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Naturaleza

¿Por qué las ardillas entierran nueces y luego las olvidan? El motivo

Las ardillas entierran nueces para épocas de escasez, recuerdan muchos escondites y las semillas que no recuperan pueden germinar y formar árboles.

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ardillas entierran nueces

Resumen

  • Las ardillas entierran nueces para guardar alimento en épocas de escasez
  • Recuerdan muchos escondites gracias a la memoria espacial y otras señales
  • Las semillas que quedan enterradas pueden germinar y dar origen a árboles

Las ardillas entierran nueces, bellotas y otras semillas porque están guardando alimento para épocas de escasez. En lugar de confiar toda la despensa a un único escondite, muchas especies de ardillas arborícolas reparten la comida en numerosos puntos del terreno. Es una especie de almacén fragmentado bajo tierra: si alguien encuentra una reserva, las demás siguen a salvo.

Y no, la explicación no es simplemente que sean olvidadizas. Las investigaciones muestran que las ardillas pueden recordar la posición de muchos de sus escondites utilizando memoria espacial, referencias visuales del entorno y, en determinadas circunstancias, también el olfato. Algunas semillas quedan sin recuperar, desde luego, pero eso puede ocurrir por olvido, por cambios en el terreno, porque otra ardilla las roba o porque el animal sencillamente no llega a necesitarlas.

Una despensa enterrada y repartida por el territorio

Este comportamiento se conoce como almacenamiento disperso, también denominado scatter hoarding. La ardilla encuentra una bellota o una nuez, decide si merece la pena comerla en ese momento o conservarla y, si opta por lo segundo, se desplaza hasta otro punto, cava un pequeño agujero, deposita el alimento y vuelve a cubrirlo.

La lógica resulta bastante sólida. Guardar cientos o miles de piezas juntas sería cómodo, pero también convertiría la despensa en un premio gordo para cualquier competidor que consiguiera localizarla. Repartir el alimento entre numerosos escondites reduce el daño que provoca perder uno de ellos y dificulta que otro animal se lleve toda la reserva de una sola vez.

No todas las ardillas almacenan exactamente de la misma manera y tampoco todas las semillas reciben idéntico trato. El tamaño y la calidad del fruto, la disponibilidad de comida, la distancia hasta un lugar adecuado y la presencia de posibles ladrones pueden modificar la decisión. Se ha observado, por ejemplo, que determinados frutos de mayor valor son transportados más lejos antes de ser enterrados. Debajo de ese frenético ir y venir hay bastante más cálculo del que parece.

No olvidan tantas nueces como parece

La imagen popular resulta irresistible: una ardilla entierra una nuez, sale corriendo y, días después, no tiene la menor idea de dónde la dejó. Divertido, sí. Exacto, no demasiado. Los experimentos realizados con ardillas han mostrado que pueden recuperar una proporción importante de sus propios escondites y distinguirlos mejor que los depósitos realizados por otros individuos.

Eso significa que no se limitan a recorrer el suelo esperando que el olor de una avellana les dé una pista. Muchas veces recuerdan la ubicación. La memoria no es infalible —ninguna lo es—, pero resulta suficientemente precisa para que esta estrategia de almacenamiento haya sobrevivido generación tras generación.

El mapa mental de una ardilla

Su memoria no funciona como una lista con coordenadas GPS, claro, aunque el resultado tiene cierto parecido. Árboles, piedras, senderos, desniveles y otros elementos del paisaje pueden actuar como referencias espaciales. La ardilla construye una especie de mapa mental del área en la que se mueve y lo utiliza cuando vuelve en busca de comida.

Hay incluso señales de que algunas especies organizan mentalmente ese aparente caos. Se ha observado que las ardillas pueden agrupar distintos tipos de alimento en zonas diferentes, un sistema que facilita gestionar una enorme cantidad de escondites. Almendras por aquí, nueces por allá, avellanas algo más lejos. No es una despensa con etiquetas, pero se le parece bastante.

El olfato también puede ayudar, sobre todo cuando una semilla está enterrada cerca y las condiciones permiten detectarla. Sin embargo, no funciona como un GPS infalible. Las ardillas combinan memoria, referencias visuales y señales olfativas, de modo que verlas olisqueando el suelo no significa necesariamente que hayan olvidado dónde dejaron su comida.

Enterrar lejos también protege la comida

La vida alrededor de una bellota tiene algo de pequeño thriller. Las ardillas observan a otras ardillas, pueden seguirlas y también robar sus reservas. Esa competencia explica parte de la aparente extravagancia de encontrar una nuez perfectamente comestible y recorrer cierta distancia antes de enterrarla.

Cuando detectan la presencia de otros individuos, algunas ardillas pueden separar más sus escondites, desplazarse a zonas menos visibles o modificar la manera en que manipulan la comida. Cuanto mayor es el riesgo de que alguien esté mirando, más importante se vuelve no revelar dónde queda enterrada la reserva.

También importa la distancia. Llevar una nuez más lejos cuesta energía, pero puede compensar si el alimento es valioso o si alrededor hay demasiados competidores. El comportamiento acaba siendo una negociación constante entre esfuerzo, valor de la comida y riesgo de robo.

Hasta existen escondites falsos

La cosa va un poco más lejos. En ardillas observadas en libertad se han documentado conductas en las que el animal excava o tapa un lugar sin dejar comida dentro, especialmente cuando hay otros individuos cerca. Ese falso escondite puede confundir a un posible saqueador mientras la reserva auténtica termina enterrada en otro punto.

No conviene convertir a la ardilla en una pequeña estratega maquiavélica, pero tampoco reducir su comportamiento a un acto automático. Estos animales adaptan sus decisiones al entorno, al alimento disponible y a la presión de otros individuos. Un cerebro pequeño, muchas decisiones.

Las nueces que nadie recupera pueden convertirse en árboles

Por muy buena que sea su memoria, el sistema no es perfecto. Algunas reservas desaparecen porque otros animales las encuentran, otras se deterioran y una parte queda enterrada. Ahí comienza la segunda vida de aquella nuez aparentemente perdida.

Cuando se trata de semillas viables y las condiciones son adecuadas, algunas pueden germinar. El almacenamiento realizado por ardillas y otros roedores contribuye así a la dispersión de semillas, al establecimiento de nuevas plantas y, en determinados ecosistemas, a la regeneración de árboles.

La distancia también tiene importancia ecológica. Una bellota transportada varios metros puede escapar de la competencia inmediata con el árbol del que cayó y terminar en un lugar adecuado para germinar. Sin pretenderlo, las ardillas actúan a veces como transportistas del bosque.

La paradoja es bonita y muy poco sentimental: la ardilla entierra la semilla para comérsela y el árbol aprovecha precisamente las que escapan de ese destino. No hace falta imaginar a una ardilla jardinera plantando robles con espíritu ecologista. Es una relación nacida de intereses distintos que, algunas veces, termina encajando.

Una memoria imperfecta que también beneficia al bosque

Las ardillas entierran nueces principalmente para disponer de reservas de alimento cuando encontrar comida resulta más difícil. Después recuperan muchas gracias a una combinación de memoria espacial, referencias ambientales, olfato y conocimiento del territorio. Algunas especies incluso organizan sus escondites y cambian de estrategia cuando sospechan que están siendo observadas.

Y sí, algunas nueces quedan atrás. Pero reducir todo el fenómeno a una mala memoria distorsiona bastante lo que sucede. Esas reservas perdidas forman parte del propio sistema y, cuando la semilla encuentra humedad, suelo y condiciones adecuadas, una bellota olvidada puede acabar haciendo algo bastante más ambicioso que alimentar a una ardilla: echar raíces y convertirse en un nuevo árbol.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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