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¿Qué es Palantir y por qué mueve los hilos del poder global?

Palantir es la compañía que convierte datos dispersos en decisiones. Nació en 2003 con capital de In-Q-Tel (CIA) y el empuje de Peter Thiel y Alex Karp, y hoy está sentada en mesas donde se resuelven crisis: estados mayores, servicios de salud, cuerpos de seguridad.

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Qué es Palantir

Palantir pasa de la sombra al poder: contratos en defensa, NHS y UE la hacen pieza clave que decide guerras y gestiona hospitales en Europa.

Palantir es la compañía que convierte datos dispersos en decisiones. Nació en 2003 con capital de In-Q-Tel (CIA) y el empuje de Peter Thiel y Alex Karp, y hoy está sentada en mesas donde se resuelven crisis: estados mayores, servicios de salud, cuerpos de seguridad. Su peso no viene de tener millones de usuarios, sino de quiénes son sus usuarios y qué ponen en sus manos: desde la planificación de un bombardeo a la liberación de camas en una UCI. En 2025, su software —Gotham, Foundry y AIP— sostiene operaciones críticas de Estados Unidos, el NHS británico, Ucrania, la OTAN y varias administraciones europeas.

El vector es claro: fusionar información (sensores, historiales, registros, satélites), estandarizarla en una sola ontología y operarla con reglas, auditoría y, cada vez más, IA. Ese es el motivo de su influencia real: no “predice el futuro” por magia; acorta ciclos de decisión y pone capas de inteligencia en el sitio exacto donde hace falta. Contratos como el acuerdo marco del Ejército de EE. UU. a diez años y hasta 10.000 millones de dólares, la plataforma Federated Data Platform del NHS o los programas TITAN y Project Maven explican el salto. Europa, con la Ley de IA ya en vigor, abre la puerta regulada a estos despliegues. No es un fenómeno de audiencias; es de gobernanza y poder.

El engranaje: Gotham, Foundry, AIP y Apollo

Gotham es la herramienta “de Estado”. Nació para inteligencia y defensa: integra bases policiales, señales de comunicaciones, imágenes satelitales, listas de vigilancia o expedientes judiciales; organiza ese caos en grafos que muestran relaciones, mapas en vivo y cronologías verificables. El analista no busca en diez sistemas: trabaja en uno, con permisos y trazabilidad. De ahí su uso por ejércitos y cuerpos federales.

Foundry es la apuesta para empresas y administraciones civiles. Toma los datos que cada organización guarda con sus propios nombres —un infierno de esquemas incompatibles— y los “traduce” a un lenguaje común. Sobre esa base, se construyen aplicaciones: mantenimiento predictivo en industria, control de la cadena de suministro, finanzas, planificación de quirófanos o compras públicas. Foundry se convirtió, por ejemplo, en una columna vertebral de datos para Airbus y su ecosistema aeronáutico, y en la base de proyectos de analítica operativa en infraestructuras críticas europeas.

La tercera capa es AIP (Artificial Intelligence Platform). Palantir no vende un “chat” sin frenos, sino un marco para insertar modelos de IA —clásica, visión por computador, modelos generativos— dentro de flujos de trabajo con identidad, límites de uso, registros, explicabilidad y supervisión humana. Un comandante puede usar una detección de objetivos en imágenes, pero con controles de quién, cuándo y por qué. Un gestor sanitario puede lanzar un algoritmo de priorización de listas de espera sabiendo qué variables entran y qué decisiones jamás puede automatizar.

En el subsuelo corre Apollo, la tubería que despliega y actualiza ese software en nubes públicas, privadas u on-premise, con políticas de seguridad uniformes. No es el nombre que sale en titulares, pero permite que un ministerio, una aerolínea y una base militar reciban parches y modelos con garantías similares pese a entornos muy distintos.

Estados Unidos: contratos que cambian el tablero

El salto de Palantir no se entiende sin Washington. Tres piezas recientes marcan la pauta. La primera: TITAN, estaciones terrestres que fusionan inteligencia de sensores espaciales, aéreos y terrestres para generar objetivos y coordinar fuego de largo alcance. El Ejército de EE. UU. encargó prototipos por 178,4 millones y recibió en 2025 las dos primeras unidades, integradas con análisis de IA. No es un gadget; es infraestructura de mando y control.

La segunda: Project Maven. Nacido para acelerar el análisis de vídeo militar, hoy se extiende a más dominios: detección de patrones, clasificación de objetos, priorización de inteligencia. Palantir se adjudicó la expansión del programa con un acuerdo de cientos de millones, multiplicando usuarios y acercando la IA a mandos tácticos y analistas de base. En la práctica, acorta horas en minutos.

La tercera, la palanca institucional: un Enterprise Agreement con el Ejército por diez años y un techo de 10.000 millones. No obliga a gastar todo, pero unifica compras, descuentos y despliegues para que brigadas, comandos y agencias relacionadas accedan a la plataforma sin licitaciones fragmentadas. Para una empresa de software “crítico”, eso es poder: estandariza procesos y crea inercia a su favor.

En el plano civil, Palantir mantiene contratos con Homeland Security (ICE) —sistemas como ICM y FALCON—, oficinas de aduanas y policías estatales. Es el capítulo más controvertido: balance entre eficacia investigadora y derechos civiles. Las críticas se concentran en la vigilancia de inmigración y en la posible discriminación algorítmica si no se fijan límites y auditorías. La compañía responde con un discurso de defensa de la democracia liberal y controles de acceso, pero el escrutinio es constante.

Europa: NHS, Bruselas y el caso español

Europa entra por la salud pública. En Inglaterra, el NHS England encomendó a un consorcio liderado por Palantir la Federated Data Platform (FDP), un contrato de siete años y 330 millones de libras para que 240 organizaciones del sistema trabajen sobre un lago de datos federado. No se trata de volcar historiales clínicos en un único depósito; el énfasis está en federar y auditar accesos: quién mira qué, con qué rol y por qué motivo. ¿El objetivo? Planificar camas, quirófanos, listas de espera y compras con visión global. El NHS ha publicado la gobernanza del proyecto, con líneas rojas sobre explotación comercial y anonimización. Aun así, hay recelos: ayuntamientos, sindicatos y asociaciones han pedido garantías adicionales por el historial de la empresa en defensa.

En Bruselas, lo determinante es el marco. La Ley de Inteligencia Artificial de la UE entró en vigor en 2024 con aplicación por fases y obligaciones más duras para usos de alto riesgo: salud, transporte, seguridad, migraciones. Eso no bloquea a Palantir; encuadra. Sistemas como Foundry o AIP pueden operar si hay base jurídica, evaluación de impacto (DPIA), minimización de datos, supervisión humana y trazabilidad. La regulación, paradójicamente, favorece a proveedores capaces de empaquetar cumplimiento como producto.

En España, el aterrizaje ha sido más discreto pero significativo. Defensa contrató a la filial española una solución de fusión y análisis de inteligencia para el SIFAS del Estado Mayor, con un presupuesto de 16,5 millones publicado en el BOE. No ha generado ruido, pero sí confirma que las Fuerzas Armadas buscan interoperabilidad de datos y análisis en tiempo casi real en línea con sus aliados. En la administración civil, hay conversaciones y pilotos en sanidad, emergencias, fraude fiscal y movilidad, aún con ritmos distintos entre comunidades y ministerios.

Israel y el coste reputacional de la guerra

La posición pública de Alex Karp sobre Israel desde 2023, un apoyo inequívoco, ha tenido consecuencias. La compañía colabora con proyectos de defensa israelíes, y varios fondos nórdicos —como Storebrand— han anunciado desinversiones por riesgo de complicidad en violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados. En Reino Unido, el contrato del NHS provocó protestas y cartas abiertas que pedían cortafuegos más estrictos. Palantir respondió defendiendo sus salvaguardas, la legalidad de los usos y la existencia de registros de auditoría verificables por el cliente.

Hay un punto ineludible: la tecnología dual —válida para usos civiles y militares— tensiona la línea entre seguridad y libertades. La reputación de Palantir está atravesada por esa ambivalencia. Un hospital que reduce listas de espera con Foundry puede convivir, en el mismo ciclo de noticias, con un reportaje sobre vigilancia migratoria o selección de objetivos en una guerra. La empresa lo asume; su marca se ha construido en el borde.

Ucrania: IA aplicada en un conflicto real

La guerra en Ucrania ha convertido al país en un laboratorio de tecnologías operativas con IA. Palantir firmó acuerdos con el Gobierno ucraniano para desminado humanitario con modelos de priorización, combinando imágenes satelitales, mapas históricos y datos sobre accidentes. También se ha usado software de la compañía para documentar ataques, proteger infraestructuras críticas y coordinar emergencias. La promesa es clara: ganar tiempo salva vidas. El riesgo, también: depender de proveedores privados en funciones que rozan la soberanía (cadena de mando, inteligencia, infraestructuras) exige cláusulas de salida, formación propia y revisión técnica continua.

Hay otro aprendizaje ucraniano que explica el atractivo de Palantir para gobiernos europeos: interoperar en entornos mixtos (equipos OTAN, brigadas ucranianas, ONGs de desminado, agencias civiles) requiere ontologías y permisos muy afinados. Esa es la especialidad de la casa. No es que “vea el futuro”, es que ordena el presente para que el futuro no te pase por encima.

Dependencia, regulación y la comparación con las Big Tech

¿Es Palantir “más poderosa” que X, Amazon o Meta? Por ingresos y audiencias, no. Por capacidad de condicionar decisiones estatales y corporativas, su huella es desproporcionada respecto a su tamaño. La métrica no es el DAU; es la horquilla de poder donde opera: defensa, sanidad pública, seguridad interior, infraestructuras. Un acuerdo marco con un ejército o un sistema nacional de salud ancla procesos durante años y crea costes de salida que no existen en un servicio de consumo masivo.

Dicho esto, Europa —España, incluida— tiene vías para evitar la dependencia. Primera: interoperabilidad contractual (formatos abiertos, esquemas exportables, APIs documentadas). Segunda: propiedad intelectual de ontologías y aplicaciones que se construyan sobre Foundry o AIP: si el cliente paga, el cliente decide. Tercera: capacidad orgánica. Formar equipos internos que dominen la ontología, la calidad de datos y los tableros de misión reduce el riesgo de quedar cautivos. Cuarta: auditorías periódicas (sesgos, rendimiento, seguridad) por terceros con acceso técnico real, no solo informes de marketing. Quinta: gobernanza: comités de ética de datos, DPIA bien hechos y mecanismos de reclamación para usos de alto riesgo.

Regulatoriamente, la Ley de IA y el RGPD son un doble carril. Exigen que cualquier sistema de alto impacto explique cómo toma decisiones, qué datos usa, qué sesgos puede arrastrar y quién responde. Ese entorno obliga a Palantir —y a sus competidores— a incorporar explicabilidad, registro de eventos y control de acceso granular como características del producto, no como adorno.

En el plano político, la comparación con las Big Tech falla por otra razón: Palantir no compite por tu tiempo; compite por el de los decisores. Mientras X pelea por minutos de atención y Amazon por entregas en 24 horas, Palantir pelea por minutos de mando en una sala de crisis o un quirófano. En ese terreno, un minuto vale más que un millón de likes.

Lo que se decide fuera de los focos

Palantir no es un “ojo que todo lo ve”. Es un engranaje que pone datos, modelos y permisos al servicio de decisiones sensibles. Por eso pesa tanto donde se decide la guerra, la paz y la gestión del día a día. En 2025, su posición es la de una empresa mediana por ingresos y enorme por influencia: TITAN y Maven en EE. UU., FDP del NHS en Reino Unido, proyectos con la OTAN, contratos de inteligencia en España, colaboración operativa en Ucrania. La Ley de IA europea marca el perímetro y, usada con rigor, permite aprovechar lo que ofrece —velocidad, integración, trazabilidad— sin renunciar a derechos y controles.

¿Es la más poderosa del mundo? No en la etiqueta clásica. Pero pocas tecnológicas están tan cerca de la pantalla en la que un jefe de sala decide qué alerta atender, qué objetivo bloquear o qué quirófano abrir antes. Ahí, lejos de los focos y del ruido de las redes, una ontología bien hecha y un modelo ajustado cambian resultados. Y hoy, una gran parte de esas pantallas hablan el idioma de Gotham, Foundry y AIP. Esa es la noticia. Y el debate que viene.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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