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¿Qué papa es León XIV? Un año entre luces y sombras

León XIV cumple su primer año con paz, prudencia y heridas abiertas en una Iglesia que aún mide cuánto cambio puede soportar sin romperse.
León XIV está haciendo razonablemente bien lo que un papa podía hacer en su primer año sin incendiar media Iglesia por la mañana y apagar la otra media por la tarde. Ha estabilizado la transición tras Francisco, ha colocado la paz en el centro de su discurso, ha rebajado el volumen interno del Vaticano y ha demostrado que su perfil discreto no equivale a debilidad. Pero tampoco ha llegado como un reformador con mazo. En abusos, mujeres, finanzas, derechos LGTBI y gobernanza, las grandes preguntas siguen ahí, sentadas en primera fila, con cara de no moverse.
Robert Francis Prevost, elegido el 8 de mayo de 2025, es el primer papa nacido en Estados Unidos, el primer agustino en ocupar la silla de Pedro y un pontífice con larga biografía peruana. Ese detalle importa. No es un papa de laboratorio romano, aunque conozca Roma por dentro. Es un hombre formado entre Chicago, el derecho canónico, la misión en Perú y la maquinaria vaticana. Al cumplir su primer año, el balance no cabe en el aplauso fácil ni en el suspenso de barra de bar: ha sido un papa de orden, no de espectáculo; de avances lentos, no de fuegos artificiales. Qué decepción para los aficionados al circo.
Un papa de tono bajo para una Iglesia con fiebre
León XIV no tiene, al menos por ahora, el magnetismo teatral de Francisco. Tampoco parece buscarlo. Donde Bergoglio entraba como un vendaval, Prevost avanza como quien abre una puerta vieja sin hacer crujir toda la casa. Eso puede parecer menos emocionante, incluso menos noticioso, pero en una institución que arrastra polarización doctrinal, desconfianza financiera, fatiga pastoral y una crisis de abusos que no desaparece porque se la cubra con mármol, la discreción también puede ser una forma de gobierno. No vende tantas camisetas. Gobierna más despacio.
Su primer año ha confirmado una intuición: León XIV quiere conservar buena parte de la herencia social de Francisco, pero con una gramática distinta. Menos frase lanzada al aire como piedra en estanque, más documento, más escucha, más administración. Su perfil agustino, su formación jurídica y su paso por el Dicasterio para los Obispos le dan una mirada institucional que no es exactamente conservadora, aunque a veces lo parezca por su prudencia. En realidad, su estilo recuerda a esos médicos de pueblo que no prometen milagros, miran la fiebre, toman el pulso y dicen: vamos a ver. Y conviene ver.
La gran virtud de este arranque ha sido no romper la Iglesia tras la muerte de Francisco. Parece poco, pero no lo es. Venía de un pontificado amado y detestado con igual energía; un papado que movió muebles, abrió ventanas y dejó a más de uno buscando el manual de instrucciones bajo el reclinatorio. León XIV ha evitado la tentación de desautorizar al anterior papa y también la de imitarlo como un actor secundario con sotana prestada. Ha elegido una tercera vía: continuidad sin fotocopia. El resultado es menos épico, sí, pero probablemente más útil para una Iglesia mundial de 1.400 millones de fieles.
La paz como columna vertebral, y el choque inevitable con Trump
La palabra que más define este primer año es paz. No como adorno de postal vaticana, con paloma blanca y cielo azul, sino como posición política y moral en un mundo que parece haber confundido liderazgo con músculo, y músculo con ruido. León XIV ha hablado contra la guerra, contra la economía de las armas y contra la costumbre obscena de mirar imágenes de muerte como quien revisa el tiempo antes de salir de casa. En Pompeya, en el aniversario de su elección, volvió a pedir a los responsables políticos que rebajen el odio y abandonen la lógica de la violencia.
Ese mensaje lo ha empujado, casi contra su carácter, al centro de una pelea con Donald Trump. Y ahí está una de las paradojas del primer año: el papa que quería ser pastor se ha visto convertido en contrapoder moral de la Casa Blanca. No porque haya buscado la reyerta, sino porque en 2026 hasta predicar contra la guerra puede ser leído como una declaración partidista. La política contemporánea tiene esa delicadeza: si uno dice que matar civiles está mal, alguien pregunta inmediatamente a qué bando beneficia la frase.
León XIV ha intentado no bajar al barro, aunque el barro a veces sube solo. La reunión con Marco Rubio en el Vaticano, tras semanas de tensión por las críticas del papa a la guerra de Irán y por los ataques de Trump, mostró hasta qué punto la Santa Sede y Washington han tenido que coser una relación incómoda. El Vaticano y Estados Unidos hablaron de vínculos bilaterales, de intereses comunes, de diplomacia. El lenguaje de siempre. Pero por debajo quedaba la evidencia: un papa estadounidense no significa un papa domesticado por Estados Unidos. Y eso, para algunos, ha sido una sorpresa deliciosa.
Lo interesante no es que León XIV critique a Trump. Lo interesante es que lo hace desde una posición que no encaja del todo en las etiquetas políticas estadounidenses. No suena a progresista de tertulia ni a conservador de sacristía. Habla de migrantes, pobres, guerra, justicia, libertad, dignidad humana. Lo clásico, vaya. Tan clásico que resulta subversivo. Su problema será mantener esa voz universal sin quedar atrapado en la trituradora partidista de Estados Unidos, donde cualquier gesto acaba con camiseta, hashtag y enemigo asignado.
Continuidad con Francisco, pero con freno de mano
La comparación con Francisco es inevitable, aunque también un poco injusta. Francisco fue un papa de gesto, ruptura visual y palabra inesperada. León XIV es más de tono bajo, frase medida y despacho con papeles. El primero parecía caminar con barro en los zapatos; el segundo parece revisar antes si el puente aguanta. Eso no significa que uno fuera valiente y el otro cobarde. Significa que sus temperamentos son distintos y que la Iglesia, ese mamut con vitrales, no se mueve igual bajo todos los pastores.
En la doctrina social, León XIV mantiene una línea clara de continuidad. Pobres, migrantes, paz, crítica de la desigualdad, ética ante la tecnología y defensa de una Iglesia menos encerrada en sí misma. Su exhortación apostólica de octubre, centrada en el amor a Cristo y a los pobres, reforzó esa dirección. No ha desmontado el legado de Francisco, que era el sueño húmedo de ciertos sectores ultraconservadores. Tampoco ha acelerado todas las reformas que otros esperaban. Ha optado por administrar el fuego: que caliente, pero que no queme la nave.
Ese freno de mano se ve sobre todo en los temas donde la Iglesia se juega su relación con el siglo XXI. Las bendiciones a parejas del mismo sexo son un buen ejemplo. León XIV ha elogiado la decisión de Francisco de permitir bendiciones informales, pero ha dejado claro que no quiere avanzar hacia rituales formalizados porque considera que podrían aumentar la división interna. Traducido al idioma de la calle: acepta la puerta entreabierta, pero no quiere que nadie la convierta todavía en avenida principal.
Ahí aparece una de sus sombras más visibles. Para los sectores reformistas, León XIV se queda corto. Para los sectores tradicionalistas, ya ha ido demasiado lejos simplemente por no desandar el camino. El papa parece saberlo y actúa como quien lleva una bandeja de copas por una escalera: despacio, mirando cada peldaño. El problema es que la historia no siempre espera a que el camarero llegue entero al salón. Las personas LGTBI católicas, las mujeres que sostienen parroquias y comunidades, los fieles cansados de respuestas ambiguas, no viven en el calendario geológico del Vaticano.
Mujeres, gobierno y la puerta que no termina de abrirse
El papel de las mujeres en la Iglesia es quizá la prueba más clara de esa mezcla de avance y límite. León XIV ha autorizado la publicación de informes sinodales sobre participación femenina y ha continuado la línea de confiar a mujeres cargos de responsabilidad en estructuras vaticanas. Eso cuenta. No es humo. En una institución donde durante siglos la autoridad ha tenido voz, sotana y género bastante previsible, cada espacio real de gobierno importa.
El diaconado femenino, todavía en sala de espera
Pero el diaconado femenino sigue bloqueado. La publicación del informe de la comisión vaticana, que descartó avanzar ahora hacia la ordenación de mujeres diáconos y propuso otros ministerios laicales, dejó un sabor conocido: se reconoce el problema, se escucha, se estudia, se agradece, se archiva en una carpeta con lomo beige. A veces la Iglesia parece experta en convertir el verbo “discernir” en sala de espera. Y la sala está llena desde hace décadas.
León XIV no ha cerrado completamente el debate, pero tampoco lo ha convertido en prioridad transformadora. Esa prudencia puede evitar un cisma interno, sobre todo en una Iglesia global donde no todas las comunidades caminan al mismo ritmo cultural. También puede producir frustración, porque muchas mujeres no piden un gesto decorativo sino poder real, capacidad de decisión, reconocimiento ministerial y presencia en lugares donde no solo se sirve café después de la reunión, sino que se decide qué Iglesia se quiere ser.
El papa parece cómodo con una reforma institucional gradual, no con una revolución doctrinal. Es coherente con su biografía. También es insuficiente para quienes consideran que el tiempo de las medias puertas ya pasó. En este punto, León XIV no suspende, pero tampoco sobresale. Se mueve. Poco. Y en asuntos donde la espera ha sido tan larga, moverse poco puede parecer otra forma elegante de quedarse quieto.
El pasado peruano y la herida de los abusos
La biografía peruana de León XIV es una de sus grandes fortalezas. Allí fue misionero, formador, obispo, pastor de comunidades concretas, no solo administrador con despacho. Perú le dio idioma, calle, roce, pueblo. También le dejó una sombra difícil: los casos de abusos y la gestión eclesial de denuncias en Chiclayo y en el entorno del Sodalicio, una organización peruana marcada por denuncias graves y finalmente suprimida.
Conviene ser justos. No hay una prueba pública sólida de que León XIV encubriera deliberadamente abusos. De hecho, distintas informaciones han mostrado que el caso de Chiclayo fue instrumentalizado por sectores hostiles a Prevost, especialmente por su papel contra el Sodalicio. Pero también conviene no usar esa instrumentalización como alfombra para tapar lo esencial: las víctimas siguen hablando de lentitud, falta de información, desgaste y revictimización. Y ahí la Iglesia no puede limitarse a decir que el expediente estaba técnicamente en trámite, como quien responde a una multa de tráfico.
La credibilidad no se reconstruye con comunicados
León XIV ha dicho ya que no debe existir tolerancia ante ningún tipo de abuso en la Iglesia, sea sexual, espiritual, de conciencia o de autoridad, y ha reclamado procesos transparentes y escucha real a quienes han sido heridos. Es una declaración importante. También es el mínimo. La credibilidad no se reconstruye con frases correctas, sino con procedimientos, sanciones, reparación económica, acompañamiento psicológico, transparencia documental y una relación adulta con la prensa. Sí, la prensa. Esa cosa tan molesta que a veces evita que los poderosos se confundan con los santos.
Este será probablemente el terreno donde León XIV más se juegue su autoridad moral. Puede hablar de paz, migrantes y justicia con gran fuerza, pero si la Iglesia no termina de limpiar su propia casa, cada palabra saldrá con polvo en los bordes. En España, además, el asunto de los abusos sigue abierto y forma parte del clima de fondo ante su previsto viaje de junio. La pregunta no es solo si se reunirá con víctimas. La pregunta de verdad es qué hará después de escucharlas. Porque escuchar sin consecuencias es una liturgia pobre.
Gobierno, dinero y viajes: el papa administrador sale a escena
El primer año también ha mostrado a un papa más administrador que icono. Ha hecho ajustes en la Curia, ha optado por perfiles discretos para puestos relevantes y ha dejado claro que su forma de renovar no pasa por grandes golpes de efecto. Esto tiene ventajas: baja la temperatura, reduce el ruido, evita que cada nombramiento parezca una guerra civil en miniatura. También tiene riesgos: la discreción puede confundirse con opacidad, y la Iglesia ya tiene demasiada experiencia en moverse detrás de cortinas gruesas.
Las finanzas vaticanas siguen siendo una cuestión delicada. No es el asunto más fotogénico, claro. Nadie llena una plaza con balances, auditorías y fondos de inversión. Pero ahí está parte de la credibilidad institucional. Francisco dejó reformas, tensiones y cuentas pendientes; León XIV tendrá que demostrar que su perfil jurídico sirve para algo más que para ordenar papeles. Una Iglesia que predica contra la codicia no puede permitirse zonas grises en su propia economía sin pagar un precio moral altísimo. Y no hablamos de calderilla, precisamente.
Los viajes han empezado a dibujar otra parte de su personalidad. Turquía, Líbano, África, el Mediterráneo, Oriente Medio, España en el horizonte. No viaja solo para hacerse ver; busca territorios simbólicos, fronteras religiosas, heridas geopolíticas. Su paso por África reforzó la idea de un papa atento al crecimiento del catolicismo fuera de Europa y a los conflictos que no siempre ocupan la primera página occidental. En eso León XIV se parece menos al papa funcionario y más al pastor global que la Iglesia necesita, aunque su gesto siga siendo sobrio.
La cuestión española no será menor. Un viaje con paradas institucionales, jóvenes, migrantes y posiblemente el eco de las víctimas de abusos colocará a León XIV ante un país secularizado, culturalmente católico, políticamente polarizado y poco dispuesto a comprar incienso sin mirar la etiqueta. España puede ser para él un escenario cómodo por idioma y tradición, o incómodo por memoria, heridas y expectativas. Probablemente ambas cosas. Como casi todo en este pontificado.
Un pontificado que empieza de verdad ahora
El primer año de León XIV ha sido más interesante de lo que su tono discreto sugería. Ha evitado la ruptura, ha sostenido la continuidad social de Francisco, ha dado centralidad a la paz, ha resistido el choque con Trump sin convertirse en personaje de reality y ha mostrado una capacidad notable para no dejarse arrastrar por la histeria ambiental. En tiempos de líderes que confunden gobernar con hacer ruido, eso ya es casi una extravagancia.
Pero las sombras no son pequeñas. Los abusos siguen siendo la gran prueba ética. Las mujeres continúan esperando algo más que reconocimiento amable. Las personas LGTBI reciben una acogida pastoral limitada por una doctrina que el papa no quiere mover más allá de lo heredado. Las finanzas vaticanas exigen vigilancia. La Curia, esa ballena antigua, no cambia de dirección solo porque el capitán hable bajo. Y el mundo, con guerras, autoritarismos y tecnologías que avanzan como cuchillos nuevos, no parece dispuesto a concederle una larga luna de miel.
León XIV, por ahora, es un papa prudente, social, institucional y más firme de lo que aparenta. Lo está haciendo bien en la tarea de estabilizar, escuchar y marcar un tono moral reconocible. Lo está haciendo peor, o demasiado lento, en la parte donde la Iglesia necesita señales más nítidas: reparación, igualdad interna, transparencia, reformas con consecuencias. Su pontificado no ha fracasado. Tampoco ha deslumbrado. Ha empezado con una virtud poco vistosa: la serenidad. Veremos si esa serenidad era cimiento o anestesia. Ahí está la diferencia entre un papa de transición y un papa que deja huella.

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