Síguenos

Ciencia

¿Cómo predijo Jiang Xueqin el choque de EE. UU. con Irán?

Publicado

el

Jiang Xueqin

Jiang Xueqin anticipó el choque entre EE. UU. e Irán y el artículo explica por qué su análisis se volvió tan inquietantemente preciso

Estados Unidos ha terminado entrando en un choque militar abierto con Irán y esa realidad ha disparado la fama de Jiang Xueqin, un educador e historiador chino-canadiense que llevaba tiempo sosteniendo que Washington podía acabar metido en una guerra mala, larga y estratégicamente torpe en Oriente Próximo. Lo llamativo no es solo que anticipara el conflicto, sino el mecanismo que describió: una Casa Blanca empujada por la necesidad de demostrar fuerza, por la presión regional de sus aliados y por la vieja tentación de creer que una superioridad militar enorme basta para ordenar el tablero. Su tesis iba por ahí. Golpear primero no equivale a controlar lo que viene después.

Lo que se ha vuelto viral de su análisis no es un gesto de adivino, sino algo más incómodo: identificó una trampa. Según su lectura, Irán era el tipo de enemigo capaz de convertir una ofensiva estadounidense aparentemente brillante en un problema mucho más grande. Terreno complicado, profundidad territorial, redes aliadas, capacidad de represalia indirecta, crisis del petróleo, costes políticos internos y una guerra sin salida clara. Esa mezcla, decía, podía dejar a Estados Unidos no como vencedor sereno, sino como potencia sobreextendida, gastando más de lo que gana y debilitando su propia posición global. Viendo lo ocurrido en los últimos días, con bombardeos, muertos, embajadas atacadas, evacuaciones y tensión máxima en el Golfo, su nombre ha dejado de circular como una rareza de internet para convertirse en una referencia casi obligada.

No fue una profecía: fue un cálculo político y militar

La explicación de Jiang Xueqin no se apoyaba en una intuición mística ni en un discurso de sobremesa. Su marco mezclaba teoría militar, teoría de juegos e historia de los imperios, una combinación que suena a seminario universitario, sí, pero que en este caso aterrizaba en algo muy concreto. Él venía a decir que un segundo mandato de Donald Trump aumentaría la probabilidad de una guerra con Irán porque reuniría varios incentivos a la vez: presión para exhibir firmeza, necesidad de reordenar el tablero regional, vínculos con aliados que consideran a Teherán un enemigo estratégico y una política exterior muy inclinada a los golpes de efecto. Esa era la base. No hablaba de una guerra inevitable como fenómeno natural, sino de una guerra cada vez más plausible porque demasiadas piezas empujaban en la misma dirección.

Lo interesante es que Jiang no se quedaba en el “habrá guerra”, que es una frase vistosa y bastante fácil de lanzar cuando Oriente Próximo hierve. Él se detenía en por qué esa guerra podía salir mal para Estados Unidos incluso si empezaba con una ventaja militar abrumadora. Ahí está el corazón del asunto. Washington puede destruir instalaciones, hundir buques, golpear infraestructura crítica y matar mandos, pero otra cosa distinta es traducir esa potencia en estabilidad, en obediencia regional y en una victoria estratégica limpia. Su razonamiento conectaba con una idea que la historia reciente ha repetido hasta la saciedad: ganar el primer asalto no garantiza ganar la guerra que de verdad importa, la que empieza cuando el adversario se adapta, dispersa el daño y convierte el tiempo en un arma.

La clase de mayo de 2024 que explotó un año después

La pieza que ha alimentado toda esta conversación fue una clase grabada en mayo de 2024, dentro de su proyecto Predictive History, que pasó bastante desapercibida al principio y empezó a circular de manera masiva en 2025, cuando varias de sus hipótesis comenzaron a parecer menos extravagantes. En aquel momento, Joe Biden seguía en la Casa Blanca y la idea de un regreso de Trump con una guerra con Irán en el horizonte sonaba, para mucha gente, a cadena de suposiciones demasiado ambiciosa. Luego cambió el clima. Trump volvió, la tensión entre Israel e Irán siguió creciendo y aquella lección rescatada de YouTube empezó a verse como un vídeo casi maldito, de esos que internet convierte en reliquia viral en cuanto el presente se parece demasiado al guion antiguo.

En esa intervención, Jiang esbozaba un escenario que él mismo bautizaba con un nombre muy revelador, “Operation Iranian Freedom”, y dibujaba una cadena de justificaciones reconocible: el programa nuclear iraní, la amenaza de los misiles, la protección de los aliados regionales, la idea de la democratización y el recurso habitual a presentar la ofensiva como una acción necesaria antes de que sea demasiado tarde. Lo importante no es que clavara cada detalle del decorado, porque no lo hizo, sino que identificó la lógica política de la intervención antes de que la intervención existiera. Ahí acertó de lleno. También dejó una imagen poderosa: si Estados Unidos terminaba metiendo tropas en un escenario amplio dentro de Irán, esos soldados serían más rehenes del terreno que dueños del terreno. En su cálculo, una ocupación de verdad exigiría una masa militar gigantesca, millones de soldados, algo completamente fuera del alcance político, industrial y social de la potencia estadounidense actual.

Quién es Jiang Xueqin y por qué su nombre se ha vuelto viral

Jiang Xueqin no encaja en el molde habitual del experto de seguridad internacional que llena platós con corbata oscura y lenguaje de despacho. Es un educador, ensayista e historiador chino-canadiense afincado en Pekín, con una trayectoria ligada a la innovación educativa, la escritura y la divulgación. Ha trabajado en proyectos de reforma escolar, ha colaborado con medios internacionales, está vinculado a redes académicas relacionadas con Harvard y ha sido presentado en distintos foros como una figura interesada en la creatividad, el pensamiento crítico y el análisis histórico estructural. Ese perfil híbrido explica parte del fenómeno. No habla como un militar retirado; habla como alguien que intenta leer patrones largos, cruzando clases de historia, geopolítica y teoría de decisiones.

Su canal, Predictive History, juega precisamente a eso: tomar episodios del pasado, identificar estructuras de poder y aplicarlas al presente con un aire que mezcla academia, narración y diagnóstico político. En ese formato, Jiang consigue algo que internet premia muchísimo: no solo cuenta hechos, los ordena dentro de una trama. Y cuando el presente se llena de ruido, la gente busca eso, una trama, una lógica, una forma de entender por qué varias chispas sueltas acaban montando un incendio. Por eso su nombre ha corrido tanto. No tanto porque “adivinara” el futuro, sino porque ofreció una explicación inteligible de por qué podía romperse el equilibrio entre Washington y Teherán cuando todavía no se había roto del todo.

También ayuda el contraste. Un profesor de instituto que anticipa un conflicto entre superpotencias tiene algo de personaje improbable, casi de hallazgo cultural. Pero detrás de esa imagen llamativa hay un fondo serio. Jiang lleva tiempo trabajando con una idea central: los grandes errores históricos nacen cuando una potencia interpreta su fuerza como una licencia automática para reorganizar el mundo. En esa lectura, Estados Unidos corre un riesgo conocido. Confundir capacidad de castigo con capacidad de control. Y justamente eso es lo que hoy se discute en medio de la guerra: si la campaña lanzada contra Irán puede destruir mucho y, al mismo tiempo, empeorar la posición estratégica de Washington.

Lo que está pasando de verdad entre Washington y Teherán

La actualidad, por desgracia, ha puesto a prueba esa tesis con crudeza. La guerra ya no es un ejercicio teórico. Estados Unidos e Israel han lanzado una campaña aérea de gran escala contra Irán, con ataques sobre objetivos militares y nucleares, mientras Teherán ha respondido con misiles, drones y acciones sobre intereses estadounidenses y de sus socios en la región. En este arranque del conflicto se han producido hechos de enorme impacto: la muerte del líder supremo iraní, Ali Khamenei, en los bombardeos, daños en la instalación nuclear de Natanz, ataques iraníes sobre varios puntos del Golfo, un golpe con drones contra la embajada de Estados Unidos en Riad y el cierre o la reducción de actividad diplomática en distintos países de la zona por motivos de seguridad.

La Administración Trump, además, ha ido moviendo el marco verbal de la guerra. En las primeras horas, el tono sugería una operación mucho más ambiciosa, con ecos de cambio de régimen y mensajes dirigidos a los iraníes para que “recuperaran su país”. Después, el discurso se replegó hacia objetivos más convencionales sobre el papel: frenar el programa nuclear iraní, destruir su capacidad misilística y recortar el margen de sus aliados regionales, desde Hezbolá hasta otras milicias afines. Esa variación no es un matiz menor. Cuando los objetivos cambian en medio del arranque de una guerra, la sensación de control se resiente. Y eso importa tanto en la región como dentro de Estados Unidos, donde ya hay señales claras de fatiga y de rechazo.

El conflicto, además, se ha extendido por varios frentes casi al mismo tiempo. Líbano ha vuelto a entrar en combustión con ataques israelíes sobre posiciones de Hezbolá y respuesta de la milicia chií; el estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte decisiva del petróleo mundial, ha quedado bajo amenaza directa; y varios Gobiernos han recomendado la salida de personal no esencial o de sus ciudadanos de la zona por el riesgo de un deterioro mayor. Cuando la guerra empieza a tocar embajadas, rutas marítimas, instalaciones energéticas y capitales de varios países a la vez, deja de ser una operación quirúrgica y se parece más a un sistema en tensión. Eso era exactamente lo que Jiang temía: no un golpe aislado, sino una reacción en cadena.

El punto débil que él veía en una guerra contra Irán

Aquí es donde su análisis gana fuerza de verdad. Jiang sostenía que Irán no es un enemigo diseñado para una victoria rápida de estilo televisivo. No por falta de debilidades, que las tiene, sino porque su estructura obliga al adversario a pelear en condiciones incómodas. Es un país grande, montañoso, con capacidad para dispersar recursos, absorber daños y responder de forma indirecta. Puede perder objetivos y seguir teniendo margen para escalar. Puede recibir golpes severos y, aun así, convertir la guerra en un problema regional más ancho. No necesita derrotar frontalmente a Estados Unidos; le basta con impedir que Estados Unidos convierta su fuerza en orden duradero.

Ese es el nervio de la cuestión. Las guerras contemporáneas ya no se deciden solo por quién tiene más poder de fuego, sino por quién logra imponer el marco temporal, el coste económico y el desgaste político. Irán dispone de instrumentos para eso. Redes aliadas, misiles, drones, sabotaje, presión sobre el tráfico marítimo, golpes sobre infraestructura energética y la capacidad de hacer sentir la guerra fuera de su territorio inmediato. En otras palabras: incluso muy debilitado, puede seguir siendo peligroso. Y cuando una potencia entra en una campaña de semanas o meses contra un rival así, el mapa empieza a comportarse como una trampa. No hay una línea clara entre éxito táctico y atasco estratégico.

Jiang lo resumía con crudeza: una invasión o una ocupación seria de Irán sería, para Estados Unidos, logísticamente monstruosa. No se trata solo de entrar; se trata de mantener líneas de suministro, proteger bases, sostener el ritmo de operaciones, contener represalias regionales y evitar que el conflicto reviente por otro costado. Ahí la superioridad militar deja de ser una llave maestra y pasa a ser una herramienta potentísima, sí, pero insuficiente. Ese razonamiento, visto desde la evolución de los últimos días, ya no parece especulación. Parece una advertencia en tiempo real.

Lo que acertó, lo que exageró y lo que todavía no puede darse por cerrado

Conviene no convertir a Jiang Xueqin en oráculo de bronce. Su análisis ha ganado prestigio porque acertó en el movimiento central, pero eso no obliga a aceptar cada una de sus piezas como si fueran verdad revelada. De momento, sí acertó en varios elementos decisivos: el regreso de Trump, la deriva hacia un enfrentamiento con Irán, la utilización del argumento nuclear como una de las justificaciones principales y la idea de que una guerra así podía presentarse al principio como una operación limitada y luego crecer en dimensiones y costes. También clavó algo más fino: la dificultad de sostener un relato simple sobre el conflicto. En cuanto empiezan los cambios de objetivo, las represalias cruzadas y la expansión regional, el discurso de “acción precisa” se agrieta.

Ahora bien, no todo su guion se ha materializado punto por punto. La realidad no ha copiado al detalle aquella pizarra. La guerra actual ha comenzado sobre todo como campaña aérea y de castigo a distancia, no como una invasión terrestre masiva. Tampoco se ha confirmado, al menos por ahora, el despliegue del tipo de ocupación que él describía como desastre asegurado. Su escenario extremo, ese en el que Washington acabaría atrapado de lleno en territorio iraní, sigue siendo una hipótesis de riesgo, no un hecho consumado. Es importante decirlo porque la viralidad suele borrar los matices y convertir un acierto grande en una especie de infalibilidad total. No estamos ahí.

Lo que sí refuerza su tesis es el comportamiento político de la guerra desde el minuto uno. Trump ha ido modulando sus razones, Netanyahu admite que la campaña puede alargarse “algún tiempo” aunque rechace que se convierta en otra guerra interminable y las encuestas ya dibujan una opinión pública estadounidense fría o directamente hostil a los ataques. Un sondeo de Reuters/Ipsos sitúa el apoyo a los bombardeos en torno a uno de cada cuatro estadounidenses, un dato muy pobre para una operación que apenas arranca. Esa cifra importa muchísimo. Las guerras largas no se sostienen solo con munición; se sostienen con legitimidad política, paciencia social y dinero. Si falla una de esas patas, el edificio cruje.

El otro gran punto donde Jiang parece haber dado en el centro tiene que ver con la economía. La guerra ya ha empujado al alza los precios energéticos y ha devuelto al primer plano el miedo a una perturbación seria del comercio marítimo por Ormuz. Los analistas manejan un abanico amplio, pero la dirección del riesgo es nítida: más petróleo caro, más inflación, más nervios en los mercados, más costes de seguro, más dudas sobre crecimiento. No es una consecuencia secundaria. Es el tipo de daño que erosiona a una potencia por varios flancos a la vez. Un conflicto regional que empieza como demostración de poder puede terminar filtrándose a las gasolineras, a las cadenas logísticas, a los tipos de interés y a la política doméstica. Ahí también estaba la advertencia de Jiang, aunque formulada con su propio lenguaje.

El coste real de una guerra que amenaza con ensancharse

Hay una tendencia casi automática a medir este tipo de conflictos con el lenguaje de la devastación visible: cuántos objetivos fueron destruidos, cuántos líderes murieron, cuántos misiles se interceptaron. Pero en el caso de Irán, el coste real puede estar precisamente donde menos se ve en el primer golpe. Cuanto más se prolonga la campaña, más se mezclan tres planos explosivos: el militar, el económico y el político. En el militar, porque la guerra abre nuevos frentes y multiplica el desgaste. En el económico, porque un cierre efectivo o una perturbación grave en Ormuz tocaría la circulación global de crudo, gas y mercancías. En el político, porque cualquier cadena de bajas estadounidenses o cualquier salto fuerte en los precios puede convertirse en un problema serio para la Casa Blanca a pocos meses de otra cita electoral clave.

Ese efecto ya se está notando. El petróleo ha reaccionado al alza, las autoridades estadounidenses han tenido que evacuar personal no esencial en varios países del entorno y el mensaje público del presidente ha oscilado entre la promesa de una operación relativamente corta y la idea de seguir “el tiempo que haga falta”. Esa oscilación es mala señal. Cuando un gobierno no puede fijar con nitidez duración, límites y objetivo final, la guerra empieza a parecerse menos a una maniobra bajo control y más a una pendiente. Jiang hablaba justamente de eso, de una potencia capaz de entrar con confianza, pero no de salir con claridad.

Hay además un plano internacional menos visible y bastante importante. China observa el conflicto con una mezcla de preocupación energética y cálculo estratégico. Irán es un proveedor relevante para el gigante asiático y cualquier ruptura seria del flujo petrolero le perjudica de forma directa. A la vez, Pekín puede interpretar que un empantanamiento de Washington en Oriente Próximo debilita a medio plazo la posición estadounidense en otros escenarios. Ese doble efecto resume bien la trampa: lo que da fuerza táctica inmediata puede restar poder estratégico más adelante. En otras palabras, aunque Trump logre exhibir decisión y dureza en el corto plazo, una guerra larga contra Irán puede terminar beneficiando a otros actores que no disparan una sola bomba.

Cuando la victoria rápida empieza a parecer una trampa

El auge de Jiang Xueqin no se entiende solo por el morbo de internet ante alguien que “lo vio venir”. Se entiende porque su análisis pone el dedo en una herida vieja de la política exterior estadounidense: la dificultad de distinguir entre castigar a un enemigo y gobernar las consecuencias del castigo. Lo que está pasando entre Washington y Teherán encaja demasiado bien con ese patrón. Una ofensiva poderosa, objetivos que se mueven, represalias en cadena, mercado energético tensionado, aliados inquietos y una opinión pública estadounidense que no compra con entusiasmo la guerra. Esa combinación es exactamente la que convierte una campaña militar en un examen más amplio sobre la salud real de una potencia.

Jiang ha ganado reputación porque leyó el contexto antes de que estallara del todo. Vio que Irán era el lugar donde podían cruzarse varias obsesiones de Washington y varios errores recurrentes de su forma de ejercer la hegemonía. La necesidad de parecer invulnerable, la sobreconfianza en la superioridad militar, la mala costumbre de subestimar los costes del segundo acto y la ilusión de que una guerra limitada seguirá siendo limitada porque uno lo desea. Ahí estuvo su gran acierto. No en recitar un futuro exacto, sino en detectar la lógica del choque antes de que el choque tomara forma.

A día de hoy, lo que más refuerza su tesis no es la épica del bombardeo inicial, sino el paisaje que deja detrás: embajadas golpeadas, evacuaciones, Hezbolá activado, instalaciones nucleares dañadas, petróleo tensionado, dudas sobre la duración de la campaña y un presidente estadounidense obligado a justificar una guerra cuyo sentido cambia según la hora y el micrófono. Esa es la escena. Y en esa escena, la pregunta ya no es si Estados Unidos puede seguir golpeando. Puede. La cuestión seria, la incómoda, la que Jiang colocó antes que casi nadie, es otra: si cada golpe acerca a Washington a una posición más fuerte o lo mete un poco más en la guerra que nunca quiso reconocer que podía perder políticamente.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído