aceptación de un proceso que se entiende como un examen global de disponibilidad, conocimiento, representatividad y comunicación. Las preselecciones por sectores —en verano— eligen a las candidatas que pasan al siguiente tramo. De ahí se configuran las Cortes de Honor: trece mujeres y trece niñas que actuarán como equipo cercano a las dos máximas representantes.

El jurado, nombrado por la JCF, entrevista a cada candidata y valora elementos que no caben en un formulario. Se busca naturalidad ante los medios, claridad en el discurso, conocimiento de la fiesta, sensibilidad cultural y capacidad para sostener un año intenso. La decisión se hace pública con la llamada de la alcaldesa, un gesto que se ha convertido en símbolo contemporáneo del nombramiento. Después llegan la Proclamación —acto que oficializa el cargo— y la Exaltación, ceremonia solemne que presenta a la Fallera Mayor y a su Corte ante la ciudad.

Qué pesa de verdad en la elección

No existe un molde único. Sí se repiten patrones. Biografía fallera auténtica, no de escaparate. Comunicación sin pose: dicción clara, ideas ordenadas, valenciano solvente y castellano correcto, escucha activa con los medios. Conocimiento: saber diferenciar un traje del XVIII de uno del XIX, identificar un pasodoble de banda, nombrar un oficio artesano, entender cómo se ordena una cabalgata. Disponibilidad: un calendario con mañanas y noches, desplazamientos, madrugones, entrevistas y actos consecutivos. Equilibrio emocional: gestionar la exposición pública sin perder frescura. Apoyo: familia, comisión, entorno laboral y patrocinadores puntuales, porque el cargo exige logística.

Requisitos reales y preparación útil

Lo primero es querer la fiesta tal y como es, con su mezcla de arte efímero, pólvora, sátira y comunidad. De ahí hacia arriba, preparación. Muchas aspirantes afinan entrevistas, entrenan respuestas y revisan historia fallera con la ayuda de sus comisiones. No se trata de recitar fechas, sino de sostener un relato que conecte con lo que ocurre en la calle.

La disponibilidad debe ser honesta. Hay estudiantes que negocian tutorías; profesionales que pactan flexibilidad; autónomas que reorganizan su agenda. Se viaja, se repite peinado y maquillaje varias veces a la semana, se encadenan actos en días de calor o viento. El cuerpo cuenta: descanso cuando toca, hidratación, calzado adecuado fuera de los momentos de indumentaria tradicional, cuidado de espalda y rodillas. También cuenta la gestión emocional: redes sociales con foco, entrevistas improvisadas, fotos sin fin. La JCF aporta estructura, y los equipos profesionales —peluquería, orfebrería, indumentaria— sostienen la imagen y el protocolo.

La comunicación es un eje. No hace falta grandilocuencia, pero sí solvencia. Ordenar ideas, adaptarse a diferentes formatos —televisión en directo, radio, prensa escrita, actos de calle—, responder con naturalidad a preguntas sensibles y evitar tópicos vacíos. Una Fallera Mayor que convence cuenta anécdotas de casal, nombra a su artista fallero, sabe quién bordó su manteleta y por qué su comisión eligió esa crítica en el monumento. El detalle verdadero derriba guiones.

La cultura fallera no se improvisa en dos tardes. La tradición vive en oficios: artistas, indumentaristas, orfebres, peluquería tradicional, bandas, pirotecnia, pirograbado, tipografías de llibret. También en normas: seguridad, horarios, convivencia, accesibilidad. La Fallera Mayor no es policía del civismo, pero su palabra pesa para explicar y persuadir. Ese es el tono: firmeza serena.

Agenda, protocolo e imagen pública

La Fallera Mayor funciona como representante institucional de la fiesta y como referencia mediática durante el ejercicio. Preside actos de gran impacto, acompaña a la corporación municipal en cabalgatas, entrega premios, inaugura exposiciones, recibe delegaciones y atiende medios locales y nacionales. En ese circuito, la Corte de Honor no es comparsa: actúa como equipo, comparte agenda y sostiene la representación en numerosos actos, especialmente en barrios y comisiones más pequeñas, donde la proximidad construye fidelidad a la fiesta.

La relación con los medios se ha profesionalizado. Hay ruedas de prensa, entrevistas en estudios, conexiones en directo desde la plaza, sesiones de fotos, notas oficiales. Se espera puntualidad, brevedad eficaz en declaraciones y claridad en temas sensibles. La imagen pública se cuida con detalle: indumentaria impecable cuando corresponde, traje de calle muy trabajado en otros actos, saludos medidos en escenarios y cercanía en convivencias con comisiones. La regla tácita es sencilla: solemnidad donde toca, naturalidad en el resto.

Actos que definen un calendario

La Crida es el pistoletazo de salida. Desde las Torres de Serranos, la Fallera Mayor invita a València a vivir la fiesta. La Exposición del Ninot pone foco en la artesanía y en la salvación del ninot indultado. Las mascletàs de marzo exigen protocolo en palcos y mensajes ante la prensa. La Ofrenda cruza devoción, estética y resistencia física en dos tardes intensas, con la basílica como punto de encuentro emocional. La entrega de premios a los monumentos vencedores —entre el bullicio y la lluvia de confeti— coloca a la Fallera Mayor en el centro de una liturgia de orgullo colectivo. Y llega el 19 de marzo: la Cremà que cierra el ciclo y abre el siguiente. Entre medias, ferias, homenajes, acciones solidarias, visitas a colegios y asociaciones, viajes a poblaciones falleras y una secuencia interminable de vida de casal que es, en realidad, la base de todo.

Indumentaria, artesanía y simbolismo

La Fallera Mayor habla también a través de su indumentaria tradicional. El traje del siglo XVIII —guardapiés amplio, sedas con dibujo, manteletas finísimas— se asocia a los actos más solemnes. El del siglo XIX, con su silueta característica, aparece en otros escenarios. No es un desfile de moda sino un lenguaje de códigos: tejidos, metales, peinados, aderezos, peinetas grabadas con motivos vegetales o heráldicos, joias que cuentan historias familiares o del oficio. Cada puntada importa; cada broche debe estar en su sitio.

El peinado —rodetes laterales y moño trasero— exige manos expertas y tiempos marcados. La orfebrería no solo brilla; equilibra el conjunto y conversa con la seda. La peluquería tradicional trabaja con precisión de relojero, a veces dos y tres veces en un día de actos. Y la etiqueta completa el cuadro: traje de calle con criterio, combinaciones contemporáneas que dialogan con la tradición sin desdibujarla. Equilibrio es la palabra. Representar es elegir bien en cada momento.

Proveedores oficiales y organización silenciosa

La JCF marca líneas maestras y articula acuerdos con talleres y firmas que garantizan homogeneidad, calidad y calendario. El día a día lo sostienen profesionales que no salen en la foto: quienes ajustan un bajo en el último minuto, quien corrige un rizo antes de un saludo, quien resuelve un enganche caprichoso en bambalinas, quien organiza traslados para encadenar actos. El cargo se disfruta mucho más cuando se entiende que esa coreografía invisible es parte del éxito.

27-S en el Roig Arena: el inicio visible del nuevo ciclo

El 27 de septiembre, València llenó por primera vez el Roig Arena para una gala de elección que introdujo un formato de gran aforo y realización televisiva. El recinto —recién estrenado— mostró que la fiesta sabe dialogar con espacios contemporáneos sin perder su raíz. Sobre el escenario, las candidatas desfilaron con solvencia, se anunciaron los 26 nombres de las Cortes de Honor y quedó claro que el ejercicio 2025-2026 pisa fuerte desde el primer minuto.

El ambiente, con miles de asistentes, un montaje multidisciplinar y una liturgia perfectamente reconocible —música de banda, emoción en los palcos, ojos húmedos en pasillos—, dejó estampas que ya forman parte del álbum reciente de las Fallas. También sonó el agradecimiento a las representantes salientes, que cerraron ciclo con palabras de memoria y gratitud. Desde ese instante, entrevistas, sesiones de fotos, convivencia con jurado y espera de la llamada municipal en octubre. El calendario se acelera: Proclamación, Exaltación y primeros actos en barrios y comisiones. La fiesta, otra vez, al galope.

Ideas claras para quien aspira a serlo

Ser Fallera Mayor de València significa representar una comunidad que trabaja todo el año y que, en marzo, convierte la ciudad en un escenario de arte efímero, música y pólvora. El camino para llegar pasa por las preselecciones, la Corte de Honor y la elección final; requiere implicación fallera real, comunicación solvente y disponibilidad total para un calendario que transforma rutinas. El cargo pide criterio, equilibrio y respeto por los oficios que sostienen la fiesta. A cambio, ofrece un año irrepetible, intenso, de orgullo compartido, en el que la tradición se cuenta ante el mundo con una voz que debe ser, a partes iguales, cálida, precisa y auténtica.

Queda una idea que ordena todas las demás. Qué es una Fallera Mayor no se entiende solo en un escenario ni bajo un balcón durante una mascletà. Se entiende en un casal un martes cualquiera, entre arroz al horno, rifas y montaje de carpas; en una visita a un taller donde nace un ninot; en una calle que espera la Ofrenda; en una banda que afina antes de salir. Quien llega al cargo ha vivido esa vida y la reconoce sin imposturas. Y cuando toma la palabra, representa a toda la fiesta: a la comisión grande y a la pequeña, a quien cose, a quien pinta, a quien compone, a quien prende la mecha. Esa es la esencia. Y por eso, cuando en València suena el nombre elegido y se abre un año nuevo, la ciudad entiende que ese rostro no es solo un símbolo: es el hilo conductor de una tradición que sigue en pie y que, cada septiembre, vuelve a empezar con la misma ilusión.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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