Síguenos

Ocio

¿Qué es un ‘therian’ y por qué invade TikTok?

Publicado

el

Qué es un therian

Therians: la identidad animal que explota en TikTok, sus claves y el debate tras incidentes, Morat en Buenos Aires y el boom del quadrobics.

Hay una escena que se repite, casi como un patrón: una persona joven con máscara de lobo o de perro, una cola sujeta al pantalón, manos en el suelo y ese trote en cuatro apoyos que, visto en vertical, parece medio coreografía, medio juego y medio desafío físico. A eso, a esa etiqueta que acompaña miles de vídeos, se la está llamando “therian”: gente que dice sentir una identificación interna con un animal —no como disfraz puntual, sino como parte de su identidad— y que lo expresa en redes con gestos, estética y conducta, a veces en privado y a veces en parques, plazas o patios donde la mirada ajena entra en la ecuación sin pedir permiso.

La palabra ha saltado del nicho a la conversación general en pleno febrero de 2026, empujada por vídeos virales, reacciones en cadena y también por episodios incómodos que han convertido una subcultura digital en tema de debate público. El foco, estos días, no está solo en “qué significa” o “de dónde viene”, sino en qué ocurre cuando la identidad se convierte en performance y la performance se sale de la pantalla: de repente aparecen acusaciones, miedos, simplificaciones (“es una moda”, “es una enfermedad”), y casos concretos que lo tensan todo.

El momento que disparó la conversación: de una firma de autógrafos a un susto

El vídeo que muchos señalan como acelerador del ruido mediático tiene un protagonista inesperado: Morat. Ocurrió el 14 de febrero de 2026 en Buenos Aires, en la zona de Palermo Hollywood, después de una entrevista en el canal de streaming OLGA. Según el relato publicado en prensa, mientras saludaban a fans en plena calle, una joven identificada en redes como “therian” corrió hacia el grupo y se abalanzó sobre uno de los músicos; la situación quedó en tensión y se cortó rápido con la intervención de seguridad. En esa escena aparecen, con nombres y apellidos, los integrantes del grupo: Juan Pablo Villamil, Juan Pablo Isaza, Martín Vargas y Simón Vargas. Un gesto de segundos, sí, pero suficiente para que miles de cuentas lo compartieran como “prueba” de algo que, en realidad, es bastante más amplio que un clip.

El otro episodio que ha pesado en la conversación ya no va de susto, sino de denuncia. El 11 de febrero de 2026, Infobae publicó el caso de una madre en la localidad de Jesús María, provincia de Córdoba, que contó que su hija —una adolescente de 14 años— habría sido abordada por un grupo de tres o cuatro personas con máscaras, que la olfatearon, la corretearon y, finalmente, una de ellas le mordió el tobillo. El relato sitúa el hecho cerca del Colegio Domingo Faustino Sarmiento y menciona que la madre habló con la Radio Somos el Norte. Ese detalle, lo de “olfatear” y “morder”, es dinamita: convierte una tendencia en asunto de convivencia y seguridad, y arrastra a todos los demás —los que solo suben vídeos, los que se reúnen para practicar movimientos, los que se identifican espiritualmente— al mismo saco.

En paralelo, han circulado otros vídeos desde Argentina con variantes del mismo tema (mordiscos, discusiones con vecinos, intervenciones policiales) y también imágenes de quedadas en plazas en distintos países, lo que alimenta la sensación de “oleada” y, a la vez, multiplica el malentendido: no todo lo que se graba con máscara es therian, ni todo lo que se etiqueta como therian responde al mismo tipo de vivencia. Incluso dentro de la etiqueta conviven lo identitario, lo recreativo y lo puramente imitativo, lo de “hago esto porque está de moda y queda bien en cámara”.

Qué significa ser ‘therian’ cuando se deja el meme a un lado

Si se baja el volumen del chiste fácil, la definición que más se repite en los textos recientes es bastante concreta: un “therian” es alguien que afirma tener una identificación interna con un animal no humano, a veces descrita como espiritual, emocional o psicológica. No es “me gustan los lobos”, ni “me disfrazaré de zorro el fin de semana”, sino una sensación persistente de “esto forma parte de mí”, con un vocabulario propio para explicarlo. En esa jerga aparece el “teriotipo”, la especie con la que la persona dice identificarse; en redes dominan cánidos y felinos —perro, lobo, zorro, gato— por razones casi obvias: son animales cercanos, simbólicamente potentes y fáciles de representar con accesorios mínimos.

Esa identificación se expresa de mil maneras, pero las más visibles —las que el algoritmo premia— son físicas y estéticas: máscaras, colas, orejas, maquillaje, y la imitación de comportamientos animales. Ahí entra el movimiento en cuatro patas, los saltos y posturas que parecen sacados de un manual de parkour casero; también entra la “vida de manada” recreada para cámara, con escenas de “territorio”, “juego”, “acecho” o “dominancia” dramatizadas en un parque cualquiera. El paso clave es este: lo que antes se quedaba en foros y conversaciones privadas ahora se convierte en contenido breve, editable, replicable; un lenguaje corporal que, en diez segundos, dice más que un hilo de mil palabras.

En algunos relatos, además, aparecen momentos descritos como cambios de estado —hay quienes hablan de “shift”, como si por ratos esa identidad animal se sintiera más presente— y rutinas cotidianas que integran gestos o hábitos asociados al teriotipo. Aquí conviene ser finos: hay una diferencia enorme entre hablar de identidad y afirmar una transformación física real, y la mayoría de discursos mediáticos sobre el fenómeno viral se mueven en el primer terreno, el de la autoidentificación y la expresión social, no en el de una creencia delirante. Esa distinción, sin embargo, se pierde rápido cuando la conversación se calienta.

De los foros de los 90 al vídeo vertical: un fenómeno viejo en un formato nuevo

La idea moderna de comunidad “therian” no nace en TikTok, aunque TikTok sea hoy su escaparate. Varios recuentos recientes sitúan el origen en los últimos años de los 90, cuando internet todavía era un mapa de rincones: foros, listas de correo, grupos de discusión donde gente con experiencias parecidas —sueños recurrentes, sensaciones corporales extrañas, vínculos espirituales con animales— buscaba un lenguaje común y, sobre todo, un espacio donde hablar sin convertirse en diana. En esos entornos se fueron fijando términos, códigos de conducta y una cultura propia que, con los 2000, convivió y se cruzó con otros grupos cercanos como los otherkin, personas que dicen identificarse con criaturas mitológicas (dragones, elfos) más que con animales.

La palabra que hoy se usa, “therian”, viene por abreviación de “therianthropy”, un término con raíces griegas asociado históricamente a la mezcla o transformación entre humano y animal. En el uso clásico se vincula a mitología y folclore; en el uso contemporáneo se ha desplazado hacia la experiencia de identidad. En ese viaje semántico hay un detalle curioso: el término “therianthrope” funciona como paraguas del viejo “lycanthrope” (hombre lobo), pero ampliado a cualquier animal; no es casual que el imaginario popular vuelva siempre al lobo, aunque la comunidad sea más variada.

Lo que cambia ahora no es tanto “la existencia” del fenómeno como su visibilidad y su velocidad. Antes, la pertenencia se construía con texto y anonimato; hoy se construye con cámara, estética y una especie de confirmación social instantánea: likes, duos, reacciones, imitaciones. El salto a la popularidad llega cuando el contenido es fácil de copiar —una máscara hecha en casa, una cola, un par de saltos— y cuando la plataforma convierte lo llamativo en recomendación automática. A la vez, la exposición masiva trae un precio: cualquier gesto puede ser sacado de contexto, cualquier vídeo puede convertirse en burla, y cualquier incidente —como el de Morat o la denuncia de Jesús María— puede contaminar la percepción de todo el fenómeno.

Therian no es furry, aunque desde fuera parezca el mismo disfraz

La confusión con el mundo furry es casi inevitable porque el ojo se queda con lo superficial: orejas, colas, máscaras, animalidad. Pero la diferencia que marcan quienes explican el fenómeno en medios es clara: el furry se describe como afición o fandom, un espacio de entretenimiento y cultura alrededor de animales antropomorfos (personajes con rasgos humanos), con convenciones, trajes completos en algunos casos y un componente artístico fuerte; el therian, en cambio, se presenta como una identificación vivida como íntima y real, más allá del cosplay. En palabras llanas: en uno predomina el “interpreto”, en el otro se insiste en “me reconozco”.

Esta distinción importa porque, cuando se mezcla todo, se dispara la caricatura. Hay adolescentes con máscara que no se consideran therians ni furries: simplemente siguen una tendencia estética; hay furries a los que les irrita que les cuelguen etiquetas que no son suyas; hay therians que no usan nunca accesorios, y aun así se sienten dentro. El propio ruido mediático ha terminado fabricando una especie de “animalidad genérica” donde cabe todo, y ahí es donde la conversación se empobrece: se habla de lo que se ve —lo vistoso— y se ignora lo que se afirma sentir —lo invisible—, que es justamente el núcleo de la etiqueta.

En la práctica, además, la frontera no siempre es una pared: hay gente que entra por un lado y explora el otro, comunidades que se cruzan, estéticas que se prestan. Lo que sí parece constante es el motivo por el que el debate estalla: cuando la identidad se vuelve pública, deja de ser solo “una cosa de internet” y pasa a ser “una cosa del espacio compartido”. Ahí aparecen los conflictos por uso de parques, por interacción con mascotas ajenas, por miradas, por burlas, por vídeos grabados sin consentimiento. La estética animal es el detonante visual; el choque real es social.

Quadrobics: lo que se ve, lo que se imita y lo que puede doler

El término que acompaña muchos de estos vídeos —y que a veces se mezcla con la etiqueta therian sin ser lo mismo— es quadrobics, una práctica basada en moverse en cuatro extremidades imitando locomoción de animales: caminar, trotar, saltar, apoyarse y desplazarse con manos y pies. En algunos contextos se presenta como simple movimiento; en otros, como entrenamiento físico; en otros, como parte de la expresión identitaria. Esa ambigüedad lo ha hecho perfecto para redes: es espectacular, es físico, y se entiende sin explicación. Medios internacionales lo han descrito como tendencia fitness centrada en movimiento más que en identidad, precisamente para separarlo del debate de “quién soy” y dejarlo en “qué hago con el cuerpo”.

La moda del “correr a cuatro patas” tiene, incluso, una capa de récord deportivo que se cita a menudo cuando se intenta dar contexto: Guinness World Records mantiene una marca oficial de los 100 metros “running on all fours”, con un historial de mejoras desde 2008 y un registro reciente fijado en septiembre de 2025 por Ryusei Yonee con 14,55 segundos. Antes, durante años, se asoció este tipo de carrera al japonés Kenichi Ito, que llegó a ostentar el récord en varias ocasiones, convertido en icono raro de internet mucho antes de que TikTok convirtiera el gesto en tendencia. Ese dato no explica el fenómeno therian, pero sí ayuda a entender por qué el movimiento en cuatro patas tiene una vida propia al margen de la identidad: es llamativo, es medible, y se puede convertir en reto.

Ahora bien, cuando se baja a tierra, el movimiento tiene consecuencias físicas evidentes. Varios análisis sobre quadrobics advierten de un punto básico: manos, muñecas, codos y hombros no están acostumbrados, en la mayoría de cuerpos, a soportar carga repetida como lo hacen los pies; si se insiste sin adaptación, pueden aparecer molestias o lesiones por sobreuso, y el riesgo sube cuando se añaden saltos o aterrizajes bruscos. No hace falta dramatizarlo: es biomecánica simple. De hecho, incluso los textos más templados sobre el tema insisten en que cualquier práctica nueva necesita tiempo de adaptación y que el “efecto viral” empuja a probar cosas por imitación, no por preparación.

Identidad, convivencia y salud mental: el debate que se ha abierto a golpes de viralidad

Con la etiqueta therian ha ocurrido algo muy típico de internet: la conversación se ha polarizado en dos extremos y, en medio, se ha ido perdiendo matiz. De un lado, quienes lo despachan como “cringe” o capricho adolescente; del otro, quienes lo interpretan como señal inequívoca de trastorno mental. En ese choque, algunos especialistas citados en medios han intentado bajar el tono y devolverlo a un marco social: la necesidad de pertenencia, la búsqueda de comunidad, la posibilidad de encontrar un grupo cuando no encaja en otros. En España, por ejemplo, LOS40 recoge declaraciones de la psicoterapeuta Julissa Podestá en esa línea: más que alarma automática, lectura de contexto, adolescencia, grupo, identidad y refugio. No es un salvoconducto, pero sí una explicación menos histérica.

El problema es que, cuando aparecen denuncias por agresión —mordiscos, acoso en la calle, interacción invasiva—, el debate cambia de carril. Ya no se discute solo una etiqueta, sino conductas concretas. El caso de Jesús María, contado con detalles de lugar y situación, es paradigmático: si un grupo aborda a una menor, la olfatea y la muerde, eso deja de ser “subcultura” y entra en el terreno de la convivencia y la seguridad, con independencia de la estética o la identidad que se alegue. Y ahí, además, aparece un efecto arrastre: se tiende a convertir un incidente en “diagnóstico” de todo el fenómeno, como si el comportamiento de unos pocos explicara a los miles que simplemente se graban saltando en un parque.

Hay una distinción clínica que conviene poner sobre la mesa sin convertirla en arma arrojadiza. En psiquiatría existe lo que se ha llamado “teriantropía clínica” o formas de zoantropía: casos raros en los que una persona sostiene la creencia delirante de transformarse en un animal y actuar como tal. Un trabajo de revisión publicado en 2025 en Neuroscience & Biobehavioral Reviews, firmado por Jan Dirk Blom y Brian A. Sharpless, recopiló 77 casos descritos en la literatura y los analizó como un fenómeno clínico excepcional, con predominio de transformaciones “caninas” en la casuística. Ese terreno es otra historia: habla de delirio, de patología, de intervención sanitaria. Confundirlo con el uso contemporáneo de “therian” en redes —que suele referirse a identidad y comunidad— es un error frecuente, y también una forma rápida de estigmatizar.

En medio queda lo que, de verdad, está pasando en la calle: reuniones en parques, vídeos, imitaciones, grupos que se organizan y, a veces, conflictos con el entorno. Parte de la cobertura reciente menciona convocatorias en lugares como Montevideo y distintos puntos de Perú y Argentina, además de la expansión del contenido por TikTok y YouTube. En América Latina, la conversación se ha mezclado con episodios mediáticos que han actuado como gasolina —el susto con Morat, denuncias como la de Córdoba— y con creadores que se “infiltran” o documentan quedadas para generar contenido, lo que añade otra capa: la del espectáculo sobre el espectáculo. La tendencia se alimenta de miradas; no siempre son miradas inocentes.

En España, la etiqueta ha llegado sobre todo como consumo importado: aparece en feeds, en resúmenes virales, en debates de sobremesa digital. No hay una evidencia sólida, en la cobertura más citada estos días, de grandes concentraciones locales comparables a las que se describen en algunos países latinoamericanos; lo que sí hay es circulación intensa del término y del formato, con el mismo patrón visual: máscara, cola, cuatro patas, parque. Y eso basta para que el fenómeno “exista” aquí en el sentido moderno: existe si se habla de él, si se replica, si se discute, aunque la práctica esté a miles de kilómetros.

Cuando la máscara baja: lo que queda tras el ruido

El fenómeno therian, tal y como se ha hecho viral ahora, se entiende mejor si se observa en dos planos a la vez: en el plano íntimo, como lenguaje para nombrar una identificación que algunas personas dicen sentir desde hace años; en el plano público, como estética y movimiento que internet ha convertido en tendencia rápida, copiable, discutible. Lo que ha hecho febrero de 2026 es juntar ambos planos a la fuerza, con episodios muy concretos que han tensado la conversación: el incidente con Morat en Buenos Aires, la denuncia de una madre en Jesús María, y la cascada de vídeos que, por imitación, han multiplicado la presencia de máscaras y carreras en cuatro patas.

A partir de ahí, el debate real no va de si “es raro” —lo raro, en internet, dura lo que tarda en aparecer algo más raro—, sino de cómo se administra la frontera entre identidad y comportamiento cuando se comparte espacio con otros. Si la etiqueta se usa para construir comunidad y expresión, la conversación puede ser cultural; si se usa como excusa para invadir, acosar o agredir, la conversación pasa a ser de convivencia y responsabilidad. Esa diferencia no la resuelve un algoritmo, ni una máscara, ni un trending topic: la resuelve la conducta, la ley común y el sentido básico de límites. Y, mientras tanto, la palabra “therian” seguirá haciendo lo suyo: viajar, mutar, mezclarse con quadrobics, confundirse con el universo furry, y reaparecer cada vez que un vídeo de cuatro patas vuelva a encender el scroll.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído