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Ciencia

El telescopio Roman abre una nueva ventana al universo

Un nuevo observatorio espacial combinará imágenes panorámicas, búsqueda de exoplanetas y estudios sobre la expansión cósmica.

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Nancy Grace Roman Space Telescope

El observatorio espacial Roman de la NASA despegó el 30 de agosto de 2026 y ya viaja hacia su destino, una órbita alrededor del punto L2 del sistema Sol-Tierra. Su misión es estudiar el universo con una combinación poco habitual: observar grandes regiones del cielo con una nitidez comparable a la del Hubble y buscar, al mismo tiempo, respuestas sobre la energía oscura, la estructura cósmica y los planetas que orbitan otras estrellas. La clave no es solo ver más lejos, sino cartografiar mucho más cielo de una vez.

El telescopio lleva una cámara de campo amplio y un coronógrafo experimental. La primera permitirá realizar sondeos de galaxias y estrellas en luz visible e infrarroja cercana; el segundo ensayará técnicas para ocultar el resplandor de una estrella y detectar objetos más tenues a su alrededor. La misión nominal está prevista para cinco años, aunque la NASA informó en septiembre de 2026 de que dispone de combustible para al menos 22 años de operaciones científicas potenciales. Ese margen no equivale a una duración garantizada: el calendario real dependerá del estado de los sistemas y de las decisiones de la misión.

Un mapa panorámico para estudiar la energía oscura

La expansión del universo se está acelerando, pero todavía no se conoce con certeza qué mecanismo la provoca. Una posibilidad es que exista una forma de energía cuya densidad se mantenga constante; otra es que cambie con el tiempo. También cabe que la explicación requiera revisar cómo entendemos la gravedad a escalas cósmicas. Roman no resolverá estas cuestiones con una única imagen: comparará mediciones independientes para comprobar qué explicación encaja mejor con los datos. Su objetivo es poner a prueba modelos, no fotografiar directamente la energía oscura.

Para ello observará cómo se distribuyen las galaxias y cómo se deforman sus imágenes por la gravedad. Entre las técnicas previstas están las oscilaciones acústicas de bariones, una huella de antiguas ondas de presión que ayuda a medir distancias cósmicas; las supernovas lejanas, que sirven como referencias para reconstruir la expansión, y las lentes gravitacionales débiles, pequeñas distorsiones causadas por la materia situada entre una galaxia y la Tierra. Cada método tiene incertidumbres propias. La fuerza del estudio estará en cruzar resultados distintos y buscar coincidencias que sobrevivan a esas limitaciones.

Esta estrategia también permitirá investigar cómo creció la estructura del universo, desde las primeras acumulaciones de materia hasta las grandes redes de galaxias actuales. Si la gravedad se comporta de forma distinta a la prevista en escalas enormes, las observaciones podrían revelar discrepancias entre la distribución de materia y la historia de la expansión. La misión complementa a Euclid, de la Agencia Espacial Europea, con un enfoque y unas mediciones que ayudan a comprobar los resultados desde otro ángulo. La cosmología avanza cuando observatorios diferentes pueden contrastar el mismo problema.

Una cámara amplia sin renunciar al detalle

El espejo principal mide 2,4 metros de diámetro, un tamaño comparable al del Hubble. La diferencia decisiva está en el campo que puede captar: la cámara de Roman cubre unos 0,28 grados cuadrados en una observación, una región mucho mayor que la que registran las cámaras de imagen del Hubble. Las comparaciones divulgativas varían según el instrumento de referencia y la longitud de onda; algunas describen el campo infrarrojo como hasta 200 veces más amplio. En cualquier caso, el salto práctico consiste en obtener imágenes detalladas de áreas extensas sin tener que dividirlas en tantos apuntes. Más cielo por exposición convierte la panorámica en una herramienta científica.

El instrumento de campo amplio, conocido como WFI, tiene 300,8 megapíxeles y reúne imágenes en varias bandas de luz visible e infrarroja cercana, entre 0,48 y 2,30 micrómetros. Su plano focal incorpora 18 detectores infrarrojos. La cámara podrá registrar objetos débiles y, mediante elementos ópticos específicos, separar la luz de las fuentes en sus componentes para obtener espectros. Esa información ayuda a estudiar propiedades como la distancia y la composición de galaxias, además de distinguir fenómenos que en una imagen ordinaria podrían parecer similares. Imagen y espectro ofrecen pistas distintas sobre un mismo objeto.

El equipo cuenta con ocho filtros científicos: uno de banda ancha y otros siete más estrechos, junto con componentes para espectroscopia sin rendija. Un mecanismo giratorio coloca cada elemento en la posición necesaria para la observación. El conjunto incorpora también un sistema de calibración, que permite comprobar si las variaciones de una imagen proceden del cielo o de la propia óptica y los detectores. El plano focal puede reajustarse para mantener el enfoque durante la misión. En un sondeo de precisión, controlar los pequeños errores instrumentales es parte de la ciencia.

La búsqueda de planetas que no se parecen a la Tierra

Roman utilizará la microlente gravitacional para localizar exoplanetas, es decir, planetas fuera del sistema solar. Cuando una estrella pasa por delante de otra desde nuestra perspectiva, su gravedad curva y amplifica la luz de la estrella más distante. Si la estrella que actúa como lente tiene un planeta, este puede producir una señal breve adicional. El método permite encontrar mundos alejados de sus estrellas y planetas errantes que viajan sin una estrella anfitriona, poblaciones difíciles de descubrir con técnicas basadas en el tránsito o en el movimiento de la estrella. La señal es un aumento de luz, no una fotografía del planeta.

Al observar durante largos periodos densos campos de estrellas, el telescopio podrá construir un censo estadístico de sistemas planetarios. Las previsiones científicas contemplan la detección de miles de exoplanetas y la posibilidad de identificar cuerpos con masas de unas pocas veces la de la Luna; para planetas libres, el alcance podría llegar a masas similares a la de Marte. No se trata de una promesa de encontrar vida, sino de medir cuán diversos son los sistemas planetarios y con qué frecuencia aparecen mundos de distintas masas y órbitas. Un censo amplio permite estudiar poblaciones, no solo casos excepcionales.

Ese inventario puede ayudar a responder preguntas sobre planetas fríos y lejanos, la arquitectura de otros sistemas y las condiciones que favorecen mundos potencialmente habitables. La microlente es especialmente útil para explorar regiones que otros métodos suelen dejar menos cubiertas, aunque cada detección depende de alineaciones fortuitas y de una señal transitoria. Por eso, las observaciones tienen que vigilar muchas estrellas y analizar con cuidado los cambios de brillo. La rareza de cada alineación se compensa con la escala del sondeo.

El coronógrafo, una prueba para futuras misiones

El segundo instrumento, el coronógrafo, trabaja en longitudes de onda visibles y del infrarrojo cercano, aproximadamente entre 575 y 825 nanómetros. Su función es reducir la luz de una estrella para que puedan distinguirse objetos mucho más tenues en sus proximidades. Utiliza máscaras ópticas y espejos deformables que modifican el frente de onda de la luz, una operación delicada porque el brillo estelar puede eclipsar por completo la señal de un planeta. El instrumento intentará alcanzar una supresión de luz de una parte por mil millones en condiciones de observación adecuadas. El desafío es separar una señal débil de un resplandor abrumador.

Este coronógrafo no tiene el mismo papel que la cámara panorámica: observa áreas pequeñas y funciona, sobre todo, como demostrador tecnológico. Sus pruebas permitirán valorar cuánto puede mejorar la supresión de luz y qué obstáculos aparecen al intentar obtener imágenes y espectros de planetas cercanos a sus estrellas. La tecnología puede orientar el diseño de futuros observatorios espaciales, incluido el propuesto Observatorio de Mundos Habitables. No debe confundirse una demostración instrumental con una búsqueda garantizada de planetas habitables.

La observación directa complementa a la microlente porque responde a otra clase de pregunta. La microlente revela planetas mediante el efecto de su gravedad en la luz de fondo; el coronógrafo intenta separar la luz del planeta de la de su estrella. Ninguna técnica basta por sí sola para caracterizar todos los mundos. Además, obtener una imagen no demuestra que un planeta tenga condiciones aptas para la vida: harían falta mediciones adicionales y una interpretación cuidadosa de su atmósfera y entorno. Detectar un mundo y conocer su habitabilidad son metas diferentes.

De WFIRST a un observatorio con nombre propio

El proyecto nació con el nombre WFIRST, siglas en inglés de Telescopio de Sondeo Infrarrojo de Campo Amplio. Sus primeras propuestas contemplaban espejos más pequeños, de alrededor de 1,3 metros. En 2012 surgió otra posibilidad cuando la Oficina Nacional de Reconocimiento de Estados Unidos ofreció a la NASA dos telescopios que ya tenía construidos. Sus espejos, de 2,4 metros, tenían un campo de visión amplio y permitieron replantear el diseño de la misión. El observatorio actual conserva esa herencia, aunque el espejo donado representaba solo una parte del coste total. Aprovechar una pieza existente abrió una nueva ruta, no eliminó la complejidad del proyecto.

La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos situó la misión entre las prioridades de la astronomía para la década de 2010. La NASA aprobó su desarrollo en 2016 y, tras distintas revisiones de diseño, alcance y coste, autorizó su paso a implementación en marzo de 2020. En mayo de ese año recibió el nombre de Nancy Grace Roman, la primera jefa de astronomía de la NASA y una figura clave en el desarrollo de los programas espaciales de astronomía. El nombre reconoce una trayectoria ligada a la construcción de observatorios espaciales.

El desarrollo atravesó revisiones técnicas y debates presupuestarios. Las estimaciones evolucionaron a medida que se definían los instrumentos y el alcance de la misión; en 2020, la NASA fijó un coste de desarrollo previsto de 3.200 millones de dólares y un máximo total de 3.934 millones, incluidos el coronógrafo y cinco años de operaciones científicas. La pandemia de COVID-19 afectó al calendario y a los contratistas, y en 2025 hubo propuestas presupuestarias que plantearon recortes y cancelaciones, aunque una revisión posterior no mantuvo la cancelación del telescopio. La continuidad del proyecto dependió tanto de su ingeniería como de decisiones presupuestarias.

El viaje hacia L2 y el inicio de las operaciones

El cohete Falcon Heavy lanzó el observatorio desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida, el 30 de agosto de 2026. Tras separarse del vehículo, desplegó sus paneles solares y estableció comunicaciones. En los días siguientes realizó una corrección de trayectoria y desplegó la antena y el parasol. También se activó el coronógrafo; la cámara principal fue activada el 15 de septiembre, mientras los equipos comprobaban los instrumentos y sus mecanismos. El lanzamiento abrió una fase de puesta en servicio, no el comienzo inmediato de la ciencia de rutina.

El destino es una órbita de halo alrededor de L2, una región situada aproximadamente en la línea que une la Tierra y el Sol, más allá de nuestro planeta. Desde allí, el observatorio puede mantener la Tierra y el Sol en una configuración favorable para sus comunicaciones y control térmico, mientras apunta sus instrumentos hacia el espacio profundo. La NASA esperaba que alcanzara esa zona hacia comienzos de diciembre de 2026, tras cerca de 100 días de viaje. L2 no es un punto de aparcamiento inmóvil, sino una órbita que requiere ajustes y seguimiento.

La misión debe completar alrededor de 90 días de puesta en servicio antes de iniciar plenamente las observaciones científicas. En ese periodo se comprueban los sistemas, se calibra el telescopio y se verifica que los instrumentos respondan según lo previsto. La NASA esperaba publicar las primeras imágenes científicas a comienzos de 2027. Aunque se comunicó que el combustible podría permitir al menos 22 años de actividad, la misión se planificó inicialmente para cinco años: la duración potencial y la duración aprobada son medidas distintas. El tiempo extra es una capacidad posible, no un calendario confirmado.

Una misión internacional y una mirada más amplia

El Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA dirige el proyecto y desarrolla el instrumento de campo amplio, la nave y el conjunto óptico del telescopio. El Laboratorio de Propulsión a Chorro desarrolló el coronógrafo. El Instituto de Ciencia del Telescopio Espacial participa en las operaciones científicas, mientras que el Centro de Procesamiento y Análisis Infrarrojo contribuye al tratamiento de los datos. Esta división permite que el control de la nave, el funcionamiento de los instrumentos y la interpretación científica se apoyen en equipos especializados. El observatorio es una infraestructura compartida, no solo un telescopio.

También participan entidades internacionales, entre ellas la Agencia Espacial Europea, la agencia espacial francesa CNES, la japonesa JAXA y el Instituto Max Planck de Astronomía. Sus aportaciones incluyen componentes y apoyo científico; la red de estaciones terrestres necesaria para comunicarse con la nave también se distribuye entre varios países. Una vez que empiece el sondeo, los datos podrán alimentar investigaciones sobre galaxias, estrellas, fenómenos transitorios y otros temas de astrofísica, además de los objetivos principales relacionados con la cosmología y los exoplanetas. La amplitud del campo visual abre espacio para preguntas que no estaban en el centro del diseño.

Roman no sustituye al Hubble ni al James Webb. Hubble ha sido decisivo para observaciones de alta resolución en distintas longitudes de onda, y Webb puede estudiar objetos infrarrojos con una sensibilidad extraordinaria. Roman añade una capacidad distinta: recorrer grandes extensiones del cielo con resolución espacial desde el espacio. Su aportación será especialmente valiosa cuando los mapas panorámicos señalen regiones u objetos que otros observatorios puedan examinar con mayor detalle. La astronomía gana cuando los telescopios se complementan, no cuando compiten por hacer lo mismo.

Lo que puede revelar una panorámica del cosmos

Las imágenes de gran formato pueden transformar la manera de estudiar fenómenos que son demasiado escasos o están demasiado repartidos para encontrarlos con facilidad en campos pequeños. Una supernova lejana, una galaxia distorsionada por la gravedad o una señal de microlente pueden aparecer en una misma campaña de observación, aunque cada hallazgo requiera análisis y seguimiento. Los sondeos también producen conjuntos enormes de datos, cuyo valor crece cuando se comparan con observaciones de otros telescopios y con modelos físicos. El descubrimiento no termina al captar la luz: empieza también al interpretarla.

La misión tampoco garantiza una respuesta definitiva sobre la energía oscura ni la detección de un planeta parecido a la Tierra. Su contribución más sólida será medir con precisión, ampliar las muestras disponibles y comprobar si distintas pruebas conducen a la misma explicación. Si los resultados coinciden, algunos modelos ganarán respaldo; si se contradicen, los científicos tendrán que revisar las hipótesis o entender mejor las limitaciones de las mediciones. Una discrepancia bien medida también puede ser un resultado importante.

Con el viaje hacia L2 en marcha y los instrumentos activándose, el nuevo observatorio empieza por convertir su diseño en una herramienta operativa. Su enorme campo visual permitirá mirar el universo como un paisaje conectado, en vez de como una colección de escenas aisladas. Después vendrán años de observaciones y comparaciones, las piezas menos vistosas pero decisivas para saber cómo se forman las estructuras cósmicas y qué mundos pueblan otros sistemas. La promesa de Roman está en unir amplitud, detalle y paciencia científica.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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