Síguenos

Ocio

La arena que Arabia Saudí necesita no sale de sus dunas

Las dunas abundan, pero la arena que exigen una obra o una fábrica tiene otras propiedades y un coste ecológico.

Publicado

el

Por qué Arabia Saudí importa arena

Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos compran arena en el extranjero aunque estén rodeados de desiertos porque la abundancia de dunas no garantiza que su material sirva para cualquier uso. Para fabricar hormigón resistente o abastecer industrias como la del vidrio se necesitan granos con una forma, un tamaño y una composición determinados. La arena moldeada por el viento suele tener características distintas de las que exigen esas aplicaciones.

La paradoja se entiende mejor al separar dos productos que en el lenguaje cotidiano llamamos igual. Una cosa es la arena eólica de las dunas y otra los áridos seleccionados para la construcción o la arena silícea de calidad industrial. Los países del Golfo no importan necesariamente un único tipo de material ni para un único propósito: sus compras pueden responder a obras, procesos industriales y cadenas comerciales diferentes.

El grano que cambia el comportamiento del hormigón

El hormigón no es simplemente cemento mezclado con arena. Es un material compuesto en el que el cemento y el agua forman una pasta que une los áridos, mientras estos aportan volumen y una estructura interna. Por eso importan las propiedades de cada componente. En una mezcla, la forma y la textura de los granos influyen en cómo se traban y se distribuyen, y ese comportamiento repercute en la trabajabilidad y en las prestaciones finales.

La arena transportada por el viento ha sido golpeada y rozada durante mucho tiempo. Ese desgaste suele redondear y pulir sus partículas, hasta darles una superficie más lisa que la de otros sedimentos. En cambio, la arena de origen fluvial o la producida al triturar roca puede presentar granos más irregulares, con aristas y relieves. Esa diferencia ayuda a explicar por qué una duna no es, sin más, una cantera lista para suministrar material a una obra de gran escala.

Pero decir que la arena del desierto no sirve para construir es una simplificación. No existe una regla universal que vuelva inutilizable cada grano eólico: la idoneidad depende del proyecto, de la mezcla y de los controles técnicos. Puede estudiarse su incorporación, a menudo combinada con materiales de otros orígenes, pero no basta con cargarla en un camión y sustituir sin más el árido previsto en el diseño.

También cuenta la distribución de tamaños. Una mezcla de áridos puede compactarse mejor cuando contiene partículas de distintas dimensiones capaces de ocupar parte de los huecos entre sí. Si el material es demasiado uniforme o fino para el uso previsto, puede resultar más difícil obtener las propiedades buscadas. En una obra corriente quizá haya margen para ajustar la mezcla; en infraestructuras sometidas a requisitos exigentes, la regularidad del suministro y la calidad constante pesan tanto como la cantidad disponible.

La química añade otra capa de exigencia. Sales, arcillas, materia orgánica y otros componentes pueden alterar la mezcla o su durabilidad, según el material y el uso. En construcciones con acero armado, por ejemplo, la calidad de los componentes forma parte de la protección a largo plazo frente al deterioro. No se trata de que toda arena local contenga contaminantes, sino de que cada suministro debe comprobarse frente a las especificaciones de la obra.

Las compras responden a usos distintos

La palabra arena agrupa materiales que el comercio clasifica de formas diferentes. Los áridos destinados al hormigón no son idénticos a las arenas silíceas o de cuarzo empleadas en usos industriales. Estas últimas se seleccionan por su contenido de sílice, su pureza y el tamaño de sus partículas. Pueden utilizarse en la fabricación de vidrio y en otros procesos que necesitan una materia prima con características controladas.

Esta distinción evita una lectura engañosa de las cifras de importación. En los datos comerciales, las categorías aduaneras pueden reunir materiales que no terminan en una hormigonera. Una importación registrada como arena no demuestra por sí sola que se trate de arena para construir rascacielos: puede corresponder a una materia prima industrial, a un árido para una aplicación concreta o a productos agrupados bajo una clasificación amplia.

Para Emiratos Árabes Unidos, una referencia comercial citada para 2023 sitúa las importaciones de arena silícea y de cuarzo por encima de los seis millones de toneladas. La magnitud permite ver que el fenómeno no se limita a una compra anecdótica, aunque no debe confundirse automáticamente con el total de arena utilizada en obras. El tipo de arena y la categoría estadística son esenciales para interpretar el dato.

Arabia Saudí también figura entre los países que recurren a proveedores exteriores. Australia, China y Bélgica aparecen entre los países mencionados como origen de suministros para el Golfo, y otras rutas comerciales pueden variar según el material y el momento. No hay una única arena importada desde un solo lugar: la procedencia depende de la calidad buscada, la disponibilidad y la logística.

En Emiratos, además, las importaciones pueden integrarse en una actividad comercial más amplia. Un material puede entrar para ser procesado, almacenado, utilizado en una industria o redistribuido. El país actúa como plataforma logística para distintos bienes, de modo que el movimiento de arena no siempre equivale a consumo directo en una obra local. El puerto y la cadena de suministro forman parte de la explicación, aunque no sustituyen la razón material: cada uso necesita propiedades concretas.

Megaproyectos y una demanda que no espera

La construcción ha sido una de las fuerzas visibles de transformación urbana en la región. Dubái y Abu Dabi han levantado rascacielos, puertos, carreteras y desarrollos costeros; Arabia Saudí impulsa grandes planes de desarrollo ligados a su transformación económica, entre ellos NEOM, el Proyecto del Mar Rojo y Qiddiya. Esos proyectos no comparten necesariamente los mismos requisitos, pero todos dependen de un suministro amplio y coordinado de materiales.

En este contexto, la pregunta práctica para una empresa no es solo si hay arena en el territorio. También importa si el material disponible cumple la especificación, si puede suministrarse en el volumen requerido y si llega en el momento previsto. La construcción a gran escala necesita calidad repetible y una cadena de abastecimiento fiable; una duna inmensa no garantiza ninguna de las dos cosas por sí sola.

La presión no procede únicamente de los edificios. Las infraestructuras, las carreteras, los puertos y las instalaciones industriales utilizan grandes cantidades de áridos y otros materiales. Además, las obras costeras pueden requerir rellenos con características distintas de las necesarias para fabricar hormigón estructural. Llamar arena a ambos recursos puede ocultar que cada aplicación plantea problemas de ingeniería y abastecimiento diferentes.

Las islas artificiales de Dubái ayudan a ilustrar esa diferencia. Para crear terrenos ganados al mar se ha recurrido a arena dragada del fondo marino, una fuente distinta de las dunas interiores. Su elección responde a factores como la disponibilidad de grandes volúmenes y el comportamiento del material en ese proyecto. No significa que esa arena sea automáticamente adecuada para fabricar hormigón: el relleno costero y el árido estructural cumplen funciones distintas.

Por qué no basta con lavar o triturar el material local

Una solución posible consiste en procesar arena disponible, separarla por tamaños, lavarla o mezclarla con otros áridos. Otra es fabricar arena triturando roca para obtener una granulometría controlada. Estos métodos pueden ampliar las opciones locales y reducir la dependencia de ciertos depósitos naturales, pero exigen instalaciones, energía, control de calidad y, en algunos casos, agua para el tratamiento.

La arena manufacturada no es una respuesta idéntica para todos los usos. Su forma y la cantidad de partículas finas dependen del proceso, y la mezcla debe ajustarse a las prestaciones requeridas. Algo parecido sucede al tratar arena eólica: mejorar sus características no es una operación gratuita ni garantiza que resulte competitiva. El coste total incluye el procesamiento, el transporte y la adaptación de la mezcla, no solo el precio del material sin tratar.

La disponibilidad de roca, la capacidad de las plantas y las exigencias de cada proyecto también condicionan las alternativas. Una cantera puede proporcionar material adecuado para ciertas obras y no para otras. La arena silícea industrial, por su parte, debe responder a criterios que no se resuelven simplemente triturando cualquier piedra. La sustitución depende de la especificación técnica y del uso final, no de que los materiales parezcan iguales a simple vista.

La investigación estudia cómo incorporar arena del desierto a mezclas de hormigón, por ejemplo mediante sustituciones parciales o combinaciones con otras arenas. En laboratorio se pueden medir resistencia, durabilidad y trabajabilidad, y valorar el efecto de aditivos o tratamientos. Aun así, trasladar un resultado controlado a una obra exige comprobar que los materiales y las condiciones se mantienen. Que una mezcla pueda funcionar en un ensayo no significa que sea intercambiable sin controles en cualquier construcción.

El agua y la energía tampoco son detalles menores en una región árida. Lavar y clasificar materiales puede requerir recursos que tienen otros usos y costes. Si el tratamiento local consume demasiado o no alcanza la calidad necesaria, importar un producto ya seleccionado puede resultar más conveniente. La paradoja, entonces, no es que falte arena en el paisaje: es que transformar la disponible puede ser menos eficaz que comprar la adecuada.

Una riqueza abundante que no es inagotable

La arena y la grava están entre los materiales más utilizados del planeta. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente sitúa el consumo mundial conjunto en torno a los 50.000 millones de toneladas al año. Esa cifra suele describir arena y grava, no exclusivamente arena apta para hormigón. La cantidad total extraída no equivale a la cantidad de material útil disponible para cada obra o industria.

La extracción puede erosionar riberas y costas, alterar hábitats y afectar a la biodiversidad. En el medio marino, el dragado remueve sedimentos y puede enturbiar el agua o modificar entornos sensibles. En los ríos, retirar demasiado material puede cambiar el equilibrio del cauce. El impacto depende del lugar, de la escala y de cómo se controle la actividad, pero la demanda elevada convierte la gestión del recurso en un asunto ambiental.

Importar no hace desaparecer ese coste: puede desplazarlo al país proveedor. Si la arena llega desde Australia, China, Bélgica u otro mercado, su extracción y procesamiento dejan una huella en el origen, además de las emisiones asociadas al transporte. La compra exterior resuelve un problema de calidad o suministro, pero no convierte el recurso en ambientalmente inocuo. La procedencia y las condiciones de extracción importan tanto como el destino.

Por eso, organismos internacionales y especialistas plantean controlar mejor la extracción y buscar formas de reducir la presión sobre los depósitos naturales. Entre las alternativas figuran producir áridos a partir de roca, reciclar residuos de demolición y diseñar hormigones que necesiten menos árido virgen. Ninguna opción elimina por sí sola la necesidad de arena: su utilidad depende de la calidad, la normativa y la aceptación de cada aplicación.

La diferencia entre tener arena y tener el material adecuado

La imagen de dos países desérticos comprando arena parece contradictoria porque trata como un solo recurso materiales que la ingeniería y la industria distinguen con cuidado. Las dunas contienen enormes cantidades de granos, pero su forma y su composición no siempre coinciden con lo que requiere el hormigón, un relleno costero o una fábrica de vidrio. En cada caso cambian las propiedades necesarias y los controles aplicables.

La importación responde, por tanto, a una combinación de calidad, volumen, plazos y logística. No toda la arena comprada se destina a los mismos fines, del mismo modo que no toda la arena local es inútil. La decisión depende de comparar el material disponible con la especificación del proyecto, además de valorar cuánto cuesta procesarlo, transportarlo o sustituirlo.

La paradoja se disuelve al mirar de cerca lo que cabe en un grano: una superficie más lisa o angulosa, un tamaño determinado, una composición más o menos pura. Pero queda una tensión menos visible. Las ciudades necesitan materiales constantes y en grandes cantidades, mientras que los ríos, las costas y los fondos marinos no pueden tratarse como reservas sin límite. La cuestión de fondo ya no es solo dónde conseguir arena, sino cómo abastecerse sin trasladar el daño de un lugar a otro.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído