Síguenos

Ocio

¿Qué es la solastalgia y cómo agrava el calor extremo este malestar?

El calor extremo altera paisaje, sueño y ánimo: la solastalgia explica ese desarraigo silencioso que crece sin abandonar la casa de siempre.

Publicado

el

un hombre con solastalgia

La solastalgia es el malestar emocional provocado por la transformación o degradación del lugar en el que vivimos. Se parece a la nostalgia, pero contiene una paradoja bastante más inquietante: quien la siente no ha abandonado su casa. Sigue allí, entre las mismas calles, montes o campos, aunque el paisaje que le ofrecía seguridad comienza a resultar irreconocible. El hogar permanece en el mapa; lo que desaparece es la sensación de hogar.

El calor extremo puede intensificar ese sentimiento porque no actúa únicamente sobre el termómetro. Las temperaturas altas alteran el sueño, desgastan la atención, elevan la irritabilidad y hacen más visible el deterioro ambiental: árboles secos, embalses menguantes, noches tropicales, humo de incendios, restricciones de agua, cosechas dañadas. El cambio climático deja de ser una noticia lejana y entra por la ventana, se pega a las sábanas, amarga el paseo de la tarde. Ahí encuentra terreno la solastalgia.

No se trata de que cada jornada sofocante provoque automáticamente un trastorno psicológico. Tampoco de bautizar con una palabra sofisticada el simple fastidio de sudar en el autobús. El concepto describe algo más profundo y sostenido: una combinación de tristeza, impotencia, pérdida y desarraigo ante la degradación de un entorno con el que existe un vínculo afectivo. El calor puede acelerar ese proceso, aunque rara vez actúa solo.

España ofrece un escenario particularmente reconocible. Abril de 2026 fue el más cálido de la serie histórica nacional iniciada en 1961, con una temperatura media peninsular 3,2 grados por encima del promedio del periodo 1991-2020. Mayo también resultó muy cálido y seco: terminó con un episodio intenso que dejó numerosos récords y temperaturas de 40,5 grados en el aeropuerto de Sevilla el día 31. El verano aún no había empezado oficialmente, pero ya llamaba a la puerta con la delicadeza de un soplete.

La tristeza de seguir en casa y sentir que ya no es la misma

El filósofo ambiental australiano Glenn Albrecht acuñó el término a comienzos de este siglo después de estudiar comunidades afectadas por la minería a cielo abierto y por largas sequías. Buscaba una palabra para explicar el dolor de quienes contemplaban cómo su territorio se transformaba sin haberse marchado de él. La nostalgia tradicional aparece al estar lejos; la solastalgia surge cuando es el propio entorno el que parece alejarse de nosotros.

La palabra mezcla la idea de consuelo o refugio con la raíz griega relacionada con el dolor. Su fuerza procede, precisamente, de esa contradicción. Una persona puede seguir viviendo en el pueblo donde nació, reconocer la plaza, la iglesia, la carretera, incluso la casa familiar, y sentirse desplazada. Falta el río que marcaba las estaciones, la huerta ya no produce igual, la sombra llega antes amarilla y quebradiza. Nada ha cambiado de dirección postal. Casi todo ha cambiado por dentro.

Ese dolor no exige que desaparezca un bosque entero. También puede aparecer mediante modificaciones lentas, pequeñas en apariencia, que se acumulan durante años. Una playa que retrocede, un barrio cada vez más duro y sin árboles, una laguna que deja de llenarse, inviernos que ya no se parecen a los de la infancia. La pérdida ambiental no siempre llega con estruendo. A veces avanza como una mancha de humedad: un centímetro, otro, y cuando alguien repara en ella ya ocupa media pared.

La investigación científica relaciona la solastalgia con síntomas de ansiedad, depresión y estrés postraumático, además de tristeza persistente, irritabilidad y sensación de impotencia. Conviene mantener, sin embargo, cierta prudencia. No es por sí misma un diagnóstico clínico cerrado ni puede deducirse que toda persona preocupada por el paisaje esté enferma. La reacción puede ser lógica, incluso saludable en su origen: sentirse mal cuando un lugar querido se deteriora no constituye una extravagancia mental.

Lo patológico también puede estar fuera, en la realidad que obliga a vivir permanentemente a la defensiva. El lenguaje médico tiende a colocar el foco en el individuo, pero el origen del malestar puede encontrarse en un monte arrasado, una costa erosionada o una ciudad que expulsa la sombra de sus calles. No todo dolor ambiental necesita una etiqueta clínica. A veces necesita que alguien deje de empeorar el entorno.

La diferencia depende de la intensidad, la duración y la interferencia en la vida cotidiana. Una preocupación ambiental razonable se convierte en un problema cuando invade casi todo, impide descansar, provoca aislamiento, deteriora el trabajo o deriva en desesperanza constante. El nombre ayuda a reconocer la experiencia, pero no debería utilizarse para convertir cualquier inquietud ecológica en una enfermedad. Ya tenemos bastante afición social a recetar diagnósticos como quien reparte pegatinas.

Por qué el calor puede volver más intensa la solastalgia

La solastalgia nace de la percepción de una pérdida ambiental presente. El calor la agrava porque vuelve esa pérdida concreta, corporal y repetitiva. No hace falta consultar una gráfica climática para notar que el dormitorio no se enfría de madrugada, que las persianas permanecen bajadas durante horas o que salir a la calle a media tarde se ha convertido en una pequeña expedición logística. El cuerpo funciona como un sensor climático, bastante menos elegante que una estación meteorológica, pero difícil de ignorar.

Una sucesión de días muy cálidos modifica las rutinas. Se pasea menos, se cierran parques, se suspenden actividades, se reduce el contacto social y se permanece más tiempo en interiores que tampoco siempre ofrecen alivio. La ciudad se encoge. La vida empieza a organizarse alrededor del aire acondicionado, cuando lo hay, y de las franjas en las que el exterior deja de parecer una plancha industrial.

El fenómeno posee también una dimensión simbólica. El verano solía representar vacaciones, terrazas, noches al aire libre, fiestas populares, persianas abiertas al anochecer. Cuando el calor alcanza niveles difíciles de soportar, esa imagen amable se agrieta. La estación deseada empieza a producir recelo. Se mira la previsión meteorológica con la mezcla de resignación y sospecha reservada antes a las facturas. El paisaje emocional del verano también cambia.

El vínculo no debe simplificarse hasta afirmar que más temperatura equivale siempre a más solastalgia. La experiencia depende del lugar, de la historia personal, de la vivienda, del nivel económico, de la salud y de la capacidad para adaptarse. Una tarde de 37 grados no significa lo mismo en una casa aislada y ventilada que en un último piso sin sombra, con dos niños pequeños y una factura eléctrica que desaconseja encender nada. La meteorología es compartida; sus consecuencias, bastante menos democráticas.

El calor también convierte el deterioro ambiental en una experiencia repetitiva. Una sequía puede parecer abstracta hasta que desaparecen las fuentes, se restringe el riego o el campo pierde su color habitual. Los incendios forestales parecen lejanos hasta que el cielo se vuelve naranja y el olor a humo entra en la vivienda. La crisis climática adquiere textura, temperatura y olor. Ya no se observa desde fuera.

El cuerpo también interpreta el clima

El organismo humano necesita mantener su temperatura dentro de unos márgenes estrechos. Cuando el ambiente se calienta, activa mecanismos como la sudoración y la dilatación de los vasos sanguíneos. Ese esfuerzo consume recursos, aumenta la carga cardiovascular y favorece la deshidratación. La sensación resultante no es sólo física. Aparecen cansancio, dificultad para concentrarse, torpeza, irritabilidad y menor tolerancia a la frustración.

La evidencia disponible vincula las temperaturas elevadas y las olas de calor con un empeoramiento de distintos indicadores de salud mental. Los estudios observacionales han detectado incrementos en ingresos hospitalarios, consultas de urgencias y otros desenlaces adversos durante episodios cálidos. También se ha observado una asociación estadística entre el aumento de la temperatura y una mayor incidencia de suicidio, aunque estas relaciones poblacionales no explican cada caso individual ni convierten el termómetro en una causa única.

El calor actúa, más bien, como un factor de presión añadido. Puede empeorar síntomas previos, reducir la capacidad de afrontar problemas y amplificar conflictos cotidianos. Una discusión familiar que en condiciones normales acabaría con un portazo puede adquirir otra intensidad después de cuatro noches sin dormir, con el salón a 30 grados y el ventilador removiendo aire caliente como una cuchara en una sopa.

Hay grupos especialmente vulnerables: mayores, bebés, trabajadores al aire libre, quienes viven solos, personas con enfermedades crónicas o trastornos mentales previos y hogares sin refrigeración adecuada. También algunos medicamentos pueden alterar la sudoración, la percepción del calor, la hidratación o la regulación de la temperatura. Entre ellos figuran determinados antipsicóticos, antidepresivos y diuréticos, además de estimulantes y fármacos anticolinérgicos.

Esos tratamientos nunca deben modificarse ni suspenderse por cuenta propia. El riesgo se valora con profesionales sanitarios, no con la farmacología creativa de una conversación de ascensor. La combinación de calor, enfermedad y medicación requiere atención individual porque cada organismo responde de manera distinta. La prevención sanitaria empieza por reconocer esa vulnerabilidad, no por culpar a quien la padece.

La noche tropical, una máquina de desgaste emocional

El descanso es uno de los puentes más claros entre las altas temperaturas y el estado de ánimo. Para dormir, el cuerpo necesita reducir ligeramente su temperatura interna. Una habitación recalentada dificulta ese proceso, fragmenta el sueño y favorece despertares frecuentes. A la mañana siguiente queda una mezcla conocida: cabeza espesa, paciencia corta y cuerpo pesado.

Una noche mala se soporta. Diez seguidas cambian el tono de la vida. Disminuye la capacidad de concentración, empeora la memoria y aumenta la reactividad emocional. Las personas con ansiedad pueden interpretar las palpitaciones, la sudoración o la falta de aire asociadas al calor como señales de peligro. Se forma así un círculo incómodo: el cuerpo se activa, la mente se alarma y esa alarma activa todavía más el cuerpo.

Las noches cálidas poseen, además, un fuerte valor psicológico. El día puede vivirse como una batalla temporal; la noche debería conceder tregua. Cuando tampoco refresca, desaparece la expectativa de alivio. El calor deja de ser un episodio y se convierte en atmósfera permanente. La casa, teóricamente el lugar seguro, ya no protege. Esa pérdida de refugio encaja de lleno con la experiencia solastálgica.

En las ciudades, el efecto isla de calor prolonga el problema. El asfalto, el hormigón y las fachadas absorben energía durante el día y la liberan lentamente después. Los barrios con menos vegetación y peores viviendas suelen registrar una exposición mayor. No todos atraviesan la misma ola de calor, aunque el mapa meteorológico utilice un único color rojo.

Una avenida arbolada y una calle sin sombra pertenecen a la misma ciudad, pero durante julio parecen países distintos. La primera conserva algo de humedad, reduce la radiación directa y permite caminar. La segunda devuelve el calor desde el suelo y las paredes. El urbanismo condiciona la salud más de lo que sugiere la costumbre de tratar los árboles como decoración prescindible.

Solastalgia, ecoansiedad y depresión: parecidas, no idénticas

La solastalgia suele confundirse con la ecoansiedad. Ambas nacen de la relación entre deterioro ambiental y bienestar emocional, pero miran en direcciones diferentes. La ecoansiedad se orienta principalmente hacia el futuro: miedo a lo que puede ocurrir con el clima, la biodiversidad, los recursos o la vida de las próximas generaciones. La solastalgia se concentra en una pérdida que ya está sucediendo y puede observarse alrededor.

Una persona puede sentir ecoansiedad al conocer las previsiones sobre el aumento del nivel del mar durante las próximas décadas. Puede experimentar solastalgia cuando la playa de su infancia pierde arena cada invierno y el paseo marítimo empieza a levantarse tras los temporales. En la práctica, ambas se mezclan. El deterioro presente alimenta el temor al futuro, mientras las previsiones convierten cada señal actual en anticipo de algo mayor.

Tampoco equivale necesariamente a depresión. Puede compartir tristeza, apatía, insomnio o desesperanza, pero su origen está ligado de manera específica a la transformación del entorno. La depresión clínica tiene múltiples causas y requiere una valoración más amplia. Reducirla al clima sería irresponsable; negar que el clima pueda empeorarla, también.

Algo parecido ocurre con el llamado bajón de verano o summer blues. Algunas personas se sienten peor durante los meses cálidos por la alteración del sueño, el aislamiento, la presión social de disfrutar o la ruptura de rutinas. Existe incluso una variante estival del trastorno afectivo estacional, mucho menos frecuente que la invernal. La solastalgia añade otro ingrediente: el duelo por un territorio que cambia y la sensación de que algo valioso se pierde sin posibilidad clara de reparación.

Los síntomas, por tanto, no cuentan toda la historia. Importa aquello que los activa. Quien sufre solastalgia puede hablar del silencio de un campo sin pájaros, del olor a humo que regresa cada agosto, de una montaña talada o de la imposibilidad de enseñar a sus hijos el río que conoció. El sufrimiento está unido a la identidad, la memoria y la pertenencia.

No es sólo sentirse mal con el tiempo. Es no reconocerse del todo en el lugar que ayudó a construir quién se es. La diferencia parece sutil desde fuera, pero no lo es para quien observa cómo desaparecen los elementos que daban continuidad a su vida. Un paisaje puede funcionar como archivo emocional: guarda recuerdos, hábitos, relaciones y formas de entender el paso del tiempo.

Quiénes sienten con más fuerza la pérdida del paisaje

Las comunidades rurales, pesqueras e indígenas han ocupado buena parte de los primeros estudios porque mantienen una relación cotidiana y directa con el territorio. Cuando cambia la lluvia, el suelo, el bosque o el mar, no se altera únicamente el paisaje: se resienten la economía, las costumbres, la alimentación, los vínculos familiares y la transmisión cultural. La pérdida ecológica se convierte en pérdida biográfica.

Agricultores que observan cómo se desplazan los calendarios de siembra, ganaderos obligados a abandonar explotaciones por la sequía, vecinos de zonas incendiadas o habitantes de costas erosionadas pueden experimentar ese desarraigo sin haberse movido. También quienes terminan marchándose. La solastalgia comienza antes del desplazamiento y, a veces, continúa después, mezclada con nostalgia y duelo.

En España, los incendios forestales ofrecen una imagen brutal. El fuego no sólo quema árboles y viviendas; borra senderos, olores, sonidos y referencias acumuladas durante generaciones. Tras las llamas aparece un paisaje negro, silencioso, casi lunar. La reconstrucción material puede comenzar pronto, pero la recuperación emocional tiene otro calendario.

Los efectos psicológicos de los incendios pueden prolongarse durante años. Ansiedad, depresión, estrés postraumático, miedo a que el fuego regrese y una vigilancia permanente ante cualquier olor a humo. Incluso quienes no perdieron su vivienda pueden sentir que perdieron el lugar en el que esa vivienda tenía sentido. El edificio sigue en pie, pero el entorno afectivo ha desaparecido.

Las ciudades tampoco quedan fuera. La tala de árboles, la desaparición de huertas periurbanas, la contaminación, la densificación y el calor acumulado pueden producir una pérdida parecida. El territorio afectivo de una persona no tiene por qué ser un valle remoto. Puede ser el parque donde aprendió a montar en bicicleta, una plaza antes habitable o la última parcela verde de un barrio convertida en aparcamiento con una eficacia administrativa admirable y una imaginación bastante más modesta.

Los jóvenes aparecen con frecuencia en las investigaciones sobre malestar climático porque vivirán durante más tiempo las consecuencias del calentamiento y reciben un flujo constante de información sobre riesgos futuros. Sin embargo, la solastalgia también puede golpear con especial fuerza a los mayores. Poseen una memoria ambiental más larga: recuerdan inviernos, lluvias, cultivos y especies que las generaciones nuevas nunca conocieron.

Su comparación no se realiza contra una estadística, sino contra una vida entera. Recuerdan ríos con más caudal, veranos en los que refrescaba de noche, campos que conservaban humedad y especies que formaban parte de la normalidad. La transformación aparece ante ellos como una película acelerada. Cada año añade una diferencia, pequeña quizá, pero difícil de olvidar.

La desigualdad atraviesa todas estas experiencias. Quien dispone de una vivienda eficiente, sombra, aire acondicionado y posibilidad de desplazarse puede amortiguar parte del impacto. Quien trabaja al sol, vive en un edificio mal aislado o depende económicamente de un ecosistema deteriorado carece de ese colchón.

Hablar de salud mental climática sin hablar de vivienda, empleo, urbanismo y renta sería convertir un problema colectivo en una colección de respiraciones profundas. Muy económico para las instituciones. Poco eficaz para los ciudadanos. La vulnerabilidad climática no se reparte al azar: sigue las grietas sociales que ya existían.

Cuando el paisaje deja de ser refugio

La solastalgia revela que la salud mental no termina en la piel. Depende también de las calles, la temperatura, la vegetación, el ruido, la calidad de la vivienda y la estabilidad del entorno. Durante décadas se habló del medioambiente como algo exterior, casi decorativo: montañas, osos, documentales con música solemne. El calor extremo desmonta esa distancia. El clima entra en el dormitorio, en el trabajo y en el ánimo.

Por eso las respuestas individuales tienen un límite evidente. Dormir mejor, reducir la exposición durante las horas más cálidas, mantener contacto social o participar en actividades comunitarias puede aliviar el malestar y recuperar cierta sensación de control. Pero ninguna técnica psicológica planta árboles en una avenida, rehabilita viviendas, protege un humedal o reduce por sí sola las emisiones.

La resiliencia personal es valiosa; utilizada como excusa política, empieza a parecerse bastante al abandono. No basta con pedir a la población que se adapte mientras el espacio público pierde sombra, las viviendas acumulan calor y los barrios más vulnerables soportan temperaturas superiores. La capacidad de resistencia no debería convertirse en permiso para mantener las causas intactas.

La acción colectiva puede resultar protectora precisamente porque combate la impotencia, uno de los núcleos de la solastalgia. Restaurar un espacio degradado, organizar redes vecinales durante una ola de calor o participar en decisiones ambientales devuelve capacidad de actuación. No elimina el dolor ni garantiza resultados, pero rompe la sensación de ser un espectador inmóvil ante un paisaje que se deshace.

También conviene preservar espacios para hablar de pérdida sin caer en dos extremos habituales: la negación y el catastrofismo. Fingir que nada ocurre produce aislamiento en quienes sí perciben los cambios. Presentar cada anomalía como el preludio inmediato del colapso puede alimentar angustia y parálisis. Entre la indiferencia y el apocalipsis existe un terreno menos espectacular, aunque mucho más útil: reconocer los daños y distinguir los riesgos.

Cuando el malestar se vuelve persistente, altera el sueño de forma grave, impide trabajar, deteriora las relaciones o se acompaña de desesperanza intensa, necesita atención profesional. Pedir ayuda no invalida la preocupación ambiental. Al contrario, permite sostenerla sin quedar devorado por ella. Comprender el origen del dolor no obliga a soportarlo a solas.

La solastalgia no es una moda lingüística creada para dramatizar el verano. Nombra una experiencia antigua que el calentamiento global vuelve más frecuente y reconocible: perder un lugar sin abandonarlo. El calor la intensifica porque agota el cuerpo, erosiona el descanso y transforma el cambio climático en algo palpable. Ya no es una curva ascendente en un informe. Es una noche que no refresca, una fuente seca, un pinar convertido en ceniza.

Quizá esa sea la parte más incómoda del concepto. Nos recuerda que un hogar no está formado únicamente por paredes, llaves y escrituras. También lo componen una temperatura soportable, cierta continuidad de las estaciones, la sombra de los árboles, el sonido del agua y la promesa de que mañana el paisaje seguirá teniendo algo de familiar. Cuando esa promesa se rompe, algo se rompe también dentro. Y no, no estaba todo en nuestra cabeza.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído