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¿Por qué los toros en Málaga dispararon la audiencia de Canal Sur?

Una corrida en Málaga disparó la audiencia de Canal Sur y reabre el debate sobre dolor animal, tradición, cultura y dinero público en España.

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Corridas del 20 al 23 de agosto en España

La corrida extraordinaria celebrada el sábado 22 de agosto en La Malagueta, dentro de los actos por el 150 aniversario de la plaza de toros de Málaga, se convirtió en un notable éxito televisivo para Canal Sur: 338.000 espectadores de media, un 23,6% de cuota de pantalla y 547.000 espectadores únicos. Son cifras importantes, aunque conviene leerlas bien. Esos 547.000 espectadores no permanecieron necesariamente delante de la pantalla al mismo tiempo, sino que contactaron con la emisión en algún momento.

El dato vuelve a colocar sobre la mesa una discusión que España lleva décadas intentando resolver sin conseguirlo. Existe una audiencia taurina real, capaz de disparar el seguimiento de una televisión autonómica cuando coinciden un cartel potente, una fecha señalada y una retransmisión en abierto. Negarlo sería absurdo. Convertir, en cambio, a esos 547.000 espectadores en otros tantos defensores convencidos de la tauromaquia también sería ir demasiado lejos: un audímetro mide consumo televisivo, no convicciones morales.

Qué significan realmente los 547.000 espectadores

La emisión formaba parte de una programación especial de Canal Sur desde Málaga. La corrida del sábado tenía un atractivo evidente para el público taurino: conmemoraba los 150 años de La Malagueta y reunía a Morante de la Puebla, Roca Rey y David de Miranda. La plaza agotó las localidades y el festejo dejó también abundante material para los aficionados, con trofeos para los tres espadas y una actuación especialmente premiada de Roca Rey.

La cifra que más ha circulado, esos 547.000 espectadores, corresponde a espectadores únicos. Es decir, personas que vieron al menos una parte de la retransmisión. La audiencia media fue de 338.000. Son mediciones diferentes y mezclarlas produce titulares muy llamativos, sí, pero bastante menos exactos.

Lo verdaderamente extraordinario está quizá en otro número: el 23,6% de cuota de pantalla. Durante la emisión, casi uno de cada cuatro espectadores que tenía encendida la televisión estaba viendo la corrida en Canal Sur. Para una cadena autonómica es un resultado formidable y confirma que los festejos taurinos siguen teniendo capacidad para concentrar público en determinados momentos.

Eso no convierte automáticamente la tauromaquia en una pasión mayoritaria de Andalucía. Revela algo más concreto: existe un núcleo de público muy movilizado que responde ante grandes carteles y retransmisiones gratuitas. Una actividad puede ser minoritaria en el conjunto de la población y, aun así, producir audiencias televisivas enormes durante unas horas. La televisión está llena de paradojas semejantes.

Canal Sur y los toros: cuando la cuestión también es pública

El debate cambia de naturaleza porque Canal Sur es una televisión pública. No hablamos de una plataforma privada que ofrece una corrida a quien voluntariamente paga por ella, sino de un medio financiado mediante recursos públicos y que dedica parte de su programación a la difusión de la tauromaquia.

Durante la Feria de Málaga, Canal Sur programó varios festejos consecutivos y su radio pública desplegó también cobertura taurina. La cadena lleva años retransmitiendo corridas y novilladas, de modo que lo sucedido en La Malagueta no fue una anomalía veraniega, sino parte de una apuesta estable por los contenidos taurinos.

Puede defenderse que una televisión pública debe representar tradiciones que conservan seguidores. Lo contrario conduciría a una programación imposible, limitada únicamente a aquellas actividades capaces de suscitar unanimidad, especie prácticamente extinguida en España. Pero también resulta legítimo discutir hasta qué punto una institución pública debe promocionar un espectáculo que implica herir y matar deliberadamente a un animal.

La Administración andaluza tampoco mantiene una posición neutral. En 2026 volvió a contemplar ayudas destinadas al fomento de la tauromaquia en municipios integrados en redes taurinas, con dinero público dedicado a actividades relacionadas con su promoción. El debate, por tanto, va bastante más allá de que alguien compre una entrada y se siente una tarde frente al albero.

La tauromaquia cuenta, además, con protección legal como patrimonio cultural en España. Ese reconocimiento explica buena parte del respaldo institucional que recibe, pero no liquida la controversia ética. Las sociedades están llenas de tradiciones antiguas que en algún momento tuvieron que volver a mirarse al espejo. La tradición explica el origen de una costumbre; no constituye un certificado automático de bondad.

El argumento de que el toro no sufre choca con la fisiología

Dentro de las defensas contemporáneas de la corrida sobrevive una especialmente peculiar: la afirmación de que el toro de lidia apenas siente dolor porque durante el enfrentamiento libera determinadas sustancias, entre ellas endorfinas, capaces de modular la sensación dolorosa.

El razonamiento tiene un problema elemental. Que un organismo produzca endorfinas y otras sustancias analgésicas como respuesta al estrés o a una lesión no significa que el dolor desaparezca. Los seres humanos también liberamos endorfinas después de un traumatismo, una caída o una lesión deportiva; sería bastante aventurado deducir de ahí que una fractura no duele.

La propia fisiología describe durante la lidia lesiones en tejidos, músculos y otras estructuras capaces de activar la nocicepción, el mecanismo mediante el cual el sistema nervioso detecta estímulos dañinos. Pinchazos, cortes, hemorragias y traumatismos no dejan de ser lesiones porque el organismo active respuestas destinadas precisamente a soportarlas.

Las endorfinas no vuelven inocua una herida

Este matiz es decisivo. La liberación de sustancias analgésicas puede reducir o modificar la percepción del dolor, pero no convierte una herida en indolora ni demuestra ausencia de sufrimiento. Confundir ambos conceptos es utilizar una parte de la fisiología para llegar a una conclusión que esa misma fisiología no sostiene.

Puede defenderse la tauromaquia por razones históricas, económicas, culturales o estéticas. Son argumentos discutibles, pero reconocibles. Más difícil resulta sostener que un mamífero sometido a sucesivas lesiones no experimenta dolor porque su organismo pone en marcha mecanismos bioquímicos para combatirlo. Sería como defender que el cinturón de seguridad demuestra que los accidentes de tráfico no son peligrosos.

La tauromaquia es minoritaria, pero conserva público

La imagen social de los toros tampoco cabe cómodamente en un eslogan. Los datos culturales muestran que la mayoría de los españoles manifiesta poco interés por los espectáculos taurinos, mientras una proporción bastante menor mantiene una relación activa con ellos.

Las cifras de asistencia recuperadas tras los años de pandemia indican que alrededor del 8% de la población ha acudido a algún espectáculo o festejo taurino dentro del periodo analizado en las encuestas culturales más recientes. Cuando se restringe el dato a corridas, novilladas o rejones, el porcentaje baja. No estamos ante un entretenimiento mayoritario.

Al mismo tiempo, tampoco es un fenómeno extinguido. Existe una minoría considerable, territorialmente desigual y capaz de llenar determinadas plazas. Andalucía, Madrid, Castilla y León, Castilla-La Mancha o Extremadura conservan una presencia taurina muy superior a la de otras zonas. Málaga acaba de ofrecer una demostración televisiva bastante clara.

La contradicción es solo aparente. Una actividad puede interesar poco a una amplia mayoría y seguir teniendo suficientes seguidores para llenar una plaza de miles de localidades o conseguir un 23,6% de share durante una tarde. Minoritaria no significa irrelevante. Tampoco significa que deba quedar fuera del debate.

El dinero público vuelve a entrar en el ruedo

La financiación pública se ha convertido precisamente en uno de los terrenos donde más ha cambiado la discusión. Sumar ha planteado eliminar subvenciones, premios y ayudas estatales destinadas a espectáculos taurinos que impliquen maltrato o muerte del animal y ha defendido también la transformación de plazas en desuso o infrautilizadas en centros culturales, auditorios, teatros o mercados.

La propuesta no equivale a una abolición inmediata de los toros. Ese matiz importa. El planteamiento busca retirar parte del respaldo económico institucional y favorecer otros usos para determinados recintos, mientras la legislación estatal continúa reconociendo la tauromaquia como patrimonio cultural.

Ahí aparece una cuestión particularmente incómoda para sus defensores. Una cosa es reclamar libertad para acudir a los toros; otra, sostener que una actividad con una base social limitada debe recibir financiación procedente también de ciudadanos que la consideran incompatible con el bienestar animal. El debate sobre las subvenciones permite discutir sobre la tauromaquia sin necesidad de entrar directamente en la prohibición.

También explica por qué el asunto difícilmente desaparecerá con un simple cambio generacional. Entre quienes crecieron lejos de la cultura taurina existe un rechazo mucho mayor, pero al mismo tiempo quedan familias, escuelas, asociaciones, empresas y administraciones que mantienen vivo ese ecosistema. La desaparición automática por falta de público, tantas veces anunciada, no se ha producido.

Una audiencia alta no resuelve el dilema de los toros

Los 547.000 espectadores únicos de Canal Sur constituyen una noticia porque desmontan la idea de una tauromaquia televisivamente invisible. Los 338.000 espectadores medios y, sobre todo, el 23,6% de cuota muestran que determinados festejos siguen siendo capaces de obtener resultados extraordinarios.

Pero esos números tampoco conceden a la corrida una legitimidad moral automática. Audiencia y ética son cosas distintas. Un programa puede ser muy visto y seguir generando un debate profundo sobre aquello que muestra, del mismo modo que una tradición puede tener siglos de historia sin quedar congelada para siempre fuera de cualquier revisión social.

Los hechos permiten dibujar una fotografía menos cómoda y bastante más interesante: la tauromaquia conserva público, recibe apoyo institucional, genera audiencias importantes y al mismo tiempo provoca un rechazo social muy extendido. La ciencia tampoco respalda la simplificación de que el toro no experimenta dolor durante la lidia.

La corrida sigue así instalada en una extraña frontera española. Está en las plazas, en las leyes, en los presupuestos públicos y, como ha demostrado Málaga, también en los audímetros. Pero alrededor del ruedo ha cambiado el país: la sensibilidad respecto al sufrimiento animal es muy distinta de la que existía hace unas décadas.

Ese probablemente sea el verdadero significado de una audiencia como la de Canal Sur. Los toros no han desaparecido ni mucho menos, pero tampoco pueden refugiarse indefinidamente detrás de la palabra tradición. Mientras un espectáculo dependa de herir y matar públicamente a un animal, la discusión sobre qué lugar debe ocupar en una sociedad contemporánea seguirá abierta. El 23,6% de cuota mide espectadores. Nada más. Y nada menos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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