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¿Se rompe el PSOE? Sánchez encara la recta final bajo presión interna
El PSOE entra en modo electoral para 2027 mientras Sánchez afronta desgaste, tensión territorial, críticas internas y dudas sobre la legislatura.

Resumen
- El PSOE acelera las primarias y prepara su maquinaria electoral para 2027
- Sánchez mantiene su plan de agotar la legislatura y volver a ser candidato
- Las tensiones territoriales crecen mientras Ferraz intenta conservar el control
El PSOE no ha roto con Pedro Sánchez ni existe, a 5 de septiembre de 2026, una rebelión orgánica que amenace formalmente su liderazgo. Pero el paisaje ha cambiado. El presidente llega al último tramo de la legislatura con más presión política, territorial y parlamentaria, mientras el partido acelera la elección de candidatos para 2027 y algunos dirigentes empiezan a mirar sus propias urnas con una atención bastante menos abstracta que hace unos meses.
La expresión «sálvese quien pueda», utilizada para describir el clima socialista, pertenece por ahora al terreno de la interpretación política. Los hechos dibujan algo menos cinematográfico, aunque quizá más revelador: Ferraz ha puesto en marcha su maquinaria electoral, las federaciones preparan municipales y autonómicas, Emiliano García-Page mantiene una posición crítica frente a Sánchez y la crisis de Ceuta ha abierto nuevas grietas en el discurso del Gobierno. No es un motín. Tampoco parece ya una travesía tranquila.
El PSOE empieza a pensar seriamente en las urnas de 2027
Hay un dato bastante más útil que cualquier rumor de pasillo. El PSOE abrió esta semana su segunda ventana de primarias para elegir candidatos autonómicos y municipales, con 164 ámbitos inscritos: la candidatura a la Presidencia de La Rioja, tres cabildos canarios, el Consell de Ibiza, Vizcaya y 158 municipios, entre ellos Sevilla, Bilbao y Valencia.
No es una decisión improvisada después del verano. Ferraz había diseñado en junio un sistema excepcionalmente flexible, con tres ventanas de primarias —julio, septiembre y noviembre— para que cada federación pudiera escoger cuándo celebrar sus procesos internos. En la primera participaron 30 ámbitos. Ahora llega la segunda oleada.
La explicación oficial es sencilla: dar margen a los territorios y preparar con tiempo las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2027. Es razonable. Pero el calendario tiene una lectura política inevitable: el PSOE ya funciona en modo electoral mientras el Gobierno intenta completar una legislatura cada vez más áspera.
Y cuando llegan las elecciones locales ocurre algo bastante terrenal. Un alcalde quiere hablar de su ciudad; un presidente autonómico, de sus hospitales, carreteras o colegios. Ninguno sueña con convertir sus carteles electorales en un referéndum permanente sobre La Moncloa. La política nacional pesa, claro, pero cuanto más desgastado está un Gobierno, mayor es la tentación territorial de marcar distancias con Madrid. Vieja ley de gravedad electoral.
Las tensiones ya aparecen en plazas importantes
Madrid ofrece un buen escaparate. El PSOE prepara las municipales de 2027 con disputas internas en distintas localidades y con heridas todavía visibles después de algunas primarias. Reyes Maroto se impuso a Enma López para encabezar la candidatura en la capital y después reorganizó la dirección del grupo municipal, apartando a López de sus responsabilidades de portavoz adjunta y coordinación de vocales vecinos.
También existen movimientos y controversias en municipios como Alcalá de Henares, Leganés o Móstoles. Sería exagerado convertir cada disputa local en una conspiración contra Sánchez: las primarias socialistas siempre producen fricción, especialmente cuando hay cargos, candidaturas y futuros políticos en juego. Pero la suma tiene importancia porque llega cuando el PSOE necesita proyectar justo lo contrario: cohesión.
En política, nadie abandona un barco únicamente porque haya marejada. Primero se comprueba dónde están los chalecos. Y las primarias sirven también para eso: conocer quién controla cada territorio cuando empiece de verdad la campaña.
Sánchez insiste en llegar a las elecciones de 2027
Frente a las especulaciones sobre un adelanto, la posición pública de Pedro Sánchez sigue siendo bastante clara. El presidente reiteró el 31 de agosto que las elecciones generales serán en 2027, defendió su intención de presentar los Presupuestos Generales del Estado y se mostró dispuesto a volver a ser candidato si así lo decide el PSOE.
No es un detalle menor. Sánchez no está actuando públicamente como un dirigente que prepare su retirada. Todo lo contrario: sostiene que pretende completar la legislatura y disputar otro mandato.
El calendario constitucional tampoco obliga todavía a despejar la incógnita. Las últimas elecciones generales se celebraron el 23 de julio de 2023. Si no hubiera disolución anticipada, los comicios tendrían que celebrarse en 2027. Sánchez ha descartado hacer coincidir las generales con las municipales y autonómicas de mayo, aunque en junio dejó cierto margen para tomar decisiones si el Gobierno no lograba sacar adelante los Presupuestos.
Ese pequeño resquicio alimenta todos los cálculos. Una cosa es querer agotar la legislatura y otra poder hacerlo con una mayoría fragmentada, negociaciones difíciles con los socios y un curso político que acaba de empezar cargado de problemas.
García-Page representa la discrepancia más visible
La contestación interna existe, aunque conviene medirla sin inflarla. Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha y único dirigente autonómico socialista con mayoría absoluta, reclamó en junio un adelanto electoral durante el Comité Federal. Llegó a describir aquel momento como uno de los más graves de la historia reciente del partido y reprochó falta de autocrítica.
Fue una intervención dura. Sin embargo, el mismo Comité Federal mostró otro dato que no cabe esconder debajo de la alfombra: la inmensa mayoría de las federaciones cerró filas con Sánchez. Las críticas más destacadas procedieron de García-Page y de la alcaldesa de Palencia, Miriam Andrés.
Por eso hablar de una rebelión socialista consumada sería ir demasiado rápido. Hay malestar, preocupación y dirigentes que calculan el coste electoral del desgaste nacional. De ahí a una ofensiva organizada para desalojar al secretario general existe todavía una distancia considerable.
Ceuta golpea al Gobierno en el peor momento
El regreso de Sánchez después del verano quedó condicionado por la crisis de Ceuta y, sobre todo, por la polémica acerca de los avisos previos a la entrada masiva de migrantes de finales de julio.
Un informe de la Policía Nacional situó en los días anteriores distintas señales de riesgo. El Centro Nacional de Inmigración y Fronteras había emitido comunicaciones sobre posibles entradas y el debate terminó enfrentando versiones dentro del propio Ejecutivo: Margarita Robles sostuvo que el CNI había advertido del riesgo, mientras Fernando Grande-Marlaska había defendido que no existieron informes que anticiparan una entrada de semejante magnitud.
La cuestión tiene matices importantes. Que hubiera advertencias sobre posibles entradas no significa necesariamente que los servicios del Estado hubieran previsto la dimensión exacta de lo ocurrido. Precisamente esa diferencia —si existía una alerta genérica o una advertencia suficientemente precisa— se ha convertido en el núcleo político de la polémica.
Sánchez anunció en el Congreso la publicación de un dosier con los informes policiales y de inteligencia disponibles antes de la crisis. La discusión, por tanto, continúa abierta y tiene además una derivada judicial en la Audiencia Nacional.
Para un Gobierno que necesitaba empezar septiembre hablando de Presupuestos, vivienda y recuperación de iniciativa política, Ceuta ha alterado por completo el escenario. La oposición ha encontrado un asunto de seguridad nacional con el que golpear al Ejecutivo y las contradicciones entre ministerios han hecho el resto. No hacía falta mucho combustible; llegó un bidón.
El problema de Sánchez ya no es solamente resistir
Sánchez ha construido buena parte de su carrera política desafiando pronósticos que parecían definitivos. Perdió la secretaría general del PSOE, regresó. Llegó a La Moncloa mediante una moción de censura, repitió después como presidente y sobrevivió a mayorías parlamentarias que sobre el papel parecían de cristal.
De ahí que anunciar su final político sea una afición especialmente arriesgada. El sanchismo ha sido declarado muerto demasiadas veces como para redactar ahora el certificado con ligereza.
Pero su situación en septiembre de 2026 presenta una diferencia. Ya no basta con resistir una semana, superar una votación complicada o esperar que cambie el ciclo informativo. Se acercan unas elecciones municipales y autonómicas en las que centenares de candidatos socialistas se juegan directamente el cargo. Después llegarán las generales.
Cuando el horizonte electoral está lejos, las familias políticas toleran mejor los problemas del centro. Cuando faltan meses, cada concejal empieza a contar votos y cada federación mira sus encuestas. Ahí cambia la temperatura.
El calendario de primarias socialista demuestra precisamente eso: 2027 ha dejado de ser una fecha lejana. Ya hay candidatos, equipos, rivalidades y estrategias territoriales tomando forma.
Un partido que necesita demostrar que todavía controla su destino
El auténtico examen para el PSOE no consiste ahora en determinar si existe una operación organizada contra Sánchez. No hay pruebas públicas suficientes para afirmarlo. Consiste en comprobar si Ferraz consigue mantener unidos tres planos que empiezan a moverse a distinta velocidad: el Gobierno necesita sobrevivir parlamentariamente, Sánchez quiere llegar a las generales de 2027 y los dirigentes territoriales necesitan salvar sus propias elecciones unos meses antes.
Esa convivencia puede funcionar. También puede volverse incómoda si empeoran las encuestas, aparecen nuevas derrotas parlamentarias o la crisis política de Ceuta continúa creciendo.
Por ahora, Sánchez conserva el mando del PSOE y sostiene públicamente su candidatura para 2027. Los principales dirigentes del partido no han iniciado una ofensiva contra él y Ferraz continúa trabajando conforme a su calendario. Esa es la fotografía comprobable.
Otra cosa es el ambiente que empieza a rodearla. Las primarias avanzan, García-Page mantiene su distancia, las estructuras territoriales se preparan para una campaña difícil y cada tropiezo del Gobierno repercute directamente sobre candidatos que no se presentan a presidente de España, sino a alcalde de Sevilla, Valencia o cualquier otra ciudad.
La incómoda cuenta atrás socialista hacia 2027
No es todavía el «sálvese quien pueda». Pero el PSOE ha entrado en esa fase incómoda en la que cada territorio empieza a mirar por su propio futuro electoral, por pura prudencia. Sánchez conserva el control y pretende llegar hasta 2027, mientras Ferraz prepara candidatos y busca mantener unido un partido que necesita defender al Gobierno sin convertir cada elección municipal o autonómica en un plebiscito sobre La Moncloa. En política, muchas crisis empiezan así: nadie corre aún por el pasillo, aunque varios ya hayan mirado hacia la puerta.

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