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¿Qué busca Zelenski en Moncloa y qué hará Sánchez?

Zelenski vuelve a Madrid para blindar apoyo militar y político antes de Bruselas, con Sánchez en una reunión que mide el peso real de España.
Volodímir Zelenski volverá a España el miércoles 18 de marzo para reunirse con Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa, y esa fecha, que en apariencia suena a simple parada diplomática, en realidad lo explica casi todo. No llega a Madrid para una visita de cortesía ni para engordar la colección de fotos con banderas. Llega veinticuatro horas antes del Consejo Europeo de Bruselas, en un momento en el que Ucrania necesita mantener abiertas tres tuberías a la vez: la del apoyo militar, la del respaldo político y la de la reconstrucción económica. En otras palabras, Zelenski viaja a España para atar un socio fiable antes de sentarse con toda la Unión Europea, y Sánchez recibe al dirigente ucraniano con la oportunidad —y también con la presión— de demostrar que el papel español en esta guerra no se limita a la simpatía retórica. La visita tiene un motivo muy preciso: reforzar compromisos, revisar lo prometido y llegar a Bruselas con los deberes diplomáticos adelantados.
La secuencia europea vuelve todavía más nítido el movimiento. António Costa ha convocado el Consejo Europeo del 19 y 20 de marzo con una agenda cargada: Ucrania, la escalada en Oriente Próximo, la defensa europea, la competitividad y el próximo marco financiero comunitario. Y además ha confirmado que Zelenski intervendrá al comienzo de la discusión sobre Ucrania, un detalle nada menor, porque indica que Kiev no va a entrar en la reunión como asunto secundario, sino como asunto prioritario en una mesa donde compiten varias crisis a la vez. Ahí encaja la escala en Madrid: Zelenski necesita llegar a Bruselas con un aliado ya alineado, con mensajes cerrados y con la sensación de que, aunque el foco geopolítico se haya llenado de incendios nuevos, Ucrania no queda arrinconada en la cola del telediario europeo. La visita a Sánchez es, por tanto, un prólogo político antes de la gran escena de Bruselas.
No es una visita de protocolo
Si se mira el viaje con algo de lupa, lo primero que salta es que España ya no ocupa un papel decorativo en la relación con Ucrania. En los últimos meses, Moncloa ha insistido en dos ideas: que el apoyo a Kiev forma parte de la seguridad europea y que la presión sobre Rusia no puede relajarse mientras no haya una negociación seria que respete la soberanía ucraniana. Sánchez lo reiteró el 24 de febrero, en el cuarto aniversario de la invasión rusa, al participar en la reunión de la Coalición de Voluntarios por Ucrania y reclamar avances en las garantías de seguridad, más presión sobre Rusia y una mayor resiliencia europea. Ese marco es importante porque define el terreno real de la reunión del miércoles. No se trata solo de recibir a Zelenski; se trata de confirmar que España sigue en el bloque de países que no quieren convertir el apoyo a Ucrania en una frase hueca repetida cada dos meses por inercia. La Moncloa llega a esta cita con una línea política reconocible y Zelenski lo sabe.
También pesa el recorrido acumulado. El Gobierno español cifra en casi 17.000 millones de euros la ayuda financiera y humanitaria movilizada desde el inicio de la invasión, mientras que el esfuerzo militar español ha incluido envíos de material, financiación, atención a heridos y la formación de más de 8.500 militares ucranianos en territorio español dentro de la misión europea EUMAM. Esa cifra no es menor ni simbólica. Habla de una implicación constante, menos vistosa que la de otros socios, quizá, pero sostenida y concreta. Más de 200 módulos de formación y unas 33 especialidades distintas dibujan un apoyo muy pegado al terreno, casi de taller y de cuartel, lejos del titular grandilocuente pero muy útil para Kiev. Zelenski no aterriza en un país improvisado respecto a Ucrania; aterriza en un socio que ya ha puesto dinero, entrenamiento, estructura institucional y narrativa política.
Lo que Zelenski quiere amarrar en Madrid
La pregunta central de esta visita no es solo por qué viene, sino qué viene a sacar. Y la respuesta pasa por varias capas. La primera, la más urgente, es el apoyo militar. Ucrania sigue necesitando sistemas de defensa antiaérea, medios antidrones, munición, vigilancia y capacidad para sostener la protección de ciudades e infraestructuras. La segunda es política: Zelenski quiere que Sánchez llegue a Bruselas con una posición cerrada, activa y útil dentro del bloque europeo. La tercera es económica: la guerra continúa, pero la reconstrucción ya está en marcha en paralelo, y Ucrania necesita que no se enfríen los mecanismos que convierten la solidaridad en contratos, obras, financiación y presencia empresarial. Lo que se decide en Madrid no sustituye a Bruselas, pero sí puede condicionar el tono con el que España llegue a Bruselas.
Zelenski, además, llega con un incentivo extra para apretar estas conversaciones. El Consejo Europeo no va a girar solo sobre Ucrania: también estarán sobre la mesa Irán, Líbano, Gaza, Cisjordania, la defensa europea, la competitividad y el próximo presupuesto plurianual. Eso significa que la batalla por la atención política es real. En ese tablero, reunirse con Sánchez el día anterior sirve para dos cosas: blindar un respaldo bilateral antes de la discusión a Veintisiete y recordar que la guerra de Ucrania no puede quedar empequeñecida por la saturación del calendario internacional. Hay una parte casi física en este tipo de viajes. La diplomacia funciona también así: quien llega antes, conversa antes y fija antes los mensajes, entra luego en la sala común con la partitura algo más ordenada. Zelenski no viaja a Madrid a perder el tiempo; viaja a ajustar posiciones antes de una reunión europea donde cada matiz cuenta.
El paquete español que sigue abierto
La tercera visita de Zelenski a España, en noviembre de 2025, dejó un compromiso de gran calado y, por eso mismo, es uno de los antecedentes directos de la reunión de este miércoles. Entonces, Sánchez anunció la movilización de 817 millones de euros para reforzar la defensa ucraniana y acelerar su reconstrucción. Dentro de ese paquete figuraban 615 millones de euros en apoyo militar, con nuevo equipamiento defensivo, financiación para adquisiciones aceleradas de sistemas de defensa antiaérea a través del programa PURL de la OTAN y recursos del instrumento europeo SAFE para producir sistemas antidrones, radares de exploración y vigilancia aérea, muchos de ellos ligados a empresas españolas. No fue una promesa genérica. Fue un paquete con arquitectura, con nombres, con cifras y con una idea política muy clara: España quería pasar de la solidaridad declarativa al compromiso operativo. Esa carpeta sigue abierta y Zelenski tiene todo el interés del mundo en revisarla cara a cara.
Junto a la defensa apareció otra pieza menos ruidosa pero igual de importante: la reconstrucción. En aquella visita se activó un instrumento financiero de 200 millones de euros coordinado por la Oficina Española para la Reconstrucción de Ucrania, pensado para facilitar la entrada de empresas españolas en proyectos de infraestructuras, energía, transporte y agua. Unos meses después, el 20 de febrero de 2026, esa oficina realizó su primera misión institucional en Kiev, ya con el objetivo de identificar oportunidades concretas, presentar instrumentos financieros y convertir la idea de la reconstrucción en algo menos abstracto. Aquí hay una clave de fondo: Ucrania no solo pide armas; pide continuidad institucional, apoyo industrial y presencia económica para un país que combate y se rehace al mismo tiempo. En Madrid, Zelenski puede pedir las dos cosas a la vez, porque España ya se ha movido en ambos carriles.
La cuarta visita y lo que dejaron las anteriores
Esta será la cuarta visita de Zelenski a España desde el comienzo de la invasión rusa, y el historial no es anecdótico; sirve para medir cómo ha ido cambiando la relación bilateral. La primera gran cita visible fue en Granada, el 5 de octubre de 2023, durante la reunión de la Comunidad Política Europea. Allí, Sánchez trasladó a Zelenski su apoyo a una paz justa y duradera, insistió en el respaldo español al camino ucraniano hacia la Unión Europea y ofreció nuevos sistemas antiaéreos y antidrones, además de formación especializada y equipos de desminado. Aquel encuentro tenía todavía el aire de una etapa marcada por la urgencia pura: sostener el frente, proteger ciudades, defender infraestructuras energéticas, resistir. España aparecía como un socio comprometido, sí, pero todavía dentro de una fase en la que lo esencial era taponar la hemorragia. Granada fue la foto de un apoyo firme, pero todavía muy condicionado por la emergencia militar inmediata.
La segunda visita, en cambio, ya tuvo otro espesor. El 27 de mayo de 2024, Zelenski acudió a La Moncloa y firmó con Sánchez un acuerdo bilateral de seguridad con una vigencia de 10 años. Ese pacto incluía un compromiso de 1.000 millones de euros en apoyo para 2024 y ampliaba la cooperación a materias como inteligencia, formación, desminado, reconstrucción y asistencia humanitaria. La novedad de aquel viaje fue precisamente esa: el salto desde la ayuda reactiva hacia una relación más estructurada, más pensada a largo plazo, más europea en su lenguaje y más ambiciosa en su alcance. España dejaba de ser solo un socio que responde a necesidades concretas y pasaba a presentarse como un país dispuesto a participar en el andamiaje de seguridad que Ucrania quiere tejer con sus aliados occidentales. La cita de mayo de 2024 convirtió la relación en una arquitectura política más seria y más duradera.
La tercera visita, la de noviembre de 2025, remató esa evolución con una dimensión mucho más amplia. No solo hubo reunión con Sánchez; también hubo gestos institucionales, contactos con la industria de defensa y un mensaje muy trabajado sobre el vínculo entre la causa ucraniana y el proyecto europeo. Moncloa subrayó entonces que la guerra contra el “neoimperialismo” de Putin era también una guerra orientada a debilitar Europa, y utilizó incluso el Guernica de Picasso como telón de fondo simbólico para ligar la memoria española con la devastación ucraniana. Se firmaron memorandos para combatir la desinformación rusa y para reforzar cooperación en otros terrenos, incluido el turístico, lo que mostraba una relación más ancha, menos limitada al puro frente militar. La trayectoria de estas tres visitas enseña una secuencia muy clara: primero resistir, después pactar seguridad, y luego pasar a una fase de apoyo militar, financiero e industrial mucho más sofisticada. Ahora, la cuarta cita llega para comprobar qué parte de todo eso se ejecuta, se amplía o se acelera.
Lo que Sánchez puede darle de verdad
Conviene separar el ruido del margen real de maniobra. Sánchez no puede decidir en solitario el rumbo de la guerra, ni reemplazar el peso militar de Estados Unidos, ni imponer a toda la UE una línea única por arte de magia. Pero sí puede hacer bastante más que posar en la escalinata. Puede, para empezar, ratificar la ejecución de lo ya comprometido y discutir con Zelenski qué parte del paquete español necesita prioridad inmediata. Puede, además, reforzar el papel de España en la formación militar, en la cooperación industrial y en la reconstrucción. Y puede hacer algo muy importante en la víspera del Consejo Europeo: llegar a Bruselas con una posición más afilada, más comprometida y menos ambigua. En política europea, eso vale bastante. No siempre gana quien más grita; muchas veces pesa quien entra en la sala con los mensajes preparados y las alianzas ya rehechas en los pasillos. Zelenski busca de Sánchez utilidad política y continuidad material, no literatura diplomática.
Hay otra dimensión que también puede mover Moncloa, y tiene que ver con la Europa de la defensa. El propio Consejo Europeo debatirá cómo acelerar la preparación defensiva del continente y cómo reforzar su base industrial. En ese terreno, España puede empujar una idea que interesa mucho a Kiev: que el apoyo a Ucrania no se lea como un expediente aislado, sino como parte de una agenda más amplia de seguridad europea. Ahí encajan la producción de sistemas antidrones, los radares, el entrenamiento militar, la resiliencia energética y la implicación empresarial en la reconstrucción. No es una reunión para decidir la paz, desde luego, pero sí para ordenar piezas que influyen en la guerra. Y Sánchez tiene un incentivo propio para hacerlo: si España quiere que se la tome en serio cuando habla de autonomía estratégica europea, Ucrania es una prueba de verdad, no una tertulia elegante. La reunión del 18 mide hasta qué punto la influencia española se traduce en algo tangible cuando llega el momento delicado.
La reunión que mide el peso real de España
Por eso esta visita importa más de lo que parece en un primer vistazo. Zelenski llega a Madrid porque necesita resultados antes de Bruselas, pero Sánchez también recibe algo más que una petición: recibe un examen. España puede presentarse como aliado firme, como socio europeo fiable y como país capaz de combinar apoyo militar, reconstrucción y presión política sobre Rusia. O puede limitarse a una escena correcta y poco más. Todo lo acumulado desde Granada 2023, pasando por el acuerdo de seguridad de 2024 y el paquete de 817 millones de 2025, empuja a pensar que Moncloa intentará jugar en la primera opción. La lógica del viaje va por ahí. Zelenski quiere salir de Madrid con algo verificable, aunque no todo se anuncie delante de las cámaras. Y Sánchez necesita que esa reunión demuestre que España conserva capacidad para mover fichas en una guerra que ya no admite apoyos de escaparate.
Al final, la clave de esta cuarta visita está en su timing y en su utilidad. Llega justo antes de una cita europea donde Ucrania comparte foco con otras crisis que presionan a la UE, desde Irán hasta Gaza, desde el presupuesto comunitario hasta la defensa continental. Zelenski no puede permitirse que su expediente pierda temperatura política. España, tampoco, si quiere seguir apareciendo como un actor serio en la respuesta europea. De modo que la reunión del miércoles tiene algo de recordatorio brusco: la guerra sigue, el apoyo se desgasta si no se renueva y la política europea funciona a base de compromisos que hay que volver a cerrar una y otra vez. Por eso Zelenski viene a Moncloa. Y por eso Sánchez no recibe solo a un presidente aliado, sino a un dirigente que llega a por hechos, cifras y posicionamiento antes de sentarse con toda Europa.

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