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¿Qué censura sufrió Nieves Concostrina al criticar a Ayuso en prensa?

Nieves Concostrina cuenta por qué dejó un medio tras retirarse una columna sobre Ayuso y reabre el debate sobre censura y control mediático.

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Nieves Concostrina

Nieves Concostrina ha devuelto al primer plano una denuncia incómoda: durante su etapa como columnista de El País, el periódico decidió no publicar un artículo suyo sobre la actuación de Isabel Díaz Ayuso al comienzo de la pandemia. Según la periodista, el responsable de la sección consideró que el texto era «muy duro». Ella interpretó aquella retirada como censura y abandonó la colaboración.

Conviene colocar bien el calendario, porque internet tiene la costumbre de planchar los años hasta dejarlos irreconocibles. El vídeo que circula estos días es reciente, pero la confesión no lo es: Concostrina ya relató públicamente el episodio en 2023 y lo situó en marzo de 2020, cuando la crisis sanitaria acababa de sacudir España. No estamos, por tanto, ante un veto recién conocido, sino ante una denuncia antigua que ha recuperado fuerza en plena discusión sobre la independencia de los medios.

La periodista también cuestiona el funcionamiento de ciertas tertulias televisivas, donde, a su juicio, la opinión ocupa con frecuencia el sitio reservado a los datos. Habla de falta de rigor, intereses empresariales y silencios difíciles de explicar. Un paisaje reconocible: mucho foco, muchas voces y, a veces, una sorprendente escasez de información contrastada.

Un vídeo reciente, una denuncia que viene de atrás

La grabación viral presenta a Concostrina cargando contra las dinámicas internas de periódicos y televisiones: artículos que se retiran, tertulias donde el ruido cotiza más que el dato y profesionales que aceptan argumentarios sin apenas comprobarlos. El título del vídeo habla incluso de «corruptelas» mediáticas, una expresión rotunda que pertenece al encuadre de sus autores y que no equivale, por sí sola, a la existencia de delitos o prácticas ilegales.

En el centro del relato aparece El País. Concostrina asegura que llevaba alrededor de ocho meses publicando una columna en la sección de Madrid cuando entregó un texto crítico con la gestión de Ayuso durante las primeras semanas del coronavirus. El artículo fue retirado. La explicación que recibió, siempre según su versión, fue escueta: resultaba demasiado duro.

No se habrían señalado errores concretos, datos falsos o riesgos jurídicos. La objeción afectaba al tono de la crítica. Ese matiz no es menor. Un periódico puede rechazar un texto por múltiples razones, pero cuando el problema es la intensidad de una opinión, la frontera entre edición y veto comienza a volverse borrosa.

Concostrina decidió marcharse. Su razonamiento era sencillo, incluso áspero: una columna de opinión existe precisamente para expresar una mirada personal, incómoda cuando toca, siempre sometida a los hechos y a la responsabilidad legal. Mantener la firma, pero limarle los dientes cada vez que muerde al poder, sería una forma bastante decorativa de entender la pluralidad.

El artículo sobre Ayuso que no llegó a publicarse

Concostrina había escrito con anterioridad textos muy severos contra Ayuso, el alcalde José Luis Martínez-Almeida y el PP madrileño. En enero de 2020 publicó una columna titulada «La presidenta “IDA”» y, unas semanas después, otra pieza sobre el trato institucional dispensado al poeta Miguel Hernández. Su estilo no era precisamente de agua mineral: ironía, adjetivos afilados y una posición política reconocible.

Todo eso estaba a la vista cuando el periódico contó con ella. Por ese motivo, la periodista consideró especialmente llamativo que se frenara una nueva columna alegando que resultaba excesivamente dura. No había descubierto de pronto su tono ni su manera de abordar la actualidad. Concostrina llevaba años escribiendo así, con una mezcla de divulgación histórica, sarcasmo y militancia cívica.

La pieza rechazada habría abordado la actuación de la presidenta madrileña en los primeros compases de la pandemia. Concostrina recordó que Ayuso anunciaba la llegada de material sanitario procedente de China y mantenía una confrontación política muy intensa en medio de una emergencia todavía confusa. La periodista pretendía cuestionar esa conducta; el texto, sostiene, nunca llegó al lector.

No se conoce públicamente el contenido íntegro del artículo retirado. Tampoco ha trascendido una explicación detallada del periódico que permita reconstruir la decisión o contradecir el testimonio de la autora. Esa ausencia importa. Permite informar de la denuncia, pero obliga a no convertir una versión unilateral en una sentencia cerrada.

Concostrina afirma que fue censurada. La motivación completa del medio, sin embargo, no ha sido acreditada de forma independiente. Entre ambos puntos queda una zona gris, nada pequeña, donde suelen instalarse las decisiones editoriales que nunca se explican del todo.

Lo que confirma la hemeroteca

La hemeroteca sí respalda una parte de la secuencia. Concostrina publicó regularmente la columna Me bajo en Callao durante 2019 y los primeros meses de 2020. Entre sus últimas piezas aparecen textos publicados en marzo, coincidiendo con el comienzo de la pandemia y del confinamiento.

Después, su firma dejó de aparecer en aquella serie. Esto confirma que la colaboración terminó durante el arranque de la crisis sanitaria, tal como ella recuerda. No demuestra, por sí solo, que el motivo exclusivo fuera el artículo sobre Ayuso.

La hemeroteca deja huellas, pero no graba las conversaciones de despacho, los correos internos ni ese instante tan periodístico en el que alguien mira una pantalla, frunce el ceño y decide que determinada frase no cruzará la puerta. Para esclarecer completamente el episodio harían falta el texto original y la versión del editor que tomó la decisión.

Censura o criterio editorial: una frontera incómoda

La palabra censura lleva dinamita semántica. En su sentido político más estricto remite a una autoridad que prohíbe, castiga o impide una publicación. Concostrina no sostiene que Ayuso ordenase retirar el texto ni ha aportado pruebas de una intervención del Gobierno madrileño. Su acusación se dirige al propio periódico y a sus mecanismos internos.

Un medio privado, por supuesto, puede rechazar una columna. Edita, selecciona, corrige y responde legalmente por todo lo que publica. No existe un derecho automático del colaborador a ver impreso cualquier original. La responsabilidad editorial también consiste en decidir qué entra, qué sale y bajo qué condiciones.

Pero una decisión editorial empieza a oler a veto cuando el problema no es la veracidad, la calidad o la legalidad del texto, sino simplemente que la opinión resulta demasiado molesta para determinadas sensibilidades. Ahí está el nudo. No toda pieza descartada es censura; tampoco toda invocación a la línea editorial es inocente.

A veces esa línea funciona como una brújula. Otras, como una verja. Y el lector rara vez sabe qué material se queda al otro lado, qué llamada ha pesado o qué interés empresarial ha recomendado prudencia. La libertad de prensa también se juega en esos pasillos que el público nunca ve.

Concostrina presenta su salida como una cuestión de coherencia profesional. Podía aceptar correcciones o discrepancias, pero no continuar en un espacio donde una columna crítica se retiraba con un argumento que consideró arbitrario. Su decisión no prueba que el periódico actuara por simpatía hacia Ayuso, aunque sí revela una ruptura de confianza entre autora y editor.

Tertulias, ruido y falta de rigor

El episodio encaja en una crítica que Concostrina viene repitiendo desde hace años. La periodista ha denunciado la difusión consciente de falsedades, la degradación del oficio y la preparación insuficiente de algunos profesionales. Distingue entre mantener una orientación editorial —algo legítimo— y trasladar información falsa sabiendo que lo es.

Las tertulias televisivas son un escenario especialmente propicio para ese deterioro. El formato premia la velocidad, el choque y la frase que cabe en un corte de veinte segundos. La duda razonable queda deslucida frente al tertuliano que llega con tres certezas, cuatro interrupciones y una indignación recién planchada.

El dato necesita contexto; el espectáculo apenas necesita volumen. Una afirmación dudosa puede recorrer varias cadenas antes de que alguien encuentre tiempo para comprobarla. Cuando llega la rectificación, si llega, el daño ya ha hecho su excursión por redes sociales, titulares y conversaciones de bar.

Eso no significa que todas las televisiones manipulen ni que todo opinador actúe de mala fe. La propia Concostrina reconoce la existencia de medios y periodistas honestos. Su acusación apunta a una estructura de incentivos: audiencia, influencia, acceso y dinero empujan con frecuencia hacia contenidos que polarizan mejor de lo que informan.

El problema democrático aparece cuando el ciudadano deja de distinguir entre información, propaganda y entretenimiento político. Una tertulia puede reunir ocho opiniones y ningún hecho; un periódico puede publicar decenas de columnas críticas y frenar justo aquella que toca un nervio concreto. Todo parece plural hasta que se observa quién decide los límites.

Ayuso y la batalla por el marco mediático

Isabel Díaz Ayuso se ha convertido en una de las figuras con mayor capacidad para ordenar la conversación política española. Sus declaraciones producen titulares, respuestas inmediatas y horas de debate. Para sus partidarios, representa una voz directa frente al Gobierno central. Para sus detractores, domina un modelo basado en la confrontación permanente y en la ocupación del espacio mediático.

La polémica sobre los medios madrileños tampoco surge en el vacío. El control de Telemadrid, los cambios legislativos impulsados por el Gobierno regional y la relación entre poder político y medios públicos han alimentado durante años un debate que rebasa ampliamente el caso de Concostrina.

Una cosa es una televisión pública sometida a normas institucionales; otra, un periódico privado que decide qué columnas publica. Mezclar ambos terrenos como si fueran idénticos sería una trampa. Comparten, eso sí, una pregunta de fondo: quién controla el marco de lo que puede decirse, con qué criterios y bajo qué grado de transparencia.

Concostrina continúa vinculada a la Cadena SER, donde desarrolla espacios de divulgación histórica, y mantiene un perfil ideológico conocido. Sus intervenciones suelen ser combativas. Eso puede provocar adhesión o rechazo, pero no invalida automáticamente su testimonio; obliga, como ocurre con cualquier fuente, a contrastarlo y a separar los hechos de las interpretaciones.

La periodista no es una observadora neutral, del mismo modo que no lo son la mayoría de columnistas. Su voz parte de una posición reconocible. La cuestión relevante no es fingir una neutralidad de laboratorio, sino comprobar si los datos que sostienen una opinión son ciertos y si el medio aplica criterios semejantes a todas sus firmas.

Cuando la línea editorial se convierte en muro

La noticia no es que un vídeo haya descubierto una censura ocurrida esta semana. La noticia real es que una acusación formulada hace años continúa circulando porque toca una fibra todavía viva: la sospecha de que ciertos medios aplican filtros distintos dependiendo de la persona criticada, de los intereses empresariales o de la temperatura política del momento.

Hay hechos comprobables. Concostrina escribió en El País, publicó columnas muy críticas con Ayuso y dejó de hacerlo en marzo de 2020. Hay también un testimonio concreto: afirma que un artículo fue retirado por ser demasiado duro y que esa decisión provocó su marcha.

Lo que no existe públicamente es el texto rechazado, la documentación interna del periódico o una explicación editorial que permita reconstruir el episodio completo. Llamarlo censura es la interpretación de Concostrina. Presentarlo como una intervención directa de Ayuso sería falso. Reducirlo a una simple rabieta de columnista también sería demasiado cómodo.

Entre ambos extremos queda una zona gris, bastante poblada: la de las decisiones editoriales que nadie explica y que terminan moldeando el debate público sin dejar más ruido que el de una puerta cerrándose. En esa penumbra se decide parte de lo que una sociedad conoce, discute y, finalmente, cree.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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