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Pogacar iguala a Coppi en Il Lombardia ¿es el mejor de todos?
Tras el Mundial 2025 del pasado septiembre, la quinta victoria consecutiva de Tadej Pogačar en Il Lombardia eleva su figura a un plano que ya no admite timidez.

Foto de Hugo LUC, vía Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 4.0.
Cinco Lombardías seguidas y récord histórico: Pogačar iguala a Coppi, arrasa el curso y firma un palmarés total contado con contexto y datos.
Tras el Mundial 2025 del pasado septiembre, la quinta victoria consecutiva de Tadej Pogačar en Il Lombardia eleva su figura a un plano que ya no admite timidez. Igualar a Fausto Coppi en el palmarés histórico del “clásico de las hojas muertas” y hacerlo, además, encadenando cinco triunfos seguidos, sostiene una afirmación rotunda en presente: Pogacar es el mejor de todos en su tiempo competitivo. A partir de hoy, cualquier valoración que no parta de ese hecho se queda corta. El esloveno domina en los monumentos, compite para ganar de febrero a octubre y somete a una generación riquísima en talento que, lejos de empequeñecer su gesta, la agranda.
La frase que algunos todavía pronuncian con cautela —la de Pogacar es el mejor de todos— encuentra respaldo en los hechos. No hablamos de una ráfaga de forma o de un año suelto; hablamos de un corredor que suma Monumentos de todo perfil, que ha vencido grandes vueltas y que se ha impuesto en Il Lombardia con un patrón de superioridad que se repite, en escenarios distintos y con rivales muy distintos. ¿El mejor de la historia? El debate exige matices, pero su caso ya no es un deseo o un titular complaciente: es una tesis sólida que se defiende con datos, contexto y continuidad.
Una victoria que reescribe Il Lombardia
La edición que le permite igualar a Coppi no ha sido una anomalía. Pogačar ha aplicado su libreto con una mezcla de paciencia y violencia medido al milímetro. Carrera larga, terreno que invita a la selección sostenida, equilibrio entre control y riesgo. El UAE Team Emirates ha trabajado el filtro previo, ha tensado cuando tocaba, y el líder ha elegido el lugar idóneo para soltar la cuerda. Subida seria, ritmo de diésel afilado, ese brinco de medio minuto que abre una grieta y, cuando el resto intenta organizarse, ya es tarde. En Lombardía, cuando Pogačar se marcha, el paisaje se repite: rehenes del potenciómetro, dudas entre relevos, pequeños cortes detrás, piernas que reclaman oxígeno. La misma historia, pero nunca idéntica: el detalle cambia, el sentido de inevitabilidad no.
Que sean cinco seguidas es algo que ni Coppi ni Bartali ni los grandes del ciclismo en blanco y negro lograron. Igualar el número total de triunfos de “Il Campionissimo” ya era altísimo; encadenarlas coloca la marca en terreno inédito. El mérito, sin embargo, no se agota en el renglón de Lombardía. En paralelo, el esloveno suma victorias de Monumento en perfiles antagónicos. Adoquín y muros, subidas de ritmo creciente, descensos técnicos, valles que exigen colocación y oficio. Ese abanico es el que transforma una gran racha en un argumento de época.
Un palmarés que ya dialoga con los gigantes
A estas alturas, la comparación con los totems no es insolencia; es necesidad estadística. El cuadro clásico que se pinta para explicar la grandeza absoluta siempre tuvo tres colores básicos: número de Monumentos, dominio en grandes vueltas y variedad de terrenos. Pogačar marca todas las casillas. Ganó Lieja-Bastoña-Lieja y el Tour de Flandes, domina Il Lombardia como nadie en la era moderna y ha vestido el amarillo del Tour de Francia con una autoridad que no se sostiene a base de defensas conservadoras, sino de ataques que parten las etapas. El volumen es notable; la variedad, más.
La cifra de cinco Lombardías, igualando a Coppi, por sí sola podría sostener una tesis clásica —la del especialista que reinó en su carrera fetiche—. Pero la realidad cuenta otra historia: Pogačar es un corredor total. Cuando se trata de construir una jerarquía histórica, los detalles importan. ¿Cuántos campeones de la general del Tour ganan Monumentos por fuerza bruta y por lectura? ¿Cuántos clasicómanos pueden sostener una gran vuelta en el tercer bloque de montaña? Su caso no es el de un vueltómano que remata en otoño, tampoco el de un clasicómano que prueba suerte en julio. Integra los dos perfiles sin bajar el nivel.
La conversación con los mitos tiene otra exigencia: la longevidad. Hinault dejó una estela que duró casi una década al máximo; Merckx impuso una hegemonía que moldeó el calendario; Indurain gobernó cinco Tours seguidos con dominio helado. El esloveno ya ha demostrado capacidad para sostener temporada larga, con picos múltiples y un hilo conductor que no depende de una sola cita. Año tras año, su curva de forma se ensancha sin diluirse. En un ciclismo cada vez más global, con rivales muy especializados, eso pesa tanto como una copa más en la vitrina.
Variedad, continuidad, versatilidad
La variedad de sus triunfos encaja con una continuidad que, vista con perspectiva, sube el listón de exigencia. Gana en primavera y en otoño; lo hace en trazados explosivos y en cordilleras largas donde la altitud filtra a los impostores. Competir al máximo en Monumentos y en vueltas de tres semanas obliga a gestionar descansos y a afinar como un relojero. No hay pócima mágica: se intuye una base fisiológica descomunal, un umbral que tolera cambios de ritmo violentos y una recuperación que permite repetir esfuerzos al día siguiente. Lo distingue, además, una cabeza que no teme asumir responsabilidad a 50 kilómetros de meta. Ese rasgo, en un ciclismo dominado por la información y por el cálculo en auricular, es oro.
La versatilidad no es un adorno estético; multiplica opciones tácticas. En Flandes, por ejemplo, la lectura de los muros y del viento lateral manda tanto como la potencia. En Lieja, la sabiduría para dosificar antes de La Redoute o en la Roche-aux-Faucons separa al brillante del campeón. En Lombardía, la gestión de las subidas largas y la decisión a la hora de rematar en descenso son determinantes. Pogačar sobresale en la ecuación completa: no necesita que la carrera adopte su forma, la impone.
Cómo desactiva las carreras
La superioridad no se explica únicamente por los vatios o por la técnica en descenso. Hay un intangible que recorre sus grandes victorias: la anticipación. Sabe leer cuándo un grupo se va a romper, cuándo un rival está a punto de pasar de ritmo a agonía, cuándo la carretera —ese tramo estrecho, esa curva que obliga a frenar— trae un corte si se aprieta en el lugar justo. Esa intuición, combinada con la capacidad de sostener una intensidad casi inhumana durante minutos críticos, acaba con la carrera de los demás antes de que puedan pensarlo.
Su equipo comprende ese lenguaje. UAE ha reforzado precisamente las piezas que favorecen esa lectura: compañeros que colocan, que esterilizan ataques incómodos y que, en el momento gatillo, dejan a su líder a rueda del viento, sin sobresaltos. En escenarios como Lombardía, donde la calidad de los gregarios en los valles vale minutos, esa estructura es medio triunfo. Pero conviene subrayarlo: la ventaja cualitativa del bloque no explica, por sí sola, los huecos que se abren cuando el esloveno decide. Hay una diferencia individual que se siente en televisión y que sufren sus rivales.
El método, visto desde fuera, parece sencillo. Tensar antes de la subida determinante, evitar que nadie llegue fresco, lanzar un demarraje sostenido que obliga al resto a decidir: o entrar en zona roja y reventar o mirar y organizar una persecución tardía. La carrera se convierte entonces en una contrarreloj mental de final incierto para los demás y de final casi inevitable para él. Cuando esa secuencia se repite con distintos rivales y en distintos perfiles, no se habla ya de racha; se habla de jerarquía.
El nivel de la época cuenta, y mucho
Hay una tentación a despreciar el presente con la nostalgia del pasado. Es injusta en este caso. La densidad del pelotón actual, la globalización de la base, la profesionalización de cada detalle —desde la aerodinámica hasta la nutrición— han comprimido las diferencias. Ganar hoy, abrir huecos hoy, requiere algo más que talento bruto. Requiere una lectura fina, decisiones valientes y una estructura que optimice cada segundo. La era de los potenciómetros, con entrenamientos modulados al milímetro y con directores que pueden dirigir en tiempo real desde el coche, iguala el rendimiento medio. Por eso mismo, los corredores capaces de romper esa igualdad son excepciones estadísticas.
El listado de rivales directos subraya el mérito. Jonas Vingegaard ha sido la vara de medir en puertos largos, un escalador de rendimiento metronómico que convierte la alta montaña en un túnel sin aire. Remco Evenepoel domina la contrarreloj, ha ganado Monumentos con ataques de otro siglo y maneja una agresividad que desordena muchas carreras. Mathieu van der Poel, rey del adoquín y del sprint tras muros, ha convertido San Remo y Flandes en su territorio. Primož Roglič sigue siendo una amenaza en vueltas por etapas y en finales empinados. Construir dominio ante esa nómina es objetivamente más difícil que hacerlo en épocas donde el reparto de especialidades era menos extremo y el calendario menos global.
Qué significa dominar hoy
Dominar hoy significa ser adaptable. Ser capaz de ganar cuando el guion sale como estaba previsto y cuando se tuerce. Significa saber cuándo medir y cuándo correr con el corazón, elegir los momentos donde el riesgo compensa y aquellos donde conviene esperar un kilómetro más. Pogačar logra algo que parece contradictorio: ejecutar decisiones tácticas frías con un estilo que en pantalla resulta cálido, agresivo, vistoso. El deporte no premia la estética, pero la estética es el reflejo de una superioridad estructural. Cuando todo el pelotón cuenta con herramientas similares, la diferencia la marca la persona que las usa mejor.
Dominar hoy también implica convivir con un escrutinio mediático que no existía. Cada gesto se mide, cada cambio de ritmo se interpreta, cada calendario se debate. En ese ambiente, sostener el nivel durante años y repetir en octubre, cuando la mayoría llega con el depósito más que vacío, dice mucho de su planificación y de su hambre. No hay truco: hay un organismo que tolera cargas de trabajo descomunales, un entorno profesional de primer nivel y una ambición que no se apaga tras un gran objetivo.
Criterios claros para hablar del “mejor de siempre”
El rótulo “el mejor de todos los tiempos” no puede ser un comodín que se reparte a quien gana el último domingo. Exige criterios transparentes. Al menos cinco son irrenunciables: volumen de victorias de máximo nivel; variedad de terrenos; continuidad en la élite; capacidad para decidir carreras de distintas formas; y vigencia frente a rivales diferentes con metodologías diferentes. Bajo ese marco, Pogačar aprueba con nota en los cuatro primeros y va bien encaminado en el quinto.
El volumen ya no es discutible. Con cinco Lombardías —cinco seguidas, además—, con Lieja y Flandes en su catálogo y con triunfos en vueltas de tres semanas, su palmarés se ha vuelto un mapa completo del ciclismo de alto rango. La variedad salta a la vista: no necesita que la carrera adopte un único molde. Se siente cómodo en muros, en puertos por encima de los 10 kilómetros, en cronos técnicas, en descensos que exigen precisión quirúrgica. La continuidad se demuestra con temporadas donde, sin necesidad de hipotecarlo todo a julio, ha sido el corredor dominante en picos múltiples. Y la capacidad para ganar de formas distintas está en el archivo: ataques de largo radio, remates al sprint en grupos reducidos, exhibiciones en solitario.
El criterio que pide tiempo es la vigencia ante rivales de distintas generaciones. Ahí, su caso está en plena construcción. Ya ha superado las pruebas de una camada brutal; la siguiente, la de la longevidad extrema, se aprobará con el calendario. Para estar en la misma frase que Merckx o Hinault sin matices, tendrá que añadir años de excelencia constante. Nada de esto desluce lo logrado; simplemente conforma el sistema de medida con el que este deporte ha ordenado su historia.
Qué falta por ver, y qué no hace falta ya
Queda por ver cómo administra el paso de los años. Si su cuerpo mantiene la elasticidad en esfuerzos muy explosivos, si conserva la agresividad de media distancia, si elige con inteligencia cómo repartir fuerzas. Queda por ver si añade nuevos Monumentos o si repite la fórmula de Lombardía hasta fijar un registro que intimide a cualquiera durante décadas. Queda por ver, incluso, si regresa a ciertas metas con cuentas pendientes que le motiven el doble. En cualquier caso, hay algo que ya no hace falta discutir: en la pelea por el “mejor de su tiempo”, no hay rival con un caso global más robusto. No es una cuestión de simpatía o de gusto por el estilo; es la suma fría de totales.
La otra certeza es conceptual. El ciclismo contemporáneo había tendido a separar especialidades: clasicómanos que vivían por y para marzo-abril, vueltómanos que medían picos para julio y septiembre. Pogačar ha roto esa compartimentación sin que se le derrumbe la casa. Esa revolución silenciosa —volver a una idea de campeón total, pero con la ciencia del siglo XXI— es quizá su contribución más profunda. La huella no se mide solo en trofeos; se mide en la forma de competir que otros intentan copiar sin éxito inmediato.
El espejo de Coppi y la síntesis de un récord
Volver a Coppi tiene un sentido que trasciende la cifra. Coppi es una leyenda en la que confluyen talento, mítica y contexto histórico. Igualarlo en Lombardía no es únicamente poner un número al mismo nivel; es entrar en una conversación de símbolos. Coppi fue belleza y eficacia, una elegancia que la memoria elevó con razón. Que Pogačar, en un ciclismo hiperprofesionalizado, pueda equiparar esa marca y hacerlo a base de victorias consecutivas, dice tanto del presente como del pasado. No invalida nada; amplía el cuadro.
La síntesis del récord es sencilla de escribir, complicada de replicar: cinco ediciones, cinco formas de controlar la carrera, cinco remates con firma propia. En cada una, el esloveno dejó una sensación de superioridad difícil de ver en carreras de un día tan exigentes. Ese bucle de control y ataque ha ido asentando en el pelotón una percepción que vale más que cualquier titular: cuando Pogačar está bien y el recorrido presenta un encadenado de dificultad, la carrera es suya salvo que ocurra algo extraordinario. Esa reputación es, en sí misma, un factor competitivo. Los rivales corren con él, no contra los demás.
Quien busque restar méritos apuntará a que encontrar un punto dulce en octubre puede ser cuestión de calendario o de suerte. No cuadra. La repetición desmiente el accidente. También la combinación de resultados en primavera. No estamos ante el clásico corredor que concentra todo en un mes y el resto del año administra. La ambición del esloveno, la planificación de su entorno y su capacidad de recuperación le permiten sostener dos bloques altos en un mismo curso. Si a ese patrón se le añade el talento para resolver Monumentos en contextos variables, la conclusión ya no depende de simpatías.
Un liderazgo que mejora las carreras
Hay líderes que someten por asfixia y hay líderes que encienden carreras. Pogačar pertenece al segundo grupo. Propone, agita, obliga a los demás a medirse en su terreno. No significa que siempre gane ni que cada ofensiva sea un acierto; significa que rara vez es un pasajero. Su manera de competir, ese tirar del hilo varias veces en el mismo día, está detrás de algunas de las mejores jornadas de ciclismo de los últimos años. Para valorarlo en términos históricos, también cuenta el impacto en el espectáculo puro. El deporte no se reduce a la suma de trofeos; es también el relato que se escribe en directo. Aquí su influencia es evidente.
En Lombardía se aprecia con nitidez. La carrera, sin su presencia, podría ser una maratón de desgaste que se resuelve por eliminación lenta. Con él, se acelera antes, aparecen movimientos de media distancia, se cruza la línea entre conservar y atacar. Cuando un líder arriesga, todo el pelotón se reorganiza. Los rivales que piensan en el podio deben optar entre doblar apuestas o cerrar posiciones. El público recibe escenarios más ricos y decisiones tácticas de mayor calado. Parece accesorio; no lo es. En la evaluación completa de un campeón total, esta dimensión cuenta.
Detalles que separan a los elegidos
Hay detalles menores que, sumados, declaran jerarquía. La colocación en valles estrechos después de bajadas rápidas, la capacidad de corregir un error en una trazada sin entrar en pánico, el olfato para detectar quién de los rivales miente y quién dice la verdad cuando toma un relevo corto. El esloveno acierta con frecuencia en esas microdecisiones. No son visibles en la estadística, pero suelen ser la diferencia entre tener que gastar un cartucho extra o llegar con uno más al lugar clave. En Monumentos de seis horas, esas monedas marcan a veces la caja final.
La otra familia de detalles es la emocional. Pogačar compite con alegría. Se nota en su lenguaje corporal y en cómo asume los días torcidos. Cuando la energía positiva sostiene una estructura técnica de altísimo nivel, el conjunto rinde por encima de la suma de las partes. No es psicología de manual, es observación regular. Y en deportes de resistencia extrema, esa alegría —esa voluntad de volver a intentarlo incluso cuando el guion le es adverso— empuja a la recuperación y acorta las resacas.
El listón donde mirar a partir de hoy
Con el quinto Il Lombardia, Pogačar fija un listón que obliga a ordenar el vocabulario. Pogacar es el mejor de todos en su tiempo, no por moda, sino por consistencia, variedad y volumen. La discusión sobre la etiqueta absoluta —la del mejor de siempre— no es un juego de salón: se alimenta de criterios que ya cumple y de un único factor que solo concede el calendario, la permanencia al máximo durante más años. Con lo que hay, basta para pronunciarse sin rodeos: el esloveno gobierna el presente con autoridad y su palmarés ya dialoga con los gigantes en igualdad de condiciones.
El espejo de Coppi legitima el titular. Cinco Lombardías, las cinco seguidas, elevan una clásica de prestigio en el catálogo del siglo XXI y lo hacen de la mano del corredor más decisivo de la década. Hoy, la frase corre sola, sin necesidad de subrayados: Pogacar es el mejor de todos en el ciclismo actual. Lo que venga —nuevos récords o simples confirmaciones— servirá para completar una evidencia que la carretera ya no discute. Y si el futuro abre la puerta al rótulo mayor, no será por un acto de fe, sino porque el camino recorrido hasta aquí lo hacía inevitable.

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